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La historia de las economías agrarias y de las sociedades rurales de la Edad Media constituye un tema que ha sido considerado desde hace tiempo como uno de los más prometedores de la historia com- parada 2. Sin embargo, cabe constatar que el mundo mediterráneo

está, a este respecto, muy retrasado en relación con las otras dos civilizaciones agrarias del occidente medieval: la de los países de

open-field de la Europa del Norte y la de los países de bocage de

la Europa del oeste noratlántico. En tanto que especialista de los problemas agrarios del occidente latino, quisiera aprovechar la invitación que me ha hecho mi colega y amigo el profesor Flocel Sabaté para trazar una primera tentativa de aproximación com- parada de las estructuras agrarias y de las sociedades rurales de

1. una primera versión de este texto redactada en inglés fue entregada hace algunos años a Dumbarton oaks Publications de Washington. Agradezco al redactor jefe de D. o. P., el profesor Angeliki F. Laiou, de la universidad de Harvard que ha hecho posible que retome de forma original una investigación que había emprendido a petición suya. traducción de Antonio Malpica Cuello y bilal Sarr.

2. Véanse, por ejemplo, numerosos trabajos de Marc bloch y, en particular, sus textos, a veces poco conocidos, reunidos bajo el título «Historia comparada y Europa» en Marc bloch, Histoire et historiens, París, 1995, págs. 85-144; trad. esp. en M. bloch, Historia

los territorios griegos y latinos del área mediterránea en la época feudal 3.

observaciones preliminares

Antes de entrar de lleno en el tema, se imponen algunas obser- vaciones preliminares. Es preciso, en efecto, señalar que, desde hace aproximadamente dos décadas, toda una serie de progresos paralelos permiten llevar a cabo una mejor confrontación entre las realidades rurales del mundo bizantino y las del occidente latino.

1. Aquí y allí, una crítica más exigente se ha esmerado en estudiar ciertos tipos de fuentes susceptibles mejor que otras de ser sometidas a métodos de tratamiento y a cuestionarios compa- rables. Ese es en particular el caso de todos esos documentos que, bajo apelaciones, formas diplomáticas y diferentes fines jurídicos (polípticos, censos y cartas censos de occidente,

typika, registros fiscales, praktika bizantinos) tienen como

contenido común listas de siervos rurales que incluyen a menudo el estado de sus tenencias, de sus unidades familia- res, de los servicios y de todo tipo de rentas que los grava- ban. tales documentos nos aportan por doquier preciosos elementos clarificadores sobre la demografía, la condición campesina, el estatus de las tierras y sobre la política de gestión de los principales agentes económicos.

2. un segundo elemento que puede favorecer una visión comparativa más nítida está compuesto por el desarrollo —reciente en el conjunto del mundo mediterráneo— de una arqueología agraria de la Edad Media en todas sus prácticas.

3. Se encontrarán sin embargo un buen número de contribuciones dentro de la historia comparada de las estructuras agrarias y de las estructuras de poblamiento de los países (griegos, latinos y musulmanes) del conjunto mediterráneo en la Edad Media en la serie de Actes de los coloquios Castrum (de Castrum 1, 1982, a Castrum 7, 2002) publicadas conjuntamente por l’École française de Roma y la Casa de Velázquez de Madrid.

La arqueología llamada «extensiva» procede mediante la prospección superficial sistemática de zonas, delimitadas en función de criterios históricos preestablecidos, es decir, en función casi siempre de la documentación escrita existente. Gracias a ella ha habido progresos destacables, por ejem- plo en Italia, en Cataluña y en Macedonia. La arqueología estratigráfica se ha interesado sobre todo por los asenta- mientos y, en particular, pueblos o aldeas abandonados, pero también por elementos técnicos (molinos, sistemas de irrigación o de drenaje en las zonas litorales, etc.), así como dispositivos de control militar (torres vigías, fortificaciones aisladas, etc.). En todas partes, el material descubierto ha abierto nuevas perspectivas en varios campos (técnicas de construcción, arqueoetnología, cultura material, formas y presencia de industrias de transformación en el mundo ru- ral). A su vez, el estudio del paleoambiente, gracias al recurso a las ciencias surgidas de la geología —y en particular la sedimentología— y sobre todo de la paleobotánica —en particular, la palinología, la antracología y la carpología— apenas ha comenzado en el mundo bizantino. Pero forma ya, como en el ámbito latino, un filón muy prometedor para la investigación sobre la ocupación del suelo, sobre las fluctuaciones del poblamiento, sobre la evolución de los paisajes agrarios y la de los paisajes naturales más o menos acondicionados por el hombre. Estas últimas inves- tigaciones tienen en todas partes su propio carácter local o regional. Pero ofrecen al historiador una masa de datos importantes en forma de monografías. El hecho de estar obligado a evaluar de manera crítica la validez de dichos datos ayuda a la elaboración de cuestionarios y de procesos de investigación comunes o próximos.

3. Sin embargo, más allá de estos temas de especial convergen- cia, es sobre todo la atención común que se presta a algunos problemas cruciales la que crea hoy en día mejores condi- ciones para una aproximación comparativa. Los especialistas en economía agraria medieval, preocupados por delimitar

las especificidades reflexionan cada vez de forma más nítida, por ejemplo, sobre el papel de las ciudades —de las grandes ciudades, ciertamente, pero también y quizás sobre todo de centros urbanos menores— en el proceso de dinami- zación de la economía agraria del hinterland 4. Del mismo

modo, los problemas conexos de la circulación monetaria y de las funciones de la moneda en el medio campesino, la redefinición de conceptos como el de mercado rural 5, de

formación de los precios agrícolas, de coste y remuneración del trabajo (y en particular del asalariado agrícola) en una economía precapitalista, han estado durante mucho tiempo dominados por una referencia implícita y anacrónica a las categorías formadas por el economicismo de los tiempos modernos. En todas partes se aprecian mejor las ventajas que se derivan de la consideración de los conocimientos de la antropología económica. Estos últimas parecen particu- larmente pertinentes en dos dominios privilegiados: el de las estructuras y principios de regulación del cambio (K. Polanyi) y el del concepto de Estado tributario (S. Amin, P. Chalmeta, P. Guichard).

Es en este nuevo clima de convergencia de los objetos histó- ricos, de los métodos y de los problemas donde deben resituarse las reflexiones que siguen.

4. Véase, por ejemplo, H. K. Shulze (ed.), Städisches Um- und Hinterland in vorin-

dustrieller Zeit, Colonia-Viena, 1985).

5. Véase en último lugar la muy útil puesta a punto de A. Verhulst, «Marchés, marchands et commerce au haut Moyen Âge dans l’historiographie récente», en Mercato

e mercanti nell’alto Medioevo: l’area euroasiatica e l’area mediterranea, Settimane di Studio

Génesis de una civilización agraria mediterránea común De la lectura de los trabajos dedicados a la economía agraria y a la vida en los campos del mundo bizantino se desprende una primera impresión: la de la pertenencia de este último a una «civi- lización agraria» mediterránea cuyos componentes estructurales se crearon en condiciones bastante comparables en oriente y en occidente 6. En cada página de la obra, por así decirlo, surgen al

respecto útiles observaciones para el especialista en occidente e inversamente elementos de reflexión susceptibles de aportar alguna aclaración suplementaria a los problemas tratados en el mundo bizantino. Retengamos aquí los aspectos más llamativos, en relación a las constantes de la producción agrícola, retomando la expresión de Jacques Lefort.

En primer lugar, se constata que bizancio, como tampoco el occidente latino, no conoció en la Edad Media «revolución agraria» en el sentido exacto del término 7. Pero al igual, que en occidente,

no cabe concluir que se diera un estancamiento de larga duración en las técnicas y en las condiciones económicas de la producción agrícola. Se puede ir más lejos y establecer un somero estado de la cuestión de los ámbitos en que se produjeron series paralelas de

progresos sectoriales en oriente y en occidente, en el mismo marco

general de la elaboración racional de un agrosistema mediterráneo,

6. Aunque se haya recurrido constantemente a este término, ni M. bloch ni sus sucesores ofrecieron nunca una definición del concepto de «civilización agraria». Para mayor claridad en la exposición que sigue, precisemos que entendemos por ella la toma en consideración de tres órdenes de fenómenos: 1) los sistemas de cultivo en el sentido más lato (prácticas agrarias, tipos de cultivo y tecnología, tipos de relación entre cultivo y ganadería, etc.); 2) la organización de los terrenos, el dibujo de sus parcelas y su articulación racional en un espacio cultivado global; y 3) las relaciones entre tal agrosistema y un tipo

de hábitat característico, a la vez como elemento de centralidad del espacio rural y como

marco de la sociabilidad campesina. Es, según nosotros, la coordinación de estos tres ór- denes de cosas lo que confiere su tipicidad a una «civilización agraria» propiamente dicha. 7. Para una apreciación exacta de lo que debe entenderse por «revolución agraria» en las épocas precapitalistas, véase A. Verhulst, «Agrarian Revolution: Myth or Reality?»,

que John teall (1971) ya supo percibir en términos de «crecimiento en el medio ambiente» 8.

Los principales elementos de tal crecimiento se resumen en la construcción (que en todas partes se alcanzó en los siglos xii y xiii) de terrenos agrícolas según una gama tipológica común:

— terrenos de «huerta» y de jardines-huertos con una base de policultivo intensivo, asociados o no a una arboricultura hor- tícola, próximos a los hábitats rurales o a los centros de con- sumo urbanos y basados en la triple acumulación de trabajo manual, recursos para la irrigación y escasas capacidades de abono propio de un sistema que ignoraba o casi la estabulación del ganado mayor.

— terrenos especializados de alto rendimiento relativo (viñedo, cañameras, parcelas para plantas forrajeras, etc.).

— terrenos de cerealicultura de secano asociados o próximos a terrenos de arboricultura extensiva como el olivar. La tendencia demográfica constantemente favorable entre los siglos viii al xiv (véase más abajo) no solo acarreó un simple crecimiento cuantitativo de las superficies agrícolas y del volumen global de la producción. En todas partes condujo a tres consecuen- cias decisivas en el plano cualitativo:

— a una mejora de los rendimientos, ligada, es cierto, a la exten- sión de las superficies cultivadas, pero también al desarrollo de prácticas agrarias como consecuencia ellas mismas de unas disponibilidades más importantes de mano de obra y de diversas mejoras tecnológicas;

8. John L. teall, «The byzantine agricultural tradition», en Dumbarton Oak Papers, 25 (1971, págs. 33-59. Cita (y reenvío a los trabajos de R. J. braidwood sobre el concepto de «growing into the enviromment»), ibíd., p. 36. Por lo demás, no cabe otra cosa sino suscribir las visiones desarrolladas por el autor sobre la conquista agrícola en el mundo mediterráneo definido en términos de «prudente agresión del medio natural».

— a una especialización y a una diferenciación más marcada de los terrenos que revela a veces la creación de parcelarios típicos;

— a una articulación más lógica de los terrenos que confor- maban un espacio agrario concreto, ya fuera el territorio de una comunidad rural o el de un complejo dominical. Sin retomar punto por punto el análisis de este proceso consti- tutivo de un agrosistema mediterráneo común, se advertirá que, en lo que respecta los terrenos de productividad intensiva, la mejora de las técnicas hidráulicas, atestiguada por diversas exploraciones arqueológicas, aseguró la extensión de los espacios irrigados afec- tados por la agricultura de huerta 9. En el dominio aparentemente

más átono de la cerealicultura 10, hoy se tiene constancia de que

se dieron progresos sensibles que permitieron también un acre- centamiento del volumen de subsistencias disponibles, obtenido gracias a mejores partidos, a la vez empíricos y sutiles, extraídos del medio natural. Es verdad que el mundo mediterráneo, tanto en bizancio como en el Mediterráneo occidental, no pudo, en razón de idénticas limitaciones de este medio, desarrollar como en la Europa del Noroeste nuevos sistemas de cerealicultura basados en

9. En todos los países del espacio mediterráneo esta extensión de la «huerta» está atestiguada desde los siglos xi-xii, por una parte, en los terrenos más próximos a los hábitats aldeanos y, por otra, en las zonas de horticultura y fruticultura irrigadas más relacionadas con los centros de consumo urbano, de Valencia a Constantinopla, si así puede decirse. La localización arqueológica de los «espacios hidráulicos» medievales y su interpretación histórica constituye uno de los puntos fuertes de la investigación española hoy en día. Citemos entre los mejores trabajos recientes (con bibliografías detalladas): M. barceló et al., Arqueología medieval en las afueras del «medievalismo», barcelona, 1988; M. barceló, «El diseño de espacios irrigados en al-Andalus: un enunciado de principios generales», en El agua en zonas áridas: Arqueología e Historia, Almería, 1989, t. I, págs. XIII-XLVIII, así como H. Kirchner y C. Navarro, «objetivos, métodos y práctica de la arqueología hidráulica», Archeologia medievale, XX (1993), págs. 121-151, reproducido en Arqueología y territorio medieval, I (1994), págs. 159-182.

10. El carácter aparente —y que induce al error— de esta supuesta atonía de la cerealicultura medieval deriva en gran parte del hecho de que los tratados de agronomía (bizantinos, árabes y latinos) concentraron su interés en los cultivos irrigados y en las prácticas intensivas cuya productividad pudieron beneficiar.

la práctica de rotaciones más productivas que la rotación bienal cultivos herbáceos/barbecho heredada de la agronomía antigua. obtuvo, sin embargo, en todas partes notables aumentos de pro- ductividad a través de diversas mejoras técnicas reconocibles por doquier: desarrollo del cultivo intermedio en suelos en barbecho de leguminosas que los enriquecían y con un fuerte poder nutri- tivo, difusión de cereales de invierno mejor seleccionados y más robustos, siembras más densas, mejora de las formas de cultivo y de la fuerza de tracción animal gracias a la difusión de las legu- minosas forrajeras, etc.

Me sorprende constatar que estas apreciaciones que coinciden en una cerealicultura mediterránea medieval sin revolución y sin estancamiento conducen a conclusiones muy similares entre occi- dente latino y oriente bizantino en dos puntos, cruciales pues tienen un valor de indicador general. Acerca del problema, en primer lugar, de los rendimientos de los cereales a propósito de los cuales la historiografía occidental pecaba antiguamente de un pesimismo exagerado 11, las cifras hoy en día aceptadas como más creíbles son

idénticas a las que se revelan en los buenos terrenos cerealísticos del mundo bizantino, a saber rendimientos de al menos 4 a 5 por 1. Sobre el problema análogo e igualmente revelador del «mínimum vital» de espacio cultivado necesario para la subsistencia de una familia campesina estándar (= familia nuclear de 4 a 6 personas), las cifras avanzadas aquí y allí (entre 5 y 8 ha) sugieren bases de

11. Las opiniones corrientes hacia 1960 sobre la cuestión de los rendimientos de los cereales están resumidas en G. Duby, L’économie rurale et la vie des campagnes dans

l’Occident médiéval, París, 1962, t. I, págs. 85-87 y págs. 184-191; trad. esp. [por donde se

cita]: Economía rural y vida campesina en el Occidente medieval, barcelona, 1968, págs. 40- 43 y 137-142. Duby llega a concluir, en pág. 141, que «el coeficiente [del rendimiento] no pasaba, según toda probabilidad, de dos por uno en la época franca». Para las discusiones sucesivas y poco concluyentes, véase M. Montanari, «techniche e rapporti di produzione: le rese agricole dal ix al xv secolo», en el volumen colectivo Le champagne italiane prima

e dopo il mille, bolonia, s. a. (1986), con la bibliografóa de los años 1960-1985. Pero en

el mismo plano de la tradición minimalista, las estimaciones de Montanari se quedan excesivamente bajas (en torno al 4 por 1 en Italia del Norte a finales de la Edad Media). Se considera también como «normal» un rendimiento de 4 por 1 en el interesante trabajo de R. Delatouche (cit., ibíd., nota 19).

productividad equivalentes, según una identidad de situaciones concretas que confirma una idéntica distribución de parcelas que componen cada unidad de tenencia según los diferentes tipos de terrenos agrícolas enumerados arriba.

En otros asuntos más concretos, como el de las tecnologías de transformación de productos agrícolas, el estado más incompleto de la documentación escrita que subsiste y el menor avance de la arqueología agraria del mundo bizantino bastan para explicar que evoluciones paralelas, propuestas para la Alta Edad Media, solo devienen seguras con la multiplicación de las fuentes bizantinas en los últimos siglos de la Edad Media. tal es el caso, entre otros, del molino de agua cuya difusión en la Alta Edad Media parece que tuvo, tanto en oriente como en occidente, a los grandes propieta- rios territoriales como principales agentes económicos 12. Pero más

aún, y contrariamente a las tesis divulgadas con anterioridad por el célebre artículo de Marc bloch sobre el tema 13, recientes y sólidos

trabajos atestiguan una presencia masiva del molino de agua desde la Antigüedad tardía en todo el espacio de la Romania 14. Estos

nuevos conocimientos reducen al estado de mito historiográfico el prejuicio de una ruptura tecnológica entre oriente y occidente a partir de la Alta Edad Media y la de un progreso a la vez autónomo y relativamente reciente del molino de agua occidental, fruto de una pretendida «revolución hidráulica del siglo xi». Igualmente relevante de este paralelismo en la materia el hecho de que, tanto en bizancio como en el occidente mediterráneo, la difusión del molino a partir de los siglos xii-xiii reflejaba cada vez de forma más clara el dinamismo de las comunidades agrarias y su capacidad

12. Véase en último lugar, con un estado completo de la bibliografía anterior, E. Champion, Moulins et meuniers carolingiens, París, 1996.

13. M. bloch, «Avènement et conquêtes du moulin à eau», Annales d’Histoire

économique et sociale, 7 (1935), págs. 538-563, reproducido en Mélanges historiques, t. II,

París, 1963, págs. 800-821.

14. Véanse los numerosos trabajos de Örjan Wikander, y en particular su tesis

Vattemölor och möllare i det romerska riket, Lund, 1980 y su puesta al día más reciente: Ö.

Wikandel, «Archeological Evidence for Early Water-Mills. An Interim Report», History of

para construir y mantener mecanismos técnicos de uso comunitario, cuando no, en sentido propio, colectivo, ya se tratara de molinos o de espacios irrigados.

Podríamos ampliar fácilmente esta lista de convergencias que se observan a nivel de las constantes de la producción agrícola. Lo esencial no radica ahí. tiene que ver, tanto por lo que respecta al oriente como al occidente mediterráneo, con el hecho de que la creación progresiva entre los siglos viii-ix y los siglos xii-xiii de un agrosistema basado en una fuerte diferenciación de los terrenos agrícolas tuvo como correlato la creación o la consolidación de las estructuras de hábitat rural agrupadas en pueblos o en aldeas de creación señorial, siendo esta conexión campesina la única capaz de asegurar el control racional de un espacio agrario tan sabiamente diversificado. Es sabido que este movimiento encontró en occidente su forma más perfecta —y con frecuencia predominante— en el

castrum, pueblo concentrado y fortificado en un sitio elevado.

Sería completamente inútil buscar cualquier correspondencia en este punto en el mundo bizantino con el movimiento de «incaste- llamento» de los hábitats rurales que en occidente corrió parejo con la fragmentación de los poderes, su fuerte territorialización y con el establecimiento de esas formas originales de control político, económico y social que, para decirlo con pocas palabras, podemos calificar de feudales. Eso no impide que, en un contexto institucional y social muy diferente, el mundo bizantino se asentara también sobre la misma base de civilización agraria formada por la