• No se han encontrado resultados

PROYECTO DE INVESTIGACIÓN DOCTORAL

EXPECTATIVAS EDUCACIONALES, PROFECIA AUTOCUMPLIDA Y EFECTO PIGMALEÓN EN EL AULA

1. INTRODUCCIÓN

La popular leyenda de Pandora, princesa de la antigua Grecia, puede explicar el efecto del pensamiento positivo y las habilidades sociales que permiten la solución de problemas. Sabemos que Pandora recibió una misteriosa caja que le enviaron de regalo los dioses celosos de su belleza, quienes le dijeron que jamás debía abrir el regalo. Pero un día, dominada por la curiosidad y la tentación, Pandora levantó la tapa para espiar, dejando en libertad las grandes aflicciones del mundo: la enfermedad, los malestares y la locura, pero un dios compasivo le permitió cerrar la caja justo a tiempo conservando el único antídoto que hace soportables las desdichas de la vida: la esperanza.

La esperanza, según están descubriendo los modernos investigadores, hace algo más que ofrecer un poco de resistencia en medio de la aflicción; juega un papel increíblemente poderoso en la vida al ofrecer una ventaja en ámbitos tan diversos como los logros académicos y la aceptación de trabajos pesados. En un sentido técnico, la esperanza es algo más que el punto de vista alegre de que todo saldrá bien.

Zinder define la esperanza de una manera más específica como “creer que uno tiene la voluntad y también los medios para alcanzar sus objetivos, sean estos cuales fueren”. La gente suele discrepar con respecto al grado general en que abrigan esperanzas en este sentido. Algunos piensan en ellos mismos como capaces de salir de un atolladero o

de encontrar la forma de solucionar problemas, y que existe solución para todo, mientras otros sencillamente no se consideran poseedores de la energía, la habilidad ni los medios para alcanzar sus objetivos, aluden tener mala suerte, o simplemente se sienten fracasados sin el mínimo intento de salir adelante.

Zinder descubrió que las personas que muestran niveles elevados de esperanza, comparten ciertas características, entre otras la de ser capaces de motivarse ellos mismos, sentirse lo suficientemente hábiles para encontrar formas de alcanzar sus objetivos, asegurarse cuando se encuentran en un aprieto que las cosas van a mejorar, ser lo suficientemente sensibles para encontrar diversas maneras de alcanzar sus metas o modificarlas si se vuelven imposibles; y tener la sensación de reducir una tarea complicada en fragmentos más pequeños y manejables, de tal manera que muchas veces un problema constituye una motivación en el desafío de superarlo.

Desde la perspectiva de la inteligencia emocional, abrigar esperanzas significa que uno no cederá a la ansiedad abrumadora, a una actitud derrotista ni a la depresión cuando se enfrente a desafíos o contratiempos.

En efecto, las personas que abrigan esperanzas muestran menos depresión que las demás ya que actúan para alcanzar sus objetivos, son menos ansiosas en general y tienen menos dificultades emocionales. Es posible percibir a estas personas, generalmente tienen mayor éxito y un problema suele generalmente resultar un reto, un desafío que enfrentar.

2. EL OPTIMISMO COMO MOTIVADOR

Una condición necesaria para ser optimista es abrigar esperanzas, lo que significa tener grandes expectativas de que, en general, las cosas saldrán bien en la vida a pesar de los contratiempos y las frustraciones. Desde el punto de vista de la inteligencia emocional, el optimismo es una actitud que evita que la gente caiga en la apatía, la desesperanza o la depresión ante la adversidad. Y al igual que la esperanza, el optimismo reporta beneficios en la vida.

Seligman define el optimismo en función de la forma en que la gente se explica así misma sus éxitos y sus fracasos. Las personas optimistas consideran que el fracaso se debe a algo que puede ser modificado de manera tal que logren el éxito en la siguiente oportunidad; mientras los pesimistas asumen la culpa del fracaso, adjudicándolo a alguna característica perdurable que son incapaces de cambiar.

Estas explicaciones distintas tienen profundas implicaciones en cuanto a la forma en que la gente reacciona ante la vida.

Por ejemplo, en respuesta a una decepción como la de ser rechazado para un trabajo, los optimistas suelen reaccionar activa y esperanzadamente, formulando un plan de acción, por ejemplo, o buscando ayuda y consejo; consideran el contratiempo como algo que tiene remedio.

En contraste, los pesimistas reaccionan ante esos contratiempos suponiendo que no pueden hacer nada para que las cosas salgan mejor la próxima vez, y por lo tanto no pueden hacer nada con respecto al problema; consideran que el contratiempo se debe a alguna deficiencia personal que siempre los afectará.

Como ocurre con la esperanza, el optimismo predice el éxito académico. Mientras la estructura mental del pesimista conduce a la desesperación, la angustia, el desánimo o el conformismo; la del optimista genera esperanzas y posibilidades de convertir sus fracasos escolares en éxito posterior, inclusive se torna el problema o conflicto una fuente de motivación que genera una próxima respuesta positiva.

Podemos afirmar que el optimismo y la esperanza, al igual que la impotencia y la desesperación, pueden aprenderse. Apoyar ambos es un concepto que los psicólogos llaman autoeficacia, la creencia de que uno tiene dominio sobre los acontecimientos de su vida y puede aceptar los desafíos tal como se presentan. Es importante señalar en este sentido, el papel que el docente desempeña para lograr este soporte y que sus alumnos posean las cualidades del optimismo y la esperanza.

Desarrollar una competencia de cualquier clase refuerza la noción de autoeficacia, haciendo que la persona esté más dispuesta a correr riesgos y a buscar mayores desafíos. Y superar esos desafíos a su vez aumenta la noción de autoeficacia. Esta actitud hace que la gente tenga más probabilidades de utilizar de manera óptima sus habilidades o que haga lo necesario para desarrollarlas.

Albert Bandura, ha llevado a cabo gran parte de la investigación sobre autoeficacia, lo resume muy bien: “las convicciones de la gente con respecto a sus habilidades ejercen un profundo efecto en esas habilidades. La habilidad no es una propiedad fija; existe una enorme variabilidad en la forma en que uno se desempeña. Las personas que tienen una idea de autoeficacia se recuperan de los fracasos; abordan las cosas en función de cómo manejarlas en lugar de preocuparse por lo que puede salir mal 10

3. LAS EXPECTATIVAS EDUCACIONALES

Las expectativas educacionales son consideradas como aquellas concepciones o ideas previas que tiene el profesor acerca de sus alumnos, las mismas que pueden llevarle a desarrollar una conducta distinta en calidad, según las particularidades del alumno. Las repercusiones serán positivas o negativas y se traducen en el rendimiento de los alumnos así como en el autoconcepto de los estudiantes y por lo tanto, en su desempeño personal.

Las expectativas que todo profesor deposita en sus alumnos sean estas positivas o negativas, se pueden considerar como “etiquetas” o “atributos”, que consecuentemente generan predicciones sobre el rendimiento de los alumnos, las cuales en muchos casos se cumplen y constituyen el fenómeno que hoy se conoce como profecía autocumplida.

Las expectativas educacionales constituyen lo que el profesor espera de su o sus alumnos y sobre los efectos que conseguirá o tendrá influencia en la persistencia y esfuerzo del alumno para aprender.

Se ha observado en algunos estudios que los alumnos quienes creen que controlan directamente los resultados de su esfuerzo influido por el comportamiento del docente, podrán desarrollar metas orientadas hacia el aprendizaje, existen alumnos cuyas creencias se basan en suponer que realmente hay otros factores que determinan su rendimiento por ejemplo: la simpatía o empatía que existe con el profesor, la dificultad percibida en la tarea, inclusive la apariencia física y estos factores se hacen evidentes en las interacciones pedagógicas hasta el punto que se hacen reales.

3.1. FUNDAMENTOS DE LAS EXPECTATIVAS EDUCACIONALES