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Parte I. Los ingenieros en España

Capítulo 2 La formación de los ingenieros

A finales del siglo XVIII, España contaba con un modelo de formación de ingenieros institucionalizado dentro de las estructuras del Ejército que destacaba por el lugar prominente otorgado a las matemáticas. Este modelo, que se fue desarrollando desde el siglo XVII, se acabó convirtiendo en un punto de referencia para los establecimientos civiles creados dentro de la administración en el periodo entre 1770 y 1830. No obstante, como se podrá observar en la sección ¿Esferas separadas, conocimientos semejantes?, los primeros centros civiles no se pueden entender como meras traducciones de este modelo al ámbito civil, ya que su análisis revela que otras nociones y otros modelos de transmisión de conocimiento desempeñaron un papel clave en la definición de la formación de los ingenieros civiles.

Las escuelas especiales de ingenieros fueron organizadas con el objetivo de formar empleados facultativos para los distintos ramos de administración técnica, lo que implicaba una serie de rasgos que se analizarán en la sección La consolidación y las transformaciones. A mediados del siglo XIX, las autoridades públicas promovieron la fundación de las escuelas técnicas cuyo propósito era ante todo nutrir el sector privado, es decir, formar ingenieros-profesionales. Estas dos maneras de entender la ingeniería, a la vez complementarias y rivales, estaban vinculadas a centros de formación, que, como observaremos en esta segunda sección, compartían sus principales rasgos, como el ser de carácter superior y tecnocientífico, en ambos casos acabaron atrayendo a alumnos con aspiraciones de élite socio-profesional. Esta confluencia contribuyó a que en la segunda mitad del siglo XIX quedara firmemente establecido en la ingeniería española un sistema credencial, en el que la formación certificada constituía para los hombres españoles la base del reconocimiento profesional como ingenieros.

La última sección, Enseñanza: los contenidos, las fuentes, los hombres, dedicada a los contenidos y a la organización de la enseñanza en las escuelas especiales, se centra en tres grandes cuestiones. En primer lugar analizaré cómo fueron definidos los contenidos de la formación y qué grandes tendencias se pueden observar a lo largo de la época, examinando la posibilidad de aplicar la teoría de la deriva académica tal como la plantea Jonathan Harwood al caso de las escuelas de ingeniería españolas. La cuestión de los modelos extranjeros y su apropiación constituye un tema inevitable cuando hablamos de la formación de ingenieros en el siglo XIX. Por último, me fijaré

en la organización de la enseñanza y en las medidas de disciplina, planteando hipótesis sobre las escuelas especiales como lugares de construcción de la identidad de ingeniero y sobre el papel de los procedimientos de selección y evaluación en la legitimación de la figura del ingeniero dentro y fuera del aparato administrativo.

1. ¿Esferas separadas, conocimientos semejantes?

Uno de los rasgos principales de la configuración de la ingeniería moderna en España es el papel decisivo de la instrucción formal y el peso en ésta de las ciencias, sobre todo las matemáticas. A comienzos de la época aquí estudiada, es decir, en el último tercio del siglo XVIII, existía en España un vínculo institucional consolidado entre la ingeniería y la educación formal de marcado carácter científico, como era la Academia de matemáticas de Barcelona, que nutría el cuerpo de los ingenieros militares. Este vínculo se reprodujo asimismo en la escuela de los ingenieros de marina, creada en 1772. Por otra parte, se empezaron a fraguar en la Península Ibérica y en Nueva España (México) centros de formación de carácter civil vinculados a la minería, que se iban a convertir en las bases para las futuras escuelas de ingenieros de minas.

En España, la ingeniería había adquirido un marco institucional militar en la primera mitad del siglo XVIII a través de la creación del Real Cuerpo de ingenieros del Ejército y de las academias militares. El cuerpo de ingenieros militares fue organizado entre 1710 y 1712 por el Ingeniero General J. P. Verboom a partir de un núcleo de hombres procedentes de Flandes.1 Verboom insistió en numerosas ocasiones en que

para obtener la patente de ingeniero –la condición previa a la incorporación en el cuerpo- los aspirantes deberían superar un examen que verificara los conocimientos adquiridos a través de la práctica, del estudio individual y/o del aprendizaje al lado de un experto ingeniero. No fue, sin embargo, hasta la consolidación de la Academia de matemáticas en Barcelona durante la tercera década del siglo XVIII cuando la formación estandarizada pudo proporcionar un corpus uniforme de conocimientos a los miembros del cuerpo.2 Finalmente se abrieron tres academias militares de matemáticas:

1 Los hombres originarios de la Península Ibérica representaron una minoría en las décadas iniciales de

la existencia del cuerpo. SHM, Escalilla del Real Cuerpo de Ingenieros, 1726 y 1733. Como muestra Horacio Capel, el cuerpo de ingenieros militares creado hace unas décadas en Francia representó un importante punto de referencia. Los grados de la carrera de ingeniero se asemejaban a los grados de los oficiales del ejército. Podían integrarse en el cuerpo aquellos que ostentaban la patente de ingeniero. Horacio Capel, Joan Eugeni Sánchez y Omar Moncada, De Palas a Minerva. La formación

científica y la estructura institucional de los ingenieros militares en el siglo XVIII, Serbal/CSIC,

Barcelona/Madrid, 1988, 28-29.

2 Las academias de matemáticas, de fortificaciones y de artillería tenían una larga tradición en el

Imperio de los Austrias. Sin embargo, la trayectoria, el grado de consolidación y la eficacia de estas

en Barcelona (fundada en 1716, abierta en 1720), en Orán (1732) y en Ceuta (1739). Estas academias estaban a cargo del cuerpo de ingenieros, pero se encargaron de instruir no solamente a los aspirantes a ingeniero, sino también a los cadetes y oficiales destinados a servir en distintos tipos de unidades militares. Asimismo, en 1717 fue creada la escuela de los cadetes guardiamarinas en Cádiz que proporcionaba una formación comparable a los oficiales de la Armada (el Cuerpo de ingenieros de la Marina no se fundó hasta 1770).

Las academias militares, al convertirse el paso por ellas en una vía privilegiada para el ingreso al Real Cuerpo de ingenieros (sin llegar a ser una condición sine qua non hasta el primer tercio del siglo XIX), contribuyeron de forma decisiva a consolidar la relación de la ingeniería con el estudio de las matemáticas, en concreto las matemáticas mixtas, combinación de la teoría con la resolución de problemas prácticos.3

Este vínculo entre la ingeniería y la formación en las matemáticas no es tan obvio como podría parecer. ¿Qué decía entonces un nivel alto de conocimientos en matemáticas de la capacidad para ser un buen ingeniero? Según la investigación de Ken Alder, los conocimientos teóricos de matemáticas habían ayudado muy poco o nada a los ingenieros-artilleros franceses a conseguir mejor puntería en el campo de batalla.4 Sin

entrar en el debate sobre las ventajas que ofrece a largo plazo el análisis matemático para la resolución más rápida, económica o sistemática de los problemas de la construcción, quisiera subrayar que no es aquélla la única manera posible de enfocar el trabajo del ingeniero. En otros contextos culturales podemos encontrar ejemplos de la configuración de una ingeniería pujante y exitosa alrededor de unas prácticas basadas en la observación y en el experimento, sin utilizar los técnicos más que unos cálculos

instituciones era extremadamente desigual. A finales del siglo XVII se produjo cierta formalización y estandarización en la transmisión del bagaje tecnocientífico, al establecerse en el seno de los ejércitos imperiales la costumbre de enviar a los hombres de talento a la Academia real y militar del exercito

de los Payses-Baxos, fundada en 1671 (existe cierta polémica alrededor de esta fecha), para que se

formaran en matemáticas y en el arte de la fortificación. De este modo complementarían la experiencia adquirida a través de la práctica al lado de un experto ingeniero, siendo éste a menudo un pariente del aprendiz. El título de ingeniero ordinario no era otorgado al finalizar los estudios en la academia, sino después de someterse a un examen por otro ingeniero y ser ratificado por una patente real. Después de la pérdida de los Países Bajos, los hombres vinculados con aquella institución de enseñanza, una de las pioneras a nivel europeo, desempeñaron un papel decisivo en la reconfiguración de la ingeniería militar en la España peninsular. Las primeras dos décadas del siglo XVIII destacaron por los intentos de organizar uno o más establecimientos en la península ibérica que pudiera cumplir un papel parecido a la Academia de Bruselas. Josy Muller, “Les ingenieurs militaires dans les pays- bas espagnols (1500-1715)”, Revue International d’Histoire Militaire, Bruselas, 20 (1959), 467-478 ; Horacio Capel, Joan Eugeni Sánchez y Omar Moncada, De Palas a Minerva…, 96-103.

3 Para la relación entre la academia y el ingreso en el cuerpo, véase Horacio Capel, Joan Eugeni

Sánchez y Omar Moncada, De Palas a Minerva…, 272.

4 Ken Alder, “French Engineers Become Professionals…,” 115.

básicos.5 Analizando el papel de la introducción sistemática de la teoría matemática en

la formación de los ingenieros militares españoles hay que fijarse, por lo tanto, en otros aspectos de la cuestión.

En primer lugar, la formación en las matemáticas mixtas constituye una apuesta por un tipo de saber distinto de las disciplinas tradicionales vinculadas con la universidad, que se vieron sometidas a fuertes críticas – por especulativas y poco prácticas - a partir del siglo XVII, y la vez alejado de la práctica artesanal, una ocupación considerada, como afirma Alder, como inapropiada para hombres de cierto estatus como eran los oficiales del ejército. Este nuevo tipo de saber resultaba especialmente propicio para moldear a las personas destinadas al servicio del soberano en general, y al servicio militar en particular, ya que -a la vez que desarrollaba en los alumnos un pensamiento orientado hacia la resolución de problemas- fomentaba la capacidad de autocontrol, cumpliendo así la función disciplinaria.6

En segundo lugar surge la cuestión del estatus. ¿Podría la instrucción en matemáticas suponer una forma de dotar de estatus a los ingenieros del Ejército, al formalizar su vínculo con la ciencia? ¿O era, al contrario, el rango de oficial de los hombres de ciencia y su “genio marcial” lo que contribuyó en España hacer de la tecnociencia una ocupación digna de caballeros? Estas preguntas no tienen una respuesta simple y, desgraciadamente, examinar en detalle la dinámica entre la ciencia, el rango militar y el estatus en el siglo XVIII excedería los límites de este trabajo. Horacio Capel muestra cómo en la primera mitad del siglo XVIII, el perfil científico del ingeniero podía resultar incluso perjudicial en algunos círculos castrenses que apreciaban ante todo a los oficiales curtidos a pie del cañón y que veían con sospecha a los cadetes que querían ingresar en las academias.7 No obstante, conforme iba

avanzando el siglo, la ciencia en general, y las matemáticas en concreto, se convirtieron en una manera cada vez más reconocida de aprehender, interpretar y transformar el mundo.8 El énfasis en la formación científica permitía introducir criterios “objetivos” de

definir y medir el mérito: un concepto que fue ganando importancia en el discurso legitimador de las élites vinculadas con el servicio al rey. De este modo, el creciente

5 Monte A. Calvert, The Mechanical Engineer in America: Professional Cultures in Conflict, The

Johns Hopkins Press, Baltimore, 1967; Eda Kranakis, Constructing a Bridge….

6 Ken Alder, “French Engineers Become Professionals….”

7 Capel cita el testimonio en este sentido de Andrés de los Cobos (año 1733) en Horacio Capel, Joan

Eugeni Sánchez y Omar Moncada, De Palas a Minerva…, 112.

8 Sobre el interés creciente entre las élites por las matemáticas y sobre el prestigio de las mismas en la

segunda mitad del siglo XVIII, véase Leoncio López-Ocón, Breve historia de la ciencia…, 147-155.

peso de la formación científica podría interpretarse dentro del proceso de redefinición de la noción de la nobleza hacia una visión que combinaba el mérito con la alcurnia. Según ésta, los nobles disfrutaban de un estatus privilegiado porque, por su sangre, estaban especialmente dotados de honor y de otras capacidades que les hacían merecedores de su posición destacada.9 A la vez, estas capacidades se hacían visibles y

quedaban confirmadas a través de una serie de muestras/pruebas, por ejemplo, la proeza militar y la capacidad de mando. De esta forma, ciertas ocupaciones como la carrera de oficial podían ser a la vez un dominio exclusivo de los nobles y una manera de demostrar, legitimar y reafirmar la nobleza.10 En el caso concreto de los ingenieros

militares españoles, la preocupación por la nobleza de los aspirantes fue intermitente a lo largo del siglo XVIII. Por una parte, la selección de los miembros del cuerpo entre “nobles u hombres que podían igualarlos” se consideraba clave “para hacer el cuerpo más ilustre”.11 Por otra parte, la capacidad demostrada a través de exámenes de ingreso

y de otras muestras de conocimiento científico y de su aplicación eficaz en el arte de la guerra, podía abrir a los “plebeyos” no solamente la entrada al cuerpo, sino también al ennoblecimiento por mérito. Así se tensaban y a la vez confirmaban los límites del orden establecido, al postularse la hidalguía como algo deseable, como un premio raramente concedido. La investigación de Capel, Sánchez y Moncada indica que conforme iba creciendo el prestigio del cuerpo, la tendencia de admitir sólo a los nobles fue en aumento y se cerraba el espacio para el ascenso social.12

En general, las matemáticas acabaron cumpliendo en el siglo XVIII varias funciones en la construcción de un perfil adecuado del ingeniero. Primero, dotaron a los

9 Con respecto a este tipo de mito social en los siglos XVI y XVII, Arlette Jouanna habla de una

auténtica teoría biológica de “carácteres adquiridos”. Según la autora, este mito social cumplía dos funciones: además de asegurar la preeminencia de los linajes nobles individuales, dotaba “a los órdenes de los que éstos formaban parte de una personalidad a la vez biológica, moral y social; haciendo así (de los nobles) unos tipos socio-naturales, unos seres míticos”. Arlette Jouanna, Ordre

social, Mythes et hiérarchies dans la France du XVIe siècle, Hachette, París, 1977, 39-41 y 49.

Desarrollado en: Robert A. Nye, Masculinity and Male Codes of Honor in Modern France, Oxford University Press, Nueva York/Oxford, 1993, 20-21.

10 María Dolores Herrero se acerca a esta dinámica desde un punto de vista distinto, desde la razón de

Estado: “Es una contradicción sólo aparente que los Borbones iniciadores de una política de potenciación del trabajo en términos generales...establecían el requisito de pruebas de nobleza en el ejército....no fue una norma discriminatoria con respecto a los individuos de otras clases sociales. Era simplemente el camino que eligieron en su política de rehabilitación de la milicia: renovar los cuadros de la oficialidad con jóvenes de nobleza española que recibían una instrucción de élite, tanto científica como militar. El origen distinguido aseguraría el éxito de la empresa y permitiría contar con unos oficiales instruidos en nuevas ciencias y técnicas, y, en último término, la modernización del ejército dieciochesco...” María Dolores Herrero Fernández-Quesada, La enseñanza militar ilustrada. El Real

Colegio de Artillería de Segovia, Academia de Artillería de Segovia, Segovia, 1990, 106.

11 Proyecto de reforma del cuerpo, por el conde de Robelin, ingeniero director en Zamora, citado en

Horacio Capel, Joan Eugeni Sánchez y Omar Moncada, De Palas a Minerva…, 52.

12 Horacio Capel, Joan Eugeni Sánchez y Omar Moncada, De Palas a Minerva…, 154

ingenieros de unos conocimientos teóricos y prácticos que les permitieron consolidar su carácter de facultativos -expertos al servicio del rey-. Segundo, sirvieron para homogeneizar e imponer disciplina a los alumnos y desarrollar en ellos un tipo de pensamiento orientado a resolver problemas. Tercero, junto con el rango de oficial puede que hayan contribuido a crear y naturalizar un perfil de élite para los ingenieros. En las siguientes partes de este capítulo se podrá apreciar cómo se fue transformando el papel de las matemáticas y de otras ciencias a lo largo de la época estudiada.

Hasta el último tercio del siglo XVIII, los gobernantes optaron por emplear a los ingenieros militares también en tareas que por aquel entonces estaban empezando a ser percibidas de forma claramente diferenciadas de lo militar, como civiles (la construcción y el mantenimiento de infraestructuras como carreteras, puentes o canales). No obstante, hacia finales de siglo los reformistas ilustrados interiorizaron el discurso que pregonaba las virtudes de una administración con competencias claramente definidas y distribuidas racionalmente, y plantearon la necesidad de disponer de facultativos civiles instruidos que sirvieran de herramientas eficaces para las nuevas políticas intervencionistas de la monarquía administrativa. Los argumentos sobre la formación específica (sobre todo en hidráulica) y sobre la dedicación exclusiva fueron empleados en favor de la creación de un cuerpo civil de ingenieros que se dedicase a las obras hidráulicas y a la construcción y mantenimiento de los puentes y calzadas, de la misma manera que en la vecina Francia. La enseñanza minera tomó forma con la creación de la academia de Almadén, debida sobre todo a la iniciativa de los técnicos alemanes y de los pensionados españoles en Centroeuropa, alejados de las jerarquías militares. En general, la separación de los campos de acción se estaba acentuando, aunque a lo largo del siglo XIX los ingenieros militares no desistieron en su empeño de participar en las tareas no-bélicas, conservando materias como arquitectura civil en el currículum de la Academia, o defendiendo como tarea militar el reconocimiento geográfico del territorio y la elaboración de mapas.

La formación de los técnicos civiles se caracterizó en el periodo entre 1770 y 1830 por la búsqueda de definición. Aunque acabaría consolidándose el vínculo entre la formación tecnocientífica y las ingenierías civiles, hay que constatar que este perfil no necesariamente había estado previsto por las autoridades que impulsaron la creación de los nuevos organismos. Como indican algunos documentos y fechas, la instrucción formal y/o teórica no se consideraba necesaria para los facultativos de menor rango, eventualmente se suponía que la educación formal debería tener una orientación

claramente práctica. En este punto cabe destacar el papel de los hombres de ciencia vinculados a estas nuevas instituciones, que desplegaron todas las herramientas a su alcance para consolidar la instrucción formal y teórica como marco distintivo de los nuevos facultativos.13 Por ejemplo, Betancourt y López de Peñalver defendieron en su

Memoria de 1791 la creación de una escuela adscrita al cuerpo de ingenieros, estableciendo la solvencia en matemáticas como criterio de admisión en ella. La importancia de las matemáticas en su descripción de las cualidades que debía reunir el director de caminos sólo revela la percepción de éstas como una herramienta para manejar y aplicar todo el tipo de conocimientos especializados, sino que apunta hacia la intención de crear un perfil social de ingeniero-hombre de élite, en el que se verían satisfechas las aspiraciones de personas como Betancourt y López de Peñalver:

[debe]...haber hecho un estudio sólido de geometría y trigonometría, con sus aplicaciones a la práctica; saber el uso de los mejores instrumentos para levantar los planos; medir distancias y alturas; nivelar un terreno; calcular con facilidad y exactitud los desmontes y terraplenes; delinear y lavar un plano, para poder representar un proyecto con

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