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Favoritos y cómplices

In document Rafael Loret de Mola - Los Escandalos (página 156-162)

—Entiéndanlo bien. En este sexenio —el del doctor Ernesto Zedillo Ponce de León—, nadie puede tocar a Guillermo Ortiz Martínez ni a Eduardo Fernández García. ¡Ah!, tampoco a Jaime Camil. Quien lo haga, lo hará bajo su propio riesgo, ¿eh?

Primeras instrucciones. El director de un cotidiano, especializado en temas económicos, plantea a los reporteros bisoños las líneas generales. Nada de interpretaciones: órdenes precisas.

—¿Y quién es Jaime Camil? —se anima a preguntar uno de los recién admitidos informadores.

—¿No lo sabes? Entonces, mano, estás fuera de la jugada.

Guillermo Ortiz, el economista principal del “reino”, inamovible si bien trasladado de posición cuando fue necesario protegerlo —de la titularidad de la Secretaría de Hacienda al Banco de México en calidad de gobernador—, y Eduardo Fernández, intransitable presidente de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, guardan, celosos de su cercanía con el “jefe de las instituciones nacionales”, esto es el que manda sobre todos los cargos y todas las dependencias en la órbita gubernamental —se entiende, por tanto, la sumisión de los poderes Legislativo y Judicial—, los mayores secretos de la época. Pero, ¿y Camil?

—No sale de Los Pinos. Es el mejor amigo, el confidente... el socio —me indica una fuente solicitándome discreción—. Nadie, como él, para convencer al presidente... ni para alegrarle tras una jornada tensa.

Camil, empresario e inversionista, es centro de las fiestas más deslumbrantes a lo largo de las doradas costas de Guerrero, un escenario agreste bajo el dominio de los cacicazgos.

—¡Qué pachangas! Pero, además, ¡qué casas! Ni te imaginas: están hechas con el lujo antiguo: pisos de mármol, puertas con baño de oro; cursis pero carísimos remates. No hay límites, pues.

Eugenio Sada, presidente del Grupo Financiero Serfín y otro de los grandes e intocables amigos del presidente Zedillo, piensa a lo grande.

—Son muy generosos con sus cuates. ¿Te digo qué les regalaron con motivo de la Navidad de 1998? Canastas repletas de botellas de Vega Sicilia —valuadas en medio millón de pesos cada una.

—¿Y cómo las consiguieron? La cosecha de ese vino emblemático de la Ribera del Duero es siempre muy corta.

—Fácil... adquirieron, de antemano, la mitad de la producción. Todo se puede cuando no hay limitaciones ni fronteras.

Afectos costosos. Odios profundos. Historias molestas. De la frivolidad a la complicidad.

¿Cuándo perdió el doctor Zedillo, por ejemplo, el interés por honrar la memoria de quien estaba llamado a ser presidente de México, Luis Donaldo Colosio, durante el periodo por aquel cubierto? Manlio Fabio Beltrones, ex gobernador de Sonora, cuenta su versión:

—Al presidente le incomodaba recordar el sacrificio de Luis Donaldo. Preguntaba, si acaso, como una forma de cortesía.

—¿Jamás dejó entrever alguna sospecha, desde el punto de vista personal, en relación con el crimen?

—Sólo una vez —explica Beltrones, hace una pausa y continúa —: Él creía que había sido obra del narcotráfico.

—¿Así te lo dijo?

—Lo dejó entrever. Al parecer, por lo menos así lo reflejaba. Lo tenía muy claro.

—¿Algún nombre, Manlio Fabio?

El político calla, mira fijamente, enciende un cigarrillo y asiente con la cabeza.

—Sí. Me lo dio. Él tenía muchas sospechas acerca de la posible intervención de Ricardo Canavati Tafich.

—¿Por qué? Según entiendo, él era un buen amigo de Colosio. —Eso decía. Pero también es primo de Bitar Tafich, uno de los más aguerridos lugartenientes de Amado Carrillo, “el Señor de los Cielos”. Casi nada, ¿no?

Canavati Tafich, cuando supo de esta afirmación, hizo lo posible por aclararla. Me encontré con él, primero con Carlos Olmos, su estratega en materia de relaciones públicas, terciando, y después a solas, y no paró de hablar. Extrovertido, locuaz, simpático, sentenció:

—Cuando me conozcas, cabrón, ¡me vas a adorar! Y luego refirió su propia experiencia:

—Cualquiera en Monterrey puede dar fe de quién soy yo. Ni uno solo, ¿entiendes?, podría sostener semejante tontería —su

posible involucramiento en el homicidio de su fraterno Colosio —. Se van a carcajear.

—Según me han dicho, el presidente lo ha llegado a creer. —¡Mentira! Si es así, ¿por qué ahora me tiene tanta confianza? Soy diputado federal —1998— y pronto seré vicecoordinador de la bancada priísta. Es un hecho. ¿Tú crees que si Zedillo no me tuviera confianza me aceptaría?

—Sin embargo, tienes una relación familiar con Bitar Tafich...

—¡Por favor! Hay muchos Tafich, es un apellido muy extendido. Y yo tengo años de haberlo tratado. En cambio, fui amigo de Luis Donaldo, muy amigo.

(Manlio Fabio Beltrones, al subrayar la cercanía entre Canavati y Colosio, enfatizando la sospecha mayor, puntualizó:

—Canavati le prestaba a Donaldo su avión. Casi lo tenía copado. Yo creo que por eso el presidente Zedillo dudó sobre sus buenas intenciones.)

El regiomontano Canavati acepta tener amplios recursos:

—Sí, tengo mucha lana. Me ha ido bien. Todo comenzó cuando compré unos terrenitos por el rumbo de Garza García, Nuevo León, y la inversión floreció. Todos lo saben.

—¿Financiaste la campaña de Colosio?

—La administré en buena medida. Y es que de arriba nos apretaban, la verdad. No había recursos suficientes. Te lo juro.

—¿Los dejó al aire Salinas?

—Ni te imaginas a qué grado. Pero íbamos saliendo, poco a poco.

—Hasta que ya no tuvo caso continuar, Ricardo.

—Voy a decirte algo, sólo para que sepas el grado de confianza que había entre la familia Colosio y yo. En mi avión viajó Diana Laura —la viuda de Colosio— a Estados Unidos cuando debió atenderse, unas semanas antes de su muerte. ¿Tú crees que lo hubiera hecho si desconfiaba de mí?

—¿También era tu amiga?

—¡Por supuesto! Y te digo más: Diana Laura se hospedó en mi casa luego del crimen. Durmió en mi recámara, para que te lo sepas. Yo la dejé ahí como ama y señora. Y la visitaba lo menos posible para no confundir a la servidumbre: ella debía mandar ahí, no yo.

—¿La llamaba con frecuencia el entonces presidente Salinas? —Sí. Y me pedía que yo le solicitara que hablara con él: “Convéncela —me decía—, está en tu casa”. Y yo le contestaba: “No, señor; la casa es de Diana”.

—Lo fueron. ¿Y quién crees que se hizo cargo de los niños? —¿De Luis Donaldito y Mariana?

—De ellos. ¡Pues yo! Vivieron conmigo. ¡Si tú supieras...! —¿No se comprometió públicamente Salinas a velar por ellos? —Lo hice yo. ¿Será porque Diana Laura no me tenía confianza?

Y me contó entonces un pasaje que me comprometí a no difundir sobre los niños y las incidencias de su desarrollo. Alfonso Durazo, quien fuera secretario privado de Colosio, me pidió en concreto:

—No digas nada de eso. Por favor. ¿Para qué lastimarlos más?

—Pero, ¿por qué me lo platicó Canavati? —No lo entiendo. No sé que se proponía.

Y el senador José Luis Soberanes, acaso el más entrañable amigo del matrimonio Colosio Riojas, remató:

—Si Luis Donaldo viviera y hubiese escuchado eso... ¡se iba directo a madrear a Canavati!

Manlio Fabio Beltrones, quien elaboró una sólida defensa contra quienes, en el New York Times, lo señalaron como enlace del narcotráfico —es el único de los funcionarios mexicanos acusados por la misma razón que le dio seguimiento a su propio caso—, recuerda:

—Salinas me presionaba, Rafael. Durante una audiencia, luego de desahogar la agenda sobre Sonora, me preguntó muy serio: “Oye, ¿cómo se llama el hijo de Donaldo?”

—Pero, ¿cómo? ¿Él no tenía conocimiento al respecto?

—Espérate. Yo le respondí, evadiéndome: “Señor presidente, usted sabe que se llama como él, Luis Donaldo”. Entonces, Salinas, un tanto violento, puntualizó: “¡No, hombre! ¡El otro!”. Y yo no quise darle el nombre. Me lo guardé.

—Pero, ¿de verdad no sabía? Se supone que el presidente es el hombre mejor informado del país.

—A lo mejor me estaba midiendo. No lo sé. Mira: luego de que Donaldo fue asesinado asumí un compromiso; y lo cumplí mientras fui gobernador de Sonora.

—¿De qué se trata?

—Donaldo tuvo un hijo con una secretaria suya, Josefina Burgos. Y yo le mandaba una pensión mensual. Para ella y para su hijo, el niño de quien quería Salinas conocer su nombre. Se llama Alejandro y es de la misma edad, con diferencia de días, de la pequeña Mariana.

—¿Lo sabía Diana Laura?

—Por eso se embarazó a pesar de que ya le habían diagnosticado el cáncer. Decía que quería dejarle su propia imagen a Donaldo.

Un capítulo terrible que todavía hiere. ¿Quién fue el mayor beneficiario?

—No olvides a José María Córdoba Montoya, Rafael —insisten, una y otra vez, cada uno de los amigos de Colosio.

Alguien más, suscrito al anonimato para evitarse daños mayores, acentuó:

—El chofer de Córdoba, Jesús Banda, homosexual, claro, sabe mucho de los movimientos de su jefe. Y anda suelto, como suelto está el general Domiro García Reyes, a quien le bastó llorar sobre el féretro de su jefe para ser exonerado.

Otra vez: narcotráfico y cofradía de la mano caída. Elementos consustanciales al modo de ejecutar de la “nueva” clase tecnopolítica.

El lunes 7 de diciembre de 1998, invitado por la Comisión de Seguimiento a las Investigaciones en torno a los Atentados en Contra de los Ciudadanos Luis Donaldo Colosio y Francisco Ruiz Massieu, en la Cámara de Diputados, el secretario de la misma, José Ignacio Martínez Tadeo, me preguntó:

—Se desprende de los libros por usted publicados que hay una vertiente no investigada. ¿Podría abundar en ella?

—Me sorprende, diputado, que no se indague acerca de las conductas singulares de los operadores. Esto es, de las preferencias íntimas que pueden marcar una pauta. Sobre todo en cuanto al crimen contra Ruiz Massieu... pero también en relación con el caso Colosio, en cuyas secuelas han intervenido muchos influyentes homosexuales, amafiados, claro. Para decirlo de una vez.

Fue entonces cuando el licenciado Manuel González Espinoza, presidente de la comisión, priísta, expresó un deseo:

—Hemos pedido que comparezca el doctor Ernesto Zedillo. Él fue el coordinador de la campaña de Luis Donaldo Colosio. Y debe aportar su versión.

—¿Lo hará, diputado?

—El procurador Jorge Madrazo y el fiscal especial, Luis Raúl González Pérez, me han ofrecido que se efectuará la diligencia.

El miércoles 4 de agosto de 1999, González Pérez “tranquilizó” a los legisladores de las comisiones de seguimiento, senadores y diputados, revelándoles que el doctor Zedillo ya había rendido declaración... ¡cuatro meses antes! En abril del mismo año. Muy conveniente. No dijo más al respecto, desde luego.

—Estimo —les dije a los parlamentarios en diciembre de 1998 — que la verdad no aflorará mientras esté en la presidencia el principal beneficiario del crimen.

Cuando salí del Palacio de San Lázaro, mi mente voló hacia otro escenario, el del Palacio de Covián, en donde, con voz gruesa, uno de sus pasajeros inquilinos, Fernando Gutiérrez Barrios, me había dicho respecto a la inclinación criminal de los mandatarios desatados por las carreras sucesorias, así fuera sólo en la ficción:

—Peligrosa tesis, Rafael, peligrosa tesis.

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