Al observar los sketches de Michelena y lo que fueron las estam- pas quiteñas de Evaristo Corral y Chancleta interpretadas por el actor Ernesto Albán y su elenco, surgen algunas diferencias. Las estampas quiteñas que empezaron a interpretarse en 1937 y tuvieron su esplen- dor en las siguientes décadas, tendían a identificar los personajes de la
escena política, personalizando a los políticos desde una crítica de las clases medias bajas. Mientras en los sketches, la escena política está -por así decirlo- en el telón de fondo como algo que no cambia, porque to- do gobierno aparece como igual, y en verdad su contenido político se- ría la vida cotidiana. Evaristo criticaba desde un escenario y personajes típicos, a políticos conocidos; era el producto de una sociedad que vi- vía una parcial modernización, donde la gente se conocía en el ámbito de una pequeña ciudad. Michelena es un producto de la era petrolera, cuando ya los espacios se tornan anónimos y los lugares públicos dejan de ser claras representaciones del poder y pasan a adquirir rasgos de in- formalidad. Cuando las vidas de las gentes se tornan anónimas, y sur- gen los arquetipos y símbolos que personifican al hombre o mujer co- mún.
Se debe insistir en una diferencia básica entre Evaristo y Miche- lena, y es que si bien sigue manejando el habla coloquial, hay cambios linguísticos que implican el uso de la “coba” y palabras o frases del ha- bla costeña que han sido incorporadas al habla serrana.
Las estampas quiteñas fueron una recreación de las vicisitudes y dramas de las clases medias, donde la precariedad económica se disi- mulaba con la conservación de las apariencias. Se retrataba la natura- leza del chulla quiteño, asociada al empleo público de baja categoría, el desempleo y los trabajos ocasionales. Pero sobre todo la incertidumbre del empleo público sujeto a la inestabilidad política. Los oficios y ocu- paciones de Evaristo: chofer, teniente político, empleado público, maestro, diputado. Así, el trabajo aparece como un elemento accesorio, en realidad parte de una simulación en la lucha por la vida. Se trabaja para disimular, y esto remite a la mentalidad hidalga de desprecio al trabajo.
Ocasionalmente se expresaba una ironía limitada hacia la aristo- cracia. Había también en ciertas estampas un enfoque costumbrista del indio y la vida rural. El indio aparece allí como víctima de un sistema de explotación lo que traduce algún influjo del indigenismo de la épo- ca. También en las estampas se percibe un lenguaje coloquial que era compartido por las clases medias y las clases populares.1
Los ejes de las representaciones de Evaristo se hallaban en la vi- da familiar privada, principalmente. Allí, en esa vida íntima, se produ- ce una interrelación con la vida pública. Por tanto, las estampas son una prolongación de la vida privada al mundo público. Evaristo era la
caricatura del hombre público “promedio” de la época oligárquico-se- ñorial.
Evaristo vivía en medio de una escena política bastante localista, con la peculiaridad de que corresponde a la ciudad donde está localiza- do el aparato de Estado. El mensaje moralizante de las estampas es és- te: aprovechar el instante, vivir el momento, desconfiar de los políticos. La moraleja con la que cae el telón de “Me siento diputado”, una estam- pa representada en la década del cuarenta, presenta a la política como algo sucio y la corrupción como algo natural.
Siempre será la Política, tanto aquí como en la China,
en la edad tierna o la crítica, una cosa bien cochina. Y sólo podrá triunfar
quien a ella se dedica, sí al viejo arte de engañar su vida íntegra la aplica.
Se cuestionaba la lucha política y promovía la independencia en la participación. El poder estaba físicamente cerca y los políticos eran muy visibles. Evaristo lucía una gran capacidad de adaptarse a los dife- rentes discursos políticos en circulación. Ser liberal, conservador o so- cialista dependía de la ocasión y circunstancias.
No existen todavía investigaciones sobre el humor y la llamada “sal quiteña”, condensada en la capacidad de crear el chiste conocido como “cacho”. Y no deja se ser interesante el recordar que un efímero dictador de 1936, Federico Páez, gozó de la fama de haber sido un gran cachista. Su ascenso al poder parecía haber sido otro de sus chistes.
Algunas versiones testimoniales hablan de una decadencia de lo que fue el humor quiteño en los años cincuenta, cuando declinaban las temporadas de inocentes y empezaba la migración de las clases medias y la aristocracia desde el centro hacia el norte de la ciudad.
Raúl Andrade constataba en 1955 el cómo la ritualidad y el hu- mor quiteño habían decaido por al aparecimiento de antagonismos di- simulados entre la población:
No se podría establecer con exactitud la fecha en que se inició el ocaso del in- genio quiteño. Hasta hace pocos años, las gentes intercambiaban amablemente sus burlas cordiales, sus despuntadas ironías, sus dardos sin malignidad. No era necesario acudir a la máscara del payaso para apuntar una verdad, expresada con términos limpios. Corriente o fino, el quiteño se significó por su calificada
cortesía que, en ocasiones resbalara a la cortesanía. Una mentalidad bronca y rural, alimentada por odios de clase y diferencias políticas ha deshecho, resuel- tamente, la irónica y sonriente fisonomía ciudadana”.2
En estricto sentido habría que percibir en el malestar de Andra- de, el tránsito de una época hacia otra cuando la fisonomía de la ciu- dad señorial perdía sus referentes antiguos. Pero no es sorprendente sa- ber que uno de los espacios en los que entre otras cosas se producía hu- mor eran las cantinas quiteñas, donde se refugiaban las clases medias y los grupos de artistas e intelectuales. Ese era uno de los escenarios don- de se producían y divulgaban los chistes del momento.3La risa efíme-
ra y la euforia remojadas en aguardiente, tenían al día siguiente como consecuencia el estado depresivo del chuchaqui.
Según un comentario de aquellos tiempos, el teatro de Evaristo era una manera de evadir la realidad mediante la risa, en la medida que el ambiente de Quito era propicio para la tristeza. Podría decirse por tanto que era la válvula de escape para una rutina que hacía que las cla- ses medias vivieran en una precariedad material que alimentaba senti- mientos melancólicos.
El estilo de Evaristo, que también produjo numerosos émulos, se mantuvo vigente hasta la década del sesenta cuando las estampas se graban en discos de acetato y su espectáculo de variedades recorría el país.
También se hallaban disponibles los circos nacionales, general- mente constituidos con personal y payasos costeños. El humor -gene- ralmente procaz- de los payasos de circo, nutría el repertorio de chistes de la gente. En la compilación de cuentos Bajo la Carpa4que abunda
sobre lo pintoresco y melancólico de los circos, surge como constante la pobreza de la infrestructura que acompaña a personajes que sufren. Un rápido vistazo a lo que fueron diversas expresiones humorís- ticas entre los sesentas y setentas nos muestra revistas como La Bunga, la columna de “Los Picapiedras” en el diario El Tiempo, el paso de Eva- risto a la televisión, los famosos concursos de cachos en “La Hora Sa- brosa” de Radio Tarqui, la persistencia de la elaboración de testamen- tos escritos del Año Viejo. Si se exceptúa “La Hora Sabrosa” donde es- taba explícitamente censurado el cacho político, las otras expresiones de humor tenían que ver básicamente con la escena política. Es sinto- mático que se haya dicho que el mejor chiste de Ernesto Albán, fue el de haber sido electo diputado a comienzos de la década del setenta con
un masivo apoyo ciudadano y sin el soporte de partido político alguno. Se había concretizado en la realidad el sentido general de la participa- ción política que promovían las estampas.
Ernesto Albán fallece en julio de 1984, y con él se fue una mane- ra de hacer teatro de revista. Con la desaparición de otras formas de humor escritas y radiales se vivió una especie de receso humorístico en los años ochenta, en tanto la crisis económica de esos años, parecía no ofrecer material para el ejercicio del humor. No es casual el éxito de la música rocolera en esa década y la agonía de los circos nacionales. Pe- ro allí estaba Carlos Michelena, quien a esas alturas ya se había instala- do en el parque de El Ejido, y recibía un creciente apoyo del público.