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Capítulo 3: La masculinidad en la narcotelenovela

3.2. Estructuración de género y poder

La sociedad en cuestión se define como patriarcal y capitalista; desde la mirada de Eisenstein se comprende que la relación de poder que existe entre géneros dentro de este sistema, es de dominación y subordinación, por lo que establece que:

El capitalismo usa al patriarcado y el patriarcado está determinado por las necesidades del capital... el patriarcado proporciona la organización sexual jerárquica de la sociedad necesaria para el control político, y en tanto que sistema

como sistema económico de clase, impulsado por la búsqueda de ganancias, alimenta al orden patriarcal. Juntos forman la economía política de la sociedad. (1977, p. 102-103)

Se articula un espacio donde lo masculino ejerce dominancia sobre lo femenino en todos los niveles sociales, es decir, en la vida pública y en la privada. Lo que hace que la configuración de dominación y subordinación se mantenga y perpetúe, según Foucault (1982), es que además de ser un proceso de subjetivación, produce tanto placer como discursos y saberes. De esta manera se establece que el narcotráfico como dispositivo de poder, genera sus propios sujetos narco.

Una red, percibida como productiva por atravesar todo el corpus social, no es percibida como represiva para aquellos que la componen. La teoría feminista rechaza la idea de las relaciones de poder como productivas, porque se perciben como positivas solo desde una mirada patriarcal; sin embargo, no es eficiente para la mitad de la demografía que responde a la relación de dominación-subordinación.

En una sociedad patriarcal y capitalista, el poder se instaura desde relaciones de opresión y es productivo para el masculino. La relación de poder en términos de género se compone por una parte dominante que impone su voluntad sobre el dominado; la relación de poder es inevitable, hace parte de la sociedad y por consiguiente de todas las relaciones interpersonales. Sin embargo, es importante destacar que ninguno de los participantes de una relación de poder carece absolutamente de poderes, ambas partes aportan algo porque una parte posee la que otra no. Los participantes siempre aportan algo que es importante o necesario para la otra parte, por lo que posee una porción del poder. El valor del poder se construye según los parámetros de la sociedad en la que se establece, en este caso, una que es patriarcal.

Desde lo establecido por Eisenstein (1977) en su ensayo Hacia el desarrollo de una teoría

del patriarcado capitalista y el feminismo socialista, y desde la existencia de un poder

definido, los espacios públicos se sistematizan porque se resignifica un sistema en el que aparece la apropiación de los espacios propios. Aparece la concepción del espacio privado

y el público, una articulación social que jerarquiza los espacios y se divide en cuestión de género. El valor de los espacios está determinado por el reconocimiento. Al espacio público, correspondiente a lo masculino, se le configura un valor mayor porque se ve y se reconoce. El espacio público se plantea como escenario para que el masculino, asignado al hombre, se exhiba dominante, eficiente y racional. Su valor se basa en la capacidad de ser tangible, el trabajo es cuantificable porque sí es remunerado. Lo femenino, que se asigna a la mujer, se plantea en un espacio privado, doméstico y familiar; se considera que es inherente a ella y que por naturaleza le corresponde porque se cree que lo ocupa mejor. A lo femenino se le asigna el cuidado y atención a otros; lo afectivo, reproductivo. Todo con una carga social que lo invisibiliza porque no lo cuantifica ni remunera.

Históricamente a la mujer se le ha restringido el acceso a la educación y al trabajo por fuera del hogar, por ser la forma más eficiente de mantenerla en lo privado; privandola de poder. Una forma de androcracia se apodera de los espacios sociales y político, se justifica en decir que la mujer no muestra interés ni compatibilidad por estas áreas, pero no logra dar testimonio del condicionamiento impuesto por jerarquías sociales históricas. Las luchas sociales suelen estar vinculadas al mundo laboral por convivir con temáticas de derechos humanos, justicia social, además de desarrollo económico y social.

Es evidente que las diferencias de género parten de un condicionamiento biológico y de ahí una construcción sociocultural particular que asignan las responsabilidades, características y por ende derechos que los hombres y mujeres tienen diferenciadamente. Es posible decir, sin embargo, que las luchas feministas han permitido que la mujer sea vista por fuera del universo doméstico y privado, confirmando que los roles por género son modificables y se construyen en función de las estructuras de poder. Estructuras que condicionan las oportunidades, comportamientos y actitudes de un colectivo, por lo que es necesario hacer hincapié en ellos para construir una sociedad que diferencia el sexo biológico de los constructos sociales para posibilitar la liberación géneros. El estudio de las relaciones de poder contribuyen fuertemente a comprender el estado de la salud mental

femenina porque es posible comprender sus trastorno de género, se interioriza que lo

anormal femenino es producto de su posicionamiento inferiorizado.

Es importante, sin embargo, retomar al hombre como eje central del Proyecto de Graduación y por ende hablar de lo anormal dentro de la concepción de varón. Dentro de la ideología de género, se elimina al otro que es distinto, se es leal a las normativas, leyes y jerarquizaciones comunitarias; se avala la conquista, la guerra y el deporte competitivo con la intención de delimitar identidades individualizadas. Valida lo bélico como herramienta que resguarda lo propio y controla lo ajeno.