Guy Rosolato
Las observaciones clínicas aplicadas al fetichismo no siempre están desprovistas de ambigüedad. No es raro que se diluyan en la des- cripción de otra perversión dominante, que el fetiche sea reducido a una mera condición del acto sexual, a una particularidad del cuerpo femenino o, incluso, que se lo limite a designar las exigen- cias mínimas de una elección. Así, en los casos de Krafft-Ebing —donde tal dilución es perceptible—, el objeto raramente es ais- lado, exclusivo y suficiente. En otras partes la observación marcha bien pero subrepticiamente fracasa en su demostración: ¿es pre- ciso, por ejemplo, designar el pene materno a propósito del fetiche que apresuradamente se remite a la autoridad de Freud? El objeto se sustrae en sus implicaciones. ¿Acaso sólo se trata de un desva- necimiento, de una escapatoria, o más bien habría que considerarlo como un escape (del mismo modo en que lo diríamos de un me- canismo de relojería, cuyo engranaje central está compuesto por tantos dientes como escotaduras)?
El conocido artículo de Freud ("El fetichismo", 1927) nos pre- senta —junto con el ejemplo clínico introductorio— particula- ridades muy instructivas.
Recordemos las dos reflexiones que preceden su exposición, y que revelan la distancia establecida por el autor. La primera sitúa el fetiche como el resultado de un "descubrimiento anexo", es decir que —a pesar de que el interesado lo conoce como anoma- lía— sólo adquiere su sentido durante las entrevistas o durante la
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cura. La segunda observación se refiere a la reticencia de Freud con respecto a la publicación de tales casos: así es como percibe la necesidad de preservar un secreto, pero también la de ponerlo en evidencia.
El análisis nos mostrará de manera patente el papel desem- peñado por el objeto en negativo, en hueco, en ausencia, que en cierto modo con el objeto fetiche llega a concretizarse. Veamos ese texto. Sin fragmentarlo, indicaremos —mediante una numeración— los sucesivos nudos de sentido a los que el lector podrá referirse:
(1) El caso más notable (1) era el de un joven que
(2) había erigido como condición (2) de fetiche un cier-
to "brillo en la nariz". La sorprendente explicación de esto residía en el hecho de que, criado en una nursery inglesa, el enfermo había venido luego a Ale-
(3) mania donde había olvidado (3) casi totalmente su
(4) (5) lengua materna (4) [Muttersprache] (5). El fetiche, cuyo origen se encontraba en la primera infancia, no
(6) debía ser comprendido (6) en alemán sino en inglés.
(7) El "brillo en la nariz" [Glanz auf der Nase] (7) era
de hecho una "mirada a la nariz" " [glance at the no-
(8) (9) se]" (8). Así la nariz (9) era ese fetiche al cual, por
(10) lo demás, él podía otorgar a su antojo (10) ese brillo
(11) que los demás no podían percibir (11). Las infor-
maciones proporcionadas por el análisis acerca del sentido y la intención del fetiche eran las mismas en
(12) todos los casos (12). Surgían de una manera tan
espontánea y me parecieron tan categóricas que es- toy dispuesto a esperar que todos los casos de feti- chismo tengan una misma solución general. Voy a
(13) provocar seguramente una decepción (13) al decir
que el fetiche es un sustituto del pene.
Agreguemos a este fragmento la precisión que viene unas líneas más adelante:
Diré más claramente que el fetiche es el sustituto
(14) del pene de la mujer (de la madre) (14) en el que
el pequeño creyó y al cual —sabemos por qué ra- zón— no quiere renunciar.
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Freud da a este ejemplo un valor excepcional: no sólo lo esco- ge para una presentación introductoria, sino que lo describe tam- bién como "el caso más notable (1)". Cabe, pues, esperar que en él se puedan ver actuar relaciones fundamentales.
Señalamos de paso que el '"brillo en la nariz" no es el fetiche sino su condición (2).
Inmediatamente después, Freud sitúa la explicación en un plano lingüístico, a saber: a) de dos lenguas, una —el inglés— es para el joven primera con respecto a la otra —el alemán—. es su lengua materna (4); b) esa lengua fue casi totalmente olvida- da (5); c) por consiguiente, será necesario traducir para com- prender (6) no sólo la "condición" sino el fetiche mismo, es decir una nariz (9) a la cual se le podrá atribuir la cualidad de ser brillante. Es preciso tener presente tal rasgo —el desvío lin- güístico—, que sin embargo resulta insólito en este campo.
Hasta aquí, de una manera muy condensada, Freud reúne los datos necesarios y suficientes. Lo específicamente psicoanalítico sólo aparece a propósito de un salto: ¿cómo pasar, en efecto, a la noción esencial de pene materno? Freud la plantea como el resul- tado de sus observaciones realizadas sobre casos semejantes. No se entrega a una demostración lógica. No sólo es consciente de tal abre- viación —que adopta con conocimiento de causa— sino que se lo advierte al lector: "Voy a provocar seguramente una decepción al decir que el fetiche es un sustituto del pene (13)." La decepción po- dría surgir aparentemente por dos razones: a partir de la excesiva trivialidad de una explicación según la cual también en el caso de la perversión se trataría del sexo; pero sobre todo por la elipsis que conduce abruptamente a la clave. Por otra parte, el tema es más complejo de lo que parece: no se trata de cualquier pene, sino del de la mujer, y más precisamente del de la madre (14).
Los dos elementos principales, pene + de la madre, son apor- tados así de una manera repentina. ¿Habrá que admitir acaso el argumento de autoridad y confiar entonces en una especie de com- probación estadística, en un empirismo clínico? Incluso si de esto se tratase, estaríamos habilitados para preguntar de qué manera pudo Freud detectar esa correspondencia entre el fetiche y el pene materno, al menos la primera vez, qué concatenación lo condujo a ello una sola vez por todas, y en qué observación princeps, si no 121
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se trata en definitiva de aquella que Freud nos presenta como ejemplar y como la primera en su discurso.
Sucede precisamente que todos los elementos de compresión están aquí a disposición de nosotros, incluso aquellos que sólo apa-
recen en una virtualidad cuyo interés consiste en atraer la atención sobre el objeto de falta.
Observemos ante todo aquello que conduce a la madre. Una sola palabra la invoca, sin vueltas. Se trata de la lengua materna o, más bien, en alemán: Muttersprache. Ahora bien: ésta se en- cuentra casi totalmente olvidada, tal como sucede (más adelante lo leeremos en el artículo) con un primer recuerdo, con una pri- mera percepción, relacionados con el sexo femenino, con el sexo de la madre.
Muttersprache: en esta expresión no hay nada que recuerde
a la lengua materna que se enuncia a sí misma: mother-tongue; de este modo la "lengua" pierde su doble sentido, lingüístico y también de órgano corporal, contenido en la cavidad bucal, susceptible de protrusión, órgano de sensibilidad y de reconoci- miento oral, órgano común a ambos sexos. Por consiguiente, sólo en el estallido de una visión furtiva y renegada escucharemos que la lengua ha asegurado un desplazamiento hacia arriba —hacia el secreto que se abre desde la boca— de aquello que permanece abajo, invisible y prohibido. Sólo queda sprache para que sea posible atribuirle a la vertiente materna, a la etapa inglesa, sin que quepa error alguno, todo lo que se vincula con glance, con la
mirada, punto de partida para el viraje de la traducción.
La vía materna está presente así en la secuencia lingüística. ¿Dónde, en cambio, encontraremos la referencia al pene? Por cierto, no está proporcionada de una manera explícita. Se trata del principal punto de ocultación en la exposición de Freud. De manera tan evidente es esto así, que deberíamos extraer alguna lección de tal circunstancia.
En efecto: no bastaría con remitir a una simbología ya esta- blecida para que asegurásemos la equivalencia entre el pene y la nariz. Es preciso además —incluso más allá de las determinacio- nes históricas (que Freud deja de lado)— reconocer en el discurso concreto de qué manera las palabras sirven como soporte y con-
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ducen —con el glance at the nose y el Glanz auf der Nase— hacia el órgano fetiche que es la nariz.
Por consiguiente observaremos ante todo que el paso de una fórmula a la otra provoca un cambio de sentido a partir de una homonimia que es, en los fonemas comunes: glan(t)s: glans. De esta manera resulta el paralelismo con la palabra glans (en fran- cés: el glande). Ahora bien, esa palabra latina fue adoptada tanto por el inglés —la lengua materna— como por el alemán —la len- gua que no es materna, y hacia la cual se vuelve el sujeto secun- dariamente—. Recordemos que la enseñanza de la anatomía en los países anglosajones —a diferencia de la costumbre usual en Francia— sigue siendo (y lo era por cierto en la época de Freud) tributaria del latín en lo que se refería a todos los términos téc - nicos. Como resultado de esto, el lenguaje ordinario heredó algu- nas de esas palabras, salvo por supuesto que el lenguaje de bajo fondo no haya suplido las reticencias y los tabúes sexu ales. Si bien en francés se dice "penis" —o, mucho más raramente, con cierta nota de pedantería: "phallus" (por supuesto que en un lenguaje corriente, ni técnico ni psicoanalítico)—, en cambio no se dispone de ningún término latino que sea la contrapartida de
gland. Sobre todo en inglés —y menos en alemán (existe Eichel) — glans fue adoptado de la misma manera en que el francés adoptó
"penis". Figura en los respectivos diccionarios de esas lenguas, cuando éstos son suficientemente completos.
No olvidemos —y Freud lo confirma desde el comienzo (6)— que todo el asunto está nucleado fundamentalmente al- rededor del paso de una lengua a otra, lo cual presupone la tra-
ducción: de hecho, aquí al pasar de una fórmula a otra sólo el
término "nariz" sufre una traducción, mientras que el desliza- miento se produce por obra de una homonimia (falsos -amigos).
Tales relaciones de traducción constituyen el fetiche; sería imposible separarlas de éste. Sus distorsiones lo componen y lo ponen en acción.
El hecho de que se trate de una palabra latina no tiene que determinar que se descarte a priori su incidencia en esos efectos: precisamente por las razones que hemos expuesto, es decir su presencia significante en el lenguaje, cualquiera que sea pues para el sujeto en cuestión la época y la edad en que el fetiche
se dice. Sin embargo —subrayemos esto — Freud no sólo no pro-
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nuncia la palabra (glans; palabra a la cual cultural y médicamente podía resultar sensible). sino que deliberadamente deja en pe- numbras la relación detallada del fetiche con el pene materno.
La palabra, ocultada, y sin embargo en su porte sonoro, fonemá- tico, de significante, presente y circulante entre las lenguas, se sustrae, a diferencia del objeto fetiche que por su parte perma- nece fijo con respecto a las palabras que le corresponden y que sufren una traducción patente (nose: nase).
A partir de esta perspectiva se iluminan las vinculaciones sintag- máticas de las fórmulas en inglés y en alemán.
Glance at the nose: la mirada a la nariz. En esta fórmula se
encuentra resumida toda la dialéctica referente a la mirada del
fetichismo.1 Se conoce la importancia del hecho de que el fetiche
sea visto, puesto al alcance de los sentidos, que entre dentro del campo visual. Ahora bien, la mirada que intercambian dos per-_ sonas (la madre y el hijo, en este caso) funda una reciprocidad en un pestañear, un vistazo: la mirada en los ojos puede ser sólo el control de esa reciprocidad; lo intercambiado resulta ser de idéntica naturaleza, como por obra de un efecto de espejo que
ambos ojos sostienen, percibidos en una sola mirada. Fuera de
las palabras, el acuerdo —incluso cuando meramente se interroga por él— es sostenido de esa manera. Para que la nariz entre dentro del campo de ese intercambio, la mirada tiene que sufrir una leve desviación, un deslizamiento imperceptible hacia ella, sin que no obstante haya necesidad de apartar motrizmente los ojos; así un objeto que por su parte no mira, único, resulta intro- ducido —ya estaba allí— dentro del circuito. Siempre cabe pre- sumir que esa leve separación se produce en el otro. La recipro- cidad persiste, aunque a través de un desvío que pasa por el objeto "introducido". La nariz es algo cuya visión está autorizada, a diferencia del sexo. Permanece en el intercambio: como objeto,
es "arropado" con las miradas.
Es el testigo que, en el mismo instante en que se lo ve, es visto igualmente —recíprocamente— por la mirada del otro, aque- llo que uno mismo no podría ver, en la medida en que la madre
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1
Cf. "Généalogie des perversions", en nuestros Essais sur le symbolique, Gallimard, París, 1969, p. 273.
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(el otro) está preocupada por su objeto fálico. El alcance general de la fórmula sería éste: se puede ver lo que se ve y lo que permanece invisible. Y por medio de la reciprocidad uno se ase- gura de que eso es visto, desde el mismo ángulo. El desarrollo debería presentarse así: el "ver ser visto" se transforma en "verse viendo", con anterioridad a lo que enseguida vamos a considerar: "verse viendo aquello que no podría ver", "aquello que no podría verse", "que se ve".
Otra vez hay que subrayar la incidencia de la secuencia in- glesa (glance), es decir de la mirada atrapada dentro del aura materna. Esto permite dar un sentido cabal a la reciprocidad: ésta pasa por encima de toda diferencia y también por encima de la diferencia de los sexos; deja entender una oscura comuni- dad, ese pene virtual, al margen, y el cual —para ser verificado visualmente en su existencia— tendría que romper el espejismo narcisista de las miradas. La nariz constituye ese objeto inter- medio, no disimulado, común, que puede permanecer dentro de ese mismo campo por medio de una leve vacilación que no consu- ma la ruptura de la mirada.
Con la etapa ulterior del Glanz auf der Nase, vinculado a las ilusiones de la traducción, el objeto se afirma en su indepen- dencia; es afectado por una cualidad, el brillo en la nariz. Esta cualidad tiene una función precisa. Ese "brillo" anuda con ma- yor fuerza la relación entre la mirada y el pene. En efecto: si bien por parte del objeto no cabe esperar ninguna mirada, si bien ésta parece abolida, como en una especie de liberación del feti- chista, el efecto no deja de evocar al espejo: no obstante, el ob- jeto que brilla no refleja una imagen exacta sino una luz concen- trada, foco que parece irradiar a partir de sí mismo; no está habi- tado por una imagen pero conserva la virtud vicariante en relación con una mirada que ya no es del todo la mirada de los dos pro- tagonistas anteriores, puesto que uno está ausente y el otro (el sujeto mismo) no puede en rigor de la palabra mirarse; ese brillo se convierte en una cualidad autónoma, bruta, "sin pensamiento", "sin juicio", resplandor material solitario que, sin embargo, queda a merced —y sigue siendo el vector— de una posible mirada anó-
nima, inasible y siempre implicada (digamos, en este caso, el padre fálico).
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Otro rasgo de ese brillo tiene que ser mostrado todavía, en la medida en que aparece claramente en una cantidad de objetos fetiche. El calzado, que es posible hacer brillar, el "en- cerado", el impermeable o el preservativo y. por último, el propio
espejo, cuya importancia nunca resulta exagerada con respecto
a las exhibiciones solitarias: todos esos objetos conservan —mien- tras siguen siendo velos que disimulan— esa cualidad de ser superficies lisas, que reflejan, que devuelven, y sobre todo la de ser impenetrables. Piénsese en el hecho de que el espejo es un objeto fetiche por excelencia: se oculta a sí mismo, porque cuan- to mejor refleja más se hace olvidar, y si parece ahuecarse con las imágenes que recoge, lo hace en realidad para disimular mejor su superficie de objeto infranqueable, no desflorada; re- chaza sin ceder, por más que produzca la ilusión de recibir una impronta o de abrirse; de aquí deriva —junto con otras razones— la fascinación que ejerce.
Por consiguiente, es preciso retomar la indicación de hace un momento, relativa a la palabra ocultada, y encontrar en el
glande mismo, en el órgano, el brillo inicial del tegumento, pero
precisamente alcanzado en la cima de la erección, al aparecer fuera de toda envoltura. Detengámonos en este punto para se- ñalar de qué manera el fetichista está obligado a encontrar ese espejo —que es testimonio del espejo de su deseo— como el de una potencia que obedeciera estrictamente a los menores impul- sos, a los menores estallidos del deseo, como el de una voluntad sin obstáculos. Los objetos más opacos, los más sucios, tienen siempre la facultad —demostrada de manera más patente por cuanto se impone a contrario— de un brillo que sólo existe y que sólo surge a partir del único atractivo que le confiere su papel de fetiche. Por consiguiente, el brillo del glande sólo sería el signo visible del deseo, en el punto culminante del placer, tanto más extremo por cuanto es sostenido por un objeto, por mera atracción y aparición en el órgano. Y Freud señala bien esta fuerza que tiene carácter de decreto: "podía otorgar a su
antojo (10) ese brillo", y agrega: ese brillo "que los demás no podían
percibir" ( 1 1 ) , como para ponerlo al abrigo de todo examen, de toda influencia, para hacer resaltar su potencia de decreto. Se materializa la confrontación entre el pene y el objeto en el juego de la erección y en la expansión mental que afecta
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al objeto fetiche entre su máximo de poder sexual y su desaparición mínima, su "menos de objeto" sexual, como una huida en perspectiva. Por consiguiente —
destaquémoslo también en este nivel—. para que todo esto pueda realizarse es importante que el objeto llegue a desvanecerse, a sustraerse en su disminución metonímica, no sólo al final del guión, sino virtualmente desde su comienzo en posición de "renegación" permanente.
Se habrá advertido que la distancia tomada con respecto a la mirada del otro se refiere principalmente a la madre. Pero también por el brillo queda una huella de
una mirada que, en esa distancia misma, suscita la
referencia a la autoridad independiente (del padre) y, al mismo tiempo, o más bien como consecuencia del placer
obtenido, persigue su destitución.2 La mirada anónima,
reflejada o fijada en el brillo del objeto, recogida, objetivada, sigue el destino del fetiche: el destino que con- siste en tener que volverse opaca cuando pierde su potencia erótica fascinante.
Habiendo llegado a este punto es preciso que examinemos con cuidado el papel peculiar que desempeña la traducción. Esta es posible por el hecho de que lo que separa a las lenguas reside en la circunstancia de que los elementos homófonos tienen diferente significación, y por el hecho de que, inversamente, unidades diferentes tienen el mismo sentido. En el ejemplo que nos interesa, la
transposición se realiza (la transposición de glance a glanz) subrayando precisamente la homofonía, a partir de