CAPÍTULO VIII LOS POETAS
ESTÓICOS Y CÍNICOS ANTE LA MUERTE (3 de mayo)
Si nunca he lamentado, en mi quincenario, la ausencia de escultores sorianos, es porque recuerdo bien a uno, aunque no lo fuera con ánimos de ganar gloria de artista, sino de arañar unas pesetillas y juntarlas a las de otros feos oficios. El popular Canario, a quien me refiero, tenía muy mala traza de pícaro, con su visera y su barba blanca de filósofo riberesco; con los cachitos de alabastro que sobraban a los marmolistas del cementerio, tallaba pequeñas estatuitas del señor San Saturio, no poco paganizadas y con aire de idolillo gentil; iconos con que hacía algunos cuartos. Ganaba otros haciendo de camarero en un prostíbulo, y aun sirviendo de modelo vivo para postales pornográficas, las cuales pienso no serían excitantes ni lascivas; que con la propia Venus Anadiomena por pareja, bastarían los barbas del Canario, el popular Canario, para estomagar y apartar deseos impuros. Aclararé que no había tales Venus pues su manceba era un rejalgar, de puro flaca, agria, vinosa y llena de liendres; remellada y bigotuda; bachillera de lenocinios y licenciada en artes de sábado negro. Llevaban muchos años amándose muy tiernamente y amando al vino, y renegando, y tirándose uñadas. Hasta que llegó el caso que deseo referir. Y fue que la manceba cayó enferma de grave mal y la llevaron al hospital. En cuanto su cuerpo tocó sábanas limpias, dijo que no las podía sufrir, que se moría, que se moría y que se moría. Y, con efecto, a los tres días se incorporó un poco, pidió aguardiente, y como las monjas se lo negaron, dijo, con muchísimo sentimiento:
-¡Ay!, ¡ay! – y falleció.
Con que, una horas más tarde, el popular Canario acertó a pasar por el hospital, y, movido de sus buenos sentimientos, preguntó a la hermana portera sobre cómo seguía la mujer, y que si tenía mejora. Respondiéronle que mejora la tenía grandísima, pues estaba difunta, y en cuanto le arreglaron un poco la jeta y le peinaron las greñas, pareció tener mejor semblante y mejor aire del que había
tenido en toda su vida. Que la habían llevado al depósito de cadáveres y que le acompañaban en el sentimiento.
Ocurre que el depósito de cadáveres del hospital queda entre éste y la huerta de San Francisco, con puerta frente a los altos de la Dehesa. El popular Canario llegase hasta dicha puerta y aplicó los ojuelos al de la cerradura. Quería cerciorarse del óbito de su bruja, y no le cupo duda, pues aunque le cuerpo estuviera bien tapado con una sábana limpia de las que odiaba la interfecta, por los juanetes de los pies y por cierta llaga maligna de una pata, conoció el fin de la compañera de su vida. Y aquí viene la reacción ante la muerte de este filósofo cínico; el popular canario, efectuaba la identificación, sin moverse de ante la puerta, se bajó las bragas, se acuclilló, y estercoló el césped. Para mayor contraste con el escarnio a la muerta, unos jilguerillos de la huerta comenzaron a piar alegres sones. Acabó el popular Canario su rito, se atacó las calzas y se marchó. Pocos supimos del nefando hecho, y por eso conviene publicarlo, para conocimiento y admiración de propios y extraños.
Porque si deseamos saber las reacciones de los sorianos ante la muerte, ésta del popular Canario, aun resultando tan insólita, excepcional y atrevida, tan espantosamente audaz, significa un refinamiento de amargura cínica propia de pueblos nada primitivos, sino muy viejos, muy instruidos en el dolor, doctorados en la magia más sabia del simbolismo, lo que les permite utilizar la burla como dialéctica infalible, y el desprecio como coraza. Pienso si nuestro héroe no habría intuido las mejores esencias del existencialismo para guía de su conducta y consuelo de su miseria.
No trato de deducir, en mi pueblo, toda una escuela de filosofía supercínica amparada por la singularísima befa que narré; pero, como interesa conocer las reacciones de los soriano ante la muerte, era imprescindible su anotación. La propia y escalofriante ausencia de emotividad en el popular canario es típicamente soriana. Porque a 1.056 metros sobre el nivel del mar, se comprende que las desgracias puedas recibirse, como en el Cuzco o en el Himalaya, con impasibilidad horra de gestos y desmelenamientos, es decir, con estoicismo del mejor cuño, sin gritos ni ademanes; la cara presentada serenamente al infinito.
Algún cínico, sí; pero gran mayoría de estóicos. Un conocido soriano, hace pocos años, tuvo la sospecha, que a poco se le volvió certeza, de haber contraído una mortal enfermedad contagiosa. Se dedicó entonces a recorrer unas cuantas tabernas, y en cada una pedía vino, invitaba al patrón y a los amigos, les daba la mano, y luego se les despedía, diciendo que se iba a casa a morirse, y nadie lo echaba a broma, limitándose todos a lamentar la proximidad de la desgracia. Por lo demás, nuestro hombre no engañó a nadie; cuando acabó las rondas, encaminóse a su domicilio, se acostó y murió.
Una muerte socrática, justa, perfecta, digna de Epícteto, de Marco Aurelio y del buen padre de Jorge Manrique, pero sin elegías que la inmortalicen. Quisiera yo ser poeta para cantarla, y para expresar cómo se regodean mis paisanos en un dolor que no sale a la cara y mucho menos por la sin hueso. A veces parecen divertirse con la presencia de la muerte, porque éste es el único toque que puede hacer digna y seria una existencia. Y el recibir apretones de manos y bisbiseantes condolencias, pueden hacerlo con muy parecido talante un magistrado y un mendigo, un aceitero millonario y un ganapán. Entonces, este accidente de seriedad, en una vida que tuvo muy pocas ocasiones de ofrecerla, no lo cambian por todo el oro de la tierra. He aquí que se malogró un muchacho, hijo de arriero, en la cabalgata de la compra del toro, aplastado por un camión. En fin, siendo en cuestión de fiestas de San Juan, como si hubiera caído en acto de servicio. Fue gran ocasión para el padre, al que regalaron un traje negro bien decente, para muy decente duelo, y cuando le daban el pésame, su rostro era el de un filósofo griego, y contestaba, con un leve encogimiento de hombros:
-Qué se ha de hacer, señor; así es la vida.
Pues no, arriero enlutado; lo que debe ser así no es la vida a secas, sino la vida ante la muerte. Estoy muy contento, muy orgulloso de que mis paisanos estén de acuerdo en esta postura estoica y digna ante el más allá. Me satisface que los dolientes sorianos, cuando han de mostrarse más dolientes, lo hagan con estoicismo. Y también me satisface –tonto sería negarlo- que haya algún, y aun algunos cínicos, como el popular canario. Si no, ignoro de qué podríamos hablar y comentar y pasar la velada.
XIV
ESTÓICOS Y CÍNICOS ANTE LA MUERTE