LA EXPERIENCIA A DESTAJOS
2.2.3. Espacios privados para la producción pública El cuarto de estar
Porque todo es igual y tú lo sabes,
Has llegado a tu casa, y has cerrado la puerta Con aquel mismo gesto con que se tira un día, Con que se quita la hoja atrasada del calendario Cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa
Y, al entrar, has sentido la extrañeza de tus pasos
Que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras, Y encendiste la luz para volver a comprobar
Que todas las cosas están exactamente colocadas como estarán dentro de un año
Y después,
Te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida, Y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,
Y te has sentido solo, humanamente solo,
Definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.
Luis Rosales266.
Los espacios condicionan y limitan el desplazamiento rutinario. Pero también las rutinas, sugiere el poema de Rosales, moldean los espacios y disponen el mobiliario que contextualiza la vida cotidiana: las cosas “exactamente colocadas como estarán dentro de un año”, los pasos que se adivinaban incluso antes de pisarse. La rutina deja pues vestigios por los lugares en que se despliega y a su vez se arma a partir de las posibilidades que los lugares ofrecen. Desde una versión clásica de trabajo las rutinas vitales de los y las trabajadoras ocurren entre ámbitos privados y públicos. Ambos ámbitos responden a demandas de trabajo distintas que los moldean y dotan de funciones y significados diferentes. Se trata pues de una distinción entre lo privado/doméstico y lo público/trabajo que, si bien se ha configurado en una larga historia, debe su radicalización al advenimiento del capitalismo industrial.
Previo a la industrialización, la casa, como unidad central de producción, contenía tanto las dimensiones productivas como reproductivas de la vida social. Así, la casa era lugar de la familia como del taller, tanto del trabajo doméstico como del trabajo destinado al intercambio en el mercado de bienes de consumo. En su estudio sobre las formas de comunidad, Tonnies267 describe a la casa como la unidad espacial de la comunidad rural y como lugar en el que, en las formas de asociación comunitaria, se produce la vida material y se reproduce la vida simbólica: “la casa lugareña de la aldea constituye el asiento bien fundamentado, y, en un sistema agrícola normal, apropiado para una hacienda que, en razón de todas sus
demandas esenciales, es autosuficiente o puede abastecer sus propios recursos”268. En su
versión tipo ideal, para Weber269 en la comunidad doméstica los bienes son comunitarios, se
265
Goffman, E. Op. Cit. 1989.
266
ROSALES, Luis. Poema “El cuarto de Estar”.En La Casa encendida, 1949. Disponible en: http://roble.pntic.mec.es/msanto1/lengua/2poecon.htm
267
TONNIES, Ferdinand. “Comunidad y Asociación”. En: Comunidad y asociación: el comunismo y el socialismo como formas de vida social. Barcelona, Editorial. Península, 1979, pp. 25-111.
268
Ibíd. P. 56.
269
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actúa según asignaciones individuales y la comunidad se configura como una comunidad de residencia.
Por su parte, en su obra “El Niño y la Vida Familiar en el Antiguo Régimen”, Ariès270 , describe la casa de los sectores populares franceses durante el siglo XVI como un lugar impensable para nuestra idea contemporánea de hogar y familia. La casa, descrita por Ariès, no distingue entre las habitaciones destinadas al descanso privado y las habitaciones para el recibo de visitantes (hoy conocidas como “salas”). Así mismo, no se establecían divisiones entre el espacio para los niños y la alcoba de los padres, lo que solía ocasionar que, con frecuencia, los niños asistieran sin mayor recato a la cópula sexual de sus padres, un hecho insólito para nuestras actuales concepciones de “formación sexual de los niños”271. Tampoco era extraño que la habitación destinada al descanso en la noche se convirtiera en taller artesanal durante el día y que junto a la cama se desplegaran las mesas y utensilios de trabajo del padre. Esta casa, en la que se fusionan lo público y lo privado, también es observable en Colombia durante el siglo XIX:
La falta de privacidad existente había llamado la atención a los viajeros que visitaron a Colombia durante el siglo XIX. Según ellos, en las ciudades colombianas no se cerraban durante el día las puertas de las casas (...) En cuanto a la costumbre de mantener la puerta abierta, el extranjero Alfred Hettner anotó que “la afición a la intimidad del hogar por sí no está muy generalizada todavía”272.
Esta mixtura entre vida doméstica y actividad laboral alude a la condición de una casa que constituía la unidad de producción por excelencia y que, en palabras de Weber “cubre la
necesidad de bienes y trabajo de la vida cotidiana”273. En ella no sólo sucedía el trabajo
reproductivo de la vida social, sino también el trabajo productivo –la economía del domus,
como se le reconoce- que derivaba en actividades de intercambio (agricultura y talleres artesanales, por ejemplo). De ahí que Sennett asegure que, por lo menos hasta el siglo XVIII la casa era “el centro físico de la economía. En el campo, la familia fabricaba la mayor parte
de las cosas que consumía”274 (pp. 33). Así, en esta casa convergían formas diversas de
trabajo que iban desde el cuidado de los niños hasta las labores del campo, desde la atención a los enfermos y moribundos hasta el ejercicio de parir, desde la preparación de los alimentos hasta la confección de la ropa. La casa rural colombiana, en particular, era entonces un lugar en el que había “mucho trabajo” por lo que se requería de mano de obra abundante – proporcionada en parte por el, también abundante, número de hijos- y en la que podían reconocerse prácticas que indistintamente oscilaban entre lo que hoy reconocemos como mundo privado y mundo público.
Weber275 y Tonnies276 coinciden en señalar cómo la casa, como lugar protagónico de las formas sociales premodernas, sufre transformaciones a partir de la consolidación del trabajo capitalista. Ya Marx277 había anunciado cómo la industria moderna amenazaba a la antigua
270
ARIES, Phillippe. El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen. Madrid, Editorial Taurus, 1987.
271
Recordemos al respecto cómo Elias nos señala el modo en que la educación sobre el pudor y la vergüenza, clave para el proceso civilizatorio, tuvo como hito significativo la aparición en la familia burguesa del cuarto de los niños, separado de la habitación de los padres. (Elias, N. Op. Cit.).
272
REYES, Catalina y GONZÁLEZ, Lina Marcela. “La vida doméstica en las ciudades republicanas”. En Historia de la vida cotidiana. (Beatriz Castro Carvajal, Editora). Bogotá, Norma. 1996. P.206-240.
273
WEBER, M. Op. Cit.
274
Sennett, R. Op. Cit. P.33
275
Weber, M. Op. Cit.
276
Tonnies, F. Op. Cit.
277
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industria doméstica hogareña, constituida por talleres artesanales independientes que se establecían en casa. Estos talleres durante la sociedad industrial, se convirtieron en extensiones de la industria o desaparecieron, lo que permite ratificar cómo el trabajo industrial determinó distinciones entre la casa y el trabajo y desplazó paulatinamente a este último del escenario doméstico. Al respecto, Weber (1922) señala que esta transformación se vio acompañada de tres hechos que marcaron la ruptura con las formas de comunidad premoderna y contribuyeron a la distinción tajante entre vida pública y ámbito doméstico: en primer lugar la aparición del matrimonio con dote y el derecho hereditario individual que divide la comunidad e impone una suerte de cálculo entre los miembros de la misma. En segundo lugar, la ampliación de las posibilidades objetivas de vida que estimulan la búsqueda de la trayectoria y satisfacción individual de necesidades a partir del trabajo. Así, muchos asuntos decisivos de la vida de los individuos (como la educación y socialización), empiezan a ocurrir por fuera de casa Y, en tercer lugar, la distinción “contable” y “jurídica” entre la “casa” y el “negocio”.
La aparición del empleo industrial – que se desarrolla por fuera de casa, en la industria o fábrica- implicó entonces, como he dicho, una fractura tajante entre casa y trabajo, trabajo femenino y trabajo masculino, tiempo libre y tiempo de trabajo. En este contexto, los procesos de individuación que describe Béjar278 se concretaron en los trabajadores: primeros habitantes de la gran metrópoli, fueron a su vez, por primera vez, anónimos y públicos y encontraron en la casa el escenario para el refugio y el despliegue de la intimidad. La casa se convirtió entonces en el escenario femenino. La vida doméstica en el espacio de lo capilar. La casa se hizo refugio, pero también el lugar en que las consecuencias del éxito público, del desarrollo económico y del trabajo masculino se reflejaban y materializaban en tanto trayectoria vital. La subjetividad moderna, y su representación en la idea de individuo, se configuraron para Béjar279 no sólo a causa del trabajo sino por lo que el trabajo hizo con aquello que parecía un escenario más posible para la voluntad: la casa, la vida doméstica, el mundo de lo privado.
Hacia mediados del siglo XX, la casa asiste a la emergencia de un segundo fenómeno. Ya desmantelada, por lo menos en las grandes urbes, de su lugar como unidad de producción, la casa se ve vaciada paulatinamente de quehaceres. Así, asistimos a una casa mejor dotada280, en la que han disminuido ostensiblemente el número de hijos por familia y que se instala en un mundo en el que muchas actividades productivas (como el empleo del que se deriva el sustento familiar), pero también muchas actividades antes domésticas (funerales, cuidado y educación de los niños, confección de la ropa, corte del cabello, fiestas e incluso preparación de los alimentos) suceden por fuera de ella. Así, de unidad de producción, tenemos una casa que se convierte, por lo menos para sectores no precarios, en unidad de consumo y entretenimiento.
El ingreso de las mujeres al mundo del trabajo, agudizó este fenómeno, con un incremento significativo de los procesos de terciarización y profesionalización de muchas de las
278
BÉJAR, Helena. El Ámbito Íntimo (Privacidad, individualismo y Modernidad). Madrid, Alianza Editorial, 1998.
279
Ibíd.
280
Las viviendas con piso de tierra disminuyeron entre 1938 y 1964 de 53% a 38%, las paredes de materiales precarios de 90% al 51%. La provisión del servicio de acueducto se incrementa del 29% al 39% y el servicio del 32% al 41% (FLÓREZ, Carmen. Las Transformaciones Sociodemográficas en Colombia Durante el Siglo XX. Bogotá, Banco de la República/Tercer Mundo, 2000). Asegura la autora que para la década del 70 e inicios de los 80 se produce un proceso de evidentes mejoras en las condiciones socioeconómicas de buena parte de la población, que pueden reconocerse en el incremento de servicios domiciliarios: para la década del 70 las viviendas con acueducto llegan a ser 63%, con energía 59% y con servicios sanitarios 69%. Es posible que estos datos estén indicando un proceso de consolidación de la clase media productiva.
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funciones que fueron en su momento restrictivas de los ámbitos domésticos. Al respecto Gómez y González destacan como “cada vez ocurren menos asuntos decisivos en casa; y será la pérdida de densidad de la vida doméstica lo que permitirá que, sin mayores traumatismos, que la casa se haga cada vez más pequeña y funcional: la reducción de los baños y las cocinas, de la sala de estar y de los cuartos, expresa en clave espacial la
contracción misma de la vida doméstica”281. Tenemos pues, en consecuencia, una casa más
estrecha, terciarizada y dotada tecnológicamente para la automatización del trabajo
doméstico.
También para Ibañez282, estos fenómenos hacen referencia a una casa que, por lo menos entre las clases medias y altas, se convierte paulatinamente en un escenario privilegiado de consumo. Desde esta idea podríamos entender cómo, por ejemplo, las cocinas se tornan más pequeñas y abiertas a los visitantes, al tiempo que aparecen las salas de televisión: los espacios para el consumo se amplían, los de producción se achican. Algunos fenómenos, sin embargo, pueden poner en tensión esta perspectiva. Por un lado, algunas de las recientes tecnologías que penetran en el ámbito doméstico contienen una dimensión productiva que no es atribuible a las primeras tecnologías de entretenimiento. Me explico: mientras la radio y la televisión requerían que el usuario “comprendiera” y “significara” su contenido, esto es, demandaban de éste el consumo como actividad; las más recientes tecnologías exigen que los usuarios hagan, escriban, cuelguen, bajen, operen, interactúen y produzcan información. De esta forma, la casa hoy, en algunos sectores, puede entenderse como un lugar en el que no sólo se consumen “bienes” sino que también se “producen”, aunque se trate de bienes atípicos a los que nos cuesta reconocer como obras283.
Pero en segundo lugar, y más en la línea del problema que me ocupa, la casa de algunos sectores de trabajadores se convierte en extensión del espacio de trabajo o en el centro de actividades para el empleo. Es decir, en el lugar de la producción. En esta vía, diversos estudios sociológicos han pretendido dar cuenta del modo en que la flexibilización laboral revoluciona la distinción clásica entre casa y lugar de trabajo: Sennett284 sugiere que el trabajo flexible tiene como consecuencia la pérdida de los antiguos referentes espaciales que situaron al trabajo en un ámbito concreto de operaciones; Boltanski y Chiapello285 insisten en la tesis de que el trabajo flexible hace borrosas las fronteras entre casa y trabajo; Carnoy286 y Beck y Beck287 asegurarán que el trabajo, en tanto actividad que ocurre en lo público, se desplaza paulatinamente hacia los territorios privados de la vida social.
Así, estos trabajadores flexibles parecen haber traído de vuelta el trabajo a casa, como era habitual entre los artesanos europeos del siglo XVI, los campesinos colombianos del siglo XIX y los sectores populares de nuestros días. El escenario público de su trabajo se
descorporeiza, en la medida en que pierde su materialidad o se hace corpóreo sólo
momentáneamente, lo que conduce a una trasformación del espacio privado. Sus casas no son ya sólo los lugares de la vida doméstica sino, en lo que respecta a este tipo particular de
281
GÓMEZ, Rocío y GONZÁLEZ, Julián. Pantallas reflexivas: reinventar la casa y domesticar las pantallas audiovisuales. Informe Final de Investigación, Universidad del Valle-CNTV, Imprenta Nacional, 2005. P. 35.
282
IBAÑEZ, Jesús. Por una sociología de la vida cotidiana. Madrid, Siglo XXI, 2002.
283
Me refiero al repertorio de producciones que pueden hacerse en casa a través y en ambientes tecnológicos: perfiles para redes sociales, fotografías, obras musicales, mensajes de texto, blogs y piezas audiovisuales.
284
Sennett, R. Op. Cit.
285
Boltanski, L. y Chiapello, E. Op. Cit.
286
Carnoy, M. Op. Cit.
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trabajador, también laboratorio de ideas e inversiones destinadas a la producción para el trabajo.
Durante la investigación de campo realizada en este proyecto efectué tres visitas formales a la casas de Verónica, Elena y Fernando. Estas visitas estuvieron guiadas por procesos y objetivos de observación que pueden ser examinados en los anexos adjuntos a este documento. Así mismo, realicé visitas, más informales, a las casas de Manuel, Andrés y Juliana. Se trataba todos de escenarios muy distintos. Verónica vive con su hijo en un apartamento amplio, en un edificio sin zonas comunes. Elena habita con su madre un apartamento ubicado en una unidad residencial cerrada. Fernando vive solo en un apartaestudio de dos ambientes y luz escasa y Manuel comparte un apartamento con un amigo. Andrés vive en el último piso de un edificio, en un lugar tan minúsculo que no se atreve a comprar una nevera más grande. Juliana vivía en las afueras de la ciudad, en un condominio con piscina y vista a las montañas. Tanta diversidad hace difícil establecer rasgos comunes. Las casas se me aparecieron como textos en que, como sugiere Bourdieu, se exponen los atributos del “ser social de su propietario” 288. Así, objetivaban en tanto cosas
sistemas de clasificaciones y estratificaciones sociales, permitían ubicar a sus habitantes en un cierto espacio social, anunciaban sus gustos y medios económicos, pero también revelaban las opciones económicas del mercado de viviendas en Cali para sectores como éstos. Conjugaban pues estéticas y éticas, herencias y filiaciones, economías, estatus y tentativas de distinción.
En todas las casas había computadores, televisores (sin servicio de cable para el caso de Juliana), libros (en cantidades y disposiciones diferentes) y servicio de Internet (móvil para el caso de Juliana, que vivía en el campo, donde no llegan las redes de telecomunicación). En sentido estricto ninguna era una casa. Se trataba más bien de apartamentos. (Como aparta-
mentos, los reconoce Ibañez289 -esto es, lugares para el retiro- que, curiosamente, para estos
profesores y profesoras actúan más bien como centros de conexión e interconexión con el mundo). Apartamentos con marcado aire familiar –materializado en la dotación de la cocina y el mobiliario- como el de Elena o Verónica; otros cuidadosamente diseñados para rendir estética y socialmente, como el de Manuel y Juliana; algunos despojados de cualquier adorno como el de Fernando. Todos arrendados, con excepción del de Elena, y ninguno habitado por el mismo propietario por más de tres años. Los extremos más intensos los ofrecían Fernando y Verónica. El apartamento de ésta había sido colonizado por los juguetes de su hijo pequeño, la cocina exhibía electrodomésticos de uso cotidiano y había cuadros y fotos familiares en las paredes. La casa de Fernando exudaba un aire monacal. Junto a la cama un escritorio hacía las veces de comedor y lugar de trabajo. Todo parecía desnudo y limpio de humanidad. Como un cuarto de hotel.
Un factor compartido atravesaba, sin embargo, la heterogeneidad de las casas visitadas: en todos los casos se trataba del lugar privilegiado de trabajo para sus habitantes. Y esta relación con el empleo se hacía evidente en la presencia de “estudios” o “talleres para el trabajo”, en la dotación tecnológica y de papelería, pero, sobre todo, en las marcas que el trabajo rutinario había dejado en ellos: papeles del día anterior, exámenes por calificar, libros abiertos con páginas señaladas, notas y agendas, listas de cosas por hacer.
288
BOURDIEU, Pierre Las estructuras sociales de la economía, Barcelona, Anagrama, 2003. P. 35.
289
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Y, sin embargo, conviene preguntarnos, ¿es esto distinto de lo que pasa entre los y las profesoras nombradas? En un ejercicio de reflexividad, al que constantemente me he visto obligada en el desarrollo de este proyecto, observo mi propio estudio. ¿Ha cambiado desde que fui nombrada? No. No mucho. He llevado algunos libros a mi oficina, pero en general no he desistido del pago de Internet, la dotación tecnológica sigue intacta y todavía hay un aire de oficina que favorece el trabajo intelectual. Tal vez se encuentra sólo un poco más ordenado ahora, que sólo lo uso para asuntos especiales: para escribir este documento, para adelantar algún trabajo, para leer con mayor silencio. Es pues en el presente un lugar menos
habitado en tanto lo moldean menos hábitos. Las pequeñas modificaciones podrían ser
imperceptibles para un observador externo pero para mí, que he trabajado en este estudio más que en cualquier otro lugar, se hacen evidentes. Tal y como sugiere Juan290, las rutinas, que organizan el orden de los objetos, han abandonado este lugar y es por ello, tal vez, que luce más despejado.
De ahí que la observación de espacios domésticos no ofrezca, probablemente, distinciones evidentes entre cátedras y nombrados. Pero, hace legible la tenue diferencia que existe entre aquel que concentra su trabajo en casa y el que lo hace sólo esporádicamente. Una diferencia