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215 EUCARISTIA Y VIDA

«Señor, que quienes nos alimentamos de un solo pan formemos un solo cuerpo, aun siendo muchos» (1 Cr 10, 17).

1.— Por su propia virtud la Eucaristía une a Cristo; la unión física con él es idéntica para todo el que se alimenta de su Cuerpo y Sangre, pero no en todos produce los mismos efectos, tanto que Pablo dice: «quien coma el Pan o beba el Cáliz del Señor indignamente..., come y bebe su propio castigo» (1 Cr 11, 27-29). Para los mismos que se acercan a la Eucaristía en estado de gracia los efectos son iguales, pero proporcionados a sus disposiciones.

Como el efecto propio de la Eucaristía es la unión con Cristo y con los hermanos, la mejor disposición para la Mesa eucarística es el amor, sin el cual no puede haber unión. La unión con Cristo ex ige ese amor sincero que es conformidad con su voluntad, con sus deseos y con su beneplácito. «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (FI 2, 5), diría S. Pablo. Todo lo que contrasta con los sentimientos de Cristo, con

su voluntad, con sus preceptos y, sobre todo, con el mandamiento del amor, es obstáculo a la unión con él. Puede entonces suceder, como dice S. Agustín, que se coma materialmente el Cuerpo de Cristo, sin comerlo espiritualmente, quedando así sin el fruto del sacramento (In Jo 26, 12). Para que la Eucaristía actúe y refuerce la unión fraterna, hay que eliminar todo lo que turba las relaciones cordiales y sinceras con el prójimo y cultivar con empeño una caridad franca y universal. «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12), dijo el Señor; y especificó: «Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo que reprocharte, deja tu ofrenda allí... y vete primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5, 23-24). Antes de acercarte a la sagrada Mesa, es necesario que se examine cada uno a sí mismo, porque no puede osar recibir el Cuerpo del Señor, el que ha quebrantado, aun sólo levemente, su mandamiento. «Perdona y se te perdonará —dice S. Agustín—; entonces puedes acercarte seguro: pan es, no veneno. Pero perdona sinceramente; porque si no perdonas sinceramente..., estás mintiendo al que no puedes engañar» (In Jo 26, 11).

2.— Si deben disponerse los fieles de un modo cada vez más digno al Sacrificio y Banquete eucarísticos, tienen también que procurar hacer vida en su conducta diaria, la gracia que brota de la Eucaristía. «La Liturgia misma — dice el Vaticano II— impulsa a los fieles a que saciados "con los sacramentos pascuales", sean "concordes en la piedad" y ruega a Dios que "conserven en su vida lo que recibieron en la fe"» (SC 10). Se trata de armonizar la propia vida con la santidad y la caridad que expresa y produce la Eucaristía; se trata de llevar al cumplimiento de los deberes cotidianos la unión con Cristo y con los hermanos que son el fruto de la Comunión eucarística. Y pues la Eucaris- tía une a la muerte y resurrección del Señor, el fiel debe participar también en su muerte muriendo a sí mismo y al pecado, y en su resurrección viviendo cada vez más la vida divina que se le comunica.

Para conservar los frutos de la Eucaristía y para disponerse mejor a ella, tiene gran eficacia la visita diaria al Santísimo, que la Iglesia ha recomendado siempre. Cristo presente en las sagradas especies «restaura las costumbres, alimenta las virtudes, consuela a los afligidos, fortalece a los débiles e invita a su imitación a cuantos se acercan a él... Por eso todo el que se vuelve al augusto Sacramento eucarístico con particular devoción y se esfuerza en amar con ímpetu generoso a Cristo que nos ama infinitamente, experimenta y comprende a fondo, no sin gozo del alma y fruto, qué preciosa es la vida escondida con Cristo en Dios y cuánto vale estarse en coloquio con Cristo, más suave que el cual nada hay sobre la tierra, ni nada más eficaz para recorrer los caminos de la santidad» (Pablo VI,Mysterium 35).

En la santa Eucaristía está verdaderamente encerrado todo nuestro bien, Cristo Señor, «nuestra Pascua y Pan vivo..., que da la vida a los hombres...; así son ellos invitados y conducidos a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas sus cosas en unión con él mismo» (PO 5).

Oh Jesús, alimento sobresustancial de las almas, a ti acude este pueblo inmenso, para penetrar su vocación humana y cristiana de impulso nuevo, de virtud interior, con prontitud al sacrificio, del que tú diste prueba inimitable... con la palabra y con el ejemplo.

Hermano nuestro primogénito, tú has precedido, Cristo Jesús, los pasos de cada hombre, tú has perdonado las culpas de cada uno; tú levantas a todos y cada uno a un testimonio de vida más noble, más convencido, más activo.

Oh Jesús, «Pan verdadero» único y solo alimento sustancioso de las almas, reúne a todos los pueblos en torno a tu mesa, la cual es divina realidad sobre la tierra, prensa de favores celestiales, seguridad de justo entendimiento entre las gentes y de pacífica competición para el progreso verdadero de la civilización.

Alimentados por ti y de ti, oh Jesús, los hombres serán fuertes en la fe, alegres en la esperanza, activos en las múltiples aplicaciones de la caridad.

Las voluntades sabrán superar las asechanzas del mal, las tentaciones del egoísmo y las desidias de la pereza. Y a los ojos de los hombres rectos y timoratos aparecerá la visión de la tierra de los vivientes, de la cual el peregrinar de la Iglesia militante quiere ser imagen, haciendo resonar en todo el mundo las primeras voces arcanas y suavísimas de la ciudad de Dios.

Sí, oh Jesús: «Apaciéntanos, protégenos; haznos ver todos los bienes en la tierra de los vivientes. Amén». (JUAN XXIII,Breviario).

Señor, yo soy impuro; no soy digno de que tu santo Cuerpo venga sacramentalmente a mi sucia morada. Señor, soy todavía indigno de cualquier honor, de cualquier bien, de todas las consolaciones que las personas virtuosas obtienen de ti. No me queda, pues, más que llorar y lamentarme sin cesar, e ir ante ti con una confianza inquebrantable. Y por más que sea pobre y abandonado, no me alejaré de ti, sino que gritaré y suplicaré sin cansarme, mientras mi fe no obtenga de ti la curación de mi siervo (la parte sensible). Entonces te alabaré y te serviré con alma y cuerpo, con todo mi ser y con todas mis fuerzas. (RUJSBROECK,Obras).

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