No menos de cuatro diferentes mensajes, escritos u orales, recibí de Kabila antes de que llegara. Ya estaba totalmente incrédulo pese a tanto anuncio y ponía más atención a algunos problemas concretos que me preocupaban más.
Mundandi escribía cada cierto tiempo una carta más crítica que la otra, todas descargando responsabilidades en los congoleses: por culpa de la falta de combatividad de estos quedaría sin hombres para hacer la Revolución en Ruanda, todos sus cuadros morían, él solamente había pensado llegar hasta Albertville y después dirigirse a Ruanda, pero ya no tendría combatientes, etc. Se habían intentado realizar pequeñas maniobras en el frente de Front de Forcé, como patrullas de exploración, para averiguar mejor la ubicación del enemigo y buscar hombres heridos que hubieran podido quedar abandonados por sus compañeros, ya que nadie sabía el número exacto de desaparecidos, pero todo resultó inútil; los ruandeses se negaban a llegar más lejos de las primeras inclinaciones descendentes de las montañas. Ante nuestras quejas, Mundandi explicaba que era una cuestión política; sus hombres estaban descorazonados de la poca cooperación congolesa y por eso se negaban a actuar.
Era difícil interpretar estas manifestaciones, ya que una de sus preocupaciones fue la de mantenerse alejado de las tropas congolesas; él había tomado la iniciativa de la acción y el fracaso le era atribuible, podía englobarnos a nosotros, en todo caso, pero no tenía por qué involucrar a los congoleses, cuyo contacto rehuía.
Seguían llegando heridos de Katenga y Front de Forcé, trasladados poco a poco por los campesinos, ya que los combatientes tampoco estaban dispuestos a pasar las penas de llevar un hombre en una camilla improvisada por los senderos de la montaña.
Una vez más, traté de hablar con los responsables. En ese momento lo era el mayor Kasali; no me recibió porque tenía «dolor de cabeza», pero envió al compañero Kiwe, viejo conocido, a que hablara conmigo para transmitir mis planteamientos a Kigoma.
No era mucho lo que tenía que decir:
a) ¿Qué hacía con los cuarenta recién llegados? ¿Adonde los mandaba?
b) Dejaba constancia de mi inconformidad por la forma en que se tramitó todo lo del ataque a Bendera.
Entregaba al mismo tiempo una pequeña carta para Kabila, explicándole que la necesidad de mi presencia en el frente era mayor cada día.
En efecto, se palpaban síntomas de descomposición en nuestra tropa; ya durante la retirada de Front de Forcé algunos compañeros habían manifestado que con esa clase de gente no peleaban más y se retirarían de la lucha; había rumores de que varios iban a plantear formalmente abandonar el Congo. Mantener la moral era una de mis preocupaciones fundamentales. Requería en la citada nota respuesta urgente y no llegó. Envié una nueva carta a través del comisario Alfred, haciendo un análisis del porqué de la derrota de Front de Forcé y otras observaciones:
No hubo coordinación en los ataques; el grupo de Front de Forcé atacó el día 29 y el de Katenga el día 30, pero Mundandi no era el único culpable, pues en el otro frente tampoco se había hecho
nada2. Recomendaba la formación de un comando único en todo el frente para tratar de unificar las acciones y aconsejaba que hubiera algún cubano en él. Como habíamos constatado, no se podía lograr el traslado ni de una caja de balas de uno a otro grupo debido a las pugnas. Insistía una vez más en la necesidad de mi presencia en el frente.
Subí a la Base Superior a hacer una explicación de la derrota a nuestros compañeros y una advertencia solemne a los nuevos incorporados.
Mi análisis de nuestras faltas:
Primero, subestimamos al enemigo. Pensando que era de las mismas características del soldado rebelde que se le oponía, atacamos a pecho descubierto con una moral de vencedores, contando con barrerlos, sin calcular que era gente que había recibido una instrucción militar, que estaba parapetada y, al parecer, alerta.
Segundo, falta de disciplina. Enfático sobre la necesidad de mantener una disciplina rígida. Por doloroso que fuera, era necesario criticar el acto de Inne, heroico pero nocivo por cuanto había conducido a la muerte no solo a tres compañeros cubanos más, sino también a más de una decena de ruandeses.
Tercero, decaimiento de la moral combativa. Era necesario mantener la moral alta; insistí mucho en ese punto.
Hice una crítica pública al compañero Azima que había hecho algunas manifestaciones derrotistas y fui explícito con respecto a lo que nos esperaba; no solamente hambre, balas, sufrimientos de toda clase, sino, incluso, en algunas oportunidades, el ser muerto por los propios compañeros que no tenían nociones de tiro. La lucha sería muy difícil y larga; hacía esta advertencia porque estaba dispuesto en ese momento a aceptar que los recién llegados plantearan sus dudas y retornaran, si así lo deseaban; después no sería posible. El tono fue duro y la admonición clara. Ninguno de los recién llegados dio señales de debilidad, sin embargo, para mi sorpresa, tres de los combatientes que habían participado en el ataque a Front Bendera, y que estaban de vuelta trayendo algunos mensajes, plantearon irse; para colmo uno de ellos pertenecía a nuestro partido. Sus nombres: Abdallah, Anzali y Anga.
Les recriminé su actitud y les previne que iba a pedir las más fuertes sanciones contra ellos. No tenía ningún compromiso porque había hablado para los nuevos soldados, pero prometí dejarles ir en un futuro que no precisé.
Para hacer más grande mi sorpresa y dolor, el compañero Sitaini, que me había acompañado desde la guerra y que fue ayudante mío durante seis años, planteó el retornar a Cuba; más doloroso aún porque utilizó argumentos mezquinos, pretendiendo desconocer lo que a todo el mundo le había prevenido sobre la duración de la guerra, vaticinando tres años con buena suerte, de lo contrario, cinco. Ese era un estribillo que tenía para hacer las prevenciones de la duración y dureza de la lucha y Sitaini lo conocía mejor que nadie porque continuamente me acompañaba. Le negué la salida, tratando de hacerle comprender que sería un desprestigio para todos; él tenía la obligación de quedarse allí debido a su afinidad conmigo. Manifestó que no tenía más remedio que aceptarlo pero lo hacía de mala gana y desde ese momento fue casi un cadáver. Estaba enfermo,
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Era preciso insistir sobre este aspecto, ya que la situación en que se encontraban los ruandeses era muy extraña: por un lado se les daba muestras de confianza y de aprecio superiores a las de los congoleses; por otro se les achacaba toda la culpa de la derrota. Ambos bandos dejaban la autocrítica en casa y salían a la palestra en una guerra de denuestos increíbles. Lástima que esas energías no las reservaran para usarlas contra el enemigo. Mundandi me relató que Calixte había llegado en una oportunidad a disparar contra él, extremo que no me consta. Lo cierto es que tan ineficiente era el uno como el otro.
tenía una hernia bilateral, y su estado fue agravándose hasta hacer necesario y justificable el que abandonara la lucha.
Mi ánimo estaba bastante pesimista esos días, pero bajé con cierta alegría el 7 de julio, cuando se me anunció que había llegado Kabila. Por fin estaba el jefe en el lugar de las operaciones.
Se mostró cordial pero esquivo. Hablé de mi presencia allí como una cosa aceptada de hecho y me limité a darle las explicaciones que varias veces había repetido sobre los motivos que hicieron que llegara sin aviso previo al territorio congolés. Le planteé hacer conocer esto al gobierno de Tanzania pero contestó evasivamente dejándolo para otra oportunidad. Estaban con él dos de sus ayudantes más cercanos: el compañero Masengo, ahora jefe del Estado Mayor, y el ministro de Relaciones Exteriores Nbagira (en ese momento había dos ministros de Relaciones Exteriores, porque Gbenyé mantenía el suyo, Kanza). Se mostró animado y me preguntó qué quería hacer. Por supuesto, le repetí mi vieja cantinela: quería ir al frente. Mi misión más importante, donde podía ser más útil, era la de formar cuadros y estos se forman, durante la guerra, en el frente de batalla y no en la retaguardia. Expresó sus reservas, pues un hombre como yo, útil para la Revolución mundial, debía cuidarse. Argumenté que no pensaba luchar en primera línea, sino estar en primera línea con los soldados, pero tenía suficiente experiencia como para cuidarme; no iba a buscar laureles de guerra, sino a hacer una tarea concreta y que estimaba la más útil para él pues, de resultas de ella, podrían surgir cuadros eficientes y leales.
No contestó pero mantuvo un tono cordial y me anunció que íbamos a hacer una serie de viajes; nos trasladaríamos hacia el interior para visitar todos los frentes. Como primera previsión, esa misma noche saldríamos para Kabimba a visitar la zona. Esa noche no se pudo ir por algún motivo, al día siguiente tampoco y el otro tenía que dar un mitin a los campesinos para explicarles los resultados de la Conferencia de El Cairo y aclararles algunas dudas. Provisionalmente se mandó a Aly con diez hombres para realizar alguna acción sin mayores pretensiones en la zona de Kabimba. El teniente Kiswa iba a Uvira para realizar exploraciones.
Se dio el mitin; fue interesante. Kabila demostró tener conocimiento amplio de la mentalidad de su gente; ágil y ameno, explicó en swahili todas las características de la reunión de El Cairo y los acuerdos a que llegó. Hizo hablar a los campesinos, dando respuestas rápidas y que satisfacían a la gente. Todo acabó con una pequeña pachanga bailada por los mismos participantes al son de una música cuyo estribillo cantado era «Kabila eh, Kabila va».
Su actividad era intensa, parecía querer ganar el tiempo perdido. Planteó organizar la defensa de la base y parecía infundir ánimo a todos, cambiando la fisonomía de esa zona tan golpeada por la falta de disciplina. Apresuradamente, se juntaron 60 hombres, se les asignaron tres instructores cubanos e iniciaron la tarea de hacer trincheras y dar clases de tiro, mientras confeccionábamos un plan de defensa de pequeño semicírculo que abarcaba la bahía en que estábamos.
El 11 de julio, cinco días después de llegar, Kabila me mandó llamar para decirme que esa noche debía partir con rumbo a Kigoma. Me explicó entonces que Soumialot estaba allí e hizo una crítica severa de este dirigente, de sus errores organizativos, de su demagogia, de su debilidad. Según Kabila, precisamente en este momento en que el gobierno de Tanzania había encarcelado, por indicación suya, un grupo de agentes de Gbenyé, o directamente del enemigo, que estaban sembrando la discordia, había llegado Soumialot y los había liberado. El tenía que aclarar definitivamente la división del trabajo con Soumialot; le habían nombrado presidente para que se dedicara a viajar, a explicar las cosas de la Revolución y no molestara mucho –pues su capacidad organizativa era nula–, pero había que delimitar los campos. Analizó la influencia de Soumialot en esa zona, de donde era oriundo, y afirmó que debían tener una última explicación, pues su acción podía ser nefasta para él porvenir de la Revolución. Eso sí, el viaje sería de un día, y estaría de vuelta al siguiente.
Se le escapó en el curso de la conversación que Soumialot ya había regresado para Dar es Salaam y le pregunté, con un poco de sorna, cómo iba a hacer para cruzar el lago, entrevistarse en Dar es Salaam con Soumialot y volver al día siguiente, pero me contestó que lo de la partida no estaba confirmado; si la noticia era exacta, tendría que ir a Dar es Salaam, pero volvería inmediatamente.
Cuando se supo la nueva de la partida de Kabila, entre congoleses y cubanos cundió el desánimo una vez más. Kumi, el médico, sacó una nota donde había vaticinado a Kabila siete días de permanencia en el Congo, y se equivocaba por dos; Changa, nuestro esforzado «almirante» del lago, mientras echaba rayos y centellas, decía: «¿Y para qué este hombre había traído tantas botellas de whisky como trajo, si se iba a quedar cinco días?».
No transcribo las exclamaciones de los congoleses, pues no me las decían directamente, pero eran del mismo estilo y las transmitían a nuestros compañeros.
El descrédito caía sobre Kabila, era imposible superar esta situación sí no retornaba inmediatamente. Tuvimos una última conversación en la cual insinué este problema con la mayor elegancia de que era capaz; hablamos también sobre algunos otros tópicos y me planteó, de soslayo, como era su método, cuál sería mi posición si hubiera una ruptura. Le manifesté que yo no venía al Congo a intervenir en cuestiones de política interna, que eso sería nefasto, pero que había venido enviado por el Gobierno a esa zona, que trataríamos de serie leales y de ser leales al Congo por sobre todas las cosas y que, si tenía dudas sobre su posición política, se las plantearía francamente a él primero que a nadie; pero, insistí, la guerra se gana en el campo de batalla, no en los conciliábulos de retaguardia.
Hablamos de planes futuros y me confió que estaba haciendo arreglos para trasladar la base hacia el sur, a Kabimba, y que tenían que tomar medidas para que las armas no fueran distribuyéndose en las zonas de sus enemigos políticos. Le expliqué que, en nuestro concepto, Katanga era la zona clave del Congo por su riqueza y que era el punto donde había que dar las batallas más duras; estábamos de acuerdo en eso, pero nosotros no considerábamos que se pudiera resolver el problema del Congo en una forma tribal o regional; era un problema nacional y debíamos hacerlo entender así y, por otra parte, le insistí, no era tan importante contar con la lealtad de determinada tribu como contar con la lealtad de cuadros revolucionarios, y para eso había que crearlos y desarrollarlos y, una vez más, era necesario ir al frente... (mi cantinela habitual...).
Nos despedimos, salió Kabila; al día siguiente el ritmo de la base, que por su presencia y dinamismo había comenzado a ajustarse, decayó. Los soldados encargados de hacer las trincheras dijeron que ese día no iban a trabajar porque se había ido el jefe; otros, que estaban haciendo el hospital, abandonaron la construcción, y todo volvió a adquirir el ritmo tranquilo, bucólico, de aldea provinciana alejada de todos los azares, no solo de la guerra sino, incluso, de la vida que tenía nuestro Estado Mayor.