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Federico Manchón C.*

Convergencia y desarrollo

L. Federico Manchón C.*

Crecimiento y desarrollo en la globalización

Atendiendo al propósito general del Seminario conviene aclarar mi interpretación de la relación entre crecimiento y desarrollo, no con el propósito de profundizar en ella, sino más bien para ubicar la consideración del tema de la ponencia.

Y ello porque, si bien, en las ciencias sociales, el uso del concepto de crecimiento está más o menos bien acotado para abordar problemas económicos, el concepto de desarrollo está lejos de ser tan preciso. Pueden, desde luego usarse los nombres crecimiento humano, crecimiento social, o cre- cimiento cultural, pero en la actual confi guración del lenguaje de las ciencias sociales ello resultaría extraño, y requeriría por parte del usuario y también del receptor esfuerzos respectivamente explica- tivos e interpretativos adicionales porque sería un uso, por decir lo menos, infrecuente. En cambio, hasta parece un pleonasmo adjetivar al crecimiento como económico.

En cambio el concepto de desarrollo tiene no sólo desiguales acepciones en las distintas ciencias sociales (sociología, economía, geografía, antropología, política, ecología, etc.), sino que es actual- mente utilizado como un concepto que, sólo o predicado, pretende referirse a problemas sociales complejos,1 que no pueden ser abordados disciplinariamente, sino que requieren para su compren-

* Profesor investigador del Departamento de Producción Económica de la Universidad Autónoma Metropolitana, Xo- chimilco y profesor de la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México. Miembro del Programa de Investigación Integración en las Américas (INTAM); miembro de la Red de Estudios de la Economía Mundial (REDEM); miembro del Grupo de Trabajo CLACSO Globalización, economía mundial y economías nacionales (GT.CLACSO.GEMEN).

1 Como, por ejemplo, CEPAL (2002:101) nos recuerda que lo defi nió las NU en 1986 en su AG41/128 como un “proceso

económico, social, cultural y político, que tiende al mejoramiento constante del bienestar de todas la población y de todos los individuos sobre la base de su participación activa, libre y signifi cativa en el desarrollo y en la distribución justa de los benefi cios que de él se deriven”. Incluso en esta defi nición utilitarista del desarrollo como aumento del bienestar, que volveremos a encontrar en UNDP (2005) y WB (2006), es evidente la insufi ciencia de una consideración exclusivamente económica.

q

sión una concurrencia interdisciplinaria. Pero además, cosa que a mi me parece fundamental, distin- guir habermasianamente entre integración social e integración sistémica.2 Algunos pueden pretender

que en la economía, el concepto de desarrollo económico equivale al de crecimiento. Pero, incluso dentro de esta concepción reduccionista, característica del funcionalismo sistémico, que reduce la integración social a la integración sistémica es ya viejo el cuestionamiento de que el mercado, librado a sí mismo, genere el máximo crecimiento posible y, consiguientemente, se ha cuestionado también aquí la equivalencia entre mercado y desarrollo.

Desde este punto de vista, la pretensión del desarrollo es prolífi camente utilizada por los eco- nomistas progresistas para enfrentar a los que abiertamente identifi can desarrollo con crecimiento, pero también para enfrentar a aquellos que reducen el desarrollo (de las instituciones o de los indi- viduos) a prerrequisito del crecimiento. Y, sin embargo, la mayoría de los economistas críticos consi- dera que el desarrollo tiene como ingrediente necesario el crecimiento económico. Así, por más que insistan en que el desarrollo es un concepto que procura dar cuenta de aspectos no económicos de la vida social, someten estos otros aspectos, que pocas veces identifi can sufi cientemente, a la lógica del crecimiento. Ello independientemente de que la defi nición y realización estos otros aspectos co- rrespondan a un subsistema de integración sistémica distinto al codifi cado por el medio de control dinero, o al ámbito del mundo de la vida, en el que la coordinación de la acción social depende de la formación lingüística de consenso propia de la integración social en que se sustenta la reproducción de la cultura, la reproducción de la integración social y la reproducción de la socialización.

Abstractamente consideradas, las tres posiciones (la que identifi ca desarrollo con crecimiento, la que propone el desarrollo individual y/o institucional para lograr el crecimiento, y la que supone que el crecimiento es condición indispensable del desarrollo) están equivocadas. En otro seminario sorprendió a mis colegas que yo dijera que, de manera igualmente abstracta, también es posible el desarrollo sin crecimiento. A los economistas nos sorprende la afi rmación de que puede haber desarrollo sin creci-

2 En la crítica a la concepción culturalista del mundo de la vida, concepción que se construye sobre las fi cciones de agen-

tes autónomos, independencia de la cultura y transparencia de la comunicación, Habermas distingue dos tipos de inte- gración en la sociedad. La integración social, que ocurre mediante el mecanismo del entendimiento, armoniza entre sí las orientaciones de acción de los participantes. Pero esta forma de integración queda atravesada por la integración

sistémica, regulación no normativa de plexos de cooperación que, en la sociedad capitalista, ocurre principalmente

mediante el mercado, el cual “pertenece a aquellos mecanismos sistémicos que estabilizan plexos de acción mediante un entrelazamiento funcional de las consecuencias de la acción” (Habermas, 1992: 213). Junto con la crítica a la pre- tensión de la teoría de sistemas de ser sufi ciente para fundar la teoría de la sociedad la crítica al culturalismo forma parte del proyecto, del que Habermas se considera continuador, de una crítica marxista a las patologías de la moderni- dad: “la crítica marxista de la sociedad burguesa arranca de las relaciones de producción, porque acepta la racionaliza- ción del mundo de la vida, pero trata de explicar las deformaciones de ese mundo de la vida racionalizado a partir de las condiciones de su reproducción material. Este acercamiento materialista a las perturbaciones de la reproducción sim- bólica del mundo de la vida… tiene que escoger una estrategia teórica que ni identifi que el mundo de la vida con la sociedad en su conjunto ni lo reduzca a elementos sistémicos” (Habermas, 1992: 210).

miento porque pocas veces ponemos en duda que la realización de los individuos y de los colectivos en la sociedad moderna, pueda ocurrir sin acumulación. Realización que, además, identifi camos, siempre y sin precaución, con el aumento de la disposición de bienes y servicios. Crecer para distribuir o distri- buir para crecer. De una u otra manera permanecemos atrapados en la lógica de la acumulación.

Así, transformamos en elementos indispensables del crecimiento modifi caciones en las estruc- turas de la producción y del consumo, o viceversa, en necesario requisito de dichas modifi caciones al crecimiento. Tanto da que pensemos que ello deba ocurrir mediante el mercado o mediante una po- lítica deliberada, suponemos que son condiciones de la satisfacción de los componentes no econó- micos del desarrollo. Y ello independientemente de cómo construyamos el concepto de desarrollo para dar cuenta de la complejidad social a la que se refi ere, es decir de qué elementos no económicos incluyamos en él, de cómo los consideremos, y de cómo pensemos que se relacionan entre sí y con los elementos económicos.

Posiblemente ello se explique por el carácter sistémico y autorreferencial de la reproducción del ámbito económico de la sociedad moderna, que ocurre merced al deslingüistizado medio del dinero, medio de control del subsistema económico que se defi ne a sí mismo en la sencilla relación en la que, como dinero, se distingue cuantitativamente como origen y destino. Medida que, aunque pueda ello parecerle a muchos paradójico, se vuelve infi nita. Esta defi nición que el dinero logra de sí mismo es lo que Marx denominó capital. El que, desde luego, tiende a subsumir en la producción y en la circulación todo lo que pueda requerir para que la positiva diferencia cuantitativa que defi ne su identidad tenga lugar. Lo que, dicho sea de paso, ha conducido a denominar capital a todo lo que puede ser absorbido en este proceso orientado por la fi nalidad de la ganancia. Capital humano, capital natural, capital institucional, capital social, capital cultural, etc. No es incongruente: la mercantilización de los diversos elementos de la vida debe servir, acorde con la lógica que rige el subsistema económico de la sociedad capitalista, a la consecución de la acumulación, del crecimiento abstractamente defi nido.

Pero, menos mal, la sociedad moderna es una sociedad diferenciada en la cual cada uno de sus diferentes ámbitos se rige por distintas lógicas. Cuando los ámbitos no económicos de la vida social, aquellos en los que se defi nen y realizan los elementos no económicos del desarrollo, se sujetan a la lógica de estructuración de la producción, la circulación y el consumo requeridos para que el capital satisfaga la defi nición de sí mismo, no puede sino contravenirse el objetivo del desarrollo, entendido como la simultanea realización saludable de la integración social y de la integración sistémica.3 Por

3 Habermas, 1992: 263: “Ahora bien: del solo hecho de que la integración social y la integración sistémica queden

ampliamente desacopladas no pueden inferirse aún dependencias lineales en una u otra dirección. Podemos represen- tarnos las cosas de las dos maneras: las instituciones mediante las que quedan anclados en el mundo de la vida meca- nismos de control tales como el dinero o el poder canalizan, o bien la infl uencia del mundo de la vida sobre los ámbitos de acción formalmente organizados, o, a la inversa, la infl uencia del sistema sobre los plexos de acción estructurados comunicativamente. En un caso actuarían como marco institucional que somete el mantenimiento del sistema a las

eso es que sólo mediante una radical afi rmación de que el desarrollo es posible sin crecimiento agre- gado, es posible desviar la atención hacia los aspectos no económicos del desarrollo sin que queden supeditados a la acumulación.

En concreto, sin embargo, ello no signifi ca negar que el crecimiento pueda ser un elemento del históricamente situado e intersubjetivamente defi nido objetivo del desarrollo, de manera tal que las lógicas sistémicas de la acumulación y el poder no subordinen a la lógica comunicativa que sigue fundando la reproducción simbólica del mundo de la vida y, en última instancia, la consistencia de toda la sociedad.

Sin embargo, la globalización, entendida como resultado de la intensifi cación actual de las re- laciones sociales de todo tipo entre no residentes, y las tensiones que por ello sufre la sociedad global y el sistema internacional, así como cada uno de sus componente tal como están hoy constituidos, pone de relieve que existen graves difi cultades para que las lógicas de los ámbitos sistémicos no subyuguen la lógica comunicativa, perturbando no sólo la reproducción material del mundo de la vida, sino también su reproducción simbólica. La principal de estas difi cultades es que no hemos producido todavía los indispensables espacios políticos globales de deliberación pública en los cuales formular el objetivo del desarrollo, de manera tal que las dimensiones sistémicas globalizadas (subor- dinadas la económica al fi n de la ganancia y la política al fi n del poder burocrático) no colonicen y sometan los ámbitos no sistémicos de la sociedad.

Una de las formas en la que esta difi cultad se expresa es que, ausente un espacio político global de deliberación pública, el objetivo del desarrollo sólo puede defi nirse como objetivo nacional formu- lado en los espacios políticos de cada estado. En condiciones en las que la sociedad global soporta plenamente la operación de los medios de control sistémicos de la acumulación globalizada y del poder internacionalizado, pero es débilmente afectada por mecanismos de entendimiento puesto que la deliberación pública está reducida a los espacios nacionales y subnacionales, el objetivo del desa- rrollo no puede sino ser interpretado como un objetivo estratégico que busca privilegiar la situación relativa del país en el sistema internacional en términos de acumulación y poder, subordinando los medios de integración social y menospreciando la ausencia de procedimientos democráticos de deci- sión a nivel global. La competencia y el catch up, supeditan al crecimiento, como componente sisté- mico del objetivo del desarrollo, nacionalmente defi nido, a todos sus componentes no sistémicos. Y en la misma forma es este objetivo recuperado en el sistema internacional, en el que las organizacio- nes internacionales tienden a replegarse a lo nacionalmente defi nido.

Nada de lo cual impide que en las organizaciones internacionales se fi ltren los impulsos demo- cratizadores desarrollados en los órganos deliberativos de decisión popular nacionales, transmitién- dose a todo el mundo. Ni tampoco que la transnacionalización de los mecanismos de integración

restricciones normativas del mundo de la vida; en el otro, como la ‘base’ (en el sentido de Marx) que subordina el mundo de la vida a las coacciones sistémicas de la reproducción material y que de este modo lo mediatiza”.

social genere movimientos públicos que, aunque mancos todavía de espacios políticos deliberativos globales, pongan límites, débiles todavía, tanto a las prácticas privadas globalizadas orientadas a la ganancia como a las prácticas políticas burocratizadas regidas por el medio de control poder.

Convergencia y polarización

Nuestra intención es tratar la convergencia y la polarización como temas del desarrollo, no del crecimien to. Se trata entonces no sólo de considerar cómo están operando los mecanismos de los susbsistemas sistémicos de la sociedad a fi n de corregir las deformaciones que puedan estar afectán- dolos, sino de abordar las cuestiones normativas vinculadas al desarrollo. Fundamentalmente, para comprender críticamente, y con intención participativa, cómo en la situación actual los ámbitos deliberativos en los que se construye el mundo de la vida se norman las relaciones entre los subsiste- mas y las dimensiones no sistémicas de la sociedad.

El debate sobre crecimiento y desigualdad

Las posiciones de las organizaciones internacionales ofrecen un buen punto de partida porque tienen como principal referente para considerar estos problemas los acuerdos internacionales en los que se han defi nido principios, establecido derechos y fi jado objetivos y metas concretos, a partir de los cuales se caracteriza la situación actual como insatisfactoria. Se trata entonces de indagar porqué la combinación de la integración sistémica y de la integración social ha operado de manera que nos ha conducido a una situación que es considerada injusta y cómo han sido alcanzados entendi- mientos que han ido permitiendo establecer un marco normativo desde el cual defi nir objetivos y fi jar metas para tratar de producir una nueva situación menos injusta. Pero, además y principalmen- te, cómo este marco normativo es, desde el punto de vista de una correcta apreciación de la situación, insufi ciente e inadecuado para resolver los problemas contemporáneos del desarrollo.

Por eso, comprender las posiciones del debate sobre convergencia entre los economistas del crecimiento puede ayudarnos sólo parcialmente a comprender el problema del desarrollo, aunque nos permita, como veremos, entender algunas limitaciones de las concepciones desde las que los organismos internacionales (OI) recomiendan políticas. Aunque hay un fuerte contenido sobre qué método es más adecuado para medir la convergencia, es posible identifi car los núcleos teóricos duros en este debate defi nidos desde un estado estable que incluya, además del capital, la tecnología. Y, además, el de la consideración de la posibilidad de un comportamiento conforme a los modelos de crecimiento de rendimientos constantes, que no hay que descartar que puedan explicar las crecientes desigualdades internacionales.

Respecto de la desigualdad, una controversia es la que se ha dado principalmente entre los economistas vinculados, aunque no de manera directa en su redacción, a los más recientes Informes

del Desarrollo Mundial (IDM), del Banco Mundial (BM), y a los Informes de Desarrollo Humano (IDH), del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), (M. Ravallion, A. Atkinson, F. Bourguignon, Ch. Morrison, S. Chen, B. Milanovic), y sus críticos (Sala-i-Martin, S. Bhalla, R. J. Barro). Los primeros, especialmente a partir del UNDP (1999), dedicado al tema de la globalización y de las posibilidades de modifi car algunas de sus características, sostuvieron, que por lo menos hasta fi nes de la década pa- sada, la globalización había sido acompañada no sólo con el gran incremento de la desigualdad nacional —que mide la desigualdad entre los habitantes de un país— e internacional —que mide la desigualdad promedio entre países—, sino también con un notable crecimiento de la desigualdad global —que mide la desigualdad de los habitantes del mundo, sin tener en cuenta el país al que pertenecen—. Entre sus críticos en cambio, si bien admiten que ha ocurrido un crecimiento de la desigualdad nacional, rechazan que haya habido un crecimiento de la desigualdad global y que el crecimiento de la desigualdad internacional, o ha sido mucho menor que la informada por los OI, como sostiene Sala-i-Martin (2002a), o ha habido reducción de la desigualdad, como afi rma Bhalla (2002). En todos los casos se hace referencia a la desigualdad de ingresos o de consumo. En cada país, entre países o considerando la población del mundo como si “no hubiera países”, para decirlo en palabras de Bhalla (2002), adoptándose para ello tipos de cambio de paridad de poder de compra.

En parte las diferencias remiten a cómo se mide la desigualdad. Las interpretaciones más pesi- mistas, la de las organizaciones internacionales, las miden no por el ingreso, sino por el consumo, que siempre es menor al ingreso, utilizando, además, las encuestas de hogares y no las cuentas naciona- les, cuya información en teoría debe coincidir, pero, en los hechos, discrepa notablemente, con lo que la utilización de las últimas favorece una visión menos pesimista, como la de Bhalla (2002), quien como Sala-i-Martin evalúa la desigualdad internacional considerando el ingreso medio de cada país ponderado por la población.

En todo caso, en cuanto al largo plazo, no parece haber objeciones importantes a la tendencia que identifi can Bourguignon y Chen (2002), quienes extendiendo y modifi cando los cálculos de Maddisson, encuentran que desde 1820 hasta 1992 la desigualdad de ingreso ha aumentado tanto nacional como internacionalmente, y también globalmente. En 1820 estos autores calculan un coefi - ciente de Gini de 0.5 de desigualdad global. Este índice no hace sino aumentar hasta la Segunda Guerra Mundial: 0.533 en 1850, 0.56 en 1870, 0.588 en 1980, 0.61 en 1910, 0.616 en 1929 y 0.64 en 1950. En 1960 baja moderadamente a 0.635, pero después vuelve a subir: 0.65 en 1970, 0.657 en 1980 y 0.657 en 1992.

Parecería, entonces, que la hipótesis de Kuznets de que la desigualdad disminuye en las etapas maduras no se cumple cuando consideramos el desempeño de la economía global en el largo plazo. Acepto que estoy forzando la conclusión de Kuznets, construida en base a la consideración com- parada de economías nacionales, pero me parece admisible la observación porque, fi nalmente, las conclusiones de Bourguignon y Chen se construyeron con base en información nacional agregada y también porque parece razonable considerar madura a la economía capitalista de dos siglos.

La discusión, entonces, se concentra en el periodo de la globalización contemporánea, últimos 20 o 30 años. Recientemente los OI han reiterado repetidamente la interpretación de que las inequi- dades han aumentado.4

El concepto de desarrollo humano y el índice de desarrollo humano

Bajo la infl uencia de los trabajos de A. Sen sobre pobreza y desigualdad, que constituyen uno de los vectores a través de los cuales el debate en fi losofía política originado en la discrepancia entre J. Rawls y R. Nozick penetra en la teoría económica, en particular en la economía del desarrollo, en