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La final hostería

In document La última tentación de López Velarde (página 30-33)

La muerte del poeta se sucede de un modo extraño. Su deceso por una neumonía y pleuresía, según el acta de defunción, se lo habría ocasionado su ligera vestimenta en una noche gélida. El poeta mue- re el 19 de junio de 1921, de modo que el mal debió afectarlo a fina- les de mayo o principios de junio, sólo que en esa época del año, en la Ciudad de México, las noches y las madrugadas suelen ser tem- pladas. Quien relata la escena, su amigo Jesús B. González, señala que él portaba “un grueso gabán y con bufanda, y él [López Velar- de] sin abrigo”. ¿Bufanda a finales de mayo o a principios del sexto mes del año? Eso podría suceder en diciembre o en enero, y no siempre, pero no en la temporada a la que se alude, en la que la tem- peratura suele oscilar entre los 8 y 12 grados centígrados.

Los hechos, sin embargo, pudieron darse de otra manera. Arturo Arnáiz y Freg afirma que fue Rafael Heliodoro Vallequien acompa- ñaba al poeta “la noche gélida en la que el poeta pescó la pulmonía fulminante que lo llevó a la tumba”.68 El caso es que su enfermedad

pareciera ser ocasionada, más bien, en una noche fría de invierno (lo que descartaría su carácter “fulminante”), de modo que el mal se le habría agravado en el transcurso de la primera mitad del año 1921. El desenlace, sin embargo, muy difícilmente puede explicarse a partir de la sola afectación respiratoria. Pudo aparecer la neumo- nía, sí, pero como consecuencia de otro mal que lo hiciera presa de aquél. La hipótesis de Guillermo Sheridan, acerca de una posible sí- filis contraída, resulta plausible.69 No es complicado, dentro del

mapa de sus analogías, de manera lateral, como todo tema en su poesía, descubrir los rastros y rostros de la enfermedad. En este

68 Véase, “López Velarde y la pequeña propiedad”, en G. Appendini, op. cit., p.

29.

69 Sheridan cita los versos de “El perro de San Roque”, “he besado mil bocas,

pero besé diez frentes”, para aludir a la rauda concupiscencia del poeta. Sin embargo, hay que decir que López Velarde rara vez dice sin ambages, y sí con eufemismos, lo que dice. “Mil” no es mil, pues es una palabra lánguida, breve, sin mucha fuerza y es éste su sentido. Cuando Rubén Darío, digamos, escribe (“A Margarita Debayle”): “y luego hace desfilar / cuatrocientos elefantes / a la orilla de la mar”, explicaba Tomás Segovia, se escucha el retumbar de las cuatrocientas bestias, y son más que mil. Véa- se Guillermo Sheridan, “Sobre la muerte de López Velarde”, en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/sobre-la-muerte- de-lopez-velarde--0/html/dfc5b033-08b6-40a4-a635-ebc531957a02_5.html#I_0_. [Consulta: 23 de julio de 2013.]

caso, Venus, en su eufemística, se refiere a lo venéreo, y es motivo de preocupación, por sus consecuencias fatales, desde su primer li- bro:

Y aunque el alma atónita se queda con las venustidades tentadoras a las que dan el fruto de su industria los gusanos de seda […]70

”Las venustidades tentadoras” son las de “talles zalameros”, algu- nas de ellas enfermas, que hacían el ritmo de las horas en las carre- telas de Madero (y alimentaban la industria de los “gusanos de seda”). De haberse precipitado el mal a lo largo de la primera mitad del año de su muerte, querría decir que, entre otros poemas y ensa- yos, habría desarrollado, o al menos concluido, “La suave Patria” en plena agonía, pues la termina el 21 de abril (lo mismo puede de- cirse de “Novedad de la patria”). Es presumible que su meditación habría girado alrededor del dilema de si combatir con fuerza la en- fermedad, lo que pareciera factible, o abandonarse a la suerte de Afrodita. Algunas de sus últimas líneas apuntan hacia esta percep- ción de su agonía:

Corazón que en fatigas de vivir vas a nado y que estás florecido, como está la cadera de Venus, y ceniciento cual la madera en que grabó su puño de ánima el condenado:71

En esa lucha, iniciada tiempo atrás, la tentación del poeta pareciera la de dejarse morir. Muerte que se anhela con la misma fuerza con que se quiere el reencuentro con la amada. No obstante, se desea una muerte que deje indemne la entereza de su cuerpo:

Señor, Dios mío; no vayas a querer desfigurar mi pobre cuerpo, pasajero más que la espuma del mar.72

70 “Poema de vejez y de amor” (SD), p. 153. 71 “Mi villa” (SC), p. 256.

Un cuerpo intacto ante la muerte y sin una larga agonía, Ni me des enfermedad larga

en mi carne, que fue la carga de la nave de los hechizos [...]

Mas con el pie en el estribo imploro rápida agonía en mi final hostería.73

El poeta cumplió treinta y tres años tres días antes de su muerte, de modo que el poema “Treinta y tres” debió escribirlo también en ese estado de postración. En el registro de sus creencias, no es difícil ver como un precioso augurio la coincidencia, quizá deseada, de su deceso a la “edad del Cristo azul”. Pero no por sentir hacia la vida alguna clase de reproche, pues para ella tiene “un solo calificativo: el de formidable”, sino porque, como señala en “Obra maestra”: “... el albedrío de negar la vida es casi divino”.74

Su infortunio en el juego y en el amor, el deber hasta el traje que viste y la muerte de tantos amigos, la de Madero mismo y de Satur- nino Herrán, el deceso de la amada y el rechazo de la “dama de la capital”, podrían haber hecho de él un hombre rencoroso hacia la vida y hacia Dios, pero no: se trata de un hombre fiel y ya por ello admirable. Para la patria sólo hay gratitud y la viste con un traje for- midable, en medio de su agonía, y con ella imagina un amor incon- mensurable y afortunado como, quizás, no lo tuvo con ninguna de las mujeres a las que amó. Y para con la vida no tiene más que agra- decimientos:

Uno es mi fruto: vivir en el cogollo de cada minuto.75

Y es así porque siente que su vida se dirige toda hacia ese destino prodigioso y coincidente con su libre albedrío, en un juego de cartas y de fichas. Pues el arcano final de la vida es poder definir cuándo ha de concluir la propia y hacer de ello algo “casi divino”, conse-

73 Ibíd., pp. 249-250. 74 “Obra maestra” (M), p. 279. 75 “Todo...” (Z), p. 224.

cuencia de su peculiar panteísmo con el que alimenta el numen al que llegaba en sus diarias meditaciones.

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