Cuando se despierta la razón en el hombre, encuentra a la humana naturaleza en pleno desarrollo, todas sus tendencias en juego, y en actividad
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logia. Y esta confirmación es ya una aplicación práctica del principio mismo.
La religión cristiana, dice el doctor Liebermann15,comprende dos órdenes
de verdades. E n primer lugar, es la promulgación externa de la ley natural, enseñándonos con certeza y autoridad superior todos los principios y deberes de religión y vida moral. Y luego es luz sobrenatural que descubre un nuevo orden de cosas, inaccesible a las investigaciones de la razón; de que resultan misterios que deben ser objeto de creencia, y preceptos positivos complementarios de la ley natural. Hay nociones que la revelación enseña, y otras que remueve y saca a luz.
En efecto, la revelación ha recordado al hombre (anota el mismo autor) ideas que él llevaba en sí mismo, pero sin acertar a descubrirlas. L o mismo que sucede cuando por estar oscuro, no vemos los tesoros que tenemos guardados en un aposento. Si acudimos con luz, ésta ciertamente no trae lo que se busca, pero hace que empiece a verse. De la propia suerte, la semilla permanece oculta bajo tierra hasta que fecundada por los rayos del sol, germina, crece, da fruto. L a doctrina de la unidad de Dios es sin duda una doctrina de razón16; pero fue
menester la revelación para que el hombre echase de ver que allí estaba. Socorrer a los pobres, fundar hospitales, son hechos que tienen bases naturales en el corazón del hombre; y, sin embargo, los paganos no pensaban en nada de eso. L a revelación con su luz fecunda hizo germinar estos bellos sentimientos.
La inmortalidad del alma es uno de los principios cardinales resucitados y restituídos a su verdadera importancia por la revelación. Este drama de la vida, lleno de injusticias no reparadas, si no se le supone un desenlace más elevado, es la cosa más repugnante a la razón, y por lo mismo la más dolorosa. No es, no, un sentimiento de egoísmo lo que nos inspira la idea de una vida futura. Esta idea es un desarrollo de un principio racional innato. El bárbaro la posee, envolviéndola en ritos supersticiosos; lo mismo que la posee el hombre ilustrado, disolviéndola tal vez en aéreas abstracciones; de un modo u otro, ella se
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15 Institutiones theologicae, Maguntiae, 1844, vol. 1, págs. 67, 136.
16 El lector recordará lo que en prueba de este aserto, que el doctor Liebermann no
hace sino indicar, dejamos dicho atrás.
manifiesta como un principio racional necesario. Con ella se consuelan los buenos atribulados; con ella se alarman los malos a quienes sonríe la fortuna. Nótese bien: aquella esperanza, este temor no crean la idea; sino que al contrario, ella los produce.
El hombre que después de haber apurado todos los goces llega al termino de su carrera mortal, piensa todavía (la historia lo comprueba) que hay un más allá, o al menos no soloporque anhele mas goces, sino porque cree justa en sí misma la existencia de ese más allá; porque juzga que, fuera de los goces, hay hechos que hacen al hombre merecer o desmerecer; porque cree en una ley eterna de justicia que no tiene cabal cumplimiento en la tierra. Bentham dice que al placer y al dolor referimos todas nuestras ideas17. Bueno fuera eso si no hiciésemos sino esperar goces y
temer penas, como él supone. Los esperamos, sí, y las tememos; ¿pero por qué? La creencia en una compensación futura; la certeza en que no es el placer la moneda con que se compra el premio eterno, ¿son esas ideas por ventura esperanzas o temores simplemente? ¡Ah! no; ellas envuelven principios de justicia que no son producto de las sensaciones; principios de que no podemos prescindir, ya sea que nos den consuelo, ya sea que nos causen tedio; principios, en fin, inmutables, necesarios.
Para demostrar que la creencia en una vida futura no es simplemente una esperanza ni un temor, basta una hipótesis bien sencilla. Suponga el lector que un ángel le prometiese salvarle por criminal que llegase a ser, condenando en su lugar, si era necesario, a otro hombre cualquiera, por virtuoso que éste fuese: Un hombre moral no podría dar paciente oído a semejante propuesta, pues aunque no la juzgase, como la juzgaría, sugestión de un espíritu maligno, él preferiría en todo caso ganar la corona por esfuerzos personales a ganarla a costa de su prójimo inocente. Un hombre no enteramente corrompido, un hombre que no hubiese degradado hasta el último punto su
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inteligencia, por egoísta que fuese, por tentado que estuviese a aceptar la propuesta, no podría menos de presumir que allí había engaño. ¿Cómo iba a convencerse de que una gran injusticia fuese una verdad eterna? Pero bien: esta repugnancia a creer, no era repugnancia a gozar; al contrario, querría gozar, pero no se resolvería a creer. ¿No manifiesta esto la diferencia entre la razón y la sensibilidad? ¿No es claro que la idea de la vida eterna no es simplemente una esperanza ni un temor, sino una verdad revelada a la razón?
Esta creencia, como todo acto de la fe, se hermana con la esperanza y el amor. A medida que se cree, se ama y se espera. No pudiendo explicarse por el egoísmo la fe que procede de la razón, ni el amor, que es la pasión acomodada a la fe, la esperanza, que con ellas se asocia íntimamente, participa de su carácter. El fondo, pues, de este conjunto de hechos, lejos de ser egoísta, es esencialmente moral.
Como quiera, no puede negarse que la idea de una vida futura es, como hemos dicho, la idea de la justicia y nada más; idea inevitable para el entendimiento. Suprimida mentalmente la objetividad de esa idea, se produce un vacío, un desorden en nuestra complexión intelectual; y supuesta la relación necesaria que en el capítulo cuarto demostramos existe entre la razón y el sentimiento, de ese vacío resulta precisamente una desazón interior proporcional. No es la muerte, decía Montaigne, lo que nos repugna, sino el morir. Esto nos parece exacto: padezca o goce el hombre en este mundo, sufre cuando piensa en una nada futura. ¿Por qué? Porque esa nada es la supresión del objeto de una necesidad intelectual; esa nada es para el ser que en ella piensa una negación, una mutilación que, como toda alteración en el departamento de la razón, afecta dolorosamente la sensibilidad moral; del mismo modo que toda mutilación corpórea afecta dolorosamente la sensibilidad física.
Ahora pues, la revelación garantiza el objeto de esta necesidad intelectual, y devuelve por lo mismo la tran-
quilidad a la sensibilidad interna. Dándonos la verdad, nos da el reposo, en cuanto esa verdad es una necesidad, y la satisfacción de una necesidad la causa natural del bienestar. “¡Cosa rara!”, dice un filósofo francés, “¡la religión cristiana que promete sólo la bienaventuranza eterna, labra también la temporal!”. Habría más razón para decir: Cosa natural: la religión cristiana al garantizarnos la existencia de una eterna felicidad para los justos, nos garantiza la satisfacción de una necesidad intelectual presente, es decir, el hambre de justicia y compensación de que no podemos prescindir; y como la satisfacción de una necesidad es bienestar, la promesa del bienestar eterno produce ipso facto, cierto bienestar presente en el orden del sentimiento, esto es, en el fuero de la conciencia. Por goces temporales que obtenga el hombre, si le falta fe, no puede obtener aquella paz interior que consiste en la satisfacción de la necesidad intelectual del orden religioso, en el convencimiento de que lo que la razón juzga necesario, justo y bueno, existe realmente; de que Dios es Dios, y eterno el reino de su justicia. Al contrario, el hombre de fe goza esta satisfacción interior cualesquiera penas físicas que le sobrevengan: spero in Deo.
Lo que decirnos del dogma de la inmortalidad debe entenderse de los demás que la revelación confirma. En una palabra: vuelta la razón a su centro, confiado el hombre en que existe una Providencia eterna y eternamente justa, descansa en su seno y ningún accidente temporal, ninguna prueba por dura que sea, podrá arrancarle cierta paz interior, cierto bienestar moral, antipación del futuro, e imagen de aquella inmutable serenidad de Dios en medio de sus relaciones con sus criaturas.
Es que el hombre (como observa con mucha exactitud el padre Ravignan) nació para la verdad, que es su primera necesidad; ni puede vivir y respirar libremente sino en la atmósfera de la verdad.
CAPITUL O X
EL CATOLICISMO
Pero ¿se ha efectuado realmente esta revelación definitiva? ¿Ha venido el esperado Mesías, el Verbo de la eterna verdad? ¿O no hay que esperarle?
En este último caso, el espectáculo de la humanidad doliente, doliente por el error, el pecado y la enfermedad, sería inexplicable, abiertamente repugnante y desconsolador. No habría un Dios suficientemente benigno o suficientemente poderoso para iluminar y redimir al hombre; en una palabra, no habría Dios. Sería el mundo obra de la casualidad, patrimonio de un espíritu maligno, o producto de una ilusión misteriosa e inexplicable. El entendimiento se ofusca y el corazón gime al oír esta conclusión. Ella es abiertamente contraria a la razón; si la admitimos, no tenemos derecho a negar cosa alguna por absurda que parezca, ni para dar por cierto tampoco ningún hecho por evidente que se manifieste. Si la razón no es criterio infalible; si lo que ella naturalmente rechaza no es por el mismo hecho falso, tenemos que incurrir en un escepticismo universal; y el escepticismo universal es la negación del pensamiento. No hay medio: o nos resolvemos a vivir animalmente sin pensar, o vivimos racionalmente y admitiendo como infalible a la razón. La negación de un principio racional cualquiera, envuelve la negación de todo principio racional; la emancipación de la vida irracional nos vuelve a la vida racional total. No concebimos qué medio pueda adoptarse. La duda es una vacilación insostenible: una enfermedad, no un estado normal. Hay, pues, que renunciar al pensamiento, o satisfacer las necesidades del pensamiento; entre éstas la inclinación a creer que el hombre recibe una luz sobrenatural que le guía y confirma en sus acciones.
X. EL CATOLICISMO 87
—Pero puede suceder que Dios, sin haberse acordado aún de nosotros, haya de redimirnos algún día.
Esta conclusión es también absurda y desconsoladora. ¿Quién es o dónde está ese Dios que tanto tarda y que después de habernos dado irresistibles aspiraciones hacia él, no quiere satisfacerlas, permitiendo que la humanidad a fuerza de aguardarle, se divida en dos bandos, desesperando el uno, el otro confiado en un impostor a quien en su ilusión da nombre y honores divinos, consagrándole todo el amor de que el hombre es capaz? No, si repugnante es la hipótesis del apostata descreído, no lo es menos la del judío contumaz. La presencia del Dios vivo en la humanidad, de un Dios vivo que por boca de sus ministros llama, enseña, consuela, salva, o sea la doctrina católica, es lo único que satisface a un mismo tiempo la razón y el sentimiento.
—¿ Más donde están las pruebas? Eso pude ser muy bello y muy consolador, ¿pero como se demuestra? ¡Hechos! ¡hechos! decía Rousseau.
¡Oh! pedir pruebas de la divinidad de Jesucristo equivale a preguntar a medio día si el sol ha salido. Jesucristo es el sol de las almas, el mismo ahora y siempre. ¿Quién al mirar de frente a la Iglesia católica, no siente la fuerza de un argumento que impone sin formularse? Pedro es su cimiento; las tempestades no han prevalecido contra ella; sus trabajadores, enviados como ovejas en medio de los: lobos, convierten milagrosamente a las naciones, y las gentes esperan en su nombre1.En la Iglesia se cumplen las
profecías, y ella es madre de santidad. En cuanto a la persona de Jesucristo, sus mismos enemigos ven en ella algo de sobrehumano. A muchos que cierran los ojos por no ver, se les abrirán tarde, muy tarde, y entonces creerán; ¡pero ay del qué ve para dejar de ver! Nada hay en el Evangelio que no entrañe alguna instrucción provechosa: lo que les sucedió a los peregrinos de Emaús2 es una figura que debiera darnos en qué pensar.
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1Vid Matth cap10.
88 ESTUDIO SOBRE EL UTILITARISMO
Con todo, la razón, así como tiene deberes, tiene también sus derechos. Ha pedido sus títulos a la ley evangélica. E ste es un derecho, que implica el deber de reconocerlos si fueren racionalmente irrecusables.
Respetando Jesucristo los derechos de la razón humana, le ha presentado testimonios inequívocos de su divina autoridad. El Bautista simboliza perfectamente a la razón humana, a la filosofía antigua que clamaba en el desierto. Ella ha preguntado si el Redentor ha venido o si hay que esperar a otro. Y los legados de la razón vuelven con esta respuesta: los ciegos ven, los leprosos son limpiados, los muertos resucitan, a los pobres se anuncia el Evangelio. Los milagros del amor constituyen un testimonio que es irrecusable. Y quiso Jesucristo que su doctrina fuese sancionada por la razón, que no es digna de desatar la sandalia del Señor. Los filósofos, los sabios sancionaron para luego someterse, como Juan bautizó a Jesucristo en agua, para serlo él a su turno en espíritu. Porque así convenía que se cumpliese toda justicia. Ni mandó Jesucristo a sus discípulos llevar la fuerza sino la palabra, que es ministro del pensamiento para que fuese creída: Euntes docete. Y la razón ha reconocido la verdad, y se ha sometido a ella. La ha aceptado el sabio del Areópago lo mismo que el salvaje. Para ambos ha habido pruebas irrefragables; cada uno halla en el Evangelio la palabra que le conviene, la palabra que ha de despertarle; Jesucristo, que conoce todos los corazones, al uno le dice “sígueme”, a otro “ya te vi debajo de la higuera”.* Y todos han dicho con el centurión: verdaderamente éste era el Hijo de Dios.** Y la sumisión del hombre a Dios no ha sido ciega sino racional como quiere el Apóstol3.
Pero ejercido por la razón humana el derecho de examinar los títulos de la misión divina, incúmbele, como un deber consecuencial, dar su obediencia a la ley del Enviado.
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*[Ioan., 1, 43-48]. N. del E. ** [Matth., 27, 54]. N. del E.
3 Rom., 12, 1.
X. EL CATOLICISMO 89
Reconocido el carácter de la ley evangélica, pronunciado el fallo favorable a los títulos con que se presenta Jesucristo, el juez debe cederle el puesto. Así se cumple la justicia. No hay derecho a revocar por orgullo egoísta un fallo dictado por la razón imparcial. Teníamos derecho a juzgar los testimonios en que se funda la ley, no la ley misma que se nos propuso; declarada divina, no podemos moralmente desecharla, modificarla ni quebrantarla. Bajo este concepto, el establecimiento del cristianismo no es obra de la razón ni de la autoridad distributivamente, sino de ambas asociadas. ¡Asocio admirable que en vano se buscaría fuera del catolicismo!
Que el catolicismo es la ley moral completa, definitiva, lo inducen sobre todo dos caracteres que le son peculiares, a saber: la perfección de sus fines, la uniformidad de los medios; siendo admirable la armonía con que ambas se corresponden.
El bien en sí, como la verdad, es uno, y una por consiguiente debe ser la moral. La diversidad de creencias supone mezcla de error. Cuando el error desaparece, la verdad recobra su unidad natural. No es esto una hipótesis, ni una idea contingente; no una ficción ni un conocimiento adquirido por los sentidos, es un principio necesario4. En el hecho mismo de presentarse la
diversidad de creencias como prueba de que no existe la verdad, los adversarios de ésta reconocen como incontrovertible un principio por lo menos: el de que la verdad tiene que ser, una. Ahora pues, el catolicismo es uno, y toda su labor es labor de unificación. El catolicismo, respetando desigualdades naturales, empieza su obra de unificación en la cuna. Apenas
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4 Sobre esto se habló atrás. Nota el padre Ravignan como un hecho admirable, que
el entendimiento aún ofuscado por el error, resiste a admitir como una verdad eterna la contradicción, la mezcla de bien y de mal que tenemos a los ojos. Siempre creemos que el bien es superior, uno, indivisible, eterno. No es posible predecirle al mal un triunfo definitivo. ¿Por qué? Porque así está organizado nuestro entendimiento; porque esa manera de ver es para él una ley. No hay más razón.