Pocos discuten hoy la opinión de que el carácter se forma en virtud de influencias exteriores a nosotros, como el ambiente del hogar, el del colegio, la pobreza, la riqueza, la propaganda a que uno vive sometido y la vecindad en que se cría. Este criterio, si se lleva a su extremo, conduce a la destrucción del sentido de la responsabilidad, y no debe olvidarse que la responsabilidad es la característica de la libertad. Las influencias que nos rodean condicionan, pero no determinan el carácter. Nuestro Señor puso el dedo en la llaga al decir: “De los corazones de los hombres parten sus malvados designios y sus pecados de adulterio, fornicación, asesinato, robo, codicia, malicia, engaño, lascivia, envidia, blasfemia, soberbia y locura. Todos esos males nacen de dentro y hacen inmundo a un hombre”.
El corazón es el cuño que se imprime en la vida humana; el yunque en que se forjan hábitos y rutinas; el timón que conduce el avión de la vida. Sir Walter Scott dijo una vez a su yerno Lockhart: “No aprenderemos a sentir y respetar nuestra vocación y destino hasta que se nos enseñe a considerarlo todo como mera luz de luna que refleja lo que nos depara la educación del corazón”.
La reforma de la conducta externa y el hallazgo de ambiente adecuado es esencial y así nos lo ordena la ley civil. Pero ello realmente sólo se refiere a los efectos y no con las causas; la reforma social es sólo superficial y equivale a cortar la parte alta de un yerbajo cuyas raíces se dejan intactas. Muchos intentos de reforma social para resolver problemas, como la delincuencia juvenil, cambiando de ambiente, se limitan a construir más piscinas y más salas de baile. Una de las dificultades con que tropieza la reforma social es que nunca empieza a operar hasta que las cosas están muy mal. Mientras el pueblo no sea incitado a levantarse contra los abusos, no apoyará la legislación social. Recuérdese que todos
los crímenes contra la sociedad se fundan en ideas falsas y malvadas, y mientras éstas no se alteren, no se alterará la sociedad. Un león no se vuelve manso porque se le encierre en una jaula y a un caballo salvaje no se le desbrava porque se le pongan bridas y estribos.
Sólo en un sentido limitado es verdad que las circunstancias hacen al hombre, porque esto no pasa de ser así más que hasta la extensión que el hombre lo permite. No tanto influye lo exterior en lo íntimo como lo íntimo en lo exterior. Si el depósito está limpio, todos los conductos que afluyan a él han de ser puros. El mal tiene sus raíces en el corazón. “El hombre es como piensa su corazón.” Las estalactitas de las cavernas ofrecen un perfecto ejemplo de cómo se forman los hábitos en virtud de los pensamientos. El agua de la superficie de la tierra penetra por suelo y rocas, llevando un ligero sedimento. Las gotas que caen hasta el suelo de la caverna forman una concreción de materia y, poco a poco, se convierte en una columna de piedra. Similarmente, si los pensamientos, deseos v resoluciones del corazón llevan en sí un depósito de nuestros pensamientos y decisiones más íntimos, y éstos son malos, no tardarán en construir fuertes pilares de malos hábitos. Lo mismo ocurre, al revés, cuando los sentimientos son buenos, santos y puros.
Si las cosas que nos agradan forman nuestro carácter, la vida puede quedar inoculada, pero sólo si el corazón es impuro. Las palabras salen de los pensamientos como las avecillas de los huevos. Y si la voluntad da combustible a los malos pensamientos, se ejecutan verdaderas transgresiones. A nadie que lleve un cubo de agua enfangada en la mano se le creerá si afirma que la recogió en una fuente cristalina. El corazón es el centro de la vida, el trono donde la virilidad se asienta y reina; mientras el subconsciente retiene los pensamientos y deseos del corazón que no se tradujeron en actos. El mal no es un ladrón que irrumpe en nuestra casa, sino un inquilino a quien la casa ha sido arrendada. Si guardamos el corazón limpio y a Dios con él, cambiaremos por ese hecho el ambiente que nos rodea.
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MEMORIA
La memoria es uno de los factores que más descuida la educación moderna. En las generaciones pasadas, los niños tenían que aprender de memoria poesías, verbos irregulares y fechas históricas importantes; así sucede aún en muchas escuelas de Europa. Acaso el menospreciar la memoria se deba a la moderna tendencia de rebajar cuanto sea esfuerzo, disciplina y educación. Pero es terrorífico el castigo consecuente, como saben los hombres de negocios cuando buscan una mecanógrafa con buena ortografía.
Dios ha bendecido a algunos concediéndoles notables facultades de retentiva. Se dice que Temístocles sabía de memoria los nombres de veinte mil ciudadanos de Atenas. La Historia consigna que Ciro conocía los nombres de todos los soldados de su ejército. Por su parte, Aristóteles indica que los hombres de tan vivida memoria para los detalles, no suelen tener buen juicio. Ello puede deberse a que la memoria, al apilar demasiado de prisa los pormenores, tal vez destruya las ideas abstractas que definen lo esencial.
Lord Bacon y Coleridge sostenían que lo que se graba bien en la memoria, no se olvida nunca. Esto lo evidencian las personas que en la ancianidad, al evocar los recuerdos de su niñez, extraen de los almacenes de su memoria nombres, lugares e incidentes con precisión tan extrema, que hace tornar a vivir el pasado. Así como los antiguos palimpsestos ocultan bajo el polvo que los cubre sus superpuestos escritos, análogamente la memoria guarda cuanto hemos visto, oído, dicho y hecho. El hoy es el producto de nuestro ayer y lo presente equivale a la cosecha de lo pasado. Los fragmentos de nuestra memoria son como islas momentáneamente no comunicadas, pero que pueden formar un todo continuo si deseamos el agua del mar que las baña.
Oculto por el poder retentivo de la memoria puede hallarse el fundamento del que será juicio definitivo sobre nuestra persona, porque ¿qué es la memoria sino una autobiografía infalible? Así como al fin del día el hombre de negocios halla en el libro de caja indicación de todos sus créditos y débitos, al acabar la vida la memoria nos dará indicación de cómo seremos juzgados. Coleridge comenta: “'Quizá sea ése el temido libro del juicio, en cuyos misteriosos jeroglíficos están anotadas todas las palabras ociosas. En la misma naturaleza del espíritu viviente puede estar dispuesto que cielo y tierra decreten que un solo acto, un solo pensamiento se desprendan de la viva concatenación de las causas a todos cuyos eslabones, conscientes o inconscientes, el libre albedrío, que vale por nuestro propio y absoluto ser, es coextensivo y está presente”.
La memoria es fuente de infelicidad para muchas personas de hoy, y de aquí sus intentos para ahogar sus recuerdos en alcohol. ¿Qué explicación tiene la gran cantidad de pastillas somníferas que consume el público americano? Se ha calculado que en Norteamérica se venden las suficientes para hacer dormir a cada persona veintidós noches por año, o insensibilizar a nueve millones de gentes las trescientas sesenta y cinco noches del año. Sin duda parte de ese medicamento es necesario para aliviar dolores, pero muchas veces se usa con el fin de “olvidar” o “despreocuparse de las cosas”. La memoria tiene la peculiar facilidad de introducirse en nuestra conciencia sin aviso previo, sin permiso. A veces, cuanto más ingratos son los recuerdos y más procuramos olvidarlos, más de repente aparecen y con más vividez relampaguean ante nuestros ojos. Es un hecho psicológico que, cuanto más teme el ánimo una cosa, más surge ésta del pasado, como un fantasma, para torturarnos. Recordamos mejor lo que más odiamos y tememos y procuramos impedir que se presente a nuestra mente. No me extraña que Lady Macbeth reflexionase: “¿Qué puede hacerse para arrancar de la mente una congoja profundamente arraigada?”.
A la gente le hace ingerir soporíferos lo mismo que la lleva a tenderse en los divanes de los psicoanalistas: el deseo de huir de algo desagradable, que no logra borrar de su mente y es a menudo culpable. Señalamos estos tristes hechos para recordar a los atormentados por temores y ansiedades que hay un remedio distinto a las tabletas narcóticas y es el de enfrentarnos conscientemente con nuestras culpas y procurar el perdón de Dios. También se puede llevar buena vida sin pretender olvidar nuestros yerros.