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LA FE INVOLUCRA TODA LA PERSONA

lgunas veces se ha afirmado que los sentidos nada tienen que ver con la vida de fe. Apoyados en el himno “Tantum Ergo” de Santo Tomás de Aquino, que repite: “Praestet fides supplementum sensuum defectui”: Que la fe supla la limitación de los sentidos, pareciera rechazar su necesidad o su intervención en el mundo de la fe. Sin embargo, el doctor angélico no niega el papel de los sentidos en el campo de la fe, sólo admite que son insuficientes para penetrar esta dimensión.

Nosotros vamos a mostrar con base en la Revelación, que las facultades humanas son antenas por las que nos comunicamos con Dios. Las manifestaciones de Dios involucran también los sentidos. Para empezar a abordar el tema deberíamos preguntarnos, ¿Cuál revelación en la Historia de la Salvación ha omitido los sentidos?, ¿El paso del Mar Rojo, la vocación de Isaías en el templo, la anunciación a María o la transfiguración de Jesús en el Monte Tabor?

San Juan es muy explícito: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído,

lo que hemos visto con nuestros ojos,

lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida,

- pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto

y damos testimonio y anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre

y que se nos manifestó -

lo que hemos visto y oído, es lo que anunciamos, para que también ustedes

estén en comunión con nosotros: 1Jn 1,1-3.

Toda la persona está incluida tanto en la revelación como en la redención. Se trata de la ley de la encarnación que se aplica a cada manifestación de Dios como a la respuesta del hombre.

Cuando el fariseo Saulo tiene su encuentro personal con Jesús resucitado en el camino a Damasco, obviamente afecta la integridad de su persona; tanto, que pasa tres días sin ver, comer ni beber; y Ananías le hace recuperar los sentidos para que cumpla su misión. Con esta experiencia personal, San Pablo declara

que nuestra respuesta es tanto externa como interna. Boca y corazón entran en juego simultáneamente:

Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios

le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree

para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación: Rom 10,9-10.

El corazón representa la intención y motivación, así como lo más profundo de la persona. La boca significa lo exterior y superficial. Jesús integra ambos aspectos cuando proclama magistralmente:

De la abundancia del corazón habla la boca: Lc 6,45.

Por lo tanto, lo que se cree en el corazón; o sea, en lo más íntimo del ser humano se proclama con la boca, es decir, florece externamente.

La fe evangélica implica a la persona completa, incluyendo sus sentidos naturales, ya que citando nuevamente a Santo Tomás de Aquino, “no hay nada en nuestro entendimiento que no haya pasado antes por los sentidos”.

A. LA FE ENTRA POR LA ESCUCHA

DE LA PALABRA Y NOS HACE HABLAR

La fe tiene su origen y raíz en la escucha de la Palabra de Dios, siempre y cuando sea Palabra de Dios.

La fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo: Rom 10,17. Teniendo aquel espíritu de fe

conforme a lo que está escrito,

creí, por eso hablé, también nosotros creemos, y por eso hablamos: 2Cor 4,13.

El oído, pues, es el sentido por el que entra la fe, pero culmina con una confesión verbal. La experiencia de fe precisa la profesión de la misma. Tener fe sin manifestarla sería un fuego que no quema, así como proclamar sin creer sería simple propaganda.

Bartimeo cree cuando escucha que Jesús pasa por su vereda y comienza a declarar con su boca lo que cree en su corazón: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí” (Mc 10,47).

B. LA FE SE VE Y SE PUEDE MEDIR

al enfermo: “Tus pecados están perdonados. Levántate, toma tu camilla y vete a casa” (Mc 2,5).

Sin duda que también se puede ver cuando existe o falta la fe. La comunidad percibió que Esteban estaba lleno de fe y de Espíritu Santo (Hech 6,5). Sin duda que su forma de vivir, hablar, perdonar, rezar, servir, especialmente de esperar y amar, manifestaba su fe en El Resucitado. Pero también Jesús percibe la poca fe de sus discípulos en aquella tormenta en el Mar de Galilea (Cf. Mc 4,35-40).

La sirofenicia tiene una fe grande (Cf. Mt 15,28). Los apóstoles tienen poca fe (Cf. Mt 8,26). Basta la fe del tamaño de un grano de mostaza para mover montañas (Cf. Mt 17,20). Sin embargo, la fe puede crecer de dos formas: Pidiéndole al Señor Jesús la aumente (Cf. Mt 9,24) o ejercitándola, ya que la fe crece cuando se pone en práctica.

C. LA FE NOS LLEVA A TOCAR A AQUÉL EN QUIEN CREEMOS

La hemorroísa cree que tocando siquiera el manto de Jesús se puede sanar y rompe todas las barreras para acercarse y rozar por atrás la orla del vestido del Maestro (Cf. Mc 5,30-34).

María Magdalena se abraza tanto a El Resucitado que el mismo Jesús le detiene: “No me estés tocando” (Jn 20,17).

D. LA FE SE ABRAZA

Cuando San Pablo describe el escudo del creyente, no usa el verbo λαμβἁνω - Lambano, sino

ἀναλαμβἀνω - Ana-lambano, para dar a entender que algo se

sujeta con la mano por tratarse de un escudo grande. Además, aclara que no es para ciertos momentos sino que debe ser de forma “permanente” (Cf. Ef 6,16).

E. CONCLUSIÓN

La fe no tiene otro camino para enraizarse ni expresarse que a través de los sentidos. La Revelación no es comunicación espiritual, sino Dios que se entrega al hombre de forma que pueda ser comprendido, acogido y éste dé una respuesta integral también.

Que los sentidos naturales entran en el misterio de la salvación es obvio, pues de otra manera la salvación no sería adaptada a la persona. Por eso, Jesús cura enfermos y hasta resucita muertos.

El papel de los sentidos es un campo que hemos de explorar más profundamente para que nuestra experiencia de Dios sea más plena. Las experiencias místicas involucran plenamente la totalidad de la persona, incluyendo la parte sensorial.

Que la fe atiende lo interno y lo externo, lo dice el Papa Benedicto XVI: “Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida

(cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban”. Porta Fidei 13.

La

VII

EN QUIÉN CREO

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