• No se han encontrado resultados

Las explicaciones socioculturales sobre el trabajo de las mujeres.

3. Los trabajos de las mujeres: entre la falta de reconocimiento y la exclusión.

3.3. Las explicaciones socioculturales sobre el trabajo de las mujeres.

Como se ha visto hasta aquí, las mujeres se hacen visibles en las distintas actividades económicas a pesar de cualquier obstáculo. No es cierto que las mujeres se hayan limitado durante toda la historia de la humanidad a las actividades reservadas al ámbito doméstico, igual que no es verdad que las mujeres no hayan colaborado a hacer la historia. Pero aquí nos centraremos en su participación en el mundo del trabajo asalariado. Porque las mujeres han trabajado siempre, dentro y fuera del hogar, con

244

Citado en DIAZ CASTAÑÓN, C. (1993): Introducción a las Obras completas de Doña Concepción Arenal I Tomo. CCCII. Madrid. Ediciones Atlas. Pp. CIII.

apoyo de sus congéneres como con su fuerte oposición, recibiendo sueldos justos o injustos, la aprobación o la sanción social, y sobre todo, porque siempre les ha sido necesario.

Y digo asalariado porque culturalmente, a partir de la llegada del sistema capitalista y con la aprobación del sistema patriarcal, se ha definido trabajo únicamente como aquella actividad remunerada económicamente. Ello ha significado que todas las demás actividades que no fueran remuneradas con dinero no se considerasen trabajo, independientemente de las demandas sociales que hubiese de dicha actividad, y quedasen invisibilizadas por la economía clásica. Esto es así con el trabajo doméstico, el mantenimiento de la casa, la higiene, la reproducción de la familia, la economía doméstica, así como con los trabajos realizados en la economía sumergida.

Las mujeres han participado tanto en una esfera como en otra.245 Es necesario saber cómo se entendió y explicó dicha realidad social por los intelectuales de la época para contraponer dichas aportaciones con las de nuestra autora. Esto es lo que me dispongo a hacer en las próximas páginas.

A pesar de que es un hecho social que la mayoría de las mujeres del siglo XIX español necesita emplearse tanto para aportar un “salario de apoyo” a la economía doméstica como para sacar adelante ella sola a la familia o a sí misma, el contexto cultural, al contrario que nuestra autora, sanciona negativamente cualquier actividad laboral por parte del género femenino. Mª José Lacalzada de Mateo, en sus estudios sobre Concepción Arenal destaca:

El ideal femenino propuesto por Fray Luis de León en La perfecta casada

continuaba primando en estos medios. El libro había fijado el prototipo de las virtudes femeninas que desde la Contrarreforma se inculcaba en España. La

245

En este sentido son especialmente importantes los trabajos de Mª Ángeles Durán, quien ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo al análisis de la actividad productiva, del trabajo y del empleo a lo largo de su trayectoria profesional, haciendo hincapié en la variable género y su influencia en dichas realidades sociales. En este sentido, la socióloga aclara: “Tanto los conceptos de trabajo como los de economía requieren una revisión cuando se utilizan con conciencia del distinto modo en que los varones y mujeres se insertan en la estructura productiva. En tanto que esfuerzo encaminado a transformar el entorno y producir bienestar, el trabajo doméstico es trabajo, y así lo reconoce el habla cotidiana y la tradición jurídica española del régimen matrimonial de gananciales. Sin embargo, el trabajo doméstico no es empleo, porque no media un intercambio directo de trabajo por dinero. En cuanto a dos conceptos de tan amplia utilización en nuestros días como “economía” y “producción”, hay una evidente contradicción entre el modo en que lo aplican al trabajo doméstico la mayoría de las estadísticas e informes oficiales, y el modo de percibirlo y vivirlo la mayoría de la población, especialmente las mujeres.” En DURÁN, Mª. A. (2000): “Concentración y reparto de trabajo no remunerado en los hogares.” Cuaderno de Relaciones Laborales, 2000, 17: 91- 122. Pp. 92. ISSN: 1131-8635.

función primordial de la mujer estaba en su familia y en el reducto doméstico. La aversión al trabajo femenino durará hasta bien entrado el siglo XX.246

Se observa, por tanto, la gran influencia de la Iglesia católica en la definición de la identidad femenina. De hecho, el gran ideal a imitar por parte de las mujeres españolas debía ser, siempre según dicha Iglesia, la Virgen María. Dicha definición de la identidad femenina, se desarrolla, en opinión de Bárbara Ehrenreich y Deirdre English, como una consecuencia de las transformaciones que está propiciando el incipiente sistema capitalista. Como resultado y reacción, en el ámbito cultural se desarrolla el pensamiento romántico que difunde una nueva idea de la perfecta identidad femenina:

El hombre económico es racional; por consiguiente, la mujer romántica es intuitiva, emocional e incapaz de razonar en términos cuantitativos. El hombre económico es competitivo, ella es tierna y sumisa. El hombre económico es interesado; ella es altruista, incluso masoquista. (…) una criatura que debía ser todo lo que es `humano” en oposición a 'económico' y termina siendo infrahumana, pareciéndose más a una muñeca que a una sacerdotisa (…).

El hogar mitificado ofrecía al romántico un modo de huir del mercado, y su intensa necesidad de ese hogar, precisamente como escape, le obligaba a mentir sobre la realidad de las relaciones en su interior. [ ]. La mujer <<romantizada>> debe trabajar por poco sueldo, normalmente en tareas que requieren sumisión y entrega, y vuelve rápidamente al sitio al que <<pertenece>> cuando acaba el trabajo.247

De esta manera, se configura el sistema sexo género que aún predomina en nuestros días. Aún a pesar del riesgo de ser redundante, pero con el afán de conseguir una claridad máxima en la explicación de este proceso tan complejo, se hace necesario citar las palabras de la catedrática de Historia Contemporánea Mary Nash, quien sintetiza el proceso de creación de dicho sistema de la siguiente manera:

Basado en leyes y en el desarrollo de un discurso de la domesticidad, que confinaba a las mujeres en la casa y les atribuía la única identidad de madre y esposa, asentó la necesidad de fronteras insuperables entre los espacios públicos de monopolio masculino y el ámbito privado de prerrogativa femenina. De forma paralela, el desarrollo industrial y la política liberal conllevaron la elaboración de un arquetipo de hombre como figura pública, ciudadano, trabajador y cabeza de familia, proveedor de la economía familiar y único sujeto político. El

246

LACALZADA DE MATEO. Mª. J. (1994): La otra mitad del género humano: La panorámica vista por Concepción Arenal (1820-1893). Málaga. Secretariado de Publicaciones. Editorial Atenea (Estudios de la Mujer. Univ. de Málaga). Pp. 143.

247

EHRENREICH. B y DEIDRE ENGLISH (2010): Por tu propio bien. 150 de consejos expertos a mujeres. Madrid. Capitán Swing Libros. Pp 52-55

asentamiento de estas normas discursivas sobre la masculinidad y la feminidad, reforzadas por un conjunto de leyes que regulaban la subordinación femenina, pueden considerarse como aspectos cruciales en el desarrollo de la nueva sociedad contemporánea.248

A estas definiciones culturales contribuyen, también, las aportaciones de filósofos, sociólogos, economistas, que ven la realidad social desde el punto de vista patriarcal, legitimándola al mismo tiempo a través de su apoyo. En estas definiciones hay un empeño por describir a las mujeres dentro del hogar doméstico como si no tuviera nada que hacer. En palabras de Nancy Armstrong, estos intelectuales de la época mantienen que la mujer doméstica tiene una tarea, autorregular sus deseos para economizar y hacer posible, así, los deseos del resto de la familia. Escribe la autora que “(…) concebida de tal modo, la autorregulación se convirtió en una forma de trabajo que era superior al trabajo. La autorregulación era la única que daba a la mujer autoridad sobre el campo de los objetos y el personal domésticos (…).”249 Es ésta la única tarea que desean para las mujeres estos diferentes autores.

Por ejemplo, uno de los filósofos más leídos y respetados en el siglo que nos ocupa fue Proudhon. Este autor, cuya obra es también conocida por Concepción Arenal puesto que le cita en alguna ocasión a lo largo de su obra como referencia en otros temas, considera a las mujeres como congénitamente inferiores. De ahí que, en su opinión, su único destino sea servir al esposo, las labores domésticas y la procreación. Las mujeres deben depender totalmente del varón, no deben poder costearse su subsistencia, y, por supuesto, no tienen derecho a igual trabajo, igual salario250.

Sin embargo, éste no es el único pensador que opina en esta dirección, y la incorporación de las mujeres al trabajo es, al igual que el tema de la educación femenina, un asunto muy discutido.

La oposición o la aprobación a la participación femenina en el mercado de trabajo son expresadas desde distintos puntos de vista. Así, también hubo trabajos pretendidamente científicos que argumentaron en contra de la participación de las mujeres en el trabajo asalariado. En opinión de Scanlon en su obra La polémica feminista en la España contemporánea. (1868-1974) la utilización de los argumentos científicos tenía (y sigue teniendo hoy en día) dos ventajas: por un lado, las mujeres

248

NASH, MARY (2004): Mujeres en el mundo. Historia, retos y movimientos. Madrid. Alianza Editorial. Pp. 28.

249 ARMSTRONG, N. (1987): Deseo y ficción doméstica. Madrid. Ediciones Cátedra, S. A. Pp. 104. 250

SULLEROT, E. (1988): Historia y Sociología del Trabajo femenino. Barcelona. Ediciones Península historia/ ciencia/ sociedad 58. Pp.88.

carecían de la suficiente instrucción como para entender y rebatir los argumentos pretendidamente científicos, se les confundía fácilmente con datos estadísticos y jerga científica. Y en segundo lugar, los desastres profetizados por la ciencia al igualar las mujeres a los varones eran mucho peores aún que los profetizados por la religión. Si se continuaba por la línea de la igualdad entre géneros, las mujeres no sólo serían iguales a los varones, sino que acabarían convirtiéndose en varones. Así, autores como el doctor Gall, Quételet, Weisberger, Andral y Sharling, se esforzaron en demostrar la inferioridad física de la mujer y de ahí se saltaba, con toda naturalidad, a la inferioridad intelectual.

De hecho, una de las creencias más extendidas del siglo XIX fue la idea de que, debido a su constitución física, la mujer pasaba enferma. De ahí que la histeria y la anorexia se consideraran, tan sólo, enfermedades femeninas que se explicaban en función de dicha debilidad, sin tratar de profundizar en la búsqueda de otras posibles explicaciones sociológicas de dichas enfermedades. La misma Scanlon describe:

Los procesos fisiológicos normales de menstruación, embarazo y parto condenaban a la mujer, creíase, a una vida no sólo de permanente enfermedad física, sino también de enfermedad mental. Las terribles consecuencias que podrían derivarse de tales perturbaciones morales y mentales proporcionaban una justificación para imponer a las niñas una forma de vida restringida y para mantenerlas bajo control. [ ]. El doctor Mariscal aducía que habría que retirar a las mujeres de sus puestos una vez al mes mientras menstruaban y tan pronto como diesen señales de estar embarazadas para evitar que fuesen un peligro para el público y para sus propios hijos. Las decepciones y las dificultades de la vida profesional y de los cargos públicos tendrían efectos desastrosos sobre el feto, e incluso cuando el hijo naciera normal su salud estaría en constante peligro porque la menor perturbación emocional afectaría a la calidad de la leche de su madre.251

De esta manera, el determinismo biológico al que se ve supeditada la mujer, sus características naturales, y por tanto, inmutables, justificaban su marginación de las actividades económicas. Las mujeres eran apartadas de cualquier actividad económica remunerada bajo el pretexto de cuidar y proteger a toda la especie humana. Esto es así, sobre todo, y como veremos en páginas posteriores, si se trataba de mujeres de la clase media o alta.

251

SCANLON, M. G. (1986): La polémica feminista en la España contemporánea. (1868-1974). Madrid. Editorial Akal. Pp.168-170.

Es sabida la importancia que tuvo en Europa la obra de Herbert Spencer The principles of Biology (1864-1865) y The principles of Ethics (1892-1893)252. El trabajo de este autor también tuvo sus repercusiones en nuestro país. Sus argumentos aparecieron, por ejemplo, en la obra La inferioridad mental de la mujer de Moebius, o en el artículo titulado “Las mujeres y el darwinismo”, publicado en la España Moderna

en 1895 por Pedro Pérez, donde se resumían las ideas de R. Kossman. Así, según el estudio de Scanlon antes citados, la obra de Kosmman se basaba en el trabajo de Darwin, y afirmaba que:

La mujer que haga trabajos de hombres desarrollará órganos masculinos. (…) y la masculinización que sólo adquirió la madre por haber trabajado será en los hijos debida a la herencia y transmitida a las generaciones subsiguientes. La situación, dice, empeorará, debido a la combinación de la ley económica y de la ley de la selección natural hasta llegar a la eliminación del tipo femenino puro: las mujeres que puedan realizar trabajos de hombre serán aquellas con superior fuerza física e intelectual y serán ellas las más solicitadas para el matrimonio. La mujer pura y femenina quedará para <<vestir imágenes>> y será eliminada gradualmente. [ ]. Para preservar la raza el hombre tiene que seguir siendo hombre, y la mujer, mujer.253

En este sentido, se manifiestan distintas opiniones en la España del siglo XIX, puesto que, a pesar de que culturalmente se despreciase la actividad femenina fuera del ámbito doméstico, este hecho era una realidad social. El sociólogo Francisco Alonso y Rubio, en su obra La mujer (1863), destacó la participación de las mujeres en el trabajo en España y las consecuencias negativas que tenía, dicha participación, para ellas y para la sociedad. Tras analizar su trabajo, la catedrática Alda Blanco, concluye magistralmente las opiniones de dicho autor:

(…) para Alonso Rubio los efectos del trabajo inciden en absolutamente todos los atributos de la mujer; en su apariencia física, en su comportamiento moral y en el sentimiento, el intelecto y su cometido como madre. Todos los indicadores de la buena y virtuosa mujer desaparecen, nos dice el autor, en cuanto la mujer trabaja. El que (…) no contemple la posibilidad de que la mujer de clase media se vea necesitada de recurrir al trabajo nos muestra la intransigencia del privilegio masculino que, si bien no necesariamente siempre prohibía legalmente

252En dichas obras, el autor justifica que el gasto de vitalidad en la vida individual mermaba el gasto de

vitalidad en la reproducción. Dichos gastos son inversamente proporcionales, por lo que era de entender que, al estar las mujeres embarazadas, sus desarrollos individuales sufriesen un parón. En SCANLON M. G (1986): La polémica feminista en ... Madrid. Editorial Akal. Pp. 171.

253

SCANLON M. GERALDINE (1986): La polémica feminista en… (1868-1974). Madrid. Editorial Akal. Pp. 171-175.

el acceso laboral de la mujer, sí puso en marcha un ideario moral para la mujer de tal envergadura que estigmatizaba todo trabajo femenino, y, particularmente, el de las mujeres de clases medias.254

En la misma obra de Alda Blanco se nos facilita como apéndice la obra de Severo Catalina publicada en Madrid en 1861 y titulada La Mujer. Apuntes para un libro. En ésta, el autor postula la educación de las niñas para ser eso mismo, mujeres y no varones. Está a favor de la educación de las mujeres por el simple hecho de que van a ser ellas quienes eduquen a sus hijos. Consecuentemente, es necesario dar a las mujeres una educación adecuada para poder preparar, a posteriori, a sus hijos para una vida como ciudadanos. Y así matiza el autor “porque al decir educación, no queremos decir en absoluto enseñanza.”255 El autor se ríe de aquellos que pretenden la educación de las mujeres en las universidades y la erudición de éstas. La ciencia no es para las mujeres porque la participación de éstas haría de la ciencia una torre de Babel. Así añade que las que esto desean debería pensar:

Figuraos un matrimonio en que el marido resuelve problemas de matemáticas, y la mujer estudia categorías de Aristóteles; o más bien figuraos los hijos de ese matrimonio. [ ]. Dadas las condiciones de la actual sociedad, no es preciso que la mujer sea sabia; basta con que sea discreta; no es preciso que brille como filósofa, le basta con brillar por su humildad como hija, por su pudor como soltera, por su ternura como esposa, por su abnegación como madre, por su delicadeza y religiosidad como mujer.256

Es decir, que las mujeres han de brillar por su rol desempeñado siempre en función de los otros, en función de sus padres, en función de sus hijos, en función de su marido y de su religión, no por si misma. Únicamente cabe, en la función de la mujer según este autor, su expresividad a través de las letras, ya que reconoce entre ellas un mérito indiscutible para la poesía y la novela.

Ya se ha comentado que la postura de la Iglesia católica en lo que a este debate se refiere fue siempre opuesta. En España, como ejemplo paradigmático de la postura de la Iglesia al respecto, cabe citar el trabajo del padre Antonio Claret. Éste fue, durante

254 ALDA BLANCO (2001): Escritoras virtuosas: Narradoras de la domesticidad en la España isabelina. Granada. Universidad de Granada. Pp. 138.

255

CATALINA, S. (1861): “La mujer. Apuntes para un libro.” En ALDA BLANCO (2001): Escritoras virtuosas: Narradoras de la domesticidad en la España isabelina. Granada. Universidad de Granada. Pp. 217.

256

muchos años, el confesor de la Reina Isabel II, así que es de imaginar la influencia que tuvo en vida a través de su actividad como clérigo y a través de sus escritos. Así, en su

Instrucción que debe tener la mujer para desempeñar bien la misión que el todopoderoso le ha confiado, publicado en Librería Religiosa en 1862, sólo admite como tarea para las mujeres la de ama de casa, esposa y madre. Afirma que la mujer, madre de familia, es de absoluta necesidad para el bien de la casa y de la sociedad. Esta mujer no sólo forma la familia, sino que estrecha los vínculos entre sus miembros de manera que, si falta el esposo, falta el cabeza de familia, pero si falta ella, falta el mismísimo corazón de ésta. Consecuentemente, la mujer que no admite este rol es la mujer necia que, por supuesto, es sumamente dañina para el varón.

En función de esta realidad, a las niñas se les ha de enseñar desde muy pequeñas las virtudes que las alejen de la maldad y las conduzcan al cumplimento de su santa misión como esposas y madres. Así, el padre Claret aconseja que las madres enseñen a sus hijas la práctica doméstica que incluiría: la enseñanza en lo comestible, aprender a cocinar en general, a comprar y conservar adecuadamente y a ordenar la despensa; la enseñanza en lo relativo al vestido, según su clase y con limpieza, cuidado y aseo; la limpieza de la casa y la cama y, por último, el cuidado correcto de las personas según su clase social y edad.257 Como se ve, (y se puede observar con detalle en el capítulo dedicado a la Sociología de la educación en Arenal), el padre Claret no observaba en ningún momento la incorporación de las mujeres al mercado laboral fuera del espacio doméstico.

Por otra parte, los intelectuales liberales no ignoraron la cuestión suscitada por la participación de las mujeres en el mercado laboral y apoyaron el trabajo femenino frente a la oposición de la Iglesia Católica y los conservadores. Sin embargo, este apoyo no fue tanto por conseguir la incorporación de las mujeres a la vida pública en un plano