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Estaciones Carolina Raier

In document CONCURSOS PARTICIPATIVOS (página 155-161)

Delegación SSN

Otoño 1917

H

ay días, como los de hoy, que me acuesto a dormir cansado. Preso de mis sentimientos encontrados, perdido entre la razón y el impulso que brota de mis intestinos. Frecuentemente me pregunto si soy esclavo de un don otorgado por algún Dios, que en su envidia por no ser humano, me regaló la constante condena al fracaso.

Alemania no me trae buenos recuerdos. Me naturalicé suizo para es- capar de todos los demonios que me abrumaron en mi juventud y que pre- tendía dejar atrás.

La relación con mis padres, estoy seguro, fue un fracaso desde el mo- mento en que fui concebido. Lo comprendí desde pequeño, y a lo largo de los años fui reconfirmándolo.

Era evidente pues los ojos de mi madre jamás se vieron brillosos al dirigir su mirada a la mía; el pecho de mi padre nunca se infló de orgullo al pronunciar mi nombre. Con el correr de los años lo comprendí. Sin embar- go, durante días como los de hoy, esa relación trunca y torcida me revuelve

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línea me resulta bastante burlesca; me pregunto cómo es qué después de tantos años y aún después de su muerte, su ojo crítico pesa sobre mi espalda como la piedra de Sísifo.

Puede que hasta el último de mis días me persiga su peso. Puede que deba dejar de luchar con eso. Puede que su mirada crítica y condenadora haya sido el único aprendizaje que incorporé a mi vida, al punto de hacerla propia.

Fracaso; fracaso con mi María, ya no mía, ya no de nadie. Siento una gran pena, aún mayor que la que siento por mi padre. La veo día tras día más lejana, más inalcanzable: lejos de mí, de sus hijos, de ella misma. No lo puedo soportar, el dolor me incendia hasta la garganta y me deja sin aire; incapaz de sostener los recuerdos, me ahogo y me desagarro en ellos.

Mi amor fue sincero, y confieso que una de las pocas certezas que tengo de esta vida es que el suyo hacia mí también lo fue.

Siempre fue una mujer oportuna, cada vez que quería expresar algo de radical importancia sabía en qué momento hacerlo. Cada palabra, cada suspiro, su tono de voz, absolutamente todo era oportuno para su decir. La noche de ayer, luna ausente como pocas, era oportuna para su visita en mis sueños.

Allí estaba, vestida con su vestido azul marino −que tan bien supo lucir en nuestras mejores épocas y que tanto me encandilaba− y sus rizos que acariciaban suavemente los hombros descubiertos. Estaba sentada en el banco blanco de la plaza central, con sus manos presionando levemente sus rodillas y su mirada perdida en el horizonte. Estaba más bella que nunca pese a la lágrima cristalina que le recorría la mejilla.

Giró su cabeza hacia mí, me veía llegar −otra lágrima se suicidó desde el ojo izquierdo− me extendió la mano y se la tomé. Estaba pálida y fría. Me senté a su lado y nos quedamos en silencio, quietos, por lo que me pareció una eternidad.

Podía escuchar su respiración serena a mi lado, más su mano no ce- saba de temblar.

−Me asustan los momentos de paz, muy similares y cercanos a ins- tantes como éste −me dijo con un tono suave y delicado− son una mentira, siempre hay guerra, siempre hay guerra, siempre hay guerra.

De pronto me soltó la mano y salió corriendo, descalza, hacia el cen- tro de la plaza. Corría en círculos agitando los brazos y piando como un pájaro.

−Algún día seremos libres, volaremos fuera de todo tiempo y lugar −gritaba sin dejar de correr− nos sentaremos a la derecha de Dios y nos crecerán alas blancas que harán de armadura y bendición. ¡Seremos Dios!

Yo la veía correr desde mi lugar sin poder moverme. Quería estar jun- to a ella y acompañarla en cada zancada de su corrida, pero yo estaba cada vez más lejos. Sentía como una fuerza me tiraba hacia atrás y me alejaba cada vez más y más de ella. Su imagen se hacía cada vez más pequeña y yo, seguía inmóvil.

En un solo instante el entorno perdió toda luz y forma. Solo quedó María −lejana− el banco y yo. No se oía nada, no se veía nada. Tenía la sen- sación de estar en un agujero negro; sin principio ni final.

María se paró en seco, giró lentamente su cuerpo hacia mí, y similar a un repentino primer plano de cámara de cine, su cuerpo se acercó, has- ta quedar frente a mis ojos, a sólo un estirón de brazo. Los ojos de María estaban completamente negros, como si un demonio se asomara desde su interior. Los pies y las manos sangraban y el vestido azul había desapare- cido dejando al descubierto su cuerpo desnudo mutilado con moretones y puñaladas.

−Así me dejaste −me dijo con una voz grave y quebrada− ¿Acaso no era esto lo que querías? ¿Acaso no me anhelabas así? Ámame Hermann. Ámame ahora. ¡ÁMAME!

Recuerdo que desperté agitado y que me llevó unos cuantos minu- tos comprender que había sido sólo un sueño. Sin embargo me llevó horas recobrar el ritmo normal de mi respiración y, claro está, mientras escribo estas líneas siguen avanzando las horas de la madrugada, y no tengo la más mínima intención de entrar en contacto con la cama de mi habitación.

Invierno 1918

Tengo la urgente necesidad de creer que el haber venido aquí supone la esperanza de vencer este dolor que me controla día tras día, pero al mis- mo tiempo me pregunto, si actuando tan egoístamente lograré mi cometido. Egoístamente.

¿Seré egoísta por tener esperanza? ¿Tendré esperanza realmente, o tan sólo es un engaño que mi inconsciente reproduce como evasión pura de mi inevitable perdición y locura?

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no es solamente él; también es el punto único y especial donde, una vez y nunca más, se cruzan los fenómenos del mundo de una manera singular. Es por esta razón que me zozobra y desangra esta Guerra que, aunque esté lle- gando a su fin, yo la creo interminable; lo blando es más fuerte que lo duro, el agua es más fuerte que la roca, el amor es más fuerte que la violencia. El día que el hombre comprenda el vínculo que tiene con la naturaleza, el entorno, el alma propia y el de los demás e incluso con sus propias sombras, todo tendrá otro sentido. O al menos me gusta creer en eso, más sin embar- go, no presumo de poder gozar de tal satisfacción en vida.

El hombre no osa siquiera reflexionar sobre sus propios demonios, sabido es que la idea de negación y oídos sordos hacía el propio espíritu luminoso y oscuro a la vez, posee una gran cantidad de adeptos. Aceptar la sombra de cada uno, de aquellos a quienes amamos, de todo ser que camina, respira y está de paso en este mundo material, es dolorosa y pesa en el fon- do de cada uno. Reflexiono sobre esto y me considero el primero en reco- nocerme dentro de aquellos adeptos. Me esfuerzo todos los días por tratar de luchar contra ello, enfrentar mis más íntimos demonios y amigarme con los miedos más oscuros que, con frecuencia, a duras penas logro soportar.

Paradójicamente el estar aquí y poder encontrar en el Dr. Jung un consuelo, un oído amigo comprensivo y genial, lastima más sana, deprime más anima, desespera más reconforta. Me fascina poder expresar con to- tal libertad tales sentimientos. Me encuentro frecuentemente amigado con aquellas cosas por las que me condené algún día. Ahora comprendo que sé es Dios y Diablo y que lo complejo no es amigo de lo radical ni tampoco de las condenas.

Primavera 1919

Cada día que pasa, sobre todo en las paradójicas horas del ocaso, vuel- vo a tomar la hoja en blanco y (re)nace un apasionado, violento y febril afán de plasmar en ella cada palabra de mi Hermann poeta y escritor. Vuelvo a encontrar consuelo entre la tinta, la luz tenue de la noche y el rugoso papel.

Me ánima haber dejado de lado, por el momento, la máquina de escri- bir e implicar todo el cuerpo en el arte de la escritura. No porque me crea digno de ser considerado artista, más por el honor que hago en cada punto, en cada coma, en cada letra que se dibuja, casi de forma independiente, al dar rienda suelta a mi mano que vuelve a cobrar vida propia como alguna vez acostumbró a hacer.

Más precisamente, anoche me encontraba sumido en un profundo sueño del que desperté de golpe y agitado aunque inspirado como nunca

antes. Comencé a escribir en ese preciso instante; no puede percatarme del tiempo que estuve sentado en mi escritorio mientras veía con asombro cómo los papeles blancos se llenaban uno tras otro. Solo sé que mi cuerpo estaba encendido de un fuego bendito y demoníaco que hace tiempo no abrigaba.

Tercera Mención - Poesía

Tu sonrisa

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