No. El infierno, igual que el cielo, sólo está en nuestra imaginación.
Y a ti… ¿qué te decían cuando eras pequeño?
«Sí, claro que existe. Es el lugar al que van las personas malas cuando mueren», me explicaban cuando yo era niño. La pregunta que hacía después, poniendo en un compromiso a los adultos era: «¿Y dónde está?» «No se sabe», es la respuesta que recuerdo que más me dieron. Creo que acabé por imaginar el infierno también en algún punto del espacio, pero lo bastante lejos del paraíso como para que no pudiera haber confusiones, como para que ningún bueno acabara en el infierno (ni ningún malo en el cielo) por error.
Mi opinión es que creer en el infierno como lugar donde se castiga a los malos, o en la gloria como premio para los buenos, o en el alma, o en dioses, o en todas esas cosas a la vez, indica una preferencia, bien consciente, bien inconsciente, por lo ilusorio.
En su día no lo hice, pero creo que, cuando mis hijos me preguntaron si existía el infierno, también podría haberles respondido esto: «Sí, claro que existe. Hay muchas personas que sufren situaciones infernales, injusticias, mala fortuna, a veces durante toda su vida, por desgracia. Claro que existe y, además, sabemos dónde está: aquí abajo».
A principios del siglo XIV, el poeta florentino Dante Alighieri escribió La divina
comedia, una de las obras más importantes de la historia de la literatura. La primera
de las tres partes de la obra describe el viaje al infierno del protagonista. ¿De dónde sacó Dante las vívidas imágenes del infierno, las torturas insufribles que nos describe? De este mundo. No hace falta poseer una gran fantasía. La vida en la tierra proporciona, desgraciadamente, suficientes ingredientes como para concebir un infierno aterrador. El propio Dante lo afirma: «Encontré el original para mi infierno en el mundo en que vivimos».
puede haber nada más espantoso, ni en este mundo, ni en los inventados. ¿Qué atrocidades pueden resultarle ya atemorizadoras? ¿Cuál de las amenazas que predican las distintas creencias hará que tiemble de miedo? ¿El rechinar de dientes? ¿El fuego eterno?
«El infierno es el lugar al que van los que cometen pecados y que mueren sin haberse confesado», me explicaban también mis mayores cuando yo era niño. Aún recuerdo el miedo atroz que sentía ante la simple idea de morir en pecado mortal sin haber podido antes contarle a un sacerdote cosas como que, a veces, me levantaba de la cama e iba a hurtadillas a ver a través de la puerta entreabierta programas para mayores de la tele sin que mis padres se dieran cuenta. Sí, ya sé que para la Iglesia católica eso no es pecado mortal, pero un niño pequeño no necesariamente puede comprender con claridad conceptos tan vagos como pecado mortal y venial. Sin embargo, aun no entendiendo bien lo que era pecado, el miedo a sentir eternamente el dolor que provoca el fuego quemando la carne sí que quedó grabado en el cerebro de aquel niño. Afortunadamente, en muchos casos, como ocurrió en el mío, las creencias en cielos y en infiernos propias de muchos credos suelen acabar cediendo bajo el peso de sus propias ilusiones.
¿Qué es el pecado, entonces? Pues, a pesar de las diferencias entre lo que las distintas religiones consideran o no como tal, para todas ellas pecado es cualquier acción —o incluso pensamiento— que infringe una de sus reglas de comportamiento o uno de sus preceptos morales.
¿Por qué crear castigos imaginarios siendo que, en el mundo real, nos encontramos tantos males? Pues porque hacer largas listas de pecados con sus correspondientes penas es una buena forma de eliminar resistencias contra la autoridad suprema. Entre los actores sociales dominantes de una tribu o un país siempre han estado los líderes religiosos. Los que proclaman tener conexión directa con los dioses predican a los demás haciéndoles creer que saben de buena tinta lo que los dioses consideran pecado. Suelen ser personas, tan obsesionadas con lo que no se corresponde con su concepto de virtud, que hacen que muchas cosas importantes de la vida pasen desapercibidas para ellos mismos y, lo que es peor, para los demás.
Los puritanos, los extremistas de todas las religiones, consiguen que sus fieles consideren como pecaminosas buena parte de las cosas —la música, una simple canción, el baile, el arte, cualquier libro que no sea el suyo, contemplar un rostro hermoso, sentir la brisa libremente en la cara, un beso, las relaciones sexuales libremente consentidas, la risa, los conocimientos que nos proporcionan las ciencias — que hacen que la vida merezca tanto la pena. Llaman inmorales a los que no comparten su moral. Logran que gente buena, simples víctimas de las creencias irracionales que les han grabado a fuego, se sientan culpables. Consiguen que los pobres hijos de esa buena gente acaben sufriendo por haber realizado actos o haber
tenido pensamientos que, sencillamente, se corresponden con nuestra naturaleza humana. No me gustaría que los exaltados de cualquier fe, esos que no consiguen nunca desarrugar el entrecejo pero se creen dueños de verdades absolutas, instilaran en mis hijos sus dogmas inflexibles y sus austeras morales. Citando una vez más a Montaigne: «No quiero que se encarcele a esos niños, no quiero que se les abandone a la cólera y al humor melancólico de un maestro enfurecido».
Si cuando un niño se porta mal, sus padres le castigaran en lugar de, por ejemplo, sin poder jugar un día, encerrándolo un mes entero a pan y agua en un cuarto oscuro, ¿pensaríamos que son unos buenos padres? Pues bien, el padre que los credos religiosos nos anuncian como amor infinito en estado puro es, al mismo tiempo, un padre que castiga a sus hijos encerrándolos en el infierno, no un mes, sino para toda la eternidad. Algo no encaja.
Es preferible tomárselo con humor, como hizo el romántico alemán Heinrich Heine cuando dijo: «Dios me perdonará, es su oficio».
A las historias para no dormir que me contaban siendo niño, prefiero con creces lo que Marco Aurelio, el emperador filósofo, se decía a sí mismo cuando se daba cuenta de que había obrado mal: «No te desanimes, no te consternes, no sientas asco de ti mismo si, a veces, no consigues actuar sobre cada cosa conforme a los principios más convenientes». Ser siempre absolutamente irreprochable es, en la práctica, imposible. Los seres humanos somos imperfectos y, como tales, cometemos errores. Si hemos de juzgarnos a nosotros mismos, que sea con un espíritu de mejora para próximas ocasiones, no para violentarnos, ni para castigarnos. De lo contrario, podría llegar a ocurrirnos como al escritor Frédéric Miterrand quien, en su libro autobiográfico titulado La mala vida, escribió estos dolorosos pensamientos: «Nunca sabré por qué me odiaba tanto. […] Ni por qué me ha hecho falta encontrarme a las puertas de la vejez, cuando ya es demasiado tarde, para darme cuenta de que odiarme era un error».
No querría que las religiones y sus prohibiciones distrajeran la atención de mis hijos de la única vida de la que disponen. Me gustaría que lo que buscaran no fuera una ficticia vida eterna, sino la vivacidad eterna, la alegría, en este mundo, el único con el que podemos contar. Pero, en cualquier caso, son sus vidas, así que les corresponderá a ellos, una vez adultos, decidir si quieren creer o no en paraísos y en avernos. Para enfrentarme a ese miedo ancestral a la disolución en la nada, yo prefiero ver las cosas como Flaubert, el cual decía de sí mismo: «Valor no tengo, pero actúo como si lo tuviera, porque en el fondo viene a ser lo mismo». Antes que aceptar como cierto cualquiera de los personajes y lugares mitológicos con los que los humanos hemos fantaseado, yo elijo esforzarme por aplicar a mi vida las siguientes palabras del filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein: «Si entendemos
por eternidad no una duración infinita sino la intemporalidad, entonces el que vive en el presente ya tiene la vida eterna».
Me gustaría acabar este capítulo con otro toque de humor. El publicista Paul Arden, en su libro titulado Dios explicado en un trayecto de taxi, hace lo que él denomina una reflexión de domingo, que me parece muy apropiada para la ocasión después de haber hablado, como hemos hecho, sobre pecados: «Para los hinduistas las vacas son sagradas; los anglicanos suelen comer roast beef los domingos. El pecado de unos es el asado de otros».