Por José Eizaguirre*
* Autor de artículos, conferencias y cursos sobre economía, ecología, consumo y estilos de vida alterna tivos. Coordinador de la campaña de solidaridad “Cuaresma, cuarenta días con los cuarenta últimos”. Autor del libro 2Una vida sobria, honrada y religiosa” (Narcea, 2010) y del cuaderno “Al que tiene se le dará; al que no tiene se le quitará” (Colec. virtual CiJ nº 3). En la actualidad impulsa la iniciativa “Biotropía. Estilos de vida en conversión” y acompaña procesos de transformación de estilos de vida.
Foto: http://www.universidadeshn.com En: http://blog.cristianismeijusticia.net
creciendo actualmente en torno a un 3% anual. A este ritmo, se duplica cada 23,5 años. Esto significa con matices, cada 23,5 años, el doble de dinero, de objetos materiales, de consumo energético, de basura… Y el sentido común nos repite que en un planeta finito no podemos seguir creciendo de esta manera.
Se argumenta que el problema de la natalidad no es la cantidad de población sino la desigualdad en el reparto de la riqueza. Que la riqueza que hoy hay en el mundo, bien repartida, es suficiente para que toda la población lleve una vida mínimamente digna. Y es cierto, hoy es cierto. Mejor dicho, todavía es cierto. Pero si la poblacion sigue creciendo y el planeta no, llegará un momento en que dejará de serlo. ¿No es algo evidente?
Jim Merkel, en su libro sobre el decrecimiento Simplicidad radical. Huellas pequeñas en una tierra finita, propone elegir libremente tener menos hijos, como una contribución responsable a un mundo que está llegando al límite de su capacidad. Es, al menos, una propuesta que debe tomarse en serio.
Ya conocemos la frase Keneth Boulding: “Todo hombre que piense que en un mundo finito el crecimiento exponencial puede continuar indefinidamente es un loco o un economista”. Del mismo modo podríamos parafrasear: “quien piense que en un mundo finito el crecimiento exponencial de la población puede continuar indefinidamente es un economista… o un moralista de la Iglesia católica”. Sé que esta frase suena muy provocativa y pido perdón si alguien se ofende por ella.
La cuestión es compleja, porque sabemos que los hijos son fruto del amor de los padres. Y ¿cómo hablar de límites en el amor? Pero de esta preciosa verdad no se debería sacar la conclusión de que la decisión responsable de un matrimonio de tener pocos hijos o ninguno es una consecuencia de su poco amor. ¿Es posible compaginar el amor de la pareja con una paternidadmaternidad responsable? ¿Es posible fomentar el amor de los padres sin fomentar necesariamente el aumento del número de hijos? Insisto: no soy quién para responder a esta pregunta. Pero percibo que los signos de los tiempos nos urgen a encontrar una respuesta.
Pienso que en este tema los católicos debemos plantear un debate sereno y me alegro de que el papa Francisco haya empezado a repartir las cartas (aunque me desconcierte la formulación concreta con que lo hace en estos puntos). He aquí una buena oportunidad para sacar esta cuestión a la palestra. En una de las notas de la Evangelii Gaudium (nº 60) se cita un documento de la Conferencia Episcopal Francesa, de 2012, que lleva por título Élargir le mariage aux personnes de même sexe? Ouvrons le débat! ¿Podríamos proponer también algo así en la Iglesia? ¡Abramos el debate sobre la cuestión de la natalidad en relación con la sostenibilidad! Sé que no es fácil, porque seguramente éste es uno de los temas en los que la doctrina católica ”favorecer el aumento de los nacimientos” está más en contradicción con el sentido común ”no podemos seguir creciendo indefinidamente”. Pero hay que hacerlo, hay que hablar también de esto, escuchando serenamente todos los puntos de vista.
No estoy hablando de reprimir la natalidad ¡en absoluto! pero me pregunto si hacemos bien promoviéndola en este contexto mundial en el que estamos llegando a nuestros propios límites. El evangelio de Lucas narra que el niño Jesús “crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres” (Lc 2, 52). Es así como crecemos las personas, hasta que llega un momento en que dejamos de crecer en estatura (¡gracias a Dios!) y seguimos creciendo en sabiduría y en gracia. La naturaleza es sabia y sabe cuándo se ha de dejar de crecer. En todo caso, sigamos medrando ¡en sabiduría y gracia! En esto no hay límites al crecimiento. R
Alrededor de un centenar de personas asistieron este 26 de abril al V Encuentro Cristiano de Literatura, una cita organizada desde el año 2010 por la Asociación Cultural Evangélica Jorge Borrow en colaboración con la Alianza
de Escritores y Comunicadores Evangélicos (Adece) y que en esta ocasión culminó con la entrega del Premio Borrow al teólogo protestante Plutarco Bonilla.
Sobre su figura y discurso giró un encuentro que arrancó en el Ayuntamiento con una recepción a cargo de la concejala de Educación, Carmen Sánchez Bellota, y que posteriormente pasó a instalarse en el colegio Fonseca, escenario central que acogió las intervenciones poéticas de Pilar Fernández Labrador, José María Muñoz Quirós, Juan Carlos López Pinto, Gloria Sánchez, Sánchez Terrones, Leopoldo López Samprón, Soledad Sánchez Mulas, José Amador Martín, Verónica Amat, Xenaro Ovín, Isabel Pavón, Juan Carlos Martín, Luis Alberto Ambroggio, Elena Díaz Santana, Marcelo Gatica, José Antonio Sánchez y Alfredo Pérez Alencart, además de la participación musical de Sara Sánchez.
El recital dio paso a la intervención del premiado y verdadero protagonista de la jornada, Plutarco Bonilla. En un discurso enérgico y profundo en su contenido argumentó la creencia en un solo Dios, pero no un Dios al uso. «No creo en el Dios de lo metafísico, ya sean filósofos o teólogos los que plantean un Dios que yo no veo en la Biblia, que es el libro sagrado de los cristianos. No creo en un Dios todopoderoso en sentido absoluto. Y no creo en un Dios inmutable», señaló Bonilla, residente en Costa Rica desde hace ya sesenta años.
«El Dios creador del que habla la Biblia en su poder se autolimita en el momento en el que crea el Universo como quiere que sea. No soy creacionista pero el método de creación no me preocupa. No creo en el Dios inmutable porque si la teología cristiana o la Biblia dice que Dios se hizo hombre en Jesús, ese hombre fue un embrión, un bebé, un joven, un adulto y eso es mudar. Si se define el Dios como un Dios de amor, el amor sin cambio es imposible. Inmutable es alguien que no tiene corazón», aseguró con rotundidad Plutarco, quien no se considera teólogo sino biblista.
La literatura cristiana, como no podía ser de otra forma, también tuvo una mención especial en su alocución. «Todo escritor, más aún el cristiano, tiene que buscar la