2. La tensión sintética entre los opuestos
2.2 La experiencia del ser enfermo y la sensación de bienestar
Una de las problemáticas que aborda Tomás González en su narrativa refiere a la coincidencia o no coincidencia de un estado anímico o físico de un personaje con la situación que está viviendo17. En Los caballitos del diablo se refleja en el contraste de la
enfermedad del personaje con su finca exuberante y productiva. “Él” padece una enfermedad que se manifiesta en diferentes síntomas como mareo, diarrea, vómito, palidez, no es una enfermedad completamente incapacitante, terminal o dolorosa. En cualquiera de estas opciones la acción del personaje queda casi completamente limitada18. Sufre una enfermedad estomacal con unos rasgos particulares, porque aqueja al personaje en determinados momentos de la novela y está relacionada directamente con su situación familiar y su estado anímico.
Es decir, la tensión enfermedad/bienestar se establece a partir de la relación entre “él” y su familia. Sus síntomas se acentúan cuando el personaje principal tiene algún altercado con alguno de sus hermanos y cuando ellos mueren y debe realizar las diligencias funerarias. En la muerte de Emiliano, el mayor, el narrador indica: “Su mujer lo vio llegar
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En La luz difícil una de las novelas, que según el autor, presenta, mayoritariamente rasgos autobiográficos, González presenta un personaje que experimenta momentos donde se mezclan el dolor y la felicidad espo tá ea e te: Me pa e ió a su do, hasta o s e o, se ti áfagas de aleg ía e nuestra situación, pe o “a a de todas fo as o i a a ve la, pues e dio la espalda se fue po el af Go zález, ,p.94 18
González ha explorado el dolor y la enfermedad en varias de sus novelas. Explora no solo el padecimiento del enfermo sino de sus familiares. En La luz difícil se retrata la tragedia del hijo que queda parapléjico en el accidente de tránsito, pero el énfasis no está en el dolor del personaje sino en la forma como lo afrontan sus familiares, finalmente él ve como su única opción la muerte. En el caso de La historia de Horacio, el personaje sufre cuatro infartos antes de finalmente morir. Infarto tras infarto confirmaba que su muerte estaba cerca y le era difícil escapar de la sensación de melancolía, en esta misma novela otro personaje queda cuadripléjico, sin dolor, pero incapacitado para realizar cualquier actividad por sí mismo.
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del Valle, del entierro de Emiliano, y meterse día a día de madrugada entre los cafetales, a desyerbar, podar, deschamizar, y lo oyó vomitar, vio cómo se ponía más pálido, flaco y silencioso que nunca (González, 2012, p. 102).
A propósito de la muerte de J., indica el narrador: “Regresó después de ocho días,
demacrado, con la calavera asomándosele por los pómulos, más serio y controlado que
nunca, pero vomitando lo que se pusiera en el estómago”. (González, 2012, p. 125). Más
adelante se lee: “Después de su regreso de Urabá, vomitó a chorros durante meses”
(González, 2012, p. 126). La enfermedad se apoderaba de cada espacio del personaje. En el universo vegetal propio que “él” construye, la enfermedad no daba tregua a sus pasos:
Su mujer, desde la cama primero, después desde el baño y luego desde el telar oía el repique del machete o el golpe oscuro del azadón, rítmico, parecido al corazón, interrumpidos de tiempo en tiempo por las arcadas de vómito. Y luego otra vez sonaba el ruido del azadón o del machete, o la agitación de las ramas como la que produciría un activo y silencioso chimpancé. (González, 2012, p. 126)
“Él” experimenta la complejidad de vivir en un mundo dividido. Uno es el mundo de afuera que implica la ciudad, la oficina, su familia y la violencia. Otro es el mundo de su casa que involucra las matas, los animales y su familia nuclear. La aparición de la enfermedad está conectada con los acontecimientos, los pensamientos y los recuerdos del
personaje: “Él le envió una carta a J. donde le decía alcohólico y crápula, y pasó un semana
en que no podía comerse una naranja, un banano, sin que más tarde se le viniera un chorro grueso de bilis” (González, 2012, p.68).
La naturaleza se constituye a su vez en un espacio de bienestar para el personaje, en tanto le concedía un alivio de su enfermedad: “[…] pero a él le gustaba el olor a tierra, y el azadón lo descansaba del horrible papeleo de los negocios, que a veces le producía diarreas y dolores de estómago” (González, 2012, p.44). A propósito de las discusiones que sostenía con J., el narrador indica: “También le volvieron los ciclos de mal humor, palidez y silencio que con tanta frecuencia lo acosaron antes de la operación, y contra los cuales el único remedio era desaparecer entre las matas y tratar de olvidarse del género humano” (González, 2012, p. 96).
44 La forma como “él” intenta resolver esa problemática es por medio de un aislamiento físico, pero este no resulta determinante, porque su mente siempre da vueltas alrededor del malentendido sucedido con sus hermanos. En apartes de la novela se presenta el pensamiento del personaje, tratando de justificar a sí mismo lo sucedido: “‘[…] era mi tierra. Trabajé por ella y era mi tierra. Trabajé en la oficina y es mía. Hasta el último
centavo en el banco es mío.’ Pensaba ahora mientras se movía entre los árboles” (González,
2012, p. 96).
El personaje central encuentra en la finca y en el trabajo de cultivar la tierra un refugio y consuelo para su enfermedad. Experimenta momentos de plenitud e instantes de descanso pero la enfermedad se vuele rítmica en su cuerpo a partir de la conciencia de la relación con su familia. El ser enfermo encuentra alivio pero el bienestar que ofrece el entorno está marcado por la situación interior del personaje.