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EUDEMONOLOGÍA (EL ARTE DE VIVIR) SCHOPENHAUERIANA

In document Filosofía Moderna. Segundo Parcial (página 122-140)

3.2 Schopenhauer (1788-1861)

3.2.4 EUDEMONOLOGÍA (EL ARTE DE VIVIR) SCHOPENHAUERIANA

Creo que Schopenhauer es un filósofo que ha sido tratado injustamente por la historia. Su pensamiento escabroso, y sobre todo su particular estilo literario, salpicado de irreverencia, antisolemnidad, corrosivo ingenio, ácidas ironías y mucha soberbia, lo ha convertido en un filósofo maldito al que nunca se toma en serio; que se pasa por alto a la menor provocación, y del que sólo se comenta, en tono chismoso y falsamente escandalizado, su odio a Hegel, su "misoginia", su "pesimismo" y, en general, lo "desesperanzador" de su filosofía.

Se pretende exponer, de manera clara, la postura de Schopenhauer frente a algunos de los temas relacionados con el valor y el sentido de la existencia humana; como son, por citar algunos, el sufrimiento, el placer, el arte, el ascetismo, y la muerte. El objetivo principal es, simplemente, hacer una investigación que pueda dejar en claro una parte del controversial, y no menos serio, sistema schopenhaueriano.

En esta investigación preferí centrarme en las reflexiones que hace Schopenhauer sobre el mundo cuando habla de él como representación. Inicialmente mi intención era acercarme al tema también desde el ámbito de la voluntad, pero al poco tiempo advertí lo complejo de semejante proyecto, decidiendo solamente exponer lo referente a la representación, por ser este acercamiento al problema del mundo menos árido, más accesible e igual de trascendente.

Schopenhauer cuando escribió el Parerga y paralipómena, a mi parecer, sólo tuvo por intención poner al alcance del gran público, su obra más importante: El mundo como voluntad y representación.

A pesar del tiempo que separa ambos escritos, la única diferencia ideológica, significativa, es la siguiente: Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación considera la vida como un don, un regalo, mientras que en Parerga y paralipómena la considera como un "defunctus", una obligación.

La intención de Schopenhauer, el filósofo del pesimismo, al escribir sus obras principales, no es otra que hacer un tratado eudemonológico ; idea bastante común entre los misántropos y entre los filósofos también.

3.2.4.1

La broma pesada

En el presente capítulo intentaré presentar de manera fidedigna algunas de las reflexiones fundamentales que hace Arthur Schopenhauer a propósito de la existencia humana. Estos postulados los encontramos principalmente en dos de sus obras: "El mundo como voluntad y representación" (1819) y "Parerga y paralipómena" (1851), de donde se extraen los ensayos que componen diversas ediciones como "El amor, las mujeres, la muerte y otros temas", por citar un ejemplo. Los temas a tratar serán, primordialmente, la existencia del mal, su relación con la vida y el lugar que ocupa en el mundo, lo efímero de la existencia, la naturaleza del dolor, la muerte, la felicidad, el deseo y el sufrimiento.

EXISTENCIA DEL DOLOR Y DEL BIENESTAR

Empezaremos por decir que Schopenhauer califica de absurdos los sistemas metafísicos que consideran el mal como algo negativo, en el sentido de que no existe por sí mismo, sino más bien como la ausencia de algo. Así tenemos que el bien tendría algo de existencia positiva, mientras que el mal tendría algo de existencia negativa; es decir que el mal sólo existe en tanto que es ausencia de bien. Por ejemplo: todos hemos experimentado alguna vez la enfermedad y los dolores que la acompañan. Mientras que los sistemas que Schopenhauer considera absurdos sostienen que la enfermedad sólo existe como carencia de salud, y que la salud es lo que realmente existe, él sostiene que la cosa es al revés: lo que realmente existe es la enfermedad, el dolor. Ese es nuestro verdadero estado, la salud solamente es un breve período de supresión de la enfermedad. Así la enfermedad siempre se impondrá a la salud, que tan sólo es un fugaz momento de sosiego. Entonces parecería que todo bien o satisfacción es lo verdaderamente negativo, ya que consisten en suprimir un deseo o en poner fin a una pena, que es lo que tiene una existencia positiva.

Del mismo modo, igual que con la salud y la enfermedad, si nuestra vida, nuestra existencia cotidiana, transcurre apacible y sin mayor complicación, nos pasa cómodamente desapercibida; pero si nos ocurre algo doloroso o desagradable, lo percibimos claramente.

Schopenhauer piensa que esto se pone de manifiesto a la menor provocación, aun en los momentos más sencillos de la experiencia, y por esto lo considera como una verdad aplastante. Por ejemplo, que no advirtamos nuestra salud general y sin embargo podemos percibir con punzante lucidez el lugar preciso donde nos aprietan los zapatos; o que no disfrutemos la prosperidad de un negocio, y que por el contrario, una minúscula complicación en él nos quite el sueño, son hechos que demuestran, según Schopenhauer, que sólo el dolor es positivo y que el bienestar es negativo. Por consiguiente, ninguna dicha puede ser duradera.

"Sentimos el dolor, pero no la ausencia de dolor; sentimos el cuidado pero no la falta de cuidados; el temor, pero no la seguridad. Sentimos el deseo y el anhelo, como sentimos el hambre y la sed; pero apenas se ven colmados, todo se acabó, como una vez que se traga el bocado cesa de existir para nuestra sensación (…) No nos percatamos de los días felices de nuestra vida pasada hasta que los han sustituido días de dolor… A medida que crecen nuestros goces, nos hacemos más insensibles a ellos: el hábito ya no es placer. Por eso mismo crece nuestra facultad de sufrir: todo hábito suprimido causa una sensación penosa. Las horas transcurren tanto más veloces cuanto más agradables son, tanto más lentas cuanto más tristes, porque no es el goce lo positivo, sino el dolor, y por eso deja sentir la presencia de éste"

Por último, Schopenhauer recurre a una imagen de la naturaleza para mantener su postura como evidentemente verdadera.

"Si queréis en un abrir y cerrar de ojos ilustraros acerca de este asunto, y saber si el placer puede más que la pena o solamente si son iguales, comparad la impresión del animal que devora a otro con la impresión del que es devorado."

DOLORES DEL MUNDO. EL MAL ES ESENCIAL A LA VIDA

Así tenemos que si el dolor es lo positivo, y no puede existir satisfacción duradera, el sufrimiento no puede ser eliminado de la vida humana, o por lo menos no radicalmente.

"Si nuestra existencia no tiene por fin inmediato el dolor, puede afirmarse que no tiene ninguna razón de ser en el mundo." El dolor es inherente a la vida humana. El dolor no es accidental a la vida, es su finalidad.

"Puesto que toda felicidad y todo placer son de carácter negativo, mientras que el dolor es positivo, resulta que la vida no tiene la función de ser disfrutada, sino que nos es infligida, hemos de padecerla."

Schopenhauer incluso llega a decir, que al igual que nuestro cuerpo necesita de la presión atmosférica para no estallar, nuestra existencia requiere del peso de la miseria, de la pena, de los esfuerzos vanos y de los desengaños, para que la arrogancia en nosotros no se desborde destrozándonos o llevándonos hasta la locura.

La lucha por extirpar el dolor del mundo no sólo es vana sino absurda. El sufrimiento no se puede erradicar, ya que su causa es la misma constitución de la humanidad. A lo más podemos luchar contra el sufrimiento y vencer la forma en la que se nos presenta; pero el sufrimiento, el dolor, tiene disfraces infinitos, y al instante se nos presentará de otra manera.

"Los esfuerzos incesantes para desterrar el dolor no consiguen otra cosa que variar su figura: ésta es primordialmente carencia, necesidad, cuidados por la conservación de la vida. Al que tiene la fortuna de haber resuelto este problema, lo que pocas veces sucede, le sale de nuevo el dolor al paso en mil otras formas, distintas, según la edad y las circunstancias, como pasiones sexuales, amores desgraciados, envidia, celos, odios, terrores. Ambición, codicia enfermedades, etcétera. Y cuando no puede revestir otra forma toma el ropaje gris y tristón del fastidio y el aburrimiento, contra el cual tantas cosas se han inventado. Y aunque se consiguiese alejar éste, difícil sería que no volviese en cualquiera de las otras formas para empezar otra vez su ronda; pues entre el dolor y aburrimiento se pasa la vida."

La mayoría de los males nos afligen porque los consideramos contingentes; los males como la muerte y la vejez suelen no afligirnos tanto porque sabemos que necesariamente hemos de padecerlos, mientras que casi todos los demás los consideramos causados por circunstancias muy particulares. El pensar que existe la posibilidad de librarnos de los males, o que si las cosas hubieran sido de otra forma no hubiéramos padecido determinado efecto doloroso, es justamente lo que nos crea la falsa ilusión de que pudimos no haber sufrido, lo cual eleva nuestra aflicción.

"Pero si llegáramos a convencernos de que el dolor, como tal es esencial a la vida y la forma en que se presenta lo único accidental y dependiente del acaso, de que nuestra vida presente ocupa un lugar en el que sin cesar pronto sería reemplazada por otra, alejada ahora del

mismo, y que por consiguiente, el destino poco nos puede quitar; tal reflexión, en caso de convertirse en viva persuasión, podría suministrarnos una buena dosis de ecuanimidad estoica, disminuyendo en gran parte nuestros angustiosos temores egoístas. Pero de hecho, tal poderoso dominio de la razón sobre los dolores que sentimos de un modo inmediato, pocas veces o nunca se encuentra."

A pesar de esto no hay que olvidar que, sin importar las circunstancias externas, la personalidad, la suerte o los bienes materiales que se posean, nadie se podrá sustraer, nunca, del dolor de vivir. El dolor es intrínseco a la vida, no le es accidental. Así no nos queda más que pensar, "que lo mejor de la existencia es su brevedad, de la que tan a menudo nos lamentamos."

"Pero la mayor parte de las veces nos negamos a aceptar esta idea, como nos negaríamos a beber una medicina amarga, esta idea de que el dolor es esencial a la vida y no proviene del exterior, sino que cada uno de nosotros lo llevamos dentro de nosotros mismos, como un manantial que no se agota. Siempre buscamos una causa o un pretexto exterior del dolor que no se separa de nosotros; somos como el hombre libre que se crea un ídolo para tener un amo. Pues infatigablemente volamos de deseo en deseo, y aunque ninguna realización, por mucho que prometa, pueda satisfacernos y no ser más que un vergonzoso error, nos empeñamos, no obstante, en no comprender que estamos haciendo el trabajo de las Danaides y corremos incesantemente hacia nuevos deseos."

Y así continuamos hasta el infinito, siempre persiguiendo un nuevo deseo, hasta que encontramos uno que no podemos satisfacer y al cual tampoco podemos renunciar. Un deseo al que podemos culpar de ser la causa de nuestro sufrimiento, en vez de acusar a nuestra propia constitución. Este deseo particular nos hace enemigos de nuestra suerte, pero definitivamente nos reconcilia con la vida porque nos hace creer que el sufrimiento no es inherente a ésta, y nos aleja de la idea de que toda alegría o felicidad duradera es imposible. Aunque este proceso nos orienta ciertamente hacia la melancolía, ya que el hombre carga sobre sus espaldas un gran único dolor, que es este deseo al cual tiende sin poder satisfacerlo ni olvidarlo, y que nos hace ignorar alegrías y aflicciones menores.

Schopenhauer considera mucho más digna esta actitud que la del veleidoso que se precipita, desesperadamente, ante cualquier deseo, en una "carrera incesante en pos de fantasmas que varían continuamente" , como una embarcación errática que navega sólo por donde el viento la lleva y que nunca podrá encontrar sosiego alguno. "Así es el curso de la vida humana: como regla el hombre, cegado por la esperanza, danza precipitándose en los brazos de la muerte."

ORIGEN DE LA TRISTEZA Y LA ALEGRÍA

En la misma línea, Schopenhauer sostiene que en todos y cada uno de nosotros, está determinada de antemano la cantidad de dolor que hemos de soportar. Esta medida es invariable, aunque la forma del dolor pueda cambiar. La buena o mala fortuna que tenga un individuo, no le vendrá del exterior, sino que procederá de su propio interior, modificándose por su disposición física según sus distintas edades y sus diferentes circunstancias; pero en general será la misma siempre, sin dejar de estar en relación directa con su temperamento y con el grado de sensibilidad, ligera o fuerte, que posea.

El sentimiento siempre está determinado a priori. La alegría o la tristeza nunca son producto de circunstancias exteriores, como lo serían la riqueza o la posición social. Esto se demuestra fácilmente en el hecho de que encontramos caras alegres tanto entre ricos como entre pobres, al igual que encontramos caras largas sin importar posición social o económica. También hay que destacar que los motivos de suicidio son diferentes según cada individuo; difícilmente podríamos encontrar una causa externa que necesariamente condujera al suicidio; éste siempre responde a causas internas sin importar determinantemente las circunstancias exteriores.

El grado de alegría o de tristeza que un individuo padezca, se debe atribuir, no a cambios exteriores, sino más bien, al estado interior del hombre o a su disposición física.

Schopenhauer considera la alegría un fin en sí misma. Siempre que estemos alegres, dice, no debemos reflexionar sobre si tenemos o no motivo para estarlo: estar alegre es motivo suficiente. La alegría siempre se debe preferir sobre cualquier otro bien; pero sin salud es difícil que la alegría se dé, así Schopenhauer recomienda buscar la salud.

En el caso de la alegría, cuando la satisfacción va creciendo hasta convertirse en ésta, vemos que el cambio de satisfacción a alegría se da comúnmente sin necesitar de ningún motivo exterior. Sin embargo, nuestro dolor, muchas veces si es provocado por algún accidente exterior, siendo esto la principal causa de nuestra aflicción, ya que consideramos que de no haberse dado tal circunstancia particular, o si pudiéramos eliminar ese suceso, experimentaríamos gran alivio o nunca hubiéramos padecido tal dolor.

El motivo exterior, la causa circunstancial de nuestra tristeza, no es más que un catalizador o un detonador que concentra el dolor correspondiente a nuestra naturaleza en torno a un suceso determinado, en lugar de que éste se manifieste bajo miles de formas pueriles. Así no le damos importancia a las muchas carencias que nos aquejan, sino sólo a una que nos roba toda la atención. Siempre hay una inquietud dominante que es la que nos agobia, y una vez que ésta es colmada o superada, llega a ocupar su puesto rector una que antes nos pasaba inadvertida.

Por otro lado, la alegría excesiva si es producto de factores externos inciertos - equívocos, fugitivos, aleatorios- corresponde a la dicha que acompaña al conseguir algo, considerado por nosotros mismos, fuera de lo común; por ejemplo, sacarse la lotería. El dolor, que en cambio es esencial a la vida, depende de factores ajenos al individuo, y tarde o temprano se manifestará a propósito de la desaparición de la gran alegría que le precedía.

Schopenhauer compara la gran alegría "a una montaña escarpada a la cual no se debe subir porque no hay modo de bajarla más que dejándose caer desde su cima (…)."

"Las alegrías excesivas y los más vivos dolores se suelen encontrar en una misma persona, pues aquéllas y éstos se condicionan recíprocamente y tienen por condición común una gran vivacidad de espíritu."

Por esta razón, él recomienda tratar de evitar siempre todo extremo, y nunca perder de vista los altibajos en la cadena de sucesos, para mantenernos en ecuanimidad y con ánimo sereno, y de esta forma, no hacer mayores nuestras aflicciones.

LO EFÍMERO DE LA EXISTENCIA. VIVIR ES MORIR

Y por si todos los males referidos en párrafos anteriores fueran poco, Schopenhauer también hace hincapié en la fugacidad de la vida y en lo efímero de la existencia humana.

"Al tormento de la existencia viene a agregarse también la rapidez del tiempo, que nos apremia, que no nos deja tomar aliento, y que se mantiene en pie detrás de cada uno de nosotros como un capataz de la chusma con el látigo. Sólo se perdona a los que se han entregado al tedio."

El paso del tiempo se deja sentir de una manera por demás molesta. Parecería que si el tiempo no transcurriera, o por lo menos lo hiciera a un paso más lento, nos traería menos pena. En cuanto hemos satisfecho un deseo cualquiera, dormir o comer por poner algún ejemplo, se nos presenta el aburrimiento, o se nos hace presente alguna otra necesidad. Esto impide que hallemos reposo. Por otro lado, si en cambio, estamos disfrutando de un buen rato, el tiempo nos parecerá volar. Esto nos hace sentir, inevitablemente, que las penas oprimen nuestra existencia la mayor parte del tiempo, mientras que los momentos alegres apenas son breves oasis en las arenas rutinariamente iguales del aburrimiento.

"Nada hay fijo en esta vida fugaz: ¡ni dolor infinito, ni alegría eterna, ni impresión permanente, ni entusiasmo duradero, ni resolución elevada que pueda persistir la vida entera! Todo se disuelve en el torrente de los años. Los minutos, los innumerables átomos de pequeñas cosas, fragmentos de cada una de nuestras acciones, son los gusanos roedores que devastan todo lo grande y atrevido… Nada se toma en serio en la vida humana: el polvo no merece la pena."

El individuo no vive más que el presente, que huye sin remedio hacia el pasado y que se pierde diluido en el tiempo.

Lo único que nos queda del ayer son las consecuencias de algunos de nuestros actos; fuera de eso, el ayer se encuentra inerte, completamente muerto; por eso deberíamos ser indiferentes al pasado, sin importar que éste fuera alegre o lastimero.

La desesperación ante la calamidad o la tragedia, y el júbilo y la alegría ante la dicha, no duran mucho tiempo. En el momento que se producen los cambios trágicos o dolorosos la emoción es fuerte y se encuentra a flor de piel, lo que hace que se experimente como algo fuera de lo normal, pero esta percepción pasa rápido, llegando a un punto en el que lo que un día se padeció aplastante, se vuelve ahora tan estéril y pálido como cualquier malestar cotidiano. "La desesperación o el júbilo no eran debidos al gozo presente, sino a la perspectiva de un porvenir anticipado."

Para Schopenhauer es claro, entonces, que después de un gran regocijo siempre viene una gran miseria. Un estado de alegría duradero es imposible.

Por otro lado, si se considera la vida en relación con el paso del tiempo, vemos que "nuestro existir no consiste sino en un continuo aplazamiento; la vida de nuestro cuerpo supone un continuo aplazamiento del morir y la diligencia de nuestro espíritu constituye un continuo aplazamiento del tedio."

"Cada vez que respiramos hacemos retroceder la constante acometida de una muerte segura, contra la que luchamos a cada segundo; nuestra batalla con la muerte tiene lugar cada vez

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