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Expresión aloplástica como forma lingüística

Hemos visto cómo se desarrolla la estratificación en este último grupo de estratos, se ha revelado que lo que varía de los anteriores estratos a éste es una nueva naturaleza de la distinción real y por tanto una nueva distribución de las formas de contenido y las formas de expresión. Según esta nueva distribución la forma de contenido deviene aloplástica y la forma de expresión deviene lingüística. Este devenir lingüístico de la expresión significa que ahora actúa mediante signos transmisibles, comprensibles y modificables desde fuera. Esta nueva condición del contenido y la expresión determina el modo en que opera el estrato aloplástico, por lo que se hace indispensable entender que este nuevo modo de distribución del contenido “remite más profundamente a una Máquina social y a formaciones de potencia; expresión simbólica caracterizada por cara-lenguaje, que remite más profundamente a una Máquina semiótica y a regímenes de signos.” (Deleuze y Guattari. 2000. 69)

Esta condición elevada de la máquina abstracta posibilita una semiótica en el estrato aloplástico, por lo que, según los autores, sólo se puede hablar estrictamente de signo en este estrato. En los estratos precedentes la máquina abstracta continúa englobada dentro del estrato, por lo que allí no se puede hablar de regímenes de signos. Esto es así, puesto que hablar de signo no sólo requiere de una distinción real, sino de una distinción categorial. En los estratos precedentes la máquina abstracta se desarrolla en el plan de consistencia, por lo que no puede hacer distinciones categoriales entre signos y partículas. De esto se concluye que el estrato aloplástico es el único estrato donde pueden configurarse regímenes de signos, una forma de expresión autónoma e independiente no sólo por distinción real sino por distinción esencial. “Parece, pues, razonable

reservar la palabra signo, en sentido estricto, para el último grupo de estratos.” (Deleuze y Guattari. 2000. 70)

El lenguaje como forma en la que ha devenido la expresión en este último estrato, nos conduce a la ilusión inminente de superioridad del estrato en tanto pueda representarse los demás estratos. Para Deleuze y Guattari la primacía del lenguaje aparece como problema en tanto crea dicha ilusión de superioridad. Y hablar de signo como referente de una semiología del significante, a la cual éste remite, amplía el problema, pues afirma mucho más la primacía y superioridad.

Lo que en realidad queremos decir es que la ilusión característica de esta posición de la Máquina abstracta, la ilusión de captar y mezclar todos los estratos en sus pinzas, puede ser efectuada todavía de una forma más segura por la instauración del significante que por la extensión del signo (gracias a la significancia, el lenguaje pretende estar en contacto directo con los estratos, independientemente de que pase por supuestos signos en cada uno de ellos). (Idem.)

El problema que aquí se plantea es que el signo remita a una semiología del significante, ésta consiste en la relación lingüística significante- significado como una relación de necesidad o correspondencia término a término. El problema, tratado desde el punto de vista ontológico, pretende mostrar hasta qué punto es real dicha relación, si es una relación necesaria y correspondiente, o si no existe dicha necesidad o correspondencia. De existir como necesaria, se seguiría que la “ilusión” de la que hemos hablado no es una “ilusión” sino una relación real de representación en el estrato aloplástico de los demás estratos. Esto afirmaría también no sólo la superioridad del estrato frente a los demás, sino el valor de la representación, lo que cambiaría en su totalidad la

propuesta ontológica de Deleuze y Guattari. Sin embargo, esta relación no es necesaria ni correspondiente.

En cualquier caso, el significado no existe al margen de su relación con el significante, y el significado último es la existencia misma del significante que se extrapola más allá del signo. Del significante sólo podemos decir una cosa: es la Redundancia, el Redundante. (Deleuze y Guattari. 2000. 71)

Esta relación significante-significado ha sido concebida a causa de la reducción del contenido al significado y de la expresión al significante. El plano de la expresión no se reduce al significante, en tanto que lo que produce son regímenes de signos y no palabras que nombran cosas. La forma de contenido no se reduce al significado, a cosas, sino a un estado de cosas complejo como formación de potencias. En ello radica su independencia, y no se puede equiparar el funcionamiento del significante-

significado, que es meramente representativo, redundante, al

funcionamiento del contenido y la expresión que es de presuposición recíproca y distinción real. Contenido y expresión están atravesados por una misma Máquina abstracta, que en su funcionamiento, no puede confundirse con una Máquina abstracta que actúa como significante, más bien con una Máquina abstracta entendida como diagrama, mapa y no calco, funcionamiento distinto y recíproco y no funcionamiento necesario y correspondiente.

Pero tal funcionamiento maquínico de contenido y expresión no es dado de suyo por alguna gracia cósmica o divina, su funcionamiento es la acción de un Agenciamiento concreto que pone en relación los elementos de contenido y expresión teniendo en cuenta su distinción real. “Y para ajustar los dos tipos de formas, los segmentos de contenido y los segmentos de expresión, se necesita todo un agenciamiento concreto de

doble pinza o más bien de doble cabeza, que tenga en cuenta su distinción real.” (Deleuze y Guattari. 2000. 72)

Se ha dicho entonces que hablar de signo no es referirse necesariamente a una semiología del significante-significado, y que las formas de contenido y expresión no se reducen a esta relación. Sin embargo, Deleuze y Guattari afirman que, del mismo modo en que el signo “designa cierta formalización de la expresión en un grupo determinado de estratos”, esta relación de significancia “designa un cierto régimen de signos entre otros en esa formalización particular” (Deleuze y Guattari. 2000. 72), por lo que tampoco puede negarse totalmente la existencia de esta semiología, sino que se debe entender como un cierto régimen entre otros, no es ni la única forma que adopta un régimen de signos, ni la más válida, ni la más importante, pero sí “la que va más lejos en la ilusión.” (Deleuze y Guattari. 2000. 73)