En la actualidad, se ha generado un cambio en los patrones de mortalidad en las sociedades desarrolladas. Las enfermedades infecciosas han cedido su protagonismo, respecto a la morbilidad y mortalidad, a las crónicas y a las suscitadas por comportamientos inadecuados. Cada vez es mayor la evidencia del peso que ejerce la conducta, los estados psicológicos y el contexto en el que vivimos sobre la salud. Tener buena salud depende en gran medida de comportamientos tales como realizar hábitos saludables, buscar cuidados médicos u obedecer las recomendaciones de los médicos (Becoña, Vázquez & Oblitas, 2004).
70 Alexitimia, funcionamiento familiar y estilo de vida: predictores de la alimentación emocional La transición epidemiológica de enfermedad aguda a enfermedad crónica, como principal causa de mortalidad en nuestra sociedad, ha hecho importante el estudio del estilo de vida relacionado con la salud.
De acuerdo a Elliot (1993) se caracteriza por:
a. Poseer una naturaleza conductual y observable. Desde este punto de vista, actitudes, valores y motivaciones no forman parte del mismo, aunque pueden ser sus determinantes.
b. Continuidad de estas conductas en el tiempo, persistencia, creación de hábitos.
c. Asociación y combinación entre conductas de forma consistente.
Desde planteamientos ecosistémicos, el ser humano es un sistema en el que todos sus componentes biológicos, neurológicos, psicológicos, ambientales y educativos, interactúan como un todo. No se puede decir que las capacidades sean fruto de un determinismo genético ni tampoco que se deban exclusivamente al ambiente, sino a la interacción entre predisposiciones, rasgos personales, condiciones ambientales e influencias educativas. Incluso personas que han llegado a altos niveles de expresión creativa deben su éxito al conjunto de factores de índole biopsicológica, sociocultural y educativa (Csikscentmihalyi, 1998).
En la Figura 2 se muestra un modelo ecológico que explica la interdependencia de los factores que intervienen en la formación del estilo de vida.
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Modelo Ecológico de estilo de vida y salud
Figura 2 Modelo Ecológico sobre estilo de vida relacionado con la salud (Lema, Salazar et al., 2009).
Cuando el campo se delimita a la salud, las pruebas empíricas acumuladas en el tema permiten afirmar que son las conductas las que tienen un impacto muy importante, en la medida que, su presencia o ausencia, puede constituir un factor de riesgo o de protección para el individuo, según sea el caso.
Dentro de los patrones de comportamiento que conforman los estilos de vida se incluyen prácticas saludables y no saludables que interactúan entre sí (Lema, Salazar, Varela, Tamayo, Rubio & Botero, 2009).
72 Alexitimia, funcionamiento familiar y estilo de vida: predictores de la alimentación emocional El estilo de vida saludable es el conjunto de patrones conductuales o hábitos que guardan una estrecha relación con la salud en un sentido amplio, es decir, con todo aquello que provee el bienestar y desarrollo del individuo a nivel biopsicosocial. Por su parte, el estilo de vida de riesgo se entiende como el conjunto de patrones conductuales, incluyendo tanto conductas activas como pasivas, que suponen una amenaza para el bienestar físico y psíquico y que acarrean directamente consecuencias negativas para la salud o comprometen seriamente aspectos del desarrollo del individuo (José et al., 2004).
El tiempo de sueño, los hábitos alimentarios, el manejo de la alimentación y el peso corporal, la recreación, la actividad física, la abstención o consumo de alcohol, de tabaco y de drogas recreativas, el sexo seguro y protegido, el cepillado de dientes, la vacunación, la adopción de medidas de tamizaje para la detección temprana de enfermedades, entre otros comportamientos, hacen a las personas más o menos propensas a la enfermedad o a mantener su estado de salud. Por tanto, intervenir los estilos de vida se convierte en una de las acciones más eficaces para la prevención de la enfermedad y la promoción de la salud. Se trata de un término que atañe a pautas comportamentales, es decir, a formas recurrentes de comportamiento que se ejecutan de forma estructurada y que cuando se constituyen en el modo habitual de responder ante una situación se pueden entender como hábito, permitiendo entenderla relación directa que se establece entre la forma y el estilo de vivir con aspectos de la salud (Sanabría, González & Urrego, 2007).
No obstante, las personas que tienen comportamientos no saludables que son estables en el tiempo, tales como, el desequilibrio en la dieta, el sedentarismo, el consumo de tabaco y de alcohol, no dormir el tiempo necesario o llevar a cabo comportamientos inseguros, tienen una mayor probabilidad de desarrollar enfermedades, comparadas con aquellas personas que no incluyen estas prácticas en su estilo de vida (Lema et al., 2009).
73 Alexitimia, funcionamiento familiar y estilo de vida: predictores de la alimentación emocional De esta manera, la intervención preventiva define en gran medida las proporciones de reducción de los problemas de salud, y la educación se ha concebido como una de las respuestas más optimistas para lograr un acceso oportuno a la población, la propia educación de la salud debe concebirse como algo más que la mera impartición institucional de conocimientos o de mensajes preventivos, cuyos efectos han mostrado tener una eficacia dudosa. No tenemos por qué suponer que los factores que propicien o dificulten el que un paciente se ajuste a su régimen terapéutico, sean diferentes a los factores que afectan las probabilidades de que un individuo sano se ajuste o adapte a una constelación de acciones que conformen un estilo de vida más cercano al que permitiría conservar la salud, e incluso promoverla (Puente, 1985).
Los pocos instrumentos disponibles para medir el estilo de vida son de tipo genérico, es decir, construidos para aplicarse a población general y no a personas con enfermedades específicas (López-Carmona, Ariza-Andraca, Rodríguez-Moctezuma & Munguía-Miranda, 2003).