La evaluación que sirve para aprender se fundamenta en la posibilidad de verbalizar puntos de vista, contrastarlos y pactar nuevas formas de hablar y de hacer. Dicho de otra forma, es el medio para conseguir la aproximación progresiva de las representaciones que sobre los conte- nidos tienen el que aprende y el que enseña. Si se consigue romper las rutinas dominantes, la evaluación se convierte en la clave que facilita la comunicación entre el docente y el alumnado. Sin embargo, al ser común la concepción de que el error es algo malo que se debe ocultar a los ojos del profesorado e incluso de los compañeros, en el aula se ins-
talan prácticas de trabajo fundamentadas en la copia, en pasar desaper- cibido y en renunciar a pensar por uno mismo. Estas prácticas impiden que las dificultades y los errores se expresen y sean identificados, haciendo imposible la ayuda para regularlos.
Para que los alumnos pierdan el miedo a expresarse tiene que ha- ber un cambio muy importante en las «reglas de juego» que habitual- mente se establecen en el aula. El error no se debe sancionar y, en cambio, se debe considerar como el eje del trabajo colectivo. Al mis- mo tiempo se ha de poder hablar, opinar, contrastar, valorar... Las clases silenciosas no tienen sentido.
No es extraño, pues, que Rosalind Driver (Jiménez, 1988) insista en la necesidad de introducir cambios en profundidad en la gestión y en el ambiente de las aulas, con el objetivo de posibilitar que todos los estu- diantes expresen sus ideas y las discutan sin temor, sean erróneas o no. Sólo si los estudiantes pueden llegar a expresarlas y ponerlas a prueba, podrán identificar posibles incoherencias u otras formas de actuar. No obstante, para ello alumnos y docentes deben llegar a reconocer que aprender no es tanto repetir enunciados o prácticas «correctas», como comprender las causas de las «incorrectas». Generalmente, los alum- nos no reconocen el interés que tiene leer los comentarios del profe- sorado, ya que su actividad la orientan más a copiar lo que está bien que no a entender por qué hacen algo mal. De la corrección del pro- fesorado, al alumno le interesa la nota, pero ésta no ayuda a estable- cer un sistema de comunicación útil en el aula. Si «pensar es ir de error en error», los errores interesan. Forman parte del proceso que conduce a la inteligibilidad de las cosas, en el transcurso del cual es fundamental que se pueda dialogar en el aula sobre ellos. Un diálogo que se constituya en un auténtico ejercicio de comunicación entre personas que buscan comprender los criterios de los demás y, en esta búsqueda, reconocer poco a poco los puntos de vista y las prácticas que se debe- rían revisar.
En resumen
La condición necesaria para que los alumnos aprendan a regular sus ideas y prácticas es el cambio en el estatus del error. De ser algo que se tiene que esconder, debe pasar a ser algo totalmente normal y positivo en cualquier proceso de aprendizaje. Se aprende porque nuestras ideas, procedimientos y actitudes pueden evolucionar.
El error es un buen indicador de los procesos intelectuales con los que el alumno afronta la realización de una actividad. Cuando se percibe su vertiente positiva en el aprendizaje, se convierte en algo creativo en vez de destructivo.
Ocultar las propias concepciones y prácticas o copiar las de otros es lo que más impide aprender, porque es imposible recibir ayuda para facilitar la autorregulación. De la misma forma, penalizar los errores sólo conduce al desánimo de los que aprenden (y también del docente). Para que los alumnos pierdan el miedo a expresarlos deben producirse cambios muy importantes en la gestión del aula y en la finalidad que se otorga a la evaluación.
Se podría pensar que, con el tiempo y los medios de que dispone un docente, es imposible detectar, comprender y ayudar a superar los errores de cada estudiante; pero, en realidad, la mayoría de los errores importantes son comunes a muchos alumnos, por lo que su regulación es un problema de organización del aula. Conviene tener en cuenta que sólo quien ha cometido los errores puede corregirlos, por lo que la función del docente es proponer acciones que ayuden a los alumnos a autorregularse.
Por otro lado, los alumnos, incluso aquellos que no han cometido errores, pueden aprender de los compañeros. No equivocarse en la realización de una tarea no quiere decir que esté bien comprendida e interiorizada. Muchas veces un alumno, al confrontarse con las producciones no tan exitosas de otros, comprende por qué lo ha hecho bien y da más sentido a ideas o prácticas que sólo había intuido.
Nos encontramos, pues, ante una manera distinta de concebir el aula y, en consecuencia, de organizarla. Se trata de gestionarla como un sistema en el que los actores pueden intercambiar papeles que normalmente están asignados de forma diferenciada: los alumnos pueden actuar como profesores, los que tienen éxito pueden aprender de los que no lo tienen, y el docente puede aprender de sus alumnos lógicas de razonamiento erróneas y estrategias para superarlas, estrategias que proponen y aplican los que están aprendiendo.