CAPÍTULO 3: Una incursión en la Teoría
3. El Fin de la historia o el triunfo de la pospolítica
Luego de la derrota del “enemigo comunista” y de la caída de la órbita del socialismo real, Francis Fukuyama propuso el “fin de la Historia” y, por lo
72 Sin duda este punto se aleja significativamente de la teoría esbozada por Schmitt en tanto que el reconocimiento al adversario, planteado por Mouffe, supone dejar de lado el fundamento en el que se apoya lo político: la capacidad de eliminar físicamente al enemigo.
tanto, un futuro sin historia donde la democracia liberal y el capitalismo democrático habían triunfado definitivamente. Fukuyama con este triunfo definitivo pretendía colocar al régimen triunfante, como el devenir de la Historia y la Razón, y así quedaba a salvo de la contingencia.
El fin propuesto por Fukuyama no solamente era el fin de la historia, sino el fin de lo político tal y como lo entiende Mouffe. Fukuyama plantea el fin de la disputa de lo político, el fin de la disputa por ver quiénes son los que establecerán la objetividad de lo social sobre la cual se desarrollará la disputa política. Al igual que el ideal post-revolucionario del marxismo, el fin de la historia de Fukuyama plantea la disolución de lo político en la vida social: aquel gracias al triunfo de la clase obrera; ésta por el triunfo de la burguesía transnacional.
Pero como se sabe, el poder no desaparece de las relaciones sociales: tan sólo se esconde, o mejor dicho se hace menos evidente. Según Mouffe,
“...todo orden es político y está basado en alguna forma de exclusión. Siempre existen otras posibilidades que han sido reprimidas y que pueden reactivarse. Las prácticas
articulatorias73 a través de las cuales se establece un determinado orden y se fija el sentido de las instituciones sociales son ‘prácticas hegemónicas’.” (Mouffe, 2007: 25).
La propuesta de Fukuyama en realidad buscó desaparecer las huellas del poder, o mejor dicho del proyecto hegemónico que había resultado triunfante en 1991. A partir de ese momento la hegemonía del pensamiento liberal fue incontestable, no sólo por el descrédito del marxismo, sino por la derrota de los llamados socialismos reales.
La victoria del liberalismo, y por lo tanto el desplazamiento tensional entre democracia y liberalismo, impulsó a un gran número de autores a plantear la existencia de una democracia y de una política sin adversarios: había terminado la política concebida como una relación conflictiva.
“Para los liberales un adversario es simplemente un competidor. El campo de la política constituye para ellos un terreno neutral en el cual los diferentes grupos compiten por ocupar las posiciones de poder; [...] No cuestionan la hegemonía dominante, y no hay una intención de transformar profundamente las relaciones de poder.” (Mouffe, 2007: 28)
Si se asume que el “progreso” se transformó en el nuevo mecanismo de legitimación del régimen republicano es posible entender la “democracia sin
73 Las prácticas articulatorias consisten en la conformación de cadenas de igualación de significantes. Extraída del marco de la teoría del lenguaje y llevada al de la teoría política, esto equivale a afirmar que a través de la acción política se puede “conectar” una serie de luchas y movimientos sociales para la conformación de un bloque hegemónico. Así por ejemplo, la articulación entre feministas e indígenas se produce a partir de la construcción de un discurso político que permita igualar y colocar en una misma perspectiva ambas luchas (Laclau y Mouffe, 2004)
adversarios” a la que hace referencia Mouffe. A principios de los noventa, como muchas otras cosas, la noción de progreso se volvió privativa de un grupo, y se convirtió en una palabra unívoca74.
Si en el terreno político la idea del adversario es desechada por el enfoque postpolítico, en el terreno de la sociedad la noción de una reconciliación total entre todos los intereses que existen en ella se torna no solamente deseable; sino posible. De esta manera, la idea un espacio social constituido a partir de un conflicto constituyente es desechada.
En conclusión a partir de la década de los noventa entonces, la democracia es una democracia sin adversarios. Tanto la llamada democracia deliberativa, como la tercera vía plantearán el fin del conflicto (y por lo tanto la posibilidad de un consenso sin exclusiones) como elemento central en la constitución de lo social. En el primer caso -el de las democracias deliberativas- el elemento dialógico reemplaza al poder como factor estructurante de lo político La comunidad de habla reemplaza al contrato lockiano; con esto desplaza al antagonismo como elemento central en la constitución de lo social. En este enfoque la política deja de ser un proceso estructurado inicialmente en torno a las relaciones de poder y pasa a serlo a
74 Para comprobar la validez de esta hipótesis nada más sugerente que el “consenso” que se obtuvo en 1989 y que se conoció luego como Consenso de Washington: todo lo que un país tenía que hacer si quería progresar.
partir de las capacidades dialógicas de los ciudadanos. Subraya así las capacidades racionales de los individuos, señalando al diálogo como el elemento fundamental para alcanzar una serie de consensos que se ubican en el terreno de la moral y que buscan señalarse como trascendentes. Disuelve el vínculo que une su momento de emergencia a un momento político.
Pero como señala Grüner respecto a la filosofía política de Hanah Arendt,
“…hay un intento de recuperación de la filosofía política como aquella búsqueda del bien superior. Su noción [refiriéndose a Hanah Arendt] pre-habermasiana (y también prefoucaultiana) de un poder concebido ‘desde abajo’ como ‘acción comunicativa’, de una intersubjetividad autónoma que conforma una comunidad de hablantes libres y un espacio público no deformado ni pervertido [resulta] por momentos, peligrosamente al borde de la ingenuidad: son [pues] los momentos en que su apasionamiento humanista la hacen retroceder a la tradición contractualista del derecho natural -no es otra cosa la noción hipotética de un ‘consenso’ logrado por el ‘acuerdo’ en el seno de la enigmática ‘comunidad de habla’-: como si no supiéramos que todo ‘contrato’ es, entre otras cosas, la expresión de una relación de fuerzas donde siempre hay vencedores y vencidos.” (Grüner, 1997: 45-6)
Se podría afirmar que con sus planteos Arendt descarta toda la corriente “realista” de la política, que va desde Maquiavelo y Hobbes, pasando por Hegel y Marx. Por su parte, Habermas y Rawls son expresiones contemporáneas de estos intentos por superar los antagonismos y fundar en una relación armónica las demandas de libertad e igualdad. Mientras que Habermas subraya el diseño de un procedimiento dialógico que permita la emergencia de los consensos, Rawls destaca el componente racional del proceso deliberativo y la
posibilidad de establecer un velo sobre las creencias previas que permita un consenso racional y por lo tanto justo. El mecanismo de exclusión opera entonces a partir del señalamiento del carácter irracional de las propuestas que no pueden ser absorbidas en el nuevo Consenso. En este caso la identidad del adversario político no se asume como legítima. Para Mouffe, “(n)o hay dudas de que las soluciones que proponen son distintas, pero comparten la creencia de que a través de los adecuados procedimientos deliberativos debería ser posible superar el conflicto entre los derechos individuales y las libertades por un lado, y las demandas de igualdad y participación popular, por otro.” (Mouffe, 2003: 25)
“Presentar las instituciones de la democracia liberal como el resultado de una racionalidad puramente deliberativa es reificarlas y convertirlas en algo imposible de transformar. Es negar el hecho de que, al igual que cualquier otro régimen, la moderna democracia pluralista constituye un sistema de relaciones de poder, y hacer de la puesta en cuestión de estas formas de poder algo ilegítimo.” (Mouffe, 2003: 25)
El segundo caso, la llamada Tercera Vía, es desarrollado por el sociólogo Anthony Giddens. Éste, luego de un balance, concluye que nos encontramos en una sociedad post-tradicional atravesada por desacuerdos, los cuales pueden ser superados mediante el diálogo y la educación. Para Giddens este tipo de sociedades no tiene inscrito en su origen contradicciones fundamentales; en resumen ya no está marcada por la lucha de clases. En realidad el concepto mismo de clase entraría en crisis en este esquema, siendo reemplazada por “estilos de vida” (Mouffe, 2007: 65). El Estado en este tipo de
sociedad se conceptualiza como un Estado sin enemigos. Dichos Estados, luego del fin de la bipolaridad ya no se enfrentan a enemigos sino a peligros (Mouffe, 2007: 65).
En ninguno de estos modelos existiría el momento de institución de las identidades políticas, en tanto no se establece un nosotros/ellos que permita la construcción de éstas. Sin embargo, esta pretendida inclusión total no es tal, en tanto “la racionalidad” es requisito indispensable para que una propuesta sea considerada en el debate.
Tanto la “democracia deliberativa”, como la llamada “Tercera Vía” se inscriben en esto que Mouffe denomina una visión “pospolítica”. Llamaremos post-política a la visión que desarrolla el fin de los antagonismos como elementos constitutivos de lo social, que plantean la posibilidad de consensos que incluyan al conjunto de la comunidad; un consenso sin exclusiones.
CONCLUSIONES
Al inicio afirmamos que la izquierda ha sido incapaz de redefinir una identidad política o un perfil propio ante sí misma, ante el país, y ante el electorado. Ahora podríamos decir que dicha afirmación sólo parcialmente cierta, pues mientras algunos grupos mantuvieron algunos de los ejes de su identidad previa, otros grupos intelectuales propusieron nuevas identidades para la izquierda. De esta manera, lo que tendríamos es una tensión entre aquellos grupos de izquierda que decidieron mantener una identidad anclada en el marxismo-leninismo y otros grupos que decidieron desplegar elementos vinculados a una tradición liberal.
Pese a estas diferencias, ambos contingentes marcharon juntos a lo largo de la década de los 80. Sin embargo, luego de la ruptura de IU producida a inicios del año 1989 y el posterior fracaso electoral de la izquierda en sus dos versiones -IU y AS- al año siguiente las voluntades unitarias se fueron diluyendo.
En general se puede afirmar que aquellos que optaron por desarrollar una nueva identidad política (los ejemplos del PDS y Lynch), privilegiaron en ella aquello que hemos denominado un enfoque postpolítico. Este último se expresa a través de varias de las categorías utilizadas para la formulación de estas nuevas identidades. Sin embargo, hemos decidido agruparlas en torno a dos temas: a) la política y la democracia; y b) el sujeto político.
Respecto a la política y la democracia.
La década de los años ochenta representó para la izquierda un momento de incorporación del tema de la democracia en su discurso. Sin embargo, las consecuencias últimas de dicha incorporación no son asumidas en su totalidad porque la lucha armada y la revolución (esta última entendida como asalto al poder) siguió siendo el horizonte principal para un importante contingente de la izquierda. La democracia fue percibida como un espacio transitorio de acumulación de fuerzas, y no un escenario estable donde se debía desarrollar un juego nuevo. Paulatinamente la izquierda quedó “atrapada” entre un escenario electoral y un discurso revolucionario.
El problema de la democracia adquiriría múltiples significados a lo largo de las discusiones desarrolladas al interior de los grupos de izquierda durante
esos años. Algunas veces la discusión sobre la democracia derivará en debates sobre la ampliación de la participación de la población en el ejercicio del poder. Otras veces hará referencia al funcionamiento de instituciones para el ejercicio del poder generadas desde la propia población. Algunas otras veces hará referencia más bien al funcionamiento interno de los partidos de izquierda, cuestionando las pautas de organización leninistas. Sin embargo, hay un elemento que es central y que aparece escasamente reflexionado cuando se habla del problema de la democracia: cómo se establecen las relaciones con otros actores políticos o como plantea Bobbio (2007a) como es que se produce la gestión del poder. En este punto, o simplemente se repite las consignas del periodo anterior75 -dictadura del proletariado- o se problematizan las relaciones al interior del “bloque popular”. Sin embargo, el desarrollo de una política (en el marco de una democracia) obliga también a pensar la relación que se establece con aquellos actores políticos antagónicos; sin embargo, esta reflexión no aparece.
Esfuerzos realizados desde la propia izquierda -como el de “los zorros” o el de aquellos que fundaron Acuerdo Socialista- por conceptualizar un modelo democrático que recuperara del marxismo la noción de conflicto y contradicción, no prosperaron. Ante la ola que supuso el neoliberalismo y el experimento autoritario fujimorista, la izquierda renunció a esta posibilidad y pasó a moverse dentro de los marcos definidos por la postpolítica
Se debe notar sin embargo, que la dificultad de adaptación a la democracia no es privativa de la izquierda. Si no pensemos en el golpe del 5 de abril de 1992, orquestado por las FFAA, la gran burguesía nacional y la tecnocracia neoliberal 76. La “lealtad” que tanto se le exige hasta hoy a la izquierda no es reclamada con la misma fuerza y énfasis a quienes decidieron concentrar en el ejecutivo todo el poder del Estado. El “orden establecido” dispone de la violencia a través de las instituciones encargadas de su ejercicio legítimo las FF.AA. Es por esta razón que el problema de la violencia se plantea de manera distinta para quienes disponen del “orden establecido” y para quienes no. No se trata entonces que unos, a diferencia de otros no se planteen el problema, sino que este aparece de maneras distinta en cada una de las reflexiones.
Lo sucedido a finales de los años ochenta a nivel mundial con la caída del “socialismo real” y el comunismo soviético; y en el país lo ocurrido con Sendero Luminoso y el fracaso de IU abrían una serie de posibilidades para la redefinición de la izquierda. Como señala Mouffe,
“Los sucesos de 1989 deberían haber sido la ocasión para una redefinición de la izquierda, liberada ahora del peso muerto representado previamente por el sistema comunista. Existía la oportunidad real para una profundización del proyecto democrático, porque al haberse disuelto las fronteras políticas tradicionales, podrían haber sido rediseñadas de un modo mas progresista. (...) Aunque sin duda fue importante para la izquierda admitir la importancia del pluralismo y de las instituciones 76 No se de olvidar las reuniones que sostuvieron Fujimori y los principales dueños de los medios de comunicación y el apoyo de los principales gremios empresariales.
políticas democráticas liberales, esto no debería haber significado abandonar todo intento de transformar el orden hegemónico actual y aceptar la visión según la cuál ‘las sociedades democráticas liberales realmente existentes’ representan el fin de la historia.” (Mouffe, 2007: 38)
Si como Lynch afirma Izquierda Unida supuso “…un momento de desarrollo orgánico mas no ideológico de la izquierda…” (entrevista personal); sería adecuado afirmar que la crisis orgánica de la izquierda pone de manifiesto también su bloqueo ideológico. Como señala acertadamente Gonzáles, en el tránsito de las concepciones revolucionarias y de partidos de cuadros -que prevalecieron durante los años 70- hacia el escenario democrático y del frente revolucionario de masas, las izquierdas no fueron capaces de solucionar varios problemas.
“Cómo ser socialista en democracia, cómo combinar igualdad y libertad, cómo conciliar la democracia sustantiva con la democracia formal, cómo entender la existencia de los ‘otros’ en tanto adversarios y no enemigos, cómo construir y mantener una identidad socialista al mismo tiempo que ganar la aceptación de la sociedad global fueron problemas presentes en sus reflexiones, aunque no totalmente resueltos. Es más, puedo
plantear, a manera de hipótesis, que dicho propósito fracasó, en gran parte por ser un esfuerzo tardío.” (Gonzales, 1999: 21; las negritas son mías)
Ya sin una organización y un tejido social que le diera soporte, la reflexión sobre la política y la democracia en la izquierda se diluyó ante la oleada neoliberal. La reflexión de la democracia, planteada desde algunas de
las coordenadas del socialismo, llega muy tarde77. Como afirma Rochabrún, “… la izquierda asumió la democracia a partir de su debilitamiento ideológico. No la valoró marxistamente, como resultado de la lucha de clases, sino desde el liberalismo triunfante bajo cuyas banderas ingresó al Estado.” (Rochabrún, 2007: 402)
Esta falta de valorización de la democracia desde el marxismo como reclama Rochabrún, puede deberse en parte al carácter tardío de dicha reflexión. La cual se produce en un contexto de reflujo de la izquierda como fuerza política, y en un retroceso del marxismo como tradición política hegemónica (incluso al interior de la propia izquierda peruana).
De esta manera, el no plantear un modelo agonista de democracia que tomara al conflicto como elemento constituyente impide a la izquierda hacerse de una nueva identidad política. Este vacío es, según nuestra opinión, uno de los problemas centrales de la izquierda actual.
77 En este punto resulta interesante recoger las afirmaciones de Saravia:
“Dentro de la izquierda peruana de la década del 80-90 existieron diversas tendencias políticas, cada una de las cuales con un discurso político propio. Esta es también una de las razones por las que el discurso de la izquierda en esta época no se renovara totalmente y fuera ambiguo. […] En la diversidad de discursos políticos de la izquierda, se puede encontrar algunos que revalorizaron verdaderamente la democracia y reconceptualizaron a la política y a las prácticas políticas, y otros que recogieron gran parte del discurso anterior donde la democracia no era un concepto central. Ambos discursos tuvieron que ceder en algunas de sus posiciones centrales para poder elaborar un discurso de la izquierda en su conjunto lo cual la llevó a que los distintos partidos y movimientos integrantes de la izquierda no sintieran como suyo el discurso oficial de la misma y, salvo ocasiones excepcionales, difundieran cada uno sus propias concepciones.” (Saravia, 1991, 35-6)
Para la socióloga sería más bien la transacción producida entre un discurso más radical y otro más reformista lo que le habría desdibujado el discurso de la izquierda. En tanto el discurso resultante no obedecía a ninguno de los partidos, no sería plenamente asumido por ninguno.
En este punto conviene traer a colación nuevamente el texto de Saravia, donde son dos los elementos claves de la renovación teórica exigida por la autora. Por un lado, el papel central del consenso en la construcción política; y por otro la posibilidad (y la necesidad) del pluralismo político. Creemos que el énfasis en estos dos elementos desplaza al conflicto como piedra de toque sobre la cual construir una nueva identidad política de la izquierda. Y sitúa en el centro de la nueva identidad propuesta al consenso. La política ya no se trata fundamentalmente de fuerzas políticas (podríamos decir identidades) enfrentadas de manera conflictiva; sino de fuerzas políticas cuyo fin permanente es el logro de sucesivos consensos.
Así, mientras algunos sectores de la izquierda atrapados en modelos consensualistas, son incapaces de construir una identidad, otros se encuentran afincados en perspectivas teóricas que no empatan con el momento actual de