En la exclusión como proceso, algunos autores distinguen específicamente, entre dos tipos de exclusión, que para nuestros fines y siguiendo a Robles (1999) llamaremos exclusión primaria y secundaria. En este sentido, ex-
clusión primaria significa que no se puede acceder a los diferentes sistemas funcionales de la sociedad, que aseguran beneficios que otorgan confianza y proyectos de futuro. Es decir, exclusión primaria significa que no se puede ac-
ceder a trabajo, educación, salud, previsión, etc., como sistemas funcionales
de la sociedad que permiten un cierto grado de seguridad y protección social
frente al riesgo y por lo tanto proyección vital. Mientras, exclusión secundaria significa que no se puede acceder a redes de interacción y de favores de las que se puede obtener provecho (Robles, 1999). Es decir, que no se puede ac- ceder a redes sociales y comunitarias de interacción y protección no institu-
cionalizadas. Por ejemplo, redes de apoyo comunitario, de encubrimiento, de asistencia social, de recomendación, etc.
Además de estas dos formas de exclusión social, aparece también, para nue-
stros fines, la idea de exclusión urbana. Esta idea se puede entender como la
privación o negación de derechos urbanos contemporáneos, o también, como el
incumplimiento para gran parte de la población de las promesas de ciudadanía
(Borja y Muxi, 2003).
Los derechos urbanos son descritos por los diferentes autores, como la forma de construir una ciudad a otra escala, que garantice “el derecho a la centralidad accesible y simbólica, a sentirse orgullosos del lugar en el que se vive y a ser reconocidos por lo otros, a la visibilidad y a la identidad, a disponer de equi-
pamiento y espacio público cercano” (Borja y Muxi, 2003:57) y tienen que ver básicamente con derecho a la centralidad, a la seguridad, al medioambiente no contaminado, a la elección de los vínculos personales, a la identidad colectiva, a la movilidad y accesibilidad, etc. Es decir, a una ciudad y un urbanismo que si bien no puede solucionar todos los problemas de la sociedad, por lo menos no contribuya a empeorarlos (Borja y Muxi, 2003).
La importancia de considerar dentro de la matriz de exclusión social, su dimen-
sión urbana, radica en incorporar el elemento espacial en la discusión, así como las nociones de ciudadanía y espacio público, entendidos como formas políticas nuevas y territorializadas de enfrentar el fenómeno, lo que vinculado a las for-
mas tradicionales de la exclusión social, puede dar cuenta de mejor manera de la complejidad del problema. Más aun, cuando la exclusión en América Latina, entendida desde Oakley (2001) como “la imposibilidad de una persona o de un grupo social para participar activamente en las esferas económicas, culturales,
políticas o institucionales de la sociedad” está fuertemente relacionada al pro-
ceso de fragmentación urbana-rural, a la segregación residencial y a la consti-
Los procesos de exclusión social están en la base de la construcción de identidad, es decir, de quién eres, pero también, están en la base de la localización en la ciudad, es decir, de dónde estás (Beall, 2002). Por lo tanto, la dimensión espa-
cial juega un papel importante para entender el problema y vale el esfuerzo de
considerar otras dimensiones de la exclusión.
Retomando la idea de zonas de integración de Castel (1997) y análogamente a éstas, Robles (1999) genera una matriz en función de los ejes de inclusión y exclusión, en dos dimensiones (primaria-secundaria), que resulta de la si- guiente manera:
Inclusión/ Exclusión/ Inclusión/ Exclusión/ Inclusión Inclusión Exclusión Exclusión Exclusión primaria No No Si Si Exclusión secundaria No Si No Si
Integración social Alta Baja Alta Alta
Riesgo de Bajo Alto/Bajo Alto Alto
incertidumbre
Construcción Individualización Individualización Individuación Individuación de identidad
La primera zona, de inclusión-inclusión remite a una integración prácti- 1.
camente total en los ámbitos propuestos, donde la incertidumbre es baja
y el grado de protección alto. El riesgo de ser afectado por los proceso de
exclusión es lejano.
La segunda zona, de exclusión-inclusión, se refiere a quienes están inclui- 2.
dos a los sistemas funcionales de la sociedad como el trabajo, la educación, la previsión, etc., pero que sin embargo, no tienen acceso a redes sociales de influencia. Es una inclusión que funciona a nivel estructural y formal, pero que sin embargo, a nivel cotidiano sufre el peso de la exclusión. Es lo que, por ejemplo, para el caso de la discriminación por género sucede con las mujeres que integradas al mercado de trabajo, no logran insertarse en las redes internas de una organización, quedando sin posibilidades de as-
cender en la carrera profesional, o bien, lo que Montecino (2006) llama, la inclusión por contrato, pero que no se traduce en inclusión cultural. La tercera zona, de inclusión-exclusión, se trata del acceso a redes de apoyo, 3.
a pesar de la negación de acceso a los sistemas funcionales. Aparecen aquí,
todas las lógicas de solidaridad y reciprocidad ante la contingencia de ex- clusión primaria.
Finalmente, la cuarta zona, de exclusión-exclusión, tiene que ver con situa- 4.
ciones extremas que son difíciles de encontrar y se refieren más que nada a situaciones de autoexclusión o exclusión forzada (Robles, 1999).
Asimismo, siguiendo a Castel (1997) las formas absolutas de exclusión son prác-
ticamente imposibles, ya que siempre existe algún grado de inclusión, dado el carácter relativo del propio concepto de exclusión social, más aun si estas “desa-
filiaciones” se producen, como vimos, en planos objetivos y subjetivos.
A estas formas combinadas de la exclusión, es necesario incorporar una dimen-
sión temporal, ya que el concepto de exclusión social, además de ser relativo y relacional, no es estático ni irreversible, por lo que se puede pasar de una situ-
ación a otra en lapsos indefinidos de tiempo. Es decir, una visión estática de los proceso, no contribuye a su comprensión en esta materia.
Ahora, a partir de las distintas posibilidades descritas, se diferencian las consecuen- Tabla Nº 1. Tipologías en la inclusión y la
cias para la construcción de identidad, entre individualización e individuación. Esto es, que el proceso de individualización de la modernidad reflexiva, descrito más arriba, adquiere un significado diferente según los grados de inclusión o exclusión, primaria o secundaria, de los individuos en la sociedad. En este sen-
tido, el proceso que se daría en las sociedades de capitalismo periférico como la nuestra, sería principalmente el de individuación. Robles (1999) clarifica esta diferenciación a través de la siguiente analogía. Para la individualización,
la característica sería: Haz de tu vida lo que te parezca, mientras que para la individuación, la característica sería: Arréglatelas como puedas. Este mismo
autor, siguiendo a Offe (1992), señala que “mientras la individualización es el
resultado y sustento de la individualidad en medio de las redes del Estado de
bienestar y la inclusión; la individuación es la forma de identidad individual y social que caracteriza principalmente la exclusión” (Robles, 2005:15).
Las características del proceso de exclusión en estos términos son, entre otras, un distanciamiento de las redes de asistencia estatal; un proceso obligado de búsqueda del otro; y una nueva forma de dependencia asociada a nuevas for-
mas de solidaridad (Robles, 2005). En esta misma línea de argumentación, relativa a las nuevas formas de solidaridad surgidas bajo el alero de la ex-
clusión y la individuación, Durston (2005:5) propone que “el capital social
individual es el que predomina en el capital social de los ricos (individual-
ización) y en el caso de los pobres la fuerza está en los números, el capital está en una coordinación, una participación, en una institución que no es simple- mente un sistema de redes”.
Así entendida, el impacto de la exclusión sobre la construcción de la individu-
alidad es el último eslabón de la cadena de consecuencias y lógicas de doble
causalidad de las formas que asume la globalización. Sea a través de las trans-
formaciones en el aparato productivo y la economía, o bien a través de la metropolización de sus ciudades, la globalización termina su influencia en la modificación de la forma en que los individuos construyen su propia individu- alidad en la vida cotidiana.
Siendo así, vemos que estas ideas de inclusión y exclusión, así como las difer-
encias del proceso de individualización, nos remiten nuevamente a las estruc-
turas más tradicionales de la sociedad, además de incluir elementos sociocul-
turales nuevos que tornan más complejo el problema. La inclusión para Castel (1997:428) “interroga a todas las instancias de la socialización, pero ninguna puede responderle. Plantea una cuestión transversal (…) declinada en múltiples facetas: con relación al trabajo, al marco de vida, a la política y la justicia, a los servicios públicos, a la educación, al problema del lugar, de tener un lugar en la sociedad, es decir a la vez y correlativamente, una base y una utilidad sociales”. Así, vemos que el curso que ha tomado el proceso de exclusión, “resulta de una triple ruptura: económica, social y vital y de la confluencia convergente de tres factores: estructurales, que conforman una estructura excluyente; sociales, que cristalizan en contextos inhabilitantes; y subjetivos, que es la falta de motiva-
ciones que fragiliza los dinamismos vitales” (Bel Adell, 2002:5).
Por lo tanto, es importante enfocar el análisis en las tres formas de exclusión de-
scritas y en función de los cambios en el mercado de trabajo y la fragmentación urbana, como condicionantes importantes de estos procesos, bajo el alero de la globalización y que atienden de una u otra manera, a los tres factores (estruc-
tural, social, subjetivo). Si bien, los itinerarios de exclusión son personales, su origen es fundamentalmente estructural, lo que involucra necesariamente a la
ciudad. La exclusión se entiende como una producción social en todo sentido.