6. EXTRAÑAMIENTO
6.1. Extrañamiento primero Respecto a lo natural
«Lo que está fuera lo percibimos tan sólo
por el rostro del animal; pues ya al niño en la tierna edad
lo ponemos de espaldas y le forzamos a mirar retrospectivamente el mundo de las formas, no a lo abierto, que
en la faz del animal es tan profundo. Libre de la muerte. Sólo nosotros la vemos; el animal libre
tiene siempre su ocaso detrás de sí
y delante, a Dios, y cuando avanza, avanza en la eternidad, como el correr de las fuentes.
Pero nosotros no tenemos nunca delante, ni un solo día, el espacio puro, en donde las flores
se abren infinitamente. Es siempre mundo, y nunca ese ningún sitio que nada limita: lo puro, lo irretenible, aquello que se respira y
se sabe infinito y no se ansía...» (RILKE 1982: 131)
lo indiferenciado de la tierra eco-sistémica para sobrevenir un ser-hombre reducido a su atmósfera autógena. El ocaso se dispone hacia el frente encerrando tiempo y espacio, el horizonte se presenta como un cercado y el avance hacia lo infinito es invertido por la finitud del espacio-tiempo acotado por la finalidad. Solo el animal se presenta como nexo entre el hombre y ese mundo exterior a él, y ello se debe a dos hechos relacionados; por una parte, la existencia en el animal de un rostro al que mirar y en el cual reconocer que no somos tan diferentes, y por otra, su mirada semejante a la nuestra, aunque en su caso esta se produce ajena a la muerte y al transcurrir temporal. Para el animal todo participa de una continuidad infinita.
La condición heideggeriana de ser arrojado tiene su base en una separación fundamental cuyo origen se encuentra en la propia génesis del hombre, una separación continuada y progresiva en la que este se ve envuelto en su recorrido hacia la forma de ser humana, una separación de la tierra y la animalidad, una separación respecto a la naturaleza en un proceso de conformación de mundo. El hombre arrojado comporta la exclusión del medio al que perteneció una vez, al tiempo que adquiere la conciencia de su forma de ser excluida, la cual derivaría más temprano que tarde en una autodeterminación del ser diferenciado que pasa por el auto-extrañamiento.
«El Yo se topa consigo mismo sin previo aviso, como hallazgo sin precedentes. El bloque autoerrático se experimenta en este momento como el inquietante ser que irreductiblemente no es cosa alguna y que tampoco puede ser entendido como reflejo de las cosas. No soy ninguna de las cosas –eso quiere decir que ya no hallo ningún amparo en lo que no es humano-; no soy, y ahora lo sé, piedra, ni planta, ni animal, ni máquina, ni espíritu, ni Dios. Con esa séxtuple negación circundo lo inquietante de todos los espacios. Quien es hombre vive en una posición que se extraña absolutamente de sí misma.» (SLOTERDIJK 1998: 29)
El hecho mismo de la exclusión del hombre plantea la problemática del habitar, desde que este toma conciencia de la permanencia y la ocupación que mantiene respecto a un lugar reconocido. En términos generales, podemos llamar mundo a este lugar para la habitación del ser, de forma que, atendiendo a la definición de Heidegger (HEIDEGGER 1994) por la cual la acción de habitar se da en la medida que el hombre construye y cuida, la habitación tendría como soporte un mundo en continua construcción y sometido a un permanente cuidado. No obstante, en términos generales, el mundo no se caracteriza por el cuidado de los hombres, o al menos por un
cuidado bien entendido, quizá porque la habitación ya no se fundamenta en una relación existencial con la tierra. Así, una vez superado el carácter más esencial de la habitación, la construcción deriva hacia su sentido principalmente transformador y el cuidado hacia la vigilancia.
Por otra parte, este lugar que se manifiesta ligado a la acción esencial de habitar, es reconocido por Heidegger como espacio de encuentro entre la tierra y los hombres y de los hombres entre sí, siendo además soporte de relación con lo divino, y adquiriendo de este modo la condición de lugar sagrado. Lo sagrado también es lo que está separado (AGAMBEN 2005), pero en el sentido del enraizamiento hacia una condición esencial de lo humano.
Esta separación del hombre respecto al medio se representa mediante múltiples formalizaciones que tratan de construir la envolvente donde el ser humano se despliega y desenvuelve su vida, de forma ajena a lo que ocurre a su alrededor. Entre ellas pueden citarse la Instant city de Ibiza de 1971 o la Instant aarhus de 20132; ambas experiencias espaciales neumáticas con una
formalización similar, aunque en el segundo caso, el límite translúcido entre el interior y el exterior permite una cierta conexión visual que ahonda en la sensación de separación, al producirse la conciencia de la misma.
«El habitar es, nada más, nada menos, el correlato material de la plena constitución de un sujeto separado, es decir no sumergido ya en el goce inmediato del elemento, sino capaz de trabajar, poseer, conocer y de relacionarse de una manera no-dependiente, a través del lenguaje, con el otro.
El recogimiento necesario para que la naturaleza pueda ser representada y trabajada, para que ella se perfile únicamente como mundo, se cumple como habitación.» (SABROVSKY 2006: 75)
En la anterior cita de Sabrovsky acerca del concepto del habitar en Lévinas, se describe a un ser plenamente humano, y más que eso; incipientemente caracterizado con los atributos de individualidad y racionalidad que más tarde serán reivindicados por la modernidad. La capacidad para el
2 Instant City fue ideada por José Miguel de Prada Poole, Carlos Ferrater, Fernando Bendito
como solución para dar alojamiento a estudiantes durante un congreso celebrado en Ibiza. Posteriormente, la Instant Aarhus, obra del mismo José Miguel de Prada Poole junto a Antonio Cobo, se realiza en Fuglsø para continuar la experimentación con estudiantes de nuevas estructuras de aire.
conocimiento, el lenguaje y el trabajo, determinan a un hombre dispuesto a representar el tiempo a través de la proyección de sus acciones. Lévinas nos recuerda que, al margen de todo este utilitarismo, la existencia queda determinada principalmente por el goce (SABROVSKY 2006) aunque el goce del hombre ya no reside en su inmersión en la naturaleza, en el espacio indiferenciado ni en el instante.
El mundo, en claves de espacio y tiempo, debe ofrecer al ser otras formas de complacencia alejadas del goce primitivo, el cual deriva en el actual concepto de bienestar, como continuación de este primer extrañamiento. Hemos pasado de ser parte de la naturaleza a estar en el mundo, pero no de cualquier manera, el bienestar, de procedencia cultural en primer término, se ve complementado en la actualidad con altas dosis de confort, que no siempre se alcanzan a través de una relación de armonía y equilibrio con la tierra. Se reconoce de este modo un cambio desde el impliegue social, y el placer otorgado por los sentimientos de pertenencia y aceptación, hacia la construcción del espacio técnico, y el confort producido por el acomodo y la vigilancia.
La confianza en la técnica unida a otros planteamientos de índole fundamentalmente racional abre paso a la cultura moderna. El espacio técnico se ha extendido de forma general, introduciendo en cada soporte existente o creado por él unas cuotas de comodidad irrenunciables que, en
cierta medida, complementan el placer o displacer de una mayor o menor aceptación social. Por otra parte, la condición humana se ve superada por el carácter sobrehumano que posibilita la ciencia. La manipulación y selección genética, los implantes y la fabricación de híbridos para el cultivo de órganos, abren camino hacia la eugenesia, la perfección de la especie y con ella a una gradación de lo humano; lo pseudohumano, lo subhumano o lo posthumano.
El cuerpo conectado social y tecnológicamente encuentra sus límites en el territorio. Esto no es simplemente una cuestión posibilista o cinética sino una sensación real de habitar un mundo cada vez más contraído. La tecnología maximiza las posibilidades del cuerpo minimizando la extensión del territorio. El cuerpo extensivo, que alcanza la condición de cuerpo territorial, experimenta una sensación de claustrofobia causada por la contracción de los límites de un mundo al alcance de la mano. La posibilidad, que no deja de ser una ficción, de desplazarse a casi cualquier lugar en muy poco tiempo y de disponer de casi cualquier información de forma sensiblemente instantánea, predispone a un acortamiento del territorio percibido, junto a una frágil extensión de las posibilidades corporales. El cuerpo, tanto en su dimensión social como natural, se ve sometido a los mismos flujos y tensiones que el territorio, y la claustrofobia que produce esta situación se traduce en la una creciente dificultad para detenerse en la profundidad de las cosas.
La última parte del extracto de Sabrovsky hace referencia al recogimiento que sufre la naturaleza con este primer extrañamiento, también presente en los versos de Rilke a modo de retracción. En cualquiera de los casos, por persecución o por imposibilidad, la habitación del ser, en la misma línea que la técnica, se ve excluida de cualquier implicación natural por una simple cuestión definitoria, al menos, en lo descrito hasta el momento.