Capítulo II Marco teórico
2.2 Bases teóricas
2.2.3 El texto expositivo.
2.2.3.2 Estructura del texto expositivo.
Kintsch (como se citó en Álvarez, 2005) afirma que en el tipo de texto expositivo hay formas o subtipos de organización debido a que los textos expositivos no se ciñen a una superestructura homogénea.
a. Descripción y definición. Está relacionada con conceptos como estructura, morfología, procedimiento, proceso, mecanismo, sistema, comparación, fases, etc.
b. Comparación y contraste (semejanzas y diferencias).
c. Problema-solución (pregunta-respuesta).
d. Causa consecuencia. Para exponer admite variaciones, de acuerdo a cómo se ordenen anterior o posteriormente los antecedentes y el consecuente.
e. La ilustración mediante mapas, tablas, fotografías, dibujos, esquemas, etc. Es otra de las representaciones o subtipos de organización de la información.
Meyer (como se citó en Gónzález y Marcilla, 1996) y Viero, Peralbo y García (1997) afirman que los esquemas sirven en los procesos de comprensión y por ello exponen cinco esquemas retóricos que se encuentran en los textos expositivos:
Texto expositivo de carácter descriptivo: da información de un tema particular, agrupa los rasgos, atributos o características de un tema, acontecimiento, o situación. No presenta palabras clave que ayuden a comprenderlo.
Texto expositivo de carácter agrupador o colección: agrupa temas diversos en forma simultánea y sucesiva sin implicar un orden jerárquico, pero relacionándolos entre sí. Emplea palabras clave para enfatizar la continuidad como en primer lugar, a continuación, etc.
Texto expositivo de carácter causal o causativo: organiza la información teniendo como eje dos categorías, la ascendente y la consecuente, y respeta la relación antes y después. Se emplean palabras clave a causa de, la razón por la que, por ende, de ahí que, etc.
Texto expositivo de carácter aclaratorio o problema-solución: ordena la información en torno al planteamiento de un problema o situación problemática y sus posibles alternativas de solución. Se emplean las palabras clave una posible causa del problema, la pregunta que surge es y el problema consiste en, etc.
Texto expositivo de carácter comparativo: hace referencia a dos o más fenómenos que se confrontan señalando sus semejanzas y diferencias.
Calfee y Curley (1984) presentan la siguiente clasificación de textos expositivos:
- Descriptivo. Presenta información al lector por medio de definiciones, divisiones clasificatorias o comparaciones.
- Ilustrativo. Expone al lector el contenido del texto estableciendo comparaciones entre hechos, ideas, personajes o conceptos. En algunos casos utiliza el ejemplo para ilustrar con mayor claridad un objeto o hecho.
- Secuencial. Por medio de sucesos o ejemplos interrelacionados explica al lector la
estructura causa-efecto implícita en el texto. Ocasionalmente recurre a categorizaciones para complementar la explicación.
- Argumentativo. El autor del texto hace explícita su posición en la presentación del tema tratando de convencer al lector. Para ello utiliza argumentos de carácter inductivo o deductivo.
- Operacional. Presenta la secuencia de tres elementos: la introducción, que brinda una orientación general al lector sobre su contenido; la transición, que conecta la información existente y la nueva, y la conclusión, que permite sintetizar la información.
- Temporal. Expone una secuencia que refleja el paso del tiempo, o una progresión lógica entre los elementos que componen el texto.
De Rojo (1998) clasifica los textos expositivos según tengan trama narrativa o descriptiva. Los primeros desarrollan procesos históricos o naturales y presentan los hechos en una secuencia temporal o causal. Los segundos caracterizan objetos, personas o procesos por sus propios rasgos.
Por otro lado, se debe tener en cuenta que en los párrafos de los textos expositivos se puede encontrar las siguientes estructuras:
Analizante o deductiva. La acción principal, la idea principal o la tesis va al inicio y, tras ella, se desarrollan los hechos, datos o argumentos en el resto del párrafo.
Sintetizante o inductiva. La acción principal, la idea principal o la tesis se muestra al final. Se deriva o deduce de lo escrito anteriormente.
Encuadrada. Lo importante se muestra al inicio y se vuelve a enunciar de manera reforzada al final del párrafo.
Paralela. Toda la información tiene el mismo nivel de importancia. Se tiene que inferir la idea temática o acción importante.
Concéntrica. La acción principal, la idea principal o la tesis se halla en el centro y en torno a ella gira la narración, exposición o argumentación.
A continuación, se presenta un texto expositivo de carácter descriptivo. Es un prólogo de César Toro Montalvo sobre una serie de cuentos del escritor Luis Morón Hernández y otros narradores:
Nada resulta tan agradable y gratificante como leer un libro de cuentos de
narradores jóvenes de nuestro país. Más aún, si el entorno de escritura y aparición se ubican en los distintos puntos del Perú como en la presente ocasión. Bajo el título de Cuentos
lechuceros podemos percibir las varias voces de narradores que surgen muy cerca de Lima, hasta la noble ciudad de Chosica. Nos estamos refiriendo a Luis Morón Hernández, César Pineda Quilca, Eduardo Vílchez Dianderas, Charly Martínez Toledo y Víctor Reyna Espinoza.
Cuentos lechuceros, más allá del título que los convoca, es un notable aporte y esfuerzo editorial que permite una lectura de los variados estereotipos narrativos que
enriquecerán el desarrollo de la narrativa peruana actual. Amén si en estas páginas se podrá percibir una riqueza multiétnica y renovadora de quienes aquí la representan.
Luis Morón Hernández, al que conocíamos como un vigoroso ensayista y estudioso de la literatura, y que nos entrega sorpresas continuas, nos acerca ahora, en este libro en su faceta de escritor. Heredero de una tradición literaria iqueña fértil, su pluma narrativa describe con solidez cuadros natales desde una pizca criolla y costeña. Morón Hernández, en esos empeños, rescata las simientes de las viñas de Ica. Chispeante y enternecido, oral y continuo, enfebrecido y dueño, su prosa encandila desde la misma sencillez del habla hasta retomar matices de criollismo neorrealista que sin duda hace agradable la lectura de sus cuentos. De su pluma siempre esperaremos nuevas sorpresas.
Un cuento de Morón Hernández que se sostiene en el trazo estilístico, Los chanchos vuelan, recuerda el sacrificio del chancho que imprevisiblemente trae angustias, y más de un susto desmedido. Como el apunte de la cámara en primer plano, Maringá, el matarife de cerdos, supone la atención de un porcino “gigante de negro” y cerdoso que recibe el último cuchillazo fulminante, pero no muere. Allí la trama parece que empezara, pero es el epílogo. Maringá prueba el pisco victorioso ante la presencia del abuelo y el narrador quienes sujetan al cerdo. La picardía criolla iqueña rodea al cuento y su brevedad atrapa al lector hasta la culminación.
Relatos de misterios de aparecidos no siempre resultan misteriosos. Corepercuten sí, con la realidad. Suelen aparecer en el escenario en creencia de ser, pero lo imprevisible surge coincidiendo con lo irreal, que hasta la protagonista pierde los estribos para ingresar a los territorios del miedo y el pavor. Los protagonistas: Dolores y su compadre Carlos, entre los montes iqueños de Choclococha, son los actores que escuchan a ciertas ánimas convertidas en animales. De eso se trata el cuento Chancha en pena. En principio, Morón Hernández presenta a la protagonista desde la etopeya provinciana ejerciendo la prosa neorrealista.
Supuestamente Chancha en pena nos acerca a la oralidad iqueña de la conversión y trastrocamiento del habla de los espíritus. Morón Hernández hereda esa misión solo
reservada a los espíritus nigromantes de la santería costeña como nuestro escritor, por eso aquí lo precisa: “Dolores escuchó, a las doce de la noche, unos ruidos misteriosos y quejumbrosos de una chancha dentro de su chacra que colindaba con el cementerio del distrito. La gente comentaba que últimamente los vecinos habían sido sorprendidos por las ánimas y los espíritus de los muertos que intranquilos por su alma, se presentaban en forma de animales de pavos o chanchos, a las personas, asustándolas y creándoles verdaderos traumas emocionales que no servían todas las misas que le celebraban para tranquilidad de sus almas. Y Dolores, la única que hablaba con los espíritus, se le estaba presentando la oportunidad de enderezar entuertos y descubrir, de una buena vez, quién era esta alma que tanto jodía y no dejaba en paz a las personas”. El final de la narración es que su compadre Carlos había extraviado a la chancha hambrienta, y así Dolores “perdió su fama” creyendo que era un alma a la que perseguía.
En el cuento Los cigarros, Morón Hernández, se apoya en las creencias e historias de brujas. Quien no portaba algo que lo protegiera al cruzar la frontera donde habitan estos malos espíritus, “pobrecito de aquel que no cargara en sus talegas una cruz, unas tijeras o cigarros, seguramente sería objeto de “sustos” y dentro de muy poco la enfermedad, el trastorno y desde luego la muerte”. Todo esto acompaña a Panchito, el personaje emblemático, andariego y caminante por San Juan Bautista. Pero algo cambia en esta travesía, una sombra como a cincuenta metros se le presenta como una “sinuosa onda de humo que se desprendía del suelo”, pero gracias al encendido de los cigarros pudo salvarse de este asalto emocional y Panchito evitó pasar el susto de su vida.
El cuento Burrita blanca desde que lo leí por primera vez en el 2001 en la
por ese entonces, los originales de este cuento. La manera como va trazando el pulso de la historia aparece en chispa iqueña que le imprime de una adrenalina jocosa, con aventuras en las chacras, propias de la edad del protagonista, que no hace sino corroborar el talento de un cuento que posiblemente marcará un hito en la narrativa peruana de inicios del siglo XXI.
Burrita blanca, desde el inicio del relato presenta un trote de laboriosidad en la chacra de Longar al servicio del abuelo que siempre estaba dispuesto al laboreo de la tierra y de las viñas. Siempre compara las tierras de los demás con la suya. Casi no se charla cuando se cumple esta tarea agrícola, o solo sé como “un apiñado racimo de uvas dulces”. El escritor supuestamente es parte del relato, incluyendo al abuelo y la abuela que apañan uvas y recogen mangos. Siempre en estas tareas de encargo el protagonista escritor va sobre la burra blanca recorriendo las “eras de uvas tintas”. Por eso lo describe al inicio: “De todas las burras cargadoras, ella era la más hermosa, la que sobresalía en los caminos, en las esquinas, al mediodía, en las mañanas, al atardecer y en los tiempos de “agua nueva”, en la madrugada. Llevaba en su pata derecha un lunar negro, signo trágico, que conjugaba muy bien con su sino de eterna laboriosidad”.
En la escenografía de Burrita blanca aparecen las chacras de frutales iqueños y vivencias experimentadas por el escritor. A veces el anecdotario de épocas pasadas, sobre todo de la infancia, avizoran en el lector lo sucedido o simplemente describe en menciones, como el abuelo que carraspea con chispa:
“Esas tierras no son como las nuestras”, repetía con orgullo y satisfacción mi abuelo, así quisieran tener esos cojudos. Yo a tu edad -me decía el abuelo- me levantaba a las cinco de la mañana y sacaba tareas en el campo por cualquier sitio. A mí me respetaban los dueños por mi trabajo, por eso nunca me faltaron ni me botaron de las haciendas donde trabaje; carajo, la juventud de ahora, no es como la de antes…antes se trabajaba, más que
ahora y se levantaba uno muy de madrugada y ahora solo quieren trabajar desde las seis a diez, porque a partir de allí sale el sol, les maltrata la piel, dicen, y quieren cobrar más; todos son unos ociosos de mierda”.
En el cabalgar atropellado de la burra lo lleva con sobresaltos. El protagonista sufre una caída adelante en forma aparatosa y le da “dos vueltas de campana”, con la consabida risa del vecino de al lado que lo había visto. A pesar de los golpes propinados a la burrita por lo ocasionado, finalmente optó de otra manera en su trato.
El mejor elogio que rinde Luis Morón Hernández a Ica está recogido en el cuento Las uvas de las viñas, y está dedicado a San Juan Bautista de Ica. Tierra noble, Ica siempre ha sido y será la tierra de la dulzura y de la sensualidad. En ella se ingresa desde el azúcar hasta sentir la hermandad más sincera y sentida del Perú. Acaso Morón Hernández, hijo del vislumbre iqueño alcanza estas estampas de policromía agradable. Aquí lo describe:
“Bajo el ardiente sol de las tardes iqueñas los racimos penden de las parras, apiñados sus granos, envolviendo su jugosa miel, esperando el momento de su cosecha y cubiertos por las sombras verdes del parral. Si miramos los senderos despejados de las avenidas de las viñas, a sus costados se encuentran cuidadosamente empalados los sarmientos marrones, ajustados y suspendidos por las totoras que seguramente su dueño preparó y trenzó oportunamente. Allí están los pajarillos y colibrís succionando, al igual que las abejas, el néctar de las "pintas", que al igual que las madres iqueñas, se enorgullecen de sentir, los picotazos sedientos de sus engreídos visitantes. Las hay de todas clases: uvas quebrantas, moscateles, negras, alvillas, rosadas, borgoña, Italia, de mesa (Fernando
Lavalle), etc. En las viñas se encuentran muchas especies desde las más moderadas hasta las muy dulcísimas. Siempre he preferido la quebranta de sabor agradable, grano regularmente grande que mi vecino tiene en su galera.”
En otro acápite de Las uvas de las viñas nos seduce por lo cierto y alcanzable, por lo que se ve y toca, por lo que se prueba y acaricia, por dejarnos en ebriedad de hermanos, por distribuirnos entre las frutas de sazones, de almíbar, de tierra cálida, de racimos que se multiplican; porque así es Ica, mejor si lo describió ya Abraham Valdelomar, su celebrado escritor, su poeta más mimado de todos los tiempos, pero también por Luis Morón
Hernández que se hace presente:
“En la feria de la vendimia encontraremos tejas, pecanas, mangos, sandías, en el orden de las frutas y potajes iqueños como ensalada y picante de pallares, pallares secos con su lonja de cerdo y mucho arroz; dulce de higos, colao de frijol, dulce de nísperos y dátiles sabrosos y en los puestos, distribuidos en serie los principales expendedores de la riquísima cachina. Allí encontraremos de toda clase. Desde la más madura hasta la más seca”.
Existe en César Pineda Quilca una literatura de pulso humano, sea como poeta o narrador. Combina ambas facetas con cierto tacto existencial, que acaso su narrativa amplía la pupila de la descripción. Pineda Quilca realiza una dubitación sobre la creatividad
narrativa en El cuento que nunca empezó. Doloroso trance de protagonista que se inserta en los mecanismos de producir un relato, siquiera uno. Frente a la computadora -retado y mudo- no escribe nada, nada le sale, solo angustias recolectan sus padres al verlo. El narrador finalmente, deja un dilema para que el lector complete lo que su autor quiso apostar. Bajo el rubro de Cuentos breves, Pineda entremezcla la poesía en prosa, la poesía en sí, el minicuento, la frase proverbio, el relato inusitado: todos con historias breves. En uno de los relatos sentencia: “La muerte nace, crece, se reproduce alimentándose de nosotros y nunca muere”. Lo incongruente a veces aprieta la historia o se une a la idea que el lector supone la trama sugerida; eso se percibe en El niño inventor de nuevos mundos. A veces lo exacto cala bien: Esta es la historia de un pez que un día salió del agua volando y nunca más se supo de él”. La ironía de la crueldad en Todo se acabó es que todo es posible:
“Un día, alguien dijo: -Hágase la luz-. Y todo se acabó.” A veces Pineda Quilca, por lograr una historia que puede ser redondeada, alcanza rasgos de sugerencia e insinuación,
apotegmas por resolver, inquietudes humanas que solo el lector debe suponer. Los quince relatos de Cuentos breves son además viñetas armadas desde fragmentos de realidad, filosófica o satírica, para surrealista e irónica. Todo es posible en esta breve incursión del autor.
A Eduardo Vílchez Dianderas lo conocíamos como un poeta de intensidades amorosas. Desde su faceta de narrador, siempre experimental, es el que prueba tonos diversos y se asoma con inquietud humana. Aquí, desde la versatilidad psicológica de Sandy predestina hasta cierta edad, ¿por qué habría de tener miedo?, miedo a todo. El narrador traza una historia omnisciente en El miedo de Sandy. La aleación entre la realidad, la patología del miedo y la irrealidad centran fronteras de lo verosímil en Chosica. Vílchez Dianderas retoma la oralidad narrativa desde un plano humano y acaso creíble. Porque todo es posible. Finalmente el desencanto de perder el miedo llegado a Sandy, a los quince años, logra volver a la normalidad psíquica esperada. Otro texto de historia sostenida del autor es El cenicero. Basado en la historia de un regalo visto en una tienda de Chosica, Lino que es el protagonista que busca el regalo ideal para el amigo que cumplirá años, pero sucesos
fortuitos, un poco inesperados, cobran otros giros sobre el consabido cenicero que debía comprar. Y lo cambia por la caja de cerveza. Cuando todos reunidos celebran al dueño del santo, en esos trámites de alegría, aparecen los cigarrillos y surge el tema acaso misterioso del cenicero que le otorga un epílogo de fraternidad al relato. La oralidad imaginativa puede cobrar una o sucesivas historias que son textos de encantamientos. Y de eso trata el cuento Dos velas. Vílchez Dianderas anima a proseguir la lectura de la historia encantada del niño entre dos velas (que acaso según la historia, aparece a otro cuento expuesto) porque alude a
seres humanos. La parte de este texto donde la trama argumental indica, describe de este modo:
“Se restregó los ojos y volvió a observar. Sí. No se equivocaba era una procesión y… ¡lo insólito!... los devotos no caminaban, sino, flotaban a pocos centímetros del piso. Le entró escalofríos y su piel se puso como carne de gallina. Estaba en ese trance cuando unos golpes en la puerta la sobresaltaron aún más. Se quedó paralizada, sin querer aceptar el haber escuchado, aquellos golpes de su puerta. Sonaron nuevamente y no le quedo más alternativa que ir abrir la ventanilla. Como afuera estaba todo oscuro no pudo distinguir con claridad el rostro de quien le hablaba. Hizo de tripas corazón y preguntó - ¿quién es?...y de afuera una voz gangosa y lejana, le respondió…- ¡hermana, puede hacernos un gran favor, y guardarnos estas dos velas, pues mañana las vendremos a recoger!”
Un minicuento de Vílchez Dianderas El número 10, sistemáticamente- con ingenio matemático- reúne a todos los números (del 2 al 9, incluyendo 1 y el 0). En su cuento Fotografía, aparece lo insólito real -desde la narrativa neorrealista-, Vílchez Dianderas ejecuta un bello relato humanizador. La hija, ahora fallecida, aparece en la foto y es la única seña que le ha quedado a la madre atribulada. El fotógrafo, que había tomado desde tan lejos, pudo hallar fortuitamente a la madre por una de las calles y además el autor traza brevísimas esquirlas del tema de las barriadas. Interesante la versatilidad del cuento Fotografía porque nada es tan gratificante como la imagen impresa de la foto.
La versatilidad de la creación y desarrollo de los escenarios, la riqueza estilística, la