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Factores de vulnerabilidad: de la calle al encierro

Algunos de los elementos que intervienen para que los ancianos lleguen a

un estado de desamparo, tienen que ver no sólo con la falta de una estruc-

tura familiar (nunca se casaron o son viudos) sino también con factores de naturaleza demográfica como la prolongación en la esperanza de vida y la

disminución de la fecundidad, así como también según Verónica Montes de Oca (2004) con una serie de modificaciones en el papel de las genera- ciones en los hogares mexicanos.

Algunas de las causas por las que la familia deja de cuidar a sus ancia- nos se pueden resumir en los siguientes puntos:

1. El distanciamiento y desplazamiento de los centros de trabajo con res- pecto al hogar, así como los procesos migratorios que incrementan su descuido.

2. La reducción del espacio físico en las nuevas viviendas urbanas. La construcción de unidades habitacionales donde los espacios son muy reducidos, dista mucho de las necesidades de cuidar y albergar a las personas de la tercera edad.

3. La poca disponibilidad de tiempo por parte de las mujeres que se han visto en la necesidad de incorporarse a los centros de trabajo.

4. Los pocos recursos económicos.

5. La transformación en las percepciones y en los valores que se generan dentro y alrededor de la familia.

Pero esta situación no es particular de México. En España “el ingreso a una residencia puede ser impuesto por una salud precaria, por dificultades psicomotoras, de autonomía, o bien es forzado por el olvido o lejanía de la familia” (Barenys, s/f: 123). No hay que olvidar que todos estos factores económicos y sociales están relacionados con un proceso de urbanización que ha hecho evidente cambios en la estructura y composición de los hoga- res, lo que ha contribuido a un abandono parcial o total de ancianos.

Pensar que la sociedad mexicana está olvidando a sus viejos puede pa- recer una invención; sin embargo, la mitificación de la familia en la con- ciencia colectiva, según Vania Salles y Rodolfo Tuirán (1996) encubre las múltiples desigualdades entre sus miembros (de acuerdo con la edad, el sexo y el parentesco) así como niega la dinámica emocional de las rela- ciones familiares (el temperamento y la personalidad, los conflictos, las hostilidades y las negociaciones).

Si bien la familia representa una continuidad simbólica que trasciende a cada individuo y a cada generación, donde se enlazan los tiempos (pasado, presente y futuro) y se articulan las líneas de parentesco, en la sociedad contemporánea mencionan los autores, las creencias acerca de la familia han devenido en una serie de mitos y estereotipos estrechamente relacio- nados entre sí, que proporcionan una visión idealizada y distorsionada de algunas de sus realidades. Entre esta serie de creencias y mitos arraigados

sobre la familia en la conciencia colectiva, que mencionan Vania Salles y Rodolfo Tuirán (1996), sólo se explicarán aquellos que tengan una relación directa con el tema.

1. El primero, es “el mito de la familia estable del pasado”. Refiere a que existe la memoria nostálgica de las generaciones pasadas, donde los hogares eran más felices y estables; sin embargo, la supuesta prevalen- cía de hogares de gran tamaño, que cobijan en un mismo techo a varias generaciones, cae más en el mundo de los mitos, que en el campo de los hechos. El abandono de niños y el nacimiento de hijos fuera del matrimonio no son fenómenos privativos de los tiempos modernos, sino que también existieron en el pasado.

2. Por otro lado el “mito de los mundos separados” representa la imagen de la familia como el espacio de relaciones de naturaleza íntima y de expresión de la afectividad, que trae consigo la creencia de que sólo en ella los individuos pueden satisfacer sus necesidades vitales de amor y protección, lo que conduce a glorificarla como ámbito privilegiado de satisfacción y realización personal y como santuario intimo frente a un mundo público, impersonal, frio, deshumanizado y despiadado. No

obstante, el hecho de pensar que los adultos mayores están mejor con

su familia,no significa que sea una garantía de bienestar.

3. El “mito del consenso familiar” conduce a la creencia de que las fa- milias viven cotidianamente en un cuadro de felicidad y armonía, ne- gando las múltiples contradicciones que le son intrínsecas. Algunas de esas contradicciones se originan en dos condiciones básicas: la desigualdad entre sus miembros y la dinámica emocional de las rela- ciones familiares, las cuales están cargadas también de dosis variadas de conflicto, lucha y hostilidades. De tal suerte, es posible que las re- laciones familiares sean con frecuencia cálidas y satisfactorias, pero igualmente pueden estar colmadas de las tensiones más agudas. 4. Y por último el “mito de tal palo astilla” que a pesar de ser más amplio,

se hará sólo alusión a las diferencias generacionales que en los últimos tiempos cobran una gran relevancia.

Esta serie de creencias que teníamos sobre la familia toman auge y salen a relucir para mencionar que no es sólo el aspecto urbano lo que ha fractu- rado el papel de la familia, sin embargo sí lo ha evidenciado, como ante- riormente se ha mencionado. Por lo tanto y después de dar cuenta sobre la situación familiar y los cambios por los que ha atravesado esta estructura, se puede decir que la causa de ingreso a las casas hogar de muchos de ellos,

tiene que ver con una necesidad de cuidados, incluyendo las dimensiones social y emocional.

Los factores de vulnerabilidad previas al ingreso a una casa hogar, se- gún Joseph Fericgla (2002) provocan que la mayoría de los ancianos se re- húse a la idea de asilarse. Según este autor existen tres factores de rechazo previo a entrar a una institución de beneficencia:

1. El primer factor tiene que ver con causas simbólicas, donde el anciano cuenta con una imagen socialmente desprestigiada de la institución y del concepto de “casa hogar”, ya que ingresar a este lugar representaría la pérdida del prestigio, del estatus o del rol que anteriormente ejercía el anciano, lo que lo lleva a estigmatizarlo.

2. El segundo aspecto abarca los factores inmediatos y afectivos; esto es, que el nuevo residente va a atravesar por una ruptura de la vida pasada y que con el tiempo —si no sale de la institución— perderá sus refe- rentes y tendrá una sensación de desarraigo, que podrá ser acrecentada por el abandono de la familia.

3. Y finalmente los factores materiales, como la pérdida de sus pertenen- cias, que también podría ser una causa para rehusarse a ingresar a una institución de asistencia.

Si bien estos tres factores representan grandes razones para rechazar el asilo y quizá muchos de los ancianos recluidos atraviesan por este pro- ceso, no todos los residentes que fueron entrevistados mencionaron sentir un rechazo por el factor simbólico, por el contrario llegaron a asilarse por decisión propia, por razones familiares, económicas, de salud y falta de asistencia.

Jorge:

¿Cómo fue la decisión de estar aquí?

“Por mi familia, parece que estoy de sobra, todo lo que digo vale bolillo, todo lo que he hecho bolillo, no cuento para nada. No tenía ni voz, ni voto.” (80 años, tiempo de residencia ocho días).

María Luisa:

Vine aquí porque me caí y cada que tendía la ropa me persignaba. Le pedía yo a Dios que si me caía me cayera con alguien, eso fue lo que me decidió a venirme para acá (83 años, siete meses de residencia).

Aurora:

Nadie me trajo, yo vine por propia convicción. Una señora que vivía en mi edificio la encontraron cuando tenía cinco días de muerta y pensé en mí, que estaba sola y por eso me vine (80 años, ocho años de residencia).

Vulnerabilidad en la Casa Hogar