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Según Karl Marx, todos los miembros de una clase social pertenecen a ella en virtud de la posición que ocupan en las re- laciones sociales de producción. Conforme a esta fórmula, Marx definió al proletario como aquel productor que (literalmente o en efecto) no tiene otra cosa para vender que su propia fuerza de trabajo.1 De esto infirió que el trabajador se ve obligado a vender su fuerza de trabajo (ya que pesa sobre él la amenaza del hambre).
En el presente artícu lo no me interesa discutir si es adecuada la definición de Marx de aquello que hace de alguien un miem- bro de la clase obrera. Me propongo, en cambio, analizar si es cier- ta la consecuencia que, con acierto o no, infirió de ella. ¿Es cierto que los trabajadores están obligados a vender su fuerza de trabajo?
La cuestión es debatida en el mundo real por personas per- tenecientes a ámbitos no académicos. Partidarios y opositores al sistema capitalista tienden a discrepar al respecto. Hay una
* Las secciones I-XI de este artícu lo constituyen una versión muy revi- sada de Cohen (1979: 18-25). Este trabajo fue leído, además, en más lugares de los que resultaría razonable listar, y quedo en deuda con muchos comentarios, pero por sobre todo con los de Robert Brenner, Ken Coates, Jon Elster, Arthur Fine, Keith Graham, Alan Haworth, Grahame Lock, David Lloyd-Thomas, John McMurtry, Jan Narveson, Chris Provis, John Roemer, William Shaw, Hillel Steiner, Chaim Tannenbaum, Rovert van der Veen, Robert Ware y Arnold Zuboff. También agradezco a los editores de Philosophy & Public Affairs por sus críticas agudas y útiles, como de costumbre.
1 Para una elaboración de esta definición y una defensa de su atribu- ción a Marx, véase Cohen (1978b: 63-67, 222-223, 333-336).
respuesta típica de la derecha que considero muy potente. En este artícu lo, me propongo discutir tanto con los partidarios de izquierda, que no advierten la potencia de esa respuesta, como con los partidarios de derecha, que no perciben sus limitaciones.
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Algunos niegan que los trabajadores se vean obligados a vender su fuerza de trabajo, ya que existen otras alternativas: un trabajador puede vivir del seguro de de sempleo, mendigar o sencillamente no tomar ningún tipo de provisiones para su futuro y encomen- darse a la buena fortuna.
Es verdad que el trabajador es libre de hacer cualquiera de estas cosas. El reconocimiento de que es libre de morirse de hambre de- riva su potencia sarcástica del hecho de que es libre de morirse de hambre: nadie lo amenaza con mantenerlo con vida mediante, por ejemplo, alimentación forzada. Pero si de esto se infiere que él no se ve obligado a vender su fuerza de trabajo, se toma como punto de partida una caracterización falsa de qué constituye verse forzado a hacer algo. Cuando me veo forzado a hacer algo, no tengo ninguna vía alternativa razonable o aceptable. Esto no implica necesariamente la ausencia de cualquier tipo de alternativa. Al menos en términos generales, cuando alguien dice “me vi forzado a hacerlo; no tenía opción”, la segunda parte de la frase es una proposición elíptica en reemplazo de “no tenía opción alguna que valiera la pena conside- rar”. El sentido más familiar de “X se ve obligado a hacer A” implica que X se ve obligado a elegir hacer A, y en ese sentido coloquial se afirma que el trabajador se ve obligado a vender su fuerza de traba- jo. Por tanto, el hecho de que sea libre de morirse de hambre o de mendigar no constituye una refutación del argumento sometido a debate: la afirmación presupone la existencia de ciertas alternativas (inaceptables) como línea de acción posible.
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Robert Nozick podría conceder que muchos trabajadores no dispo- nen de otra alternativa aceptable que vender su fuerza de trabajo, y reconoce que no es necesario que carezcan de cualquier tipo de al- ternativa para afirmar que se ven empujados a hacerlo. Sin embargo, niega que carecer de alternativas aceptables a hacer A implique que alguien esté obligado a hacer A; esto sin importar cuán malo sea A y sin importar lo verdaderamente peores que puedan ser las alternati- vas que se le ofrecen, ya que considera que la ausencia de alternativas aceptables sólo significa verse forzado cuando acciones injustas con- tribuyen a explicar la ausencia de alternativas. Una distribución de la propiedad que sea consecuencia de una serie de adquisiciones e intercambios puede dejar al trabajador sin una alternativa aceptable, pero esto no significa que esté obligado a vender su fuerza de trabajo si no hubiera injusticia en la adquisición y el intercambio.
La objeción de Nozick a la tesis que analizamos aquí se basa sobre una descripción moralizada de qué implica verse obligado a hacer algo. Es una descripción falsa, ya que conduce a la absur- da conclusión de que si el encarcelamiento de un criminal está moralmente justificado, el reo no está forzado a permanecer en prisión. Podemos, por tanto, dejar de lado su objeción.2
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Sin embargo, frente al argumento de que los trabajadores se ven obligados a vender su fuerza de trabajo existe una objeción que no depende de una concepción moralizada de lo que esto implica.
2 A propósito de esta perspectiva, véanse Nozick (1974: 262-264) y mi crítica (Cohen, 1978a: 151). Para una mayor discusión de las definicio- nes de “libertad” que incurren en falsedad debido a una perspectiva moralizada, véase Cohen (1979: 12-14, 1981a:10-11, 1981b: 228-229). Una crítica parcialmente similar de las descripciones moralizadas de obligación y libertad consta en Zimmerman (1981: 121-131).
Pero antes de que podamos abordarla en la sección V, debo expli- car de qué manera entiendo el predicado “se ve obligado a vender su fuerza de trabajo”. La formulación en que aparece aquí provie- ne de Karl Marx. Ahora bien, ya señalé que Marx caracteriza las clases en referencia a las relaciones sociales de producción, y su afirmación procura satisfacer esa condición: su propósito es decir algo acerca de la posición del proletario en las relaciones de pro- ducción capitalistas. Ahora bien, para el marxismo, las relaciones de producción son objetivas: no necesariamente aquellas en que una persona se vea involucrada se reflejan en su conciencia. De esto se sigue que si el proletario se ve obligado a vender su fuerza de trabajo en el sentido marxista, es por su situación objetiva, no por su actitud personal, su nivel de autoconfianza, sus logros cul- turales y demás circunstancias. En cualquier caso, es dudoso que las limitaciones en estas dotes subjetivas puedan ser la fuente de lo que nos interesa aquí: la privación de libertad, en un sentido opuesto a algo similar pero bastante distinto: la incapacidad. Sin embargo, incluso si pudiera afirmarse que la timidez y otras ca- racterísticas similares obligan a las personas a vender su fuerza de trabajo, esto sería irrelevante aquí (salvo, tal vez, en aquellos casos en que las limitaciones subjetivas de los individuos sean causadas por las relaciones de producción capitalistas, una posibilidad que considero más adelante, en la sección XV).
Verse obligado a hacer A en virtud de la situación objetiva pro- pia supone hacerlo debido a factores distintos de los subjetivos antes mencionados. Muchos sostendrán que de por sí la fuente genuina de la fuerza –y, a fortiori, de la fuerza objetiva– es la acción realizada por los demás, lo que hicieron, hacen o harán cuando uno intente hacer
A. Estoy de acuerdo con Harry Frankfurt3 en que esa aseveración
3 Frankfurt (1973: 83-84) señala que ciertos elementos y los proce- sos naturales que operan con independencia de la acción humana también pueden obligar a las personas a hacer determinadas cosas. Adviértase que es posible estar de acuerdo con Frankfurt y al mismo tiempo negar que la falta de una determinada capacidad restrinja la libertad: la cuestión acerca de si esta puede verse limitada por obstácu los internos es distinta de la que plantea qué tipo de obstácu- los externos son responsables de ello.
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es errónea, pero en el contexto del presente artícu lo la consideraré válida por dos motivos. El primero es que la limitación que plantea vuelve más ardua, y por ende más interesante, la tarea de demostrar que los trabajadores se ven obligados a vender su fuerza de trabajo. El segundo es que, según me propongo afirmar aquí, cuando las relaciones de producción fuerzan a la gente a hacer cosas, estas fuer- zan a otras personas a hacer cosas, con lo que se cumple la condición de que “no existe fuerza alguna en ausencia de un agente que fuer- ce”, incluso si dicha condición no se sostiene en términos generales. Es posible identificar las relaciones de producción de una socie- dad determinada en función del poder que las personas situadas de distinta manera en ella ejercen respecto de sus fuerzas pro- ductivas, es decir, en función de las capacidades de trabajo de sus productores y los medios de producción empleados (Cohen, 1978b: 31-35, 63-65, 217-225). Podemos distinguir entre usos es- tándar y desviaciones de los poderes establecidos. Sostendré, por tanto, que un trabajador se ve forzado a vender su fuerza de traba- jo en el sentido que aquí se discute si y sólo si tal coacción es resul- tado del funcionamiento estándar de los poderes que constituyen las relaciones de producción.
Si un millonario se ve obligado por un chantajista a vender su fuerza de trabajo, no se ve obligado en el sentido marxista, ya que el chantajista no utiliza el poder económico para conseguir que lo haga. La coacción relevante debe reflejar el uso del poder econó- mico; es más, no un uso cualquiera, sino un ejercicio estándar de ese poder. Todavía no tengo en claro cómo definir “estándar”, pero no resulta difícil encontrar casos de manera intuitiva. Si, por ejem- plo, un capitalista fuerza a la gente a trabajar para él contratando a hombres armados que la obliguen a hacerlo, la coacción resultante se debe a un ejercicio no estándar del poder económico. También es posible imaginar casos igual de irrelevantes en lo concerniente a la distensión de la coacción: un capitalista filántropo tal vez esté dis- puesto a transferir un gran número de acciones de su empresa a los trabajadores en función de su antigüedad, situación que tampoco constituiría un uso estándar del poder capitalista.
Supongamos, sin embargo, que la coacción económica estruc- tural no obrase, como se acaba de proponer, mediante el ejercicio
regular de los poderes constitutivos de la estructura económica por parte de ciertas personas, sino de una manera más im perso- nal, como los althusserianos parecen imaginar. Incluso así podría- mos decir, aunque por diferentes motivos, que si la estructura del capitalismo no deja al trabajador otra opción que vender su fuer- za de trabajo, este se ve forzado a hacerlo como consecuencia de las acciones de las personas, ya que la estructura del capitalismo no se autosustenta. Se sustenta, en buena medida, gracias a una acción humana deliberada, especialmente por parte del Estado. Y si, como suelo pensar, el Estado funciona en beneficio de la clase capitalista, cualquier coacción estructural en virtud de la cual el trabajador se vea forzado a vender su fuerza de trabajo está respal- dada por la suficiente voluntad humana para satisfacer la proposi- ción de que donde hay fuerza hay seres humanos que la ejercen.
La proposición puede cumplirse por obra de una teoría más débil que la que presenta al Estado como instrumento de la clase capitalista. Supongamos que el Estado sostiene el orden capita- lista no porque sea el orden capitalista, sino porque es el orden dominante, y la tarea del Estado es sostener el orden dominante, cualquiera sea este. En ese caso, también estaría justificado hablar de “fuerza ejercida por seres humanos”.
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Con la mencionada interpretación de “está obligado a vender su fuerza de trabajo” surge un serio problema para la tesis que esta- mos analizando. Dado que si hay personas cuya posición objetiva es idéntica a la de los proletarios pero no se ven forzadas a vender su fuerza de trabajo, esto conllevaría que la fuerza ejercida sobre el proletariado no es relevante, lo cual demostraría la falsedad de la tesis. Y al parecer sí existe ese tipo de personas.
Tengo en mente a esos proletarios que, sin poseer inicialmente más recursos que la mayoría, consiguen asegurarse posiciones en la pequeña burguesía y otros espacios, y así se elevan por encima del proletariado. En Gran Bretaña, constituyen un ejemplo no-
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torio los miembros de ciertos grupos de inmigrantes que llegan al país sin un centavo, sin contactos, y aun así logran ascender en la jerarquía de clases gracias a su esfuerzo, habilidad y buena suerte. Podríamos pensar –para plantear un ejemplo contempo- ráneo– en el caso de quienes están dispuestos a trabajar durante jornadas interminables en negocios adquiridos a burgueses bri- tánicos nativos, negocios que habitualmente cierran temprano. Su capital inicial por lo general consiste en una amalgama de ahorros –acumulados, tal vez con gran esfuerzo, mientras todavía se encontraban en la condición proletaria– y alguna forma de financiación externa. En términos objetivos, gran parte4 de los pro- letarios británicos está en posición de obtener dicho capital. Por tanto, la mayoría de los proletarios británicos no está obligada a vender su fuerza de trabajo.
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Refutaré a continuación dos predecibles objeciones al argumento anterior.
La primera sostiene que, mientras eran proletarias, las personas de las cuales acabamos de hablar se vieron obligadas a vender su fuer- za de trabajo. Su caso no demuestra que los proletarios no estén forzados a vender su fuerza de trabajo. Demuestra algo distinto: que los proletarios no están obligados a seguir siéndolo.
Esta objeción está basada sobre un malentendido respecto de las intenciones de los marxistas al sostener que los trabajadores se ven obligados a vender su fuerza de trabajo. Pero antes de ex- plicar exactamente qué entienden los marxistas por eso, quiero defender esta afirmación general acerca de la libertad y la coac-
4 Al menos la mayoría. Podría afirmarse que todos los proletarios britá- nicos se encuentran en la misma posición, pero prefiero sostener “la mayoría”, no sea que alguna persona ingeniosa descubra circunstan- cias proletarias objetivas peores que las que alguna vez sufrieran los hoy prósperos inmigrantes. Véase también la nota 5.
ción: cualquier atribución por completo explícita de libertad y coacción
debe contener dos índices temporales. Por ejemplo: en este mismo mo-
mento puedo estar en posición de decir que soy libre de asistir a un concierto mañana a la noche, ya que hasta ahora no ocurrió nada que me impida hacerlo. En ese caso, ahora soy libre de asistir a un concierto mañana por la noche. Del mismo modo, el tiempo en que me veo obligado a completar determinada acción no necesa- riamente es idéntico al tiempo de la acción misma: es posible que
ya me vea forzado a asistir a un concierto mañana a la noche (dado
que otra persona podría haberse asegurado de que si no lo hiciera sufriría una pérdida considerable).
Ahora bien, cuando los marxistas sostienen que los proletarios es- tán obligados a vender su fuerza de trabajo, no quieren decir que “X es un proletario en el tiempo t si y sólo si X se ve obligado en el tiempo t a vender su fuerza de trabajo en el tiempo t ”, dado que una aseveración semejante sería compatible con la posibilidad de que no se viera forzado a hacerlo en un tiempo t + n, sin importar cuán pequeño fuera n. X podría verse obligado el martes a vender su fuerza de trabajo ese mismo martes, pero si el martes no estuviera obligado a hacerlo el miércoles (si, por ejemplo, las acciones que se de sarrollaran el martes condujeran a la situación de que el miércoles no necesitara hacerlo), entonces, aunque a los efectos del martes se- guiría siendo un proletario, no es alguien que está obligado a vender su fuerza de trabajo en el sentido marxista del término. El sentido manifiesto del argumento marxista es que el proletario se ve forzado en t a continuar vendiendo su fuerza de trabajo, en el transcurso de un período que se extiende de t a t + n, siendo n de una magnitud considerable. Así, la existencia de una vía de salida del proletariado, que nuestros contraejemplos siguieron y , tal como argumentaré más adelante, alcanzaron su destino en una magnitud de tiempo menor que n,5 significa que, si bien eran proletarios, no estaban obligados a vender su fuerza de trabajo en el sentido marxista de la formulación.
5 Es posible discutir esta aseveración, en tanto la magnitud de n queda sujeta a debate. La defenderé haciendo referencia a la posibilidad de decirle a un trabajador que no está obligado a vender (o conti- nuar vendiendo) su fuerza de trabajo, dado que puede emprender las
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Los proletarios que tienen la opción de ascender socialmente no están obligados a vender su fuerza de trabajo, justamente por- que tienen esa opción. La mayoría de los proletarios está en esa situación, al igual que nuestros contraejemplos. Por ende, no está obligada a vender su fuerza de trabajo.
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Pero enfrento ahora una segunda objeción, según la cual necesa- riamente apenas unos pocos proletarios pueden ejercer la posibi- lidad de un movimiento ascendente, dado que el capitalismo re- quiere una considerable fuerza de trabajo contratada, fuerza que no existiría si pudieran ascender más que unos pocos trabajado- res.6 En otras palabras, necesariamente sólo existen posiciones pe- queñoburguesas (y demás posiciones no proletarias) suficientes para que un pequeño número de proletarios deje esa condición.
Concuerdo con la premisa; sin embargo, ¿realmente refuta el argumento contra el cual va dirigida? ¿Refuta la afirmación de que la mayoría de los proletarios no están obligados a vender su fuerza de trabajo? Creo que no.
Una analogía nos indicará por qué. Diez personas están situadas en una habitación cuya única salida es una enorme y pesada puerta,
acciones necesarias para convertirse en dueño de un negocio. Quienes son de una opinión contraria podrían, si no hay otro remedio, negar que la mayoría de los proletarios no esté obligada a vender su fuerza de trabajo, pero no podrían disponer de contraejemplos con respecto a la generalización de que todos ellos se ven obligados a hacerlo. Desde nuestra perspectiva en vísperas de su ascenso social el proletario es un pequeño burgués, ya que no está obligado a vender su fuerza de traba- jo (salvo que de manera absurda se considere que n vale 0).
6 “La verdad es que, en esta sociedad burguesa, cualquier trabajador que sea un tipo extraordinariamente diestro y astuto, adornado por instintos burgueses y favorecido por una buena fortuna excepcional, tiene posibilidades de convertirse en un explotador del trabajo ajeno. Pero donde no hubiera trabajo para ser explotado, no podría haber ni capitalistas ni producción capitalista” (Marx, 1976: 1079). Para un comentario acerca de este y otros textos similares, véase Cohen (1978b: 243).
cerrada con llave. La única llave está a distancias variables de cada una de ellas. Quien tome la llave –todos son físicamente capaces de hacerlo, con distintos grados de esfuerzo– y la lleve hasta la puerta descubrirá, luego de una considerable magnitud de dedicación, el