Manuel Alberca:
La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán
XXVIII Premio Comillas Tusquets, Barcelona, 2015
765 páginas, 26.90€(ebook 13.99 €)
su materia prima. Un artículo digamos que prehistórico como «En tranvía», por ejem- plo. El biógrafo debe conocer las obras ma- yores y las menores. Los volúmenes clási- cos, los artículos olvidados, las referencias desperdigadas, los papeles empolvados. Y si están a su alcance, en especial, debe ha- cer lo posible por acceder a las cartas cru- zadas porque los epistolarios, como tam- bién los dietarios (si es que los hay), fun- cionan como aquella literatura de segundo grado que permite pensar con fundamen- to la esfera privada del sujeto biografiado. De este abanico de materiales textuales no es prioritario determinar la calidad literaria o su significación estética. Digamos que es una lectura más bien instrumental. La lec- tura del biógrafo de dichos materiales, de todos los posibles, no pretende tanto de- gustarlos como filtrarlos por el colador pro- fesional con el afán de extraer de ellos el máximo de información posible. Y a partir de esa información, primero, puede elabo- rarse la cronología (lo más espesa posible, a poder ser) y, a partir de aquí, se puede pensar para luego optar por escribir un tipo de relato biográfico determinado u otro. Es esa elección la que determina, al fin, el es- tilo de biografía que acabaremos leyendo: o más narrativa o más ensayística, o más di- vulgativa o más erudita.
Así ha procedido Alberca. Lo ha leído to- do. Lo ha husmeado todo. Metódicamente. Su meticulosidad, que ha sido galardona- da con el Premio Comillas, no es una nove- dad inesperada porque algunos de los frutos de su trabajo ya eran conocidos: la biogra- fía seminal que apareció en 2002 (y que ya pude reseñar aquí), el Epistolario inédito de 2008 o diversos estudios publicados en re- vistas especializadas. Y, al fin, tras una dé- cada larga de acumulación positivista de da-
tos, ha optado por la biografía erudita –que vendría a ser el estilo prototípico del histo- riador–. ¿Era éste el mejor estilo para bio- grafiar a Valle-Inclán? Sin duda, leído este libro, tal vez no sea el más atractivo (porque el dato pesa más que el relato) pero sí el más necesario.
Para centrarnos volvamos al artículo del tranvía. Ya sabemos por Alberca que Valle dijo que había compartido un trayecto ca- sual charlando amigablemente con Zorrilla. Pero porque el biógrafo se ha documenta- do puede acometer una operación comple- mentaria que se convertirá en su metodolo- gía a lo largo de la biografía: falseará, una y otra vez, una leyenda. Aquel artículo de 1892 menor, concebido para ser leído co- mo un suceso acaecido realmente, será fal- seado por el biógrafo erudito. Falsearlo no implica restarle verdad literaria ni valor es- tético, de sobra sabemos que la literatura se nutre de la verdad de las mentiras. El falseamiento en el plano biográfico se de- sarrolla en un plano distinto. Es una opera- ción necesaria si el objetivo, como es el ca- so, es comprender al sujeto Valle e imaginar los motivos de su proceder a lo largo de su vida e identificar qué uso hizo de la ficción literaria para proyectar en la sociedad de su tiempo un determinado personaje público.
En el caso del tranvía, como en tantísi- mos otros, la realidad factual descuadra la impresión de realidad que su obra impo- ne. La escena, para decirlo rápido, es fal- sa. Datos son datos. Cuando pudo producir- se el encuentro, es decir, cuando Valle vivió durante unas semanas por vez primera en Madrid, Zorrilla no estaba en la ciudad y, en el caso de que pudiesen ensancharse fe- chas alternativas para cuadrar el relato con la realidad, lo cierto es que nuestro viejeci- to romántico ya estaba demasiado enfermo
como para subirse por sí solo a un tranvía o para caminar por la calle Hortaleza a pa- so ligero o por cualquier otra. Valle inven- tó. Con esa información de contraste, pues, puede fijarse, primero, el género periodísti- co de aquella pieza: «una crónica ficción». Pero, más allá de fijar dicha adscripción genérica, lo que el biógrafo erudito extrae del cruce de los hechos con los textos es conocimiento biográfico: la reafirmación de que Valle deseaba ser escritor, transfor- mar la dimensión pública de su figura en un personaje, y que usó sin parar, figurándo- se y desfigurándose, la ficcionalización de su yo real para cimentar una automitifica- ción monumental. Un mito tan potente que el relato de su vida –el que él hizo, el que tantos ampliarían– podía contener todas las leyendas posibles, todos los dimes y dire- tes, mil y una variaciones de anécdotas, in- terpretaciones de conducta que podían ser contradictorias o adaptarse a los deseos de Valle mismo y de sus biógrafos.
A ese mito andante, a ese intérprete fas- cinante de la tertulia en el café, a ese hom- bre al que incluso sus propios personajes literarios acabaron por transferirle rasgos de identidad (feo, católico y sentimental, el carlista por estética), Alberca, sin que se note el cuidado, le ha clavado una esta- ca con la acumulación de datos, pruebas y aún más datos. Lo ejemplificaría, otra vez, el momento más mítico de la vida de Valle- Inclán: la reyerta que acabó con la pérdi- da del brazo. «Ni Bueno ni Valle contaron nunca la verdad de los hechos a la prensa, sino que la ocultaron con diferentes falsifi- caciones», afirma, «entre ambos construye- ron un relato falaz del suceso». Pensando la información disponible, cruzando fuen- tes (incluso el certificado del médico que le operó tras la pelea), la conclusión del
biógrafo es rotunda: otra vez Valle no con- tó la verdad, inventó otra vez. De algún mo- do, a lo largo de la biografía, Alberca parece proceder como un fiscal o como el aplica- do miembro de una comisión de investiga- ción empeñado en demostrar el ejercicio de autoficcionalización de su propia vida que Valle acometió. Y cuando no puede demos- trar lo que pretende, se limita a constatar lo que sabe sin atreverse a concluir. Frases como éstas son recurrentes, como confe- sión de honestidad, a lo largo del libro: «A decir verdad no sabríamos determinar de dónde sale el rumor ni quién lo auspicia, y todo puede ser una imple invención sin fun- damento»; «¿Qué ocurrió realmente? Hay, al menos, dos versiones. Una desproporcio- nada a todas luces, y otra más veraz».
Optar por el estilo de la biografía erudi- ta (en el polo opuesto a la también mítica de Gómez de la Serna) era necesario, pues, porque sólo con toneladas de datos podía ser falseado lo que acabó siendo una auto- mitografía gigantesca. Ya podía proclamar Valle que nunca se había preocupado por la recepción de su obra, pero una temprana carta a Clarín, por ejemplo, demuestra que le suplicó la crítica al maestro; a la primera no lo logró, pero a la segunda tuvo palique y tomó nota. Ya podía asegurar que había di- mitido de su cargo como profesor de Bellas Artes, pero allí está la documentación ofi- cial que atestigua que siguió cobrando el sueldo del Estado. Actuaba y era visto co- mo un dandi, y lo era, pero al mismo tiempo estaba perfectamente al tanto de los ingre- sos que obtenía con sus libros; en algunas páginas, en este sentido, Alberca acumula sumas y restas y el catedrático de Literatura más bien parece transformarse en un efi- ciente contable. Pero es que para él el dato lo es todo porque el biógrafo necesita mos-
trarle al lector el truco del biografiado. Ésta fue su estrategia, que en algún momento Alberca considera que se le escapó de las manos: «Su técnica de invención consis- tía en tomar un elemento biográfico real y agrandarlo o distorsionarlo al mezclarlo con datos ficticios». El mecanismo de automiti- ficación ha quedado al descubierto y el mi- to, al fin, falseado está.
El paso siguiente es preguntarse, con las razones de Alberca, por el sentido y operati- vidad de dicha automitificación. Volvamos a nuestro modesto punto de arranque. ¿Por qué fabular una charla con Zorrilla en un tranvía de Madrid si esa escena no podía haber sucedido? Para otorgase un papel protagonista en la vida literaria, sin duda. Pero no era sólo una cuestión de egocen- trismo y estrategia de mercado, que tam- bién. La fabulación seguramente era útil o necesaria porque el artista del modernis- mo, y Valle encarnó ese perfil de manera paradigmática en su dimensión pública (y por supuesto en su obra), escenificó su vi- da como la extensión de un arte que se pre- tendía militantemente subversivo. Así la estetificación de la propia existencia, que
alejaba al creador de los patrones de con- ducta vulgares (el de las multitudes, en la expresión de la época), actuaba como una forma subsidiaria del afán de establecer distancias con la mediocridad de la mo- ral y de la sociedad burguesa. Si la quie- bra del lenguaje del realismo fue la forma modernista de articular una crítica de ve- ras radical –una radicalidad estética an- tes que ideológica, pero que cuando era ideológica no era necesariamente progre- sista–, la pose del artista de ese movimien- to transnacional (que en el caso español escupía, además, sobre el cartón piedra de la Restauración) debía estar acompa- sada con este propósito. La leyenda cons- truida por Valle se incardinó en ese propó- sito, también su incuestionable militancia carlista (una apuesta por el reaccionaris- mo que casaba con su fascinación por un idealizado heroísmo), pero la leyenda fue tan descomunal que el personaje acabó devorando a la persona e incluso, en oca- siones, proyectando una sombra de des- confianza sobre su propia obra. Rescatar a esa persona, para humanizarla, es el senti- do de esta biografía.
En la literatura que reflexiona acerca de la creación y la palabra, hay una selecta lis- ta de títulos que conforma una biblioteca que, a causa de sus incontestables méritos y desvelamientos, ningún lector debe de- jar de leer al menos una vez en la vida. Los
raros (Rubén Darío), Los nuestros (Luis
Harss), La experiencia literaria (Alfonso Reyes), Este mar narrativo (José Balza),
El arco y la lira (Octavio Paz) o la Historia de los heterodoxos españoles (Menéndez
y Pelayo) son algunos de esos libros que han acompañado –y perfilado– la creación literaria en español, y con sus descubri- mientos han influido en lo que se ha es- crito a continuación. La máscara, la trans-
parencia, del venezolano Guillermo Sucre
(Tumeremo, Venezuela, 1933), pertene-
ce, sin ningún género de duda, a esa lista inestimable.
Poeta, ensayista, docente y crítico li- terario, Sucre fundó el primer postgra- do en Literatura Latinoamericana de la Universidad Simón Bolívar, y en 2009 su alma máter, la Universidad Central de Venezuela, le otorgó el doctorado hono-
ris causa. De vasta trayectoria intelectual,
sus libros de crítica, Borges, el poeta y es- te que comentamos, son referencia para los estudios de poesía hispanoamericana, y por La máscara, la transparencia recibió, en 1976, el Premio Nacional de Literatura. El crítico Juan Liscano, en su Panorama
de la literatura venezolana actual, dice de
él: «Humanista a su modo, es decir, sin tolerancia pero también sin tomar parti-