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EXCLUSIÓN SOCIAL

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5/ELEMENTOS BÁSICOS E INTERRELACIONADOS EN EL

EXCLUSIÓN SOCIAL

Pobreza y exclusión social no hacen referencia al mismo fenómeno, se sitúan en diferentes planos. La exclusión social forma parte de un proceso social del cual la pobreza no es sino una manifestación parcial.

El término de exclusión es más complejo que el concep- to pobreza y marginación, pues la exclusión social permite abordar el fenómeno de la pobreza desde el carácter multidi- mensional de los mecanismos por los que las personas y gru- pos se ven excluidos, no pueden acceder a los derechos socia- les que el Estado y las legislaciones vigentes les garantizan. Se ven privados de la participación en los intercambios, prácticas y derechos sociales que constituyen la integración social, afec- tando a factores económicos, políticos y socioculturales.

En este sentido, la pobreza es, junto con la precariedad de los tejidos relacionales, su manifestación más visible. La pobre- za es la dificultad o imposibilidad de acceso a los bienes y ser- vicios propios del nivel medio de bienestar de una determina- da sociedad.

La exclusión social, por tanto, es un concepto que está reemplazando al de pobreza en todos los ámbitos de la Unión Europea. Sus características son:

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• Es un concepto multidimensional, ya que produce una deses-

tructuración y precariedad que afecta a todos los ámbitos de la vida (Fernández y Porras, 1996), no debiéndose sólo a la influencia de los recursos económicos que se refleja también en los ámbitos de la vivienda, la formación, el empleo, la enseñanza, la salud, el acce- so a los servicios, etc., sino que influyen también aspectos políticos y sociales (Comisión de las Comunidades Europeas 1994). El ámbito económico de la exclusión social se refiere a la dificultad o imposibilidad de acceso a los bienes y servicios propios del bie- nestar de una determinada sociedad; el político hace referencia a la imposibilidad o incapacidad de acceder y ejercer los derechos sociales, fundamentalmente el del trabajo, pero también la educa- ción, la formación, la cultura, la salud, a una vivienda digna y la protección social. Por último el ámbito social conlleva el debilita- miento, precariedad o la ruptura de las relaciones sociales.

• Es consecuencia de un proceso, no es un estado ni un rasgo de personalidad. En dicho proceso interaccionan las dimensiones económica, social y personal, lo que permite hablar de itinerarios vitales conducentes a situaciones de exclusión. Es un proceso cambiante con tendencia a la acumulación de efectos.

Multidimensionalidad que aparece en sus causas, en sus meca- nismos o factores que lo producen, así como, en las consecuencias que la exclusión social tiene en las personas o grupos pertene- cientes a una sociedad, que quedan fuera de los circuitos de la dinámica habitual y no pueden acceder a los mismos recursos.

Con respecto a sus causas, éstas se producen desde dos vertientes diferentes, la endógena, provocada por los aspectos personales y subjetivos del individuo, vinculada, por tanto, a los azares de la existencia personal, o la causa exógena, o estruc- tural, relacionada con la trama de relaciones que afecta a toda organización social.

La exclusión social es, desde este enfoque, una forma de violencia estructural en cuanto existen causas estructurales, tal como se reconoce desde las Comunidades Europeas, a saber: la persistencia del desempleo de larga duración; las consecuen- cias para el mercado laboral de las mutaciones industriales (especialmente para los trabajadores menos cualificados); el deterioro de las estructuras familiares; la evolución del sistema de valores; la tendencia a la fragmentación social y la evolución de los fenómenos migratorios.

Desde el punto de vista del Trabajo Social es necesario que el abordaje de la exclusión social se efectúe desde ambas dimen- siones, ya que en la exclusión social concurren tanto elementos de la organización social como de subjetividad, añadiendo a su vez el contexto de proximidad donde ésta se produce.

Si nos referimos a los factores, interrelacionaremos los polí- ticos, los económicos y los sociales. En este sentido, algunos de los más importantes que interrelacionados entre sí inciden en los procesos de exclusión, analizados por E. Esteve y Ortega, son:

• Los ingresos económicos insuficientes constituyen un ele- mento clave en la realidad de la exclusión social, acompañado con frecuencia con la falta de ocupación laboral, la falta de auto- estima, la soledad, el aislamiento. No es infrecuente que estos fac- tores se encuentren interrelacionados entre sí y con algunos o varios déficits de distinta naturaleza, educativos, de vivienda, cul- turales, de integración familiar o social, etc.

• A estos factores, y desde una interrelación causa-efecto, hay que añadir otros como la intolerancia social y comunitaria hacia las diferencias, el individualismo, la dificultad de participa- ción comunitaria, la escasa estima social y los obstáculos en la integración social.

Por último, las consecuencias son la desestructuración y precariedad que afecta a todos los ámbitos de la vida en mayor o menor medida.Todo ello considerado desde la realidad social actual, donde los procesos socioeconómicos y las políticas públicas, a veces contribuyen a su cronificación o ampliación. Con todos estos datos podremos definir la exclusión social como el proceso en el que determinadas personas o grupos viven en situación de dificultad para el acceso a las oportuni- dades que ofrece el sistema de Bienestar Social de cada país.

El crecimiento económico de los últimos años, no sola- mente ha sido insuficiente para reducir significativamente la pobreza, sino que está asociado a la aparición de nuevas formas de exclusión y al crecimiento de la desigualdad. Así mismo, el cambio demográfico y de concepción de la familia, que afecta a nuestra sociedad, dificulta que el grupo familiar siga desem- peñando el papel de mecanismo principal de cobertura de gran parte de las necesidades sociales.Y en cuanto a las políticas de

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protección social pública, priman los planteamientos de pro- ductividad y ajuste financiero sobre los de solidaridad.

Como término opuesto a la exclusión se habla de integra- ción e inserción social, que responde a diferentes concepciones del sistema social. La inserción significa la acción que consiste en hacerse un lugar entre los otros, a lado de los otros; no impli- ca la idea de estructuración de ese lugar frente a los otros luga- res ocupados. La integración significa la acción de hacerse un lugar entre los otros, no solamente al lado, sino juntamente con los otros. La diferencia entre ambos términos se sitúa en la inter- relación existente en este último. Interacción que supondrá la participación social plena de las personas.

Por lo tanto, tal como señala la profesora Mª A. Martínez (1997) la pobreza y la exclusión social pueden y deben evitar- se, para lo que hay que plantear la lucha contra la pobreza o la exclusión como un tema de derechos humanos y de justicia social, lo que resituaría el debate sobre las políticas sociales y el papel del Estado. Las políticas públicas no han sabido antici- parse ni responder a los nuevos problemas sociales, en particu- lar, los Servicios Sociales deben replantear su rol.

Una política social efectiva, en relación con el fenómeno de la exclusión social, será aquella que «combine la remoción de las causas, la promoción de contextos habilitantes y la acti- vación de los dinamismos vitales de las personas» (García Roca, 1999:98). Una política social que:

• Opte por la elaboración de nuevas éticas de responsabili- dad individualidad, ya que hay que valorar los componentes sub- jetivos de la exclusión. Pero es falso que la exclusión empiece y acabe en uno mismo, las medidas asistenciales no son suficientes, pues no abordan los elementos estructurales.

• Que implique a la sociedad ya que no es un asunto parti- cular del individuo. Pero es necesario que se intervenga en ambos frentes, aplicación de medidas individuales y también colectivas. • Que remueva los contextos locales a través de nuevas soli- daridades de proximidad.

• Que vincule las exclusiones a todos los subsistemas socia- les: al político y al económico, al educativo y al sanitario, al habi- tacional y al laboral. Que vincule el crecimiento económico con la política social, entre éstas y las políticas culturales, entre las Administraciones públicas y las iniciativas sociales.

• Que se recree el papel del Estado. El problema no es más o menos Estado, sino un Estado diferente: un estado de colabo- ración, de implicación, de servicio, de redistribución. Le corres- ponde al Estado procurar la cohesión y desarrollar medidas dis- tributivas entre los diferentes grupos

• Que introduzca una nueva concepción del derecho de inserción. Junto con los civiles, políticos y sociales, debe irrum- pir un nuevo concepto de derecho que considera a los individuos como miembros de una sociedad en la cual han de tener un puesto: El derecho a vivir y el derecho a vivir en sociedad son inseparables de ciertas obligaciones como anverso y reverso. Este derecho de inserción representa un nuevo tipo de derecho social que ocupa una posición intermedia entre derecho y contrato; es accesible a todos y vinculado a una contrapartida a través de un compromiso personal.

• Que si bien asiente la lucha contra la exclusión sobre la familia también debe socializar los esfuerzos de la misma a través de medidas que recaigan sobre toda la sociedad y posibiliten la articulación de los derechos individuales, ya que deben asegurar- se a las familias condiciones de vida dignas para cada uno de sus miembros a través de la armonización de los derechos.

Desde un enfoque microsocial y desde la intervención social comunitaria, se hace necesario, tal como señala Alonso (1996:218). La naturaleza estructural de las causas de la exclusión, la tendencia acumulativa de sus efectos y el carácter multidimen- sional de sus manifestaciones exigen por parte de la sociedad en general y de las Administraciones Públicas en particular una doble intervención. La primera debe destinarse a paliar, a corto plazo, las graves consecuencias sociales de los procesos y de las situaciones de exclusión ya existentes. La segunda, de impulso más gradual, debe encauzar las transformaciones estructurales necesarias a la progresiva erradicación del fenómeno. Si la exclusión conlleva por definición el debilitamiento y ruptura de los vínculos sociales, es necesario dotar a la acción pública y social de los medios para ayudar a quienes lo necesitan a reconstruir su tejido relacional, fami- liar y social, pero también sus vínculos con el mundo laboral, edu- cativo y cultural. Se trata en definitiva de capacitar a estas personas para el ejercicio de sus derechos, de permitirles recuperar una iden- tidad, un estatus social.

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Una intervención social requiere de políticas sociales inte- gradas, adecuadamente coordinadas, que desde una perspectiva global e interdisciplinar pueda abordar la complejidad de las características de la exclusión y de las personas excluidas.

El Trabajo Social, teniendo en cuenta estos planteamien- tos, podrá incidir en una intervención basada en propuestas innovadoras para una política social activa.

Las estrategias que han de ponerse en marcha frente a la exclusión, han de situarse en un marco determinado, el ámbi- to local, (sin olvidar las posibilidades de interconexión con otras experiencias nacionales y europeas), a través de proyectos integrales de intervención comunitaria, con el apoyo de los ámbitos individual y grupal del Trabajo Social.

A través de los profesionales de los Servicios Sociales, cono- cedores cuantitativa y cualitativamente de las personas afectadas por la exclusión, se pueden identificar sus necesidades, diagnos- ticar los focos de exclusión de su territorio y establecer estrate- gias de intervención que se concreten en proyectos integrados de acción comunitaria, que formen parte de planes de desarro- llo socioeconómicos locales y que abarquen, por tanto, los aspectos muldimensionales, aunque haciendo mayor incidencia en dos carencias principales: el empleo y las carencias sociales.

Es necesario abordar la exclusión desde un enfoque inte- grado, donde la perspectiva psicosocial complemente tanto a la visión estructural como a la psicológica. Desde este plantea- miento, para analizar e intervenir en situaciones de exclusión se deben analizar tres grandes bloques de recursos para cono- cer la situación de partida de los grupos o personas excluidos:

• Recursos materiales: ingresos económicos suficientes,

vivienda digna, acceso a la atención sanitaria, a la educación, a la formación, al empleo, etc.

• Recursos psicosociales: participación en redes sociales que

faciliten el sentimiento de pertenencia a la comunidad, a la vez que brindan la oportunidad de recibir el apoyo social que se requiera en cada momento.

• Recursos personales: aptitudes, competencias y habilidades

(nivel educativo, formación y capacitación profesional, conoci- mientos y destrezas personales, habilidades sociales y de comuni- cación, etc.); y componentes actitudinales (autoestima, actitudes

personales hacia el trabajo, la familia, la participación, etc.). (López-Cabanas y Chacón, 1997:275).

Integralidad, también, desde los organismos intervinientes en el proceso, la Administración, los afectados y la sociedad civil, a través de las organizaciones no gubernamentales, aso- ciaciones vecinales y el voluntariado. En un sentido amplio, y siguiendo a Jose Luis Sarasola, se pueden establecer varias líneas de actuación:

• Protección básica de los derechos sociales. Todos tenemos dere-

cho a subsistir superando la situación de pobreza y exclusión social, y también tenemos unos derechos sociales que recogen las leyes de Servicios Sociales: Derecho a la información, valoración, asesoramiento en cuanto a nuestras necesidades individuales y sociales, derecho a programas y servicios de atención domicilia- ria, cooperación, convivencia y reinserción social.

• Planteamiento de estrategias globalizadoras. Partiendo de lo

mencionado acerca de la multidimensionalidad de la exclusión social, cualquier abordaje de la misma pasa por el planteamiento de estrategias de interdependencia e intersectorialidad. Hay que partir de marcos globales de referencia y diseñar proyectos socia- les integrales que incidan en aspectos concretos.

• Planteamiento de estrategias de intervención. El problema de la

exclusión es doble, por una parte el excluido y por otra la sociedad; las estructuras son las que excluyen. La administración y el Sistema de Servicios Sociales planteará programas de intervención, pero la iniciativa social debe elaborar estrategias que integren a las personas excluidas, y no por hacerle el juego a la administración, sino por- que es derecho de las personas excluidas.

• Fomento de la participación. Las estrategias de intervención

social han de efectuarse desde el principio con la participación de los propios afectados, hay que trabajar con la comunidad y no sólo para la comunidad. Fomentar estructuras y dinámicas que favorezcan la participación en sus diferentes niveles, no solo por el impulso de la administración, sino desde la sociedad civil, que ha de velar para que se generen contextos y procesos en múlti- ples sentidos que favorezcan, no una participación formal, sino real, que sea activa, crítica y transformadora.

• Estrategias educativas. Es importante incidir en la educa-

ción como mecanismo fundamental desde el ámbito preventi-

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vo y de reinserción. A través de la educación en un sentido amplio las personas obtenemos herramientas que nos ayudan en nuestro proceso de crecimiento y promoción personal y social, pero también a través de ella, muchas personas no excluidas aprenden valores de respeto y aceptación, como no discriminar a los inmigrantes, respetar a las minorías...; además debemos aprender análisis crítico de nuestra realidad y estrategias de transformación social.

• Potenciación de la solidaridad colectiva como instrumento de

lucha contra la exclusión social. El aumento de las personas y colectivos con conocimientos y compromisos sociales en los procesos de resolución activa de las distintas formas de exclu- sión, permitirá que la solidaridad se convierta en un hecho.

Desde la convicción del Trabajo Social, la capacidad para erradicar la exclusión social se recrea en el concepto del Desa- rrollo Humano. De acuerdo con las palabras de J. García Roca, el desarrollo al que sirve el Trabajo Social «no es primaria- mente un proceso de crecimiento económico que expande la productividad y el ingreso por habitante, sino un proceso que expande oportunidades para escoger una existencia más plena, más satisfactoria, más valiosa y más preciada. Su compromiso es con la calidad de vida que es inseparable del derecho a par- ticipar en la vida cultural de la comunidad y en las decisiones importantes que les afecte».

El porvenir que imagina y construye el Trabajo Social, según el mencionado autor, propone una sociedad solidaria en un triple sentido:

• Como voluntad de orientar las políticas hacia el protagonis- mo de la sociedad a la hora de asumir en sus manos su propio destino y gestionar sus propios riesgos, sin remitirlo a nadie que esté fuera de ella, a través de la producción de tejido social, de redes de apoyo, de asociaciones de autoayuda; sólo una sociedad activa es capaz de tejer redes que reintegren en su seno a los excluidos.

• Como capacidad de reducir las demandas del Estado, ya que esta demanda es más intensa cuanto mayor es el individualismo social; hay que reducirla para producir sociabilidad, pero sólo el desarrollo de los vínculos sociales puede reducir la demanda de Estado.

• Como voluntad de producir y distribuir los bienes sociales según la naturaleza de los mismos de acuerdo con las tres lógi- cas sociales: la donación y la personalización en los mundos vita- les, el intercambio y la transacción en torno al mercado y la regulación por la vía del derecho.

EL CONFLICTO

El conflicto es consustancial a la vida cotidiana, por tanto profesional, provocador del dinamismo del sistema que provie- ne de distintos ámbitos y dimensiones; la intervención social comunitaria está llena de conflictos y contradicciones. Estos aspectos han de ser abordados para «guardar el requerido equi- librio entre la justicia social, la armonía y la eficacia» (Her- nández y Raya,1994:83).

M.ª J. Escartín (1995) propone que para trabajar con el conflicto se deben reunir una serie de requisitos por parte del trabajador social. Debería formarse en relación con los prin- cipios teóricos-ideológicos que sustentan el Trabajo Social como idea de cambio, y asumir un rol que combine la racio- nalidad, la eficacia y la tarea con crecimiento democráticos, participación, promoción y relación.

Hernández y Raya, analizan los cuatro elementos del con- flicto en la comunidad, desde una bidirección que entrelaza al Trabajo Social con la organización, con otras organizaciones, con los usuarios y/o los ciudadanos.

La organización es el elemento en donde está inmerso el trabajador social así como los planteamientos y voluntades polí- ticas que se traducen posteriormente en poner los medios necesarios para que se eviten los conflictos. La organización debe poner las vías idóneas para llevar a efecto la repetida par- ticipación, vías en las que hay que creer, y a pesar de las difi- cultades establecer claramente sus posibles limitaciones, pero respondiendo ante el compromiso pactado sin engañar o no responder a los mismos.

La relación entre el trabajador social y los usuarios puede manifestar cierto malestar, pues a veces podemos insistir en que el tecnicismo está por encima de las propuestas de los pro- pios participantes.

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Es importante que el Trabajador Social sea considerado un profesional que, aunque dependiente de una organización, ha explicitado su posicionamiento y conseguido la confianza de la población.

Por último, señalar que los conflictos también pueden sur- gir entre las organizaciones: «La falta de la delimitación clara de las competencias y tareas a llevar conjuntamente, dificulta-

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