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“En esencia, la revolución se hizo porque la Fuerza Armada se convenció de que las reformas profundas que el Perú necesitaba y necesita, eran imposibles dentro de los

moldes del sistema tradicional que siempre rigió nuestra patria (…) Una caduca estructura financiera, que de muy poco sirvió a millones de peruanos, fue utilizada

para dar visos de legalidad a la injusticia social” (Juan Velasco Alvarado90

)

Antecedentes

A fines del siglo XIX el mundo rural del Perú continuaba experimentando los rigores de un sistema que de alguna manera vinculaba al campesino a la tierra y que fue descrito como “feudalización de las relaciones” o simplemente denominado “gamonalismo” por los propios peruanos. En la práctica implico un tipo de sociedad estamental de vínculos socio-económicos típicamente señoriales-vasalláticos.

Durante la Guerra del Pacífico, en la que Chile invadió parte del territorio peruano, el Perú había demostrado disponer de un fuerte potencial para detonar identidades de resistencia de diferente raigambre a partir del discurso utópico andino, en las que diversos autores creyeron ver el despertar de una conciencia nacional campesina. Heraclio Bonilla, citando el trabajo de Nelson Manrique refiere el incipiente nacionalismo campesino serrano que se habría producido durante la Guerra del Pacífico como resultado de la convergencia de una doble situación:

“On the one hand, the extortions imposed by the occupying Chilean army and, on the other, the efforts of Cáceres to organize the resistance of the peasantry”91

Sin embargo, el propio Bonilla descartó el derrotero nacionalista al asumir que se trató más bien de un hecho que se vivió con intensidad en la región de la Sierra Central, la que precisamente mantenía contactos comerciales regulares con Lima y la Costa. En contraste, en la mayoría de

90

VELASCO ALVARADO, JUAN; Op. Cit, pp. 37 y 113.

91 BONILLA, HERACLIO; “The Indian Peasentry and “Peru” during the War with Chile” en

STERN, STEVE (ed.); Resistance, rebellion, and consciousness in the Andean Peasant World. 18th to 20th centuries; University of Wisconsin, Madison; 1987; p. 225.

las zonas rurales los campesinos montoneros se mostraron más bien como adherentes pasivos, cuando no indiferentes, al credo nacional. De acuerdo con lo anterior la lucha del campesinado durante la guerra del Pacífico respondió a su anhelo de consolidación de la autarquía y el particularismo de las comunidades92, es decir orientándose más bien hacia el tribalismo93, tendencia más bien opuesta a la construcción de las naciones modernas. Según William Stein lo mismo puede decirse respecto al grupo mestizo criollo de pequeños burgueses y terratenientes que lideró la resistencia contra la ocupación chilena, cuyo icono fue el propio Andrés Avelino Cáceres. Después de la salida de los ejércitos extranjeros, la convergencia final de éste con los grandes terratenientes y el desaire del caudillo a la resistencia montonera a la ocupación chilena tuvo por corolario su defensa del antiguo orden94. Más que un interés de desarrollar entre sus partidarios y adherentes un alto grado de conciencia nacional Cáceres respondió a su objetivo de otorgar coherencia estatal a la dirección de un país asolapo por la guerra contra la intervención extranjera y desgarrado por conflictos internos. En definitiva, la conciencia política que se necesitó en una sublevación para rechazar a un extranjero fue inferior a la que requeriría la consolidación de una identidad que se auto-percibe y se define a si misma subrayando las diferencia con la alteridad, y que podría ser capaz de rebelarse contra la autoridad legítima95. Como explica Connor:

“Pueblos que todavía no son conscientes de pertenecer a un elemento étnico más amplio. La conciencia de grupo a la que se refiere –un nivel bastante bajo de solidaridad étnica que se genera en un sector de elemento étnico al enfrentarse a un elemento extranjero- no tiene por qué ser relevante desde un punto de vista político y está más cerca de la xenofobia que del nacionalismo.”96

92

MANRIQUE, JORGE; Las guerrillas indígenas en la guerra con Chile; CIC; Lima; 1981; pp. 383-385.

93

Para el concepto véase CONNOR, WALKER; Etnonacionalismo; Editorial Trama; Madrid; 1998 (Primera edición en español); pp. 105-106.

94

STEIN, WILLIAM; El Levantamiento de Atusparía; Mosca Azul Editores; Lima; 1988; pp. 101-102.

95

HOBSBAWM, ERIC, Rebeldes primitivos. Estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales siglos XIX y XX; Crítica Ediciones; Barcelona; 2001; p. 114.

96

En otras palabras, a rebelión contra el extranjero no necesitaba un alto grado de conciencia nacional.

Hacia el cambio del siglo (XIX – XX) Manuel González Prada advirtió la crisis de legitimación del Estado y la ausencia de identificación nacional por parte de amplios sectores poblacionales. El Perú había nacido, al igual que otros estados latinoamericanos, sin representar las identidades de la abrumadora mayoría de la población. Desde dicha perspectiva, González Prada comprendió las razones que explicaban la derrota del Perú en la Guerra del Pacífico. Era responsabilidad directa de los altos mandos militares, terratenientes y comerciantes, todos partes de una vieja oligarquía criolla blanca que había antepuesto sus intereses en forma corporativa antes que los de la nación. En consecuencia, propuso cambiar radicalmente la sociedad y la política del Perú adaptándola al modelo democrático, requisito en su opinión indispensable para alcanzar la cohesión nacional, y desplazar del poder a la tradicional clase oligárquica peruana. Estas ideas inaugurarían el ciclo político intelectual del moderno discurso anti-sistema97, siendo retomadas más tarde por Mariategui y Haya de la Torre, aunque con nuevos contenidos.

Las energías rebeldes quedaron ahí disponibles, pasivamente, a la espera de que una intervención “desde afuera” de la comunidad -en concordancia con las concepciones milenaristas, que como indica Hobsbawn tienen poco de prácticas, y mucho de utópicas, inclinadas a expresarse en épocas de fermentación social extraordinaria bajo el idioma de la religión apocalíptica98- es decir por revelación divina, por una proclamación que proviniera de las antiguas autoridades, o incluso de un milagro, capaz de abrir el tiempo revolucionario-apocalíptico que restituyera el orden original trastocado desde la conquista.

97

Según Fernández Fontenoy el discurso antisistema se inició entre 1900 y 1930. Véase FERNÁNDEZ FONTENOY, CARLOS; “Partidos antisistema y polarización política en el Perú (1930-1994)” pp. 191-207; en FERNÁNDEZ FONTENOY, CARLOS; Sociedad, Partidos y Estado en el Perú. Estudios sobre la crisis y el cambio; Congreso Peruano de Ciencia Política; Universidad de Lima; Lima; 1995; pp. 195-196.

98

HOBSBAWN, ERIC; Op. Cit.; p. 87. Hay que hacer notar que sin embargo, dichas formas designadas por el historiador inglés como arcaicas, son en su mirada estructuralista consideradas como los antecedentes de los movimientos “nacionales” de masas.

Por todo lo anterior es que el discurso milenarista de resistencia indígena andino siguió calando hondo en el alma del habitante de la Sierra. Como explicar de otra manera, que hacia 1915, un oficial militar nombrado comisionado indígena por la administración Billinghurst, de nombre Teodomiro Gutiérrez Cuevas, iniciara una revuelta indígena con el apelativo de Rumi Maqui (mano de piedra) en la región de San José, en Puno, proclamando en Azangaro la restauración del Tahuantinsuyo y proclamándose “General y supremo director de los ejércitos indígenas” de un supuesto Estado federal que resultaría de la fusión étnico castrense de Perú y Bolivia. El líder de la revuelta logró concitar el respaldo de grupos de indígenas en su toma de algunas haciendas en el altiplano99, llamando la atención de los intelectuales que bajo la ideología del progreso hacían una crítica positivista de un Perú tradicional. Aún avanzado el siglo XX.

Ya hacia ese entonces se apreciaba la clara separación de los mundos rurales -del latifundio gamonalista y el del campesinado mestizo e indio- y el urbano. Aunque diversos autores contemporáneos han defendido la cuestión de la dualidad del Perú100, Gustavo y Helene Beyhaut nos hacen ver que la representación dicotómica de la sociedad sintetiza una realidad que se ofrece mucho más compleja –y que recoge los orígenes de los distintos grupos sociales a saber las comunidades indígenas rurales, un campesinado mestizo explotando minifundios, la sobrevivencia de la mano de obra de servicio en las grandes propiedades, a la par del crecimiento de formas de nuevas formas de subordinación rural y urbana101-. Dicha tradición filo- indígena fue asumida por la oligarquía modernizante que no dudó apelar al mundo indígena, como el caso de Augusto Leguía (1919-1930), para mostrar su vinculación con el Perú profundo. La constitución de 1920 puso en el debate público la llamada “cuestión indígena” otorgando al Estado el papel de protección de las etnias aborígenes (artículo 58). Diversas asociaciones indígenas, como la Federación Indígena del Perú, que agrupaba a quechuas

99

CONTRERAS, CARLOS y BRACAMONTE, JORGE; Rumi Maqui en la Sierra Central; Documento de Trabajo Nº 25; Instituto de Estudios Peruanos; Lima. www.iep.org.pe

100

Véase TOURAINE, ALAIN; América Latina, Política y Sociedad, Barcelona; Editorial Paidós, 1989; p. 186. Cfr. con MANSILLA, FELIPE; “La violencia Política en Perú. Un esbozo interdisciplinario de interpretación” en WALDMANN, PETER y REINARES, FERNANDO, Conflictos violentos en América Latina y Europa; Ediciones Paidós Ibérica; Barcelona; 1999; p. 282.

101

BEYHAUT, GUSTAVO Y HELENE; América Latina III. De la Independencia a la segunda guerra mundial; Siglo XXI Editores; México; 1986; p. 205.

y aymarás, llegaron a conferirle el título de Viracocha a Leguía. Lo anterior no se tradujo en la disminución del conflicto. Gamonales y campesinos se enfrentaron agudamente entre 1919 y 1920 desbordando a la autoridad del Estado. La exigencia de restitución de tierras por parte de las comunidades fue un grito de lucha, junto con la esperanza que el “mundo se va a voltear” y la promesa mesiánica de “cuando el hijo del inca camine”, todas parte de un tiempo vivido como crisis aguda y preparación para un mundo nuevo102.

Hacia 1923, un líder de origen campesino y obrero de oficio, aymará de Puno, Carlos Condorena, fundó una República Aymara Tahuantinsuyana en Huancané. Con dicho pasó pretendió cristalizar las demandas históricas de la comunidad aymará a saber el respeto a su etnicidad concebida como nación, alcanzar una representación étnica autentica y la autonomización de los gobiernos regionales de quechuas y aymarás. Todas ellas vertidas en la utópica esperanza de crear una sociedad de seres libres de la explotación. Condorena fue nombrado Presidente de la diminuta república y durante cuatro meses decretó la abolición de las haciendas, el reparto de las tierras de los latifundios y la educación bilingüe para los niños. El gobierno reaccionó apresando al Presidente aymará y su gabinete.

En dicho contexto de efervescencia, la intelectualidad de las primeras décadas del siglo XX pareció descubrir en la radicalidad milenarista de la sierra una posibilidad de renovación nacional, o más bien de fundación nacional. Así lo estimaba Luis Valcárcel, cuando en 1927 aseguraba que desde el corazón de los Andes brotaría otra vez la cultura, reconociendo en la sierra la nacionalidad buscada103. José Carlos Mariategui, desde un original examen marxista de inspiración soreliana, aseguró que en el Perú coexistían formas económicas mercantilistas, capitalistas, feudales e incaicas, vinculando la cuestión indígena a la posesión de la tierra. El intelectual consideró que la unidad socio-económica aborigen era el punto de partida para acometer la transformación socialista de la sociedad peruana, lo que equivalió a rescatar de alguna manera toda la tradición vernácula de tres cuartas partes de la población de la República del Perú - hacia ese entonces- y colocarla al servicio de una revolución obrera-

102

STEIN, WILLIAM; Op. Cit.; 251.

103

campesina combinada. En su obra “Siete Ensayos sobre la realidad peruana” concluye:

“La sociedad indígena puede mostrarse más o menos primitiva o retardada, pero es un tipo orgánico de sociedad y de cultura. Y ya la experiencia de los pueblos de Oriente –Japón, Turquía, la misma China- nos ha probado como una sociedad autóctona, después de un largo colapso, puede encontrar por sus propios pasos y en muy poco tiempo la vía de la civilización moderna y traducir a su propia lengua las lecciones de los pueblos de Occidente”104

Con este tipo de reificación del mundo indígena desde la intelectualidad, se abrió paso el indigenismo105 -y con él la fusión marxista- indigenista tan representativa de la cultura de izquierda peruana-, discurso que encontró eco en el intelectual y político de Trujillo, Víctor Raúl Haya de la Torre. Con él la impugnación del orden establecido encontró una nueva vía de expresión106, acuñando el término de Indo-américa, para referirse a las raíces aborígenes continentales. Previamente, el movimiento de reforma universitaria impactaría tan profundamente en Haya de la Torre que desde su exilio en México fundaría la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) en 1924, de crucial relevancia en la historia contemporánea y uno de los referentes de discurso populista en América del Sur. El referente recreado en Perú como Partido Aprista Peruano en 1929, impulsó una alianza amplia entre trabajadores y clases medias tras un programa antiimperialista, latinoamericanista y pro-nacionalización de la industria y la reforma agraria. La figura de Haya de la Torre representó la quinta esencia del jefe máximo de partido en Perú, un personaje que se sobreponía a todos los procesos de administración partidaria para controlar desde la cúspide

104

MARIATEGUI, JOSÉ CARLOS; Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana; Editorial Universitaria; Santiago; 1955; p 260.

105

El indigenismo se refiere a una corriente de pensamiento elaborada en América Latina, acerca de los aborígenes, pero externa a los mismos. Con el tiempo la reflexión indigenista se constituiría en movimiento que abordaría los diversos ámbitos. Véase “El movimiento Nacional Indígena”, sección, “Las cuatro vertientes: Indigenismo, culturalismo, milenarismo, indianismo”, home page del Congreso Nacional Indígena (www.laneta.apc.org/cni). Cfr. con ZAPATA, CLAUDIA; “Discursos indianistas en México. Hacia una representación del Estado nacional, 1974-2000; en ROJO, GRINOR; Nación, Estado y Cultura en América Latina; Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile; Santiago; 2003; p. 301.

106

RÉÑIQUE, JOSÉ LUIS; La Voluntad encarcelada. Las luminosas trincheras de combate de Sendero Luminoso del Perú; Instituto de Estudios Peruanos; Lima; 2003; p. 34.

todas las instancias del partido de manera vertical y clientelística107, es decir un genuino caudillo que replicaba el orden jerárquico estamental de la colonia para imponer clientelarmente su voluntad al interior de su partido108, adquiriendo rasgos deificadores al considerársele encarnación del bien o salvador del país109.

Sin embargo el control absoluto del partido no bastaba en sociedades en acelerado crecimiento. Haya de la Torre dispuso que al aprismo se concentrara en el movimiento sindical, ganando día a día influencia como resultado del aumento del contingente obrero en las ciudades peruanas.

Hacia mediados del siglo XX las migraciones de la Sierra a la Costa transformaron el Perú, pasando a ser la franja costera la primera región demográfica (concretamente a mediados de los sesenta), particularmente el área metropolitana correspondiente a Lima, lo que se manifestó en un reforzamiento del centro de atención del orden republicano.

Todos los indicadores –ingresos, prestaciones médicas, grado de escolaridad, la posibilidad misma de la ciudadanía política por medio de la alfabetización- favorecían a las zonas urbanas de la costa en desmedro de la Sierra y la Selva. El éxodo a la ciudad aparecía como la única garantía de progreso, y aunque para miles resulto engañosa, devino prontamente en la andinización de la ciudad110. En una contracción simultánea de la modernización urbana, un nuevo tipo humano surgió, el desarraigado urbano, habitante del cinturón periférico de las grandes ciudades –Lima particularmente- o asentamientos urbanos espontáneos, conocidos originalmente en Perú como barriadas y más tarde como pueblos de amigos. Dichas aglomeraciones urbanas que emergieron al margen de la ley, de composición mayoritariamente rural y de condiciones extensivamente precarias constituyendo un espacio donde se verificaron los “lazos primordiales” que vinculaban a los miembros de una comunidad. En dichos contextos micro-políticos –como el barrio o la población-, las cuestiones de las carestías se resolvieron en el marco de solidaridad horizontal, o

107

MURAKAMI, YUSUKE; Op. Cit.; p. 133.

108

MURAKAMI, YUSUKE; Op. Cit.; p. 113.

109

Dicha impronta partidista se proyectó a la política nacional. Véase supra pp. 100-101.

110

reciprocidad, una forma de participación colectiva111. Pero aún más, el futuro movimiento poblacional estaría vinculado en su origen a la migración campo ciudad, que en Perú se expresó en el desplazamiento de la Sierra a la Costa, producto de la modernización dependiente de Perú.

El mundo rural, aunque conservó relevancia en la referencia pretérita al pasado glorioso, como los testimoniaba Arguedas al representar la heterogeneidad del Perú en 1965 con su novela “Todas las Sangres”, perdió progresivamente gravitación en el país112. El proceso mismo de migración correspondió a la incapacidad de un nicho ecológico rural para proporciona medios mínimos de subsistencia a un sector de su población, a menudo campesinos sin tierra y sin trabajo113.

El indigenismo y la alusión al aborigen continuaron siendo campo de disputa de intelectuales provenientes de las Ciencias Sociales, poetas y motivo de propaganda política. Sin embargo, a pesar que no faltaban quienes creían que la “salvación” vendría de la Sierra, las experiencias políticas de la elite hacían caso omiso de dicha tradición. Los contingentes de nuevos citadinos desarraigados y habitantes rurales marginalizados, todos con expectativas insatisfechas, serían los principales agentes de cambio en el Perú posterior a la Segunda Guerra Mundial que desembocaría en el movimiento campesino114 que exigía la liquidación del mundo rural señorial mediante la reforma agraria. Habría que esperar hasta 1968 cuando un gobierno militar bajo el signo nacional-popular posara nuevamente su

111

MENÉNDEZ-CARRIÓN, AMPARO; Pero, Dónde y para qué hay cabida? Comentando la cuestión de la ciudadanía hacia el cierre del milenio. Una mirada desde América Latina; 1999; mimeo; p. 22.

112

RÉÑIQUE, JOSÉ LUIS; Op. Cit.; p. 37.

113

DE LOMNITZ, LARISSA; Como sobreviven los marginados; Siglo XXI Editores; México; 1975; p. 29.

114

Según las definiciones de Lomnitz el movimiento migratorio campo-ciudad en la primera mitad del siglo XX está en la base de los procesos de marginalización urbana. Según Lomnitz, ”ha sido causado por una combinación de factores que incluyen la explosión demográfica en el campo, el agotamiento de las tierras, el bajo rendimiento asociado a la escasa tecnología, la falta de inversiones en el campo y el incremento de la atracción de la ciudad, resultante de la administración, salud, educación, entretención y la proliferación de las vías de comunicación entre el campo y ciudad.” Lo anterior le lleva a incluir que el marginado es originalmente un campesino “que al llegar a la ciudad no encuentra cabida en el mercado industrial del trabajo y gravitan hacia el estrato ocupacional marginado”. Véase DE LOMNITZ, LARISSA; Op. Cit.; 1975; p. 22.

mirada en la modernización del mundo rural y la tradición vernácula indígena como prototipo de la politeia, para que dichas expectativas se cumplieran.

Cambios en América Latina

La tradición populista latinoamericana se había iniciado mucho antes en el resto de América Latina, siendo más bien el resultado de la depresión económica mundial de 1929. La emergencia de la cuestión social, agravada por la depresión económica de los años treinta, que afectó principalmente a los países que basaban sus economías en la extracción de minerales como Bolivia, Chile y México, puso en jaque el proyecto modernizador basado en una estrategia de desarrollo capitalista orientada al exterior.