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El estudio de la conformación del lenguaje económico en la historia del

Capítulo 1. MARCO TEÓRICO-METODOLÓGICO Y ESTADO DE LA

1.3. Estado de la cuestión

1.3.4. El estudio de la conformación del lenguaje económico en la historia del

Los textos que conforman nuestro corpus textual están temáticamente vinculados a una misma disciplina de especialidad, la economía. El discurso económico en lengua castellana, como lenguaje de especialidad, comienza a desarrollarse en textos renacentistas231 (Quirós 2008: 783; Carpi 2012: 1268) de diferentes tipologías textuales. En palabras de Quirós (2013: 9),

a falta de una disciplina propia e independiente232, hay que buscar [los fundamentos de la primitiva prosa económica castellana] en ámbitos tan diversos como las matemáticas, la contabilidad, la economía política, el derecho y [...] la teología, así como en obras y autores muy diferentes.

De las cuatro áreas temáticas principales que menciona Quirós (vid. igualmente 2012)– matemáticas mercantiles233, economía moralista, jurisdicción234 y economía política–, puede afirmarse que los teólogos impulsores del pensamiento ético-económico (economía moralista) fueron los primeros en establecer las bases de una futura ciencia económica en lengua castellana (Quirós 2005: 966).

El descubrimiento de América y el consiguiente aumento de las relaciones comerciales dieron forma a una nueva realidad mercantil. Por esta razón, a lo largo del siglo XVI, un grupo de teólogos y juristas, inquietados por las consecuencias morales que este incipiente capitalismo pudiera provocar en la sociedad cristiana, redactan tratados sobre asuntos de naturaleza económica «cuyas ideas brotan de una matriz interdisciplinar jurídica y teológica» (Carpi (2008: 43). La finalidad de estos textos es claramente didáctica y se dirigen a un destinatario poco instruido, desconocedor de la lengua latina, por lo que, por razones

                                                                                                                          231 Como afirma Quirós (2012: 272):

Los antecedentes medievales del lenguaje comercial castellano remiten fundamentalmente a documentos y registros, ya sea de carácter notarial [...] o cancilleresco [...]. Junto a ellos, [...] habría que situar fueros, pragmáticas, recopilaciones de leyes, procesos de cortes y ordenamientos, a través de los cuales se intentaba regular la actividad financiera de Castilla. Por último [...] este tipo de léxico halló eco, asimismo, en los confesionarios.

232 El lenguaje económico castellano carecía en esta época de la larga tradición que respaldaba otras ramas de conocimiento como el derecho o la medicina (Quirós 2013). La literatura médica, por ejemplo, había alcanzado ya un desarrollo notable en lengua vernácula en los siglos XV y XVI (Eberenz 2001: 80, Gómez de Enterría y Martí 2016: 281).

233 Se inscribe en esta temática, por ejemplo, el Manual de contadores de Juan Pérez de Moya (1589).

234 Más cercanos al ámbito jurídico-comercial son, por ejemplo, el Doctrinal de confesores en casos de restitución, de Diego del Castillo (1552) y el Arte de los contratos, de Bartolomé de Albornoz (1573) (Quirós 2010: 2012).

pedagógicas, los moralistas del XVI abandonan el latín235 y escriben sus textos en lengua vulgar236 (Quirós 2005: 967, 2010: 151; Carpi 2008: 48), decisión que justifican de forma recurrente en sus prólogos. Asimismo, para asegurar la comprensión de un grupo lo más amplio posible de destinatarios (mercaderes, en su mayoría), adoptan en su redacción un «estilo claro y conciso» (Quirós 2008: 780 también Quirós 2005: 970), con el objetivo de llevar a cabo una «labor de divulgación especializada» (Carpi 2008: 48).

Algunos de los tratadistas más reconocidos que escribieron en castellano fueron Cristóbal de Villalón (Poderoso tratado de cambios y contrataciones..., 1541), Luis Saravia de la Calle (Instrucción de mercaderes, 1544) y Luis de Alcalá (Tratado de los préstamos, 1546). Desde un punto de vista lingüístico, puede destacarse que, pese a que partían de modelos latinos, no se limitaban a realizar traducciones (Quirós 2008: 780), sino que buscaban exponer sus propias reflexiones sobre distintas cuestiones de moral económica.

La prosa de los moralistas del XVI se convertiría «en antecedente y modelo para arbitristas y economistas políticos» (Quirós 2008: 783) de los siglos XVII y XVIII. Los

arbitristas, testigos de la decadencia financiera que asoló a España tras la conquista del

continente americano, redactaron en castellano237 entre finales del XVI y todo el siglo XVII unos escritos (denominados en la época discursos, memoriales) expresamente dirigidos al monarca, donde expresaban su pretensión de resolver los conflictos de índole económica que afectaban al Estado. Finalmente, los memoriales de los arbitristas desembocarán en los

proyectos económicos238 del siglo XVIII, donde, de una forma más coherente y organizada, los autores (denominados por extensión proyectistas239), bajo el amparo del reformismo borbónico, proponen medidas de reforma para sectores específicos de la economía (industria, agricultura, comercio, obras públicas...). El arbitrismo y el proyectismo, junto a las ideas que promueven, son pioneros en el desarrollo de un área específica dentro de la disciplina económica, la economía aplicada o política, de modo que podemos pensar que los escritos que producen dichos movimientos representan una tradición discursiva «con caracteres propios», como ya advirtió Cano Aguilar (2016: 98):

                                                                                                                         

235 Sin embargo, este no fue un cambio general, ya que otros textos de ética económica mantuvieron el latín como lengua vehicular (Quirós 2010: 154). Se dio, entonces, una situación de bilingüismo en esta temática. 236 Los principales antecedentes latinos del pensamiento ético-económico son las Summae y los tratados De Iustitia et Iure de Domingo de Soto (1553) (Quirós 2010).

237 «Los economistas políticos [...] no sintieron en ningún momento la necesidad de justificar la utilización del castellano en sus escritos, dirigidos directamente al monarca y, por lo tanto, omiten cualquier referencia a su opción lingüística» (Quirós 2014: 6).

238 Hacemos esta aclaración porque el proyectismo daba soluciones a problemas que podían estar ligado a cualquier disciplina científico-técnica (Hassler 1998: 66).

239 En un estudio lexicológico, Álvarez de Miranda afirma que los neologismos «proyecto» y «proyectista» son términos que en el siglo XVIII toman el relevo de las denominaciones «arbitrio» y «arbitristas», muy extendidas en el siglo XVII, pero de uso ya escaso a principios del Setecientos (1985: 409-410). Pueden considerarse, por tanto, pares sinonímicos (ibíd.: 415).

[C]on González de Cellorigo, Sancho de Moncada y muchos otros comienza una tradición textual que desembocará en los ensayos económicos que florecerán desde el siglo XVII en adelante; ciertamente, podrían ser considerados como los primeros economistas españoles. Enlazan con la vieja tradición de los tratados, en los que con forma lingüística elaborada se exponía, se argumentaba y se hacía apología (de la religión, por ejemplo) o se aconsejaba sobre cómo debe actuar el príncipe y gobernar su reino. Pero los nuevos contenidos (es ahora cuando se empieza a hablar sistemáticamente de la economía del Estado) van a originar el desarrollo de una nueva tradición con caracteres propios.

Esta tradición textual no responde a una clasificación sencilla. Por una parte, está estrechamente vinculada con los textos científico-técnicos, en vista de que, desde un punto de vista temático, el discurso reformista de los siglos XVII y XVIII trata un saber especializado: la economía. Sin embargo, cuenta con unos antecedentes temáticos y textuales muy diversos, además de que su carga reflexiva y finalidad claramente persuasiva, la sitúan como antecedente directo del discurso ensayístico moderno.

Los investigadores que mayor atención han prestado a estas figuras, así como a su producción textual, han sido los historiadores del pensamiento económico español. Sin embargo, dada la relevancia que tienen en la formación de una nueva terminología de especialidad, los textos económicos han recibido también la atención de la lexicología y lexicografía históricas240. Este acercamiento ha sido verdaderamente productivo, pues en los siglos XVI, XVII y XVIII se introduce en español un amplio paradigma terminológico para designar las nuevas realidades ligadas a las ciencias económicas241.

En primer lugar, Carpi (2008, 2012) y Quirós (2005, 2008, 2012) han publicado sendos trabajos sobre la incipiente terminología económica en castellano que se atestigua en los tratados renacentistas. Dicha terminología va tomando forma a partir de «la traducción de términos latinos, la creación de calcos y la adopción de tecnicismos utilizados por mercaderes y cambistas» (Carpi 2008: 46). Estos mismos autores se han detenido, igualmente, en describir algunas de las obras más representativas de este período, como los tratados de Villalón, Alcalá y Saravia de la Calle, haciendo hincapié en las particularidades                                                                                                                          

240 Algunos historiadores se sintieron ya atraídos por el estudio de las alteraciones léxicas que provocó la evolución del pensamiento económico. Es el caso de Maravall (1973), que dedicó un trabajo a la evolución histórica de la palabra «industria», vista a través de la documentación de los escolásticos y los economistas políticos de los siglos XVII y XVIII.

241 Al hilo de esta cuestión resultan ilustrativas las palabras de Kabatek (2006: 40):

El léxico es ciertamente el terreno de más clara relación entre TD e historia de la lengua: la adopción de una nueva TD crea una necesidad de expresión en una lengua que no siempre dispone de los medios necesarios en las tradiciones ya existentes, por lo cual los hablantes crean nuevos medios.

léxicas que presenta cada una de ellas ya que, si bien no puede negarse la existencia de una cierta continuidad temática en las obras de moral económica, los usos léxicos específicos son reflejo de una ideología subyacente que difiere en cada caso (Carpi 2012: 1261). La misma autora (Carpi 2008: 43) insiste en que, al no existir una conciencia de grupo (Quirós 2005: 971), las principales obras de esta tradición textual (vid. supra) muestran claras diferencias en cuanto a su contenido y estilo.

Menos interés han suscitado los textos económicos del siglo XVII, un momento en el que el lenguaje económico y comercial se enriquece por el contacto con otras lenguas, con la consiguiente incorporación de voces neológicas (Gómez de Enterría 2010: 102). El vocabulario técnico sobre economía de esta etapa histórica ha sido estudiado por la autora citada, Gómez de Enterría (2010) a través del análisis del primer tratado teórico sobre la Bolsa de Valores que se publicó en Europa, Confusión de confusiones, de José de la Vega (1688), un texto, según la investigadora, que comparte con los de época renacentista el afán divulgativo, por estar dirigido igualmente a un lector no especializado en el tema242 (Gómez de Enterría 2010: 96).

En el siglo XVIII, la consolidación de la Economía Política como disciplina al servicio del Estado conlleva la aparición de un nuevo vocabulario de especialidad que se instaura en la lengua durante la centuria. En este punto, es de obligada referencia el repertorio lexicográfico de Gómez de Enterría (1996b), Voces de la economía y el comercio en el español del

siglo XVIII. El tránsito del siglo XVIII al XIX se caracteriza, en cuanto al desarrollo del

pensamiento económico en España, por el aumento de las traducciones (en esta Tesis, §2.4.3.). La actividad traductora facilitó la difusión (limitada, eso sí) de las nuevas teorías económicas que circulaban por Europa. Algunos investigadores se han ocupado del impacto que tuvo en el léxico hispánico el acceso que tuvieron los economistas españoles de finales del siglo XVIII y principios del XIX a la ideología de Quesnay, Smith (Garriga Escribano (1993), y Jean-Baptiste Say (De Hoyos 2018).

Sin duda, uno de los principales obstáculos que ha frenado el estudio lingüístico de los textos económicos en la lingüística histórica (y que se extiende a otras clases de texto), es la falta de ediciones filológicas. De ahí que algunos historiadores de la lengua hayan decidido aportar nuevas ediciones para que cualquier investigador pueda acercarse a los usos lingüísticos de la incipiente ciencia económica. Ejemplo de ello es la edición del Manual de

                                                                                                                         

242 Gómez de Enterría (2010) identifica en la obra de finales del XVII una serie de esquemas propios de la divulgación científica, como las estructuras dialogadas, las digresiones de contenido mitológico e histórico, y mecanismos metalingüísticos tales como la reformulación.

Contadores (1589) de Juan Pérez de Moya que M. Quirós243 publicó en 2000 y que está incluida en la base de datos CORDE. Asimismo, E. Carpi (2007, 2011) ha editado la

Instrucción de mercaderes de Saravia de la Calle y el Tratado de los préstamos (1543-1546) de Luis

de Alcalá.

Fuera del nivel léxico, la sintaxis y la estructuración discursiva de las tradiciones textuales que tratan asuntos económicos en los siglos XVI, XVII y XVIII, apenas ha merecido atención en los estudios históricos244. Nos referiremos, pues, a los dos únicos trabajos de este corte que preceden a la presente Tesis doctoral.

En sus investigaciones sobre la conformación del léxico económico en español, Gómez de Enterría advirtió la presencia destacada de una estrategia de índole discursiva en esta clase de textos: la reformulación. Es así como a finales de los años noventa (1996a) publica, bajo un enfoque onomasiológico, un artículo sobre los usos de la reformulación discursiva245 como mecanismo explicativo en el discurso económico del Setecientos246. Según apunta Gómez de Enterría, los autores de estos textos, en su afán de clarificar el significado de los elementos léxicos específicos de la disciplina económica, utilizan diversos recursos reformulativos para insertar definiciones, aclaraciones y ligar una voz desconocida por el lector (no siempre especializado) a un término que este reconozca247 (1996a: 703).

Más recientemente, Cano Aguilar (2016) ha aplicado un ‘análisis sintáctico de orientación discursiva’ a los memoriales de dos arbitristas cuyas obras hemos integrado también en nuestro corpus textual, Martín González de Cellorigo (Memorial de la política

necesaria [...], 1600) y Sancho de Moncada (Restauración política de España, 1619). A partir de

un enfoque contrastivo, Cano Aguilar halla importantes diferencias en la construcción enunciativa de ambos autores, lo que podría deberse al estilo particular de cada uno o a razones de distinta índole (2016: 99). En general, el texto de Cellorigo entrañaría mayor complejidad que el de Moncada. El modelo textual del que parte Cellorigo, según apunta                                                                                                                          

243 Me consta, además, que M. Quirós está preparando una edición del Memorial de la política necesaria [...] de Martín González de Cellorigo (1600), aún pendiente de publicación.

244 Algunos lingüistas, como Haβler (1998), Pons Rodríguez (2015) y Cano Aguilar (2016) lamentan la falta de interés que la historia de la lengua ha mostrado hacia la producción textual de arbitristas y proyectistas. 245 Hemos hecho referencia al carácter onomasiológico del trabajo de Gómez de Enterría (1996a) porque, además de describir el funcionamiento de conectores discursivos específicos propios de esta función (a saber, es decir y esto es), también remite a locuciones con pleno significado léxico y oracional, como las expresiones verbales se llaman, que llamamos, es el que, que es, etc.

246 El corpus en que se basó para la redacción del artículo también incluye textos de economía aplicada. De hecho, recoge dos obras de autores que también contempla nuestro corpus textual: el Proyecto Económico de Bernardo Ward (1762) y Reflexiones sobre el Comercio Español en Indias, de Pedro Rodríguez de Campomanes (1762).

247 Esta estrategia aclarativa puede ser reforzada por metáforas y todo tipo de analogías que establezcan un paralelismo entre los fenómenos económicos y situaciones de la vida cotidiana (Gómez de Enterría 1996a: 710).

Cano Aguilar (2016: 104), debe ser el marcado por la tratadística medieval. Su prosa248 se inclina por los períodos oracionales de gran extensión y una sintaxis envolvente. Los conectores y anafóricos son abundantes y variados, mientras que, respecto a las relaciones hipotácticas, en su texto se documentan con mayor frecuencia subordinadas argumentativas (concesivas, causales y consecutivas) que en Moncada tienen menor representación. La prosa de Moncada, por el contrario, es menos compleja, y, según Cano, aunque su estilo recuerde a veces a los conceptistas –por su gusto por la elipsis–, no llega a la artificiosidad de estos (2016: 104). Escoge un tipo de sintaxis lineal y secuencias oracionales más breves y, en cuanto a la ilación supraoracional, Moncada recurre a los conectores contrapositivos para introducir comentarios contraargumentativos y a los ordinales para la organización del discurso, un mecanismo que anuncia un recurso propio de la prosa elaborada de los siglos posteriores. Ambos coinciden, no obstante, en algunos puntos, como en el uso de la copulativa y en la ilación entre párrafos y la condición de la subordinación como el modo dominante en la conexión oracional (las relaciones paratácticas están restringidas a la expresión de la intensificación y la oposición). Asimismo, son las relativas el principal tipo de subordinada y, en cambio, están poco documentadas las completivas, lo que, a juicio de Cano Aguilar (2016: 103), constituye una diferencia relevante respecto al discurso preperiodístico coetáneo.

                                                                                                                         

248 Todos los datos mencionados sobre la prosa de Cellorigo y Moncada se han tomado de las páginas 99-104 del artículo de Cano.