Los locos no fueron los únicos que vivieron un proceso de diferenciación. Tal diferenciación obedece en gran medida al ejercicio deliberado que se llevó durante siglos por parte de las autoridades coloniales, para establecer diferencias marcadas entre todos los habitantes, con el fin de delimitar simbólica y políticamente las jerarquías en la sociedad. Es así como, a través de los cuadros de castas, se advertían cuáles eran los distintos productos del mestizaje; una vez iniciado el periodo republicano, un nuevo proceso de clasificación social se realizó, ahora bajo la perspectiva cientificista y liberal de la Comisión Corográfica cuya misión fue la de indicar cuál era el perfil de los habitantes de la Nación según su ubicación geográfica y su clase social. Tenemos entonces que la labor de clasificación connatural de las sociedades con el fin de darle sentido al mundo, en nuestro país, es también una tradición por cuenta del proceso vivido durante el periodo colonial, así como por el vivido durante el momento de la configuración del Estado Nación.
Pero este proceso de clasificación deliberado llevado a cabo con el fin de consolidar paulatinamente un ideal de nación (Cfr. Capítulo II, Parte 3) arrojó múltiples aristas en la forma de representar a los habitantes del país y de la capital, dando como resultado que no toda la producción que se dio en torno del proceso de consolidación de la República se haya dado con fines políticos o cientificistas (aunque casi toda la producción tiene tintes de crítica y sátira de la realidad), sino que se haya dado en el marco de la jocosidad con la que sus autores querían plasmar su entorno y como parte de lo que comúnmente sucede con algunos procesos artísticos, en donde el artista logra captar un sustrato de la realidad, que para la sociedad está dado como algo connatural, y destacarlo. Eso, es precisamente lo que sucede con las representaciones acerca de los Locos de Bogotá: en ellas no se está
inventando una realidad, más bien se está haciendo manifiesta una relación que estos personajes seguramente tuvieron en distintos momentos de la historia con los demás miembros de sus sociedad, pero, con la salvedad de que tales producciones artísticas y
literarias enriquecieron esa relación y en esa medida se dieron nuevas y variadas formas de ver la locura y de relacionarse con ella.
Autores de crónicas, artículos y obras artísticas sobre los locos
De 1799, se encuentra el registro del Escribano o Carranza, un personaje traído de su
época por el cronista José María Caballero de quien dijo que: “Predicaba cuasi todos los días por las calles, reprendiendo los vicios públicos, y lo mismo hacía de noche cuando salía, pidiendo para el pecado mortal, y por esto los currutacos lo burlaban y lo tenían por loco.” (Caballero, 1946, p. 30)
Hubo un fenómeno en Bogotá durante la primera mitad del siglo XIX que fue un verdadero espectáculo, sin embargo, por espectáculo debe entenderse la ruptura del umbral que separa la fascinación del morbo, en la medida en que la curiosidad de las personas estaba puesta sobre la desgracia de quienes eran sometidos a la práctica que está por describirse: Cuenta Humberto Roselli que en ese momento, por las calles, periódicamente se hacía la recolección de los lunáticos en un carruaje enrejado que se conocía con el nombre de Jaula de San Juan de Dios y en medio de su paso por las calles
de la ciudad se aglomeraban muchos curiosos, entre ellos, niños pequeños, quienes puyaban al pobre encerrado mientras que los adultos observaban con atención su inmovilidad en medio de la jaula. Todos ellos sabían que al pobre lunático no le esperaba nada mejor en el Hospital San Juan de Dios en donde seguramente sería sometido a crueles tratos.
“En Bogotá todo estaba antes medido, los gestos, los ademanes, el paso, la voz, la carcajada. Hoy son más francas y fáciles las relaciones sociales, pero, en cambio, eso sí, la educación y la cultura han descendido en un cincuenta por ciento” escribió Luis María Mora cuando estaba describiendo la relación personal que tuvo con los locos de Bogotá gracias a que fue testigo de la presencia de algunos de ellos.
José María Cordovez Moure
José María Cordovez, abogado, ministro, diplomático, fue uno de los escritores que se interesó por hacer mención acerca de los Locos de Bogotá, en quienes encontró la
traducción de la miseria de la ciudad pero también un espectáculo con el que gozaban los demás habitantes de Santafé de Bogotá. El primer personaje del que hizo alusión el autor fue Ezpeleta, de quien escribió lo siguiente:
Había un bobo, conocido con el nombre de Ezpeleta, probablemente porque en tiempo del gobierno de este Virrey lo bautizarían en la casa, como expósito; este infeliz era mudo y deforme. Pedía limosna inflando los carrillos para que le abofetearan las mejillas, hasta que, al salir el aire comprimido, imitara el estallido de un tiro de pistola, operación que le valía un cuartillo cada vez que encontraba algún desalmado a quien divertir con este acto de inhumanidad extrema. (Cordovez,
2000, p. 918)
Y continuó mencionando a Perico: “Perico se llamaba otro que encantaba a las gentes
triturando vidrios en los macizos molares que tenía alojados dentro de un antro profundo, que así podía llamarse la profunda boca con que lo dotó la ingrata suerte” (Ibídem)
En cuanto a Pacha Muelas escribió:
(…) se conoció a una excelente repostera que vestía el hábito de beata de Santo Domingo. Cuando estaba lunática y la llevaban a la jaula, tenía un pico saladísimo, sobre todo por las desvergüenzas que soltaba. Viendo una vez que no la dejaban salir, aprovechó el primer descuido del guardián para meterse en el cajón en que conducían al cementerio los restos humanos que sobraban en el anfiteatro anatómico. Ya se deja comprender que se necesitaba ser loca rematada para evadirse en tal vehículo. Los presidiarios emprendieron con el cajón, custodiados por dos soldados, persuadidos de que llevaran despojos de muerto; al llegar al cementerio dejaron la carga junto a la puerta mientras tomaban un golpe de chicha en el ventorrillo inmediato. En lo mejor de las libraciones estaban los presos y los soldados cuando Pacha Muelas levantó de un puntapié la tapa de un cajón, tomo el brazo de un cadáver y acometió a los soldados y presidiarios, quienes huyeron despavoridos por donde pudieron al ver aquel fantasma inesperado. (Ibídem, p. 923-924)
Loco Chánchiros. Perjuicios (Manuel Carrera.):
Llamaban a un magnífico ebanista que perdió el juicio al volver de Alemania, donde se educó. Vestía de jirones andrajosos pegados con cola hedionda, y una vez que le salió un uñero en la mano izquierda, se cortó el dedo con un formón, diciendo: «Mientras menos bulto, más claridad.» Perjuicios vivía perorando, siempre de buen
humor, y solía ayudar a misa. En una ocasión salió al altar acompañando al reverendo padre Guinea, candelario (…) al ver Perjuicios que el buen padre no daba señales de vida durante el mememto por los difuntos, se puso en pie, apuró el vino y el agua que contenían las vinajeras, apagó las velas, y acercándose al oído del celebrante le dijo: - Cuando acabe cierre la puerta de la iglesia… Y se fue. (…) El
Doctor Gustavo Otero Muñoz cuenta que Perjuicios había jurado no lavarse ni mudar de ropa hasta cuando triunfaran los conservadores. Se llamaba Manuel Carrera y el apodo le vino de que se le oía repetir muchas veces la palabra «perjuicios». (Cordovez, 2000, p. 923)
(“Todos los hombres tienen algo de majaderos y todas las mujeres tienen algo de locas” cita Humberto Roselli a Perjuicios. (Roselli, 1968, p. 105))
Y finalmente, de Mauricia dijo esto: “(…) se llamaba otra loca muy graciosa: visitaba las
familias donde había muchachas, con el objeto de darles reglas fijas en lo tocante al modo como debían conducirse con los chachacos rebeldes al matrimonio. Costaba trabajo que
anduviera vestida, porque decía que era la mujer de Adán, y así solía vérsela en medio de bullicio de la plaza de mercado que ella llamaba paraíso terrenal.”(Ibídem, p. 924)
Pero el trabajo de Cordovez Moure no terminó allí. Poco antes de su muerte, expresó su interés por los locos de Bogotá así:
En todas las poblaciones del mundo existen individuos que por sus excentricidades y ocurrencias más o menos felices, sirven de diversión, lo cual da lugar a que gocen de gran popularidad entre sus contemporáneos. Desgraciadamente se han perdido para la posteridad los hechos y dichos que fueron diversión inocente de los que los conocieron, porque falló un cronista que los hiciera vivir para la historia.
(Cordovez, 1918, 29 de junio, en Cromos, p. 356)
La preocupación por traer de vuelta a esos personajes es evidente a partir del fragmento citado, de manera que complementó el mosaico de personajes mencionados con anterioridad, con los relatos que revivieron a Manrique, Susunaga, Chepecillo, Rafael Lasso de la Vega y a Gonzalón.
Manrique, proveniente de Ubaté, estaba comprometido con una muchacha bella y rica de
esa misma región. La familia de la joven no aprobó la unión que estaba por establecerse, de manera que ante la renuencia de la pareja por separarse, el tío de ella, un gamonal
poderoso, le propinó a Manrique una terrible paliza mientras que a su prometida la obligaron a casarse con el hijo de otro gamonal. A ese suceso trágico se le atribuye la razón por la cual Manrique perdió la cordura. Se trasladó a Bogotá en donde “dormía en
donde le cogía la noche y se alimentaba de los sobrantes que le obsequiaban en algunas de las fondas de la ciudad.” (Cordovez, 1918, 29 de junio, p. 357). Era frecuente que llamara la atención de las señoritas de la ciudad en medio de ademanes que hacía mientras ellas asomaban por sus ventanas. Estando ya en Bogotá, tuvo un altercado con uno de los enemigos de Ubaté como consecuencia de ello fue enviado a la cárcel donde fue víctima de muchos maltratos. Su recorrido por la ciudad estaba demarcado por el barrio Las Nieves hasta el puente de San Francisco.
De Susunaga (Ver: Anexo de Ilustraciones. Imagen No. 14), escribió Cordovez que era
un viejecito correcto en el vestido, que atraía la simpatía de todo aquel que le conociera, razón por la que tenía cercanía con las casas principales de la ciudad en donde le brindaban de todo cuanto fuera con generosidad. Dice Cordovez que de no ser por la enorme preocupación que le atormentaba hubiera sido inmensamente feliz: afirmaba que todas las muchachas solteras de la ciudad lo asediaban con el fin de conseguirlo como marido y que él para librarse de ellas les decía que estaba condenado a morir soltero, no sin antes brindarles el consuelo de un ramo de flores. Habitaba en una tienda arriba del Panteón de las Nieves y murió a mediados del siglo XIX, dejando como legado, a parte de sus simpáticas anécdotas, una colección de sombreros de copa alta que le habían regalado a lo largo de su vida.
Chepecillo, no es descrito con mayor detalle por Cordovez, quien solo afirma del
personaje que se dedicaba a producir una tinta con uvilla de un arbusto silvestre, pepa aguacate y alcaparros. Su invento fracasó con la llegada de las tintas importadas y con la suma irrisoria que se ganaba por ello, compraba chicha, “que era, según él decía, que ni un vino” (Ibidem)
Rafael Lasso de la Vega (Ver: Anexo de Ilustraciones. Imagen No. 9) de estirpe noble,
hacía la poesía de la que Cordovez indica que no quedó registro y de las operaciones judiciales fallidas que lo dejaron en la ruina. Una de los hechos que cita el cronista acerca de la vida de este personaje, es que fue atacado por unos artesanos que le dejaron una herida grande en la cabeza y de la cual su ropa se impregnó de sangre, en medio del lugar en donde acababa de ser asesinado Antonio París. Unas horas más tarde se encontró con José María Plata, miembro del gobierno en cabeza de José María Obando, presidente de quien se decía que apoyaba las causas de los artesanos. Cuando Plata le preguntó a Lasso de la Vega acerca de la sangre en su ropa, éste le contestó: “Garantías del Gobierno” mientras señalaba la herida que tenía en la cabeza.
Gonzalón (José María González) (Ver: Anexo de Ilustraciones. No. 2 y 15) completa el
cuadro de los llamados locos que para Cordovez adornaron la segunda mitad del siglo XIX. Fue uno de los personajes más populares por sus ocurrencias felices y por su amena conversación. Se trataba del hijo del prócer de la independencia, Francisco Javier González y su apodo se debió a su enorme estatura y su aspecto desgarbado. Fueron varias las expresiones que hicieron famoso a Gonzalón por su carácter pintoresco y teniendo presente que al pronunciar las palabras, prolongaba el sonido de la primera sílaba o vocal.
José María Espinosa38
José María Espinosa puede catalogarse como uno de los pioneros en el arte de la Caricatura en Colombia. El impacto de su obra ha sido muy significativo toda vez que se encargó de plasmar en todas sus ilustraciones muchos pasajes de la vida política y social del País y fue él además, uno de los primeros individuos que encauzó su habilidad con el dibujo para plasmar a los Locos de Bogotá y de esa forma otorgarle a la imagen que se
daba de ellos, a través de las crónicas de la época, una traducción visual de mayor impacto. La caricatura fue la mayor de sus pasiones, tanto que mientras estuvo prisionero
38 Nota aclaratoria: La selección de dibujos sobre los Locos de Bogotá, han sido ubicados a manera de
desde junio hasta diciembre de 1816, esta expresión artística hizo más llevadero el contexto sombrío que en ella se vivía, aun cuando estuvo a punto de ser fusilado de no ser porque logró fugarse.
Espinosa era proveniente de una familia de criollos. Su familia estaba relacionada con selecto círculo de los Morales Galvis, los Torres Tenorio, los Ricaurte y los París. Participó activamente en la Guerra de Independencia durante más de ocho años, en medio de la cual desarrolló las habilidades artísticas naturales con las que contaba, porque a raíz de la misma tuvo materia prima para elaborar retratos de los mártires de la independencia, de sus compañeros y en general de las escenas trágicas que se desarrollan en la guerra. Ejerció el oficio de retratista (entre sus retratados estuvo Simón Bolívar) y de miniaturista de la alta sociedad. (Museo Nacional de Colombia, 1999, p. 27)
Le merecieron especial atención los habitantes de Bogotá y se dedicó a plasmar en sus caricaturas a los más notables. Esta es una de las razones por las que elaboró una serie completa dedicada a los Locos de Bogotá y porque en general, en ese momento existió una
fascinación especial hacia ese tipo de personajes como se puede apreciar la largo de este capítulo. En cuanto a la serie sobre los Locos de Bogotá, Beatriz González atina a decir
que para el artista por loco se podía entender tanto a insanos, intelectuales, los ricos y los pobres. (Ibídem, p. 28). Ello, se refleja claramente en la inclusión de personajes reconocidos públicamente, pero que no necesariamente eran considerados socialmente como lunáticos propiamente dichos, sino que su categorización era más cercana a la de irreverencia, como por ejemplo Carlos Borda (Tio Jis) o Rafael Lasso (Rafael Lazo en la imagen). (Ver: Anexo Ilustraciones. No. 4 y 9 respectivamente)
Su obra y en general, la forma en que se estaba desarrollando el arte en ese momento, se puede situar dentro de la corriente costumbrista, pintura costumbrista, género de costumbres o cuadros de costumbres caracterizado por el realismo plasmado en las obras y en los relatos.
La corriente costumbrista en las artes y las ciencias en Colombia tiene sus raíces en el espíritu de la Ilustración importado por José Celestino Mutis, Alejandro Humboldt
y los viajeros, y en la presencia de Gran Bretaña en los asuntos militares y comerciales para la conformación de la República.
Los viajeros del siglo XIX estaban influidos por corrientes artísticas europeas como el pictorialismo inglés, esto es, que las imágenes parecen cuadros y el romanticismo alemán, por los estudios de caracteriología y por el desarrollo de la caricatura social en Francia. La mirada del viajero moderno era crítica, relacionada con el periodismo ilustrado. Con su presencia se encauzó a escritores y artistas hacia las costumbres del pueblo, hasta convertirse a mediados del siglo en una verdadera manía en el país. (González, 2009-2010)
La serie de los Locos de Bogotá de Espinosa tiene en común la exageración de los rasgos
de los dibujados, así la exaltación de sus expresiones y de lo estrambótico de sus características; los trajes que llevan puestos también son muy dicientes acerca del estado económico en el que se encuentran estos locos.
Este es el lugar de producción (una parte de José María Espinosa) Profundizar acerca de él es relevante ya que es uno de los principales exponentes del arte político y social de su tiempo y porque en él es el mejor representante de la corriente costumbrista que estaba imperando en la producción artística del país.
María Clara Martínez también coincide con la opinión acerca de la cual, a través de la obra de Espinosa se puede percibir que los Locos de Bogotá, ocuparon un lugar social más
allá de la simple etiqueta con la que se les denominaba, ya que sus acciones en la sociedad les permitieron interactuar de tal forma que además de encontrárseles una oficio práctico en algunos casos, también generaron una interrelación que desde su propio lugar nutrió la cotidianidad y que les dio la posibilidad de reducir la brecha existente en la separación entre locura/normalidad, que se sumaba, en la mayoría de los casos, a la ambivalencia de riqueza/pobreza.
La serie de treinta retratos de locos callejeros realizados entre 1840 y 1880, la conforman dibujos en aguadas, acuarela o tinta china sobre papel en pequeño formato, titulados con lápiz por el artista quien identifica el personaje representado generalmente por su nombre popular o apodo; la mayoría carece de la firma del pintor pero está plenamente identificada su autoría. Estos personajes ocupaban un lugar importante dentro de la vida cotidiana de las ciudades. Tenían funciones sociales: algunos hacían mandados, o llevaban razones, lo cierto es que la comunidad tenía un papel para ellos y los quería como parte integral de su herencia simbólica, ellos representaban un elemento importante, dentro del desarrollo de las sociedades, con su capacidad de tomar cierta distancia de la realidad permitían una visión fresca
de lo que para los demás resulta invisible por estar demasiado inmersos en aquello que llamamos realidad; pero que no siempre podemos delimitar con precisión.
(Martínez, 2001)
Es así, como la caricatura también jugó un papel muy importante en la configuración de la percepción de la locura en Bogotá porque a través de ella no sólo interpretaba este