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3. Integración del cuerpo en la vivencia total de la persona : El cuerpo es impensable sin el espíritu En el movimiento y la acción del cuerpo se nos revela la libertad y el grado íntimo de

2.3. Experiencia de Dios

2.3.2. Experiencia de Dios en las Sagradas Escrituras

La Sagrada Escritura testimonia la experiencia genuina y gratuita de Dios en la vida de hombres y mujeres. Los dos testamentos hablan de una acción que como fuerza irresistible abarca la totalidad del ser humano, seduce, toma posesión y empodera, para comunicarla y contagiarla. Así, la experiencia mística en el contexto bíblico se presenta como un proceso interior, espiritual, generado por un encuentro que engendra un sublime conocimiento y tiene una intensa repercusión afectiva53 (González, 2015, p. 354).

La historia de la salvación relatada en el texto bíblico, hace parte del vivo recuerdo de la experiencia cotidiana que los diferentes autores sagrados conocieron de Dios, en donde hacen presente Su maravillosa acción en contextos, lugares y creaturas a lo largo de los siglos, una experiencia en la cual se fundamenta la fe de los creyentes al acercarse a su contenido que muchas veces sorprende, interroga, exhorta, anima e inquieta para poner en dinamismo la propia experiencia de Dios. El encuentro personal con Dios que los personajes de las Sagradas Escrituras han vivido de manera única e irrepetible no sólo permite un acercamiento al misterio de Dios, sino que se convierten en el eco del mensaje que Dios ha preparado para las generaciones del presente. En el Antiguo Testamento se relata la experiencia de un pueblo que ha sentido a través de los acontecimientos de su historia, cómo Dios por iniciativa amorosa se manifiesta para otorgarle la libertad. Uno de los textos más familiares al respecto se encuentra en el libro del Éxodo, cuando el pueblo de Israel fue liberado del yugo opresor de los egipcios.

Aquel día salvó Yahvé a Israel de los Egipcios; e Israel vio a los egipcios muertos a la orilla del mar. Vio, pues, Israel la mano potente que Yahvé había desplegado contra los egipcios, temió el pueblo de Yahvé y creyó en Yahvé y en Moisés, su siervo (Ex 14, 31).

De la misma forma, el contenido de los salmos revela la relación que los autores sagrados han estrechado con Dios a partir del gozo, amor, gratitud, llanto, desesperación, arrepentimiento, entre otros tantos sentimientos que le llevan a expresar en lenguaje poético su sentir respecto a las vivencias personales: “Cuando digo: “vacila mi pie”, tu amor, Yahvé me sostiene; en el colmo de mis cuitas interiores, tus consuelos me confortan por dentro” (Sal 94, 18-19). Este salmo expresa de forma clara la fragilidad del ser humano y su apremiante necesidad de Dios.

También los profetas, dóciles a la acción divina, experimentan con ímpetu la necesidad de sembrar, cuidar y/o arrancar con sus gestos y palabras unas veces dulces y suaves, otras tajantes e hirientes, el mensaje que de Dios han escuchado, aun en medio de sus propias limitaciones y las circunstancias más adversas que los llevaron hasta la muerte; pues “Voy a poner mis palabras en tu boca. Desde hoy mismo te doy autoridad sobre las gentes y sobre los reinos para extirpar y arrasar, para destruir y derrocar, para reconstruir y plantar” (Jr 1, 10). Entonces el profeta se experimenta el portavoz de Dios para los que sufren para reivindicarles su derecho a ser felices.

En el Antiguo Testamento cada personaje va manifestando a través de sus acciones todo un proceso de transformación personal que redunda en la vida de una comunidad, a veces entre fracasos y desaciertos, pero siempre con la confianza de que Dios camina con su pueblo para conducirlo hacia la felicidad a través de una alianza de amor. Todos los personajes del antiguo Israel dan a conocer su experiencia de Dios por medio de su mensaje y de sus acciones. En muchas ocasiones se vieron llenos de dudas, certezas y generosidades que revelan la condición humana en la que Dios acontece (González, 2015, p. 355).

El Nuevo Testamento presenta la experiencia de entrega, generosidad y total abandono en Dios de María la madre de Jesús, la portadora de la gracia que acogió en su vientre al Salvador. Una experiencia que revela la humanidad de Dios al situar su mirada en la sencillez de una muchacha para cobijarse en sus brazos inexpertos e inocentes. Tal vez María nunca imaginó que su gran amor y fidelidad a Dios le otorgarían el regalo de besar Su rostro al besar el de su bebé Jesús.

La experiencia de María se encuentra llena de magnificencia y paradójicamente de pequeñez, donde lo divino y lo humano se entremezclan en medio de la duda, la sorpresa, el temor, tan naturales frente a lo desconocido e inimaginable. “María respondió al ángel: ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34). La obediencia-escucha de María posibilita un encuentro personal, cotidiano y transformador con Dios, no para su propia exaltación sino para repercutir en la historia de la Salvación, pasando por el gozo y la ternura de la encarnación hasta el dolor de la cruz y la esperanza de la resurrección.

Otras mujeres cuya experiencia de Dios trascendieron las dificultades de su tiempo, expresan en sus acciones una profunda relación con Él, la cual las condujo a comprometerse con su proyecto a través de su fe inquebrantable: Ana (Lc 2, 36-38); La mujer hemorroísa (Mc 5, 25); Febe la diaconisa (Rm 16, 1-2); o Priscila (Hch 18, 1-3). De esta manera, el Nuevo Testamento da razón de mujeres maestras y predicadoras con reconocimiento en sus comunidades, quienes no temían comunicar su experiencia, hablaban y actuaban con libertad.

Otra de las experiencias más relevantes del Nuevo Testamento se contempla en Pablo de Tarso, cuando camino a Damasco se encuentra con Jesús e inicia su proceso de conversión y disponibilidad total a Su voluntad; los signos allí relatados como la luz, el camino, su ceguera, son expresión de un encuentro transformador con el Resucitado que le exigen docilidad para adherirse

a la fe en Jesús a través de un compromiso radical. El encuentro personal de Pablo con Jesús le hace identificarse con él y reconocer la gracia de Dios en él que se considera el último, manifestando un cambio de paradigma:

En realidad, soy el último de los apóstoles, indigno incluso de tal nombre, pues llegué a perseguir a la Iglesia de Dios. Más por gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mi caso. Antes bien, he trabajado más que todos ellos; aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios, que me acompaña (1Co 15,9-10).

Tal reconocimiento de la obra de Dios en Pablo, le hace perseverante y fiel en su misión evangelizadora entre el pueblo gentil; es esa misma experiencia fundante la que lo lleva a una consagración mayor para que otros puedan vivir la experiencia del Resucitado en sus vidas así como él lo experimentó apasionadamente, trasmitiéndola a las comunidades a las cuales llevó el mensaje de Cristo.

Pablo ha recibido la gracia de un encuentro que desestabiliza sus seguridades para afianzarse únicamente en la fe en Jesús resucitado, dejando de lado al hombre antiguo, aquel perseguidor intransigente y legalista. Ahora, aquella pasión que lo movió a aprobar el martirio de Esteban, lo conduce hacia una vida entregada por la misión evangelizadora, cuyo testimonio proclama que el Amor no ha muerto.

Cada personaje bíblico tiene una experiencia que contar a partir de una realidad concreta que siempre va a resultar en manifestación de amistad amorosa entre Dios y el ser humano. Los hombres y mujeres bíblicos que captaron de una u otra forma la misericordia divina con su pueblo, conmemoran la bondad del Creador que no cesa de comunicarse a través de la cotidianidad con su actuar providente.