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formas de movilización ciudadana

In document FINAL Comunicacion en Mutacion (página 78-80)

Una nueva versión del tecno-optimismo resurgió en análisis recientes del digi- activismo en relación a la “primavera” árabe, los “indignados” en España, el movimiento “Ocupar” en los Estados Unidos, la movilización “paraguas” en Hong Kong, y otros casos.

El argumento principal es que Internet y particularmente los “medios sociales” ofrecen oportunidades únicas y sin precedentes para la participación ciudadana y el desafío a los poderes económicos y políticos (Benkler 2006; Howard and Hussain 2013; Zuckerman 2014). Clay Shirky (2008), uno de los voceros más reconocidos de esta posición, argumenta que los costos de la participación disminuyen gracias a las ventajas del diseño de las tecnologías digitales que permiten formas eficientes de coordinación colectiva y aceleran la movilización ciudadana. El diseño de las plataformas digitales, permite fácilmente formar cualquier grupo por cualquier causa. Basta consultar el sitio change.org y otros similares para comprobar que efectivamente el cambio social para estar no más allá de un simple click. Se puede organizar, donar, apoyar, firmar, enviar, compartir en apoyo de diversas formas de cambio social. La movilización ya no precisa las organizaciones tradicionales sino que puede ser coordinada rápidamente sin depender de vínculos organizacionales establecidos o procedimientos burocráticos.

Un rasgo notable de este argumento es la conclusión sobre el triunfo inexorable de la horizontalidad, idea montada sobre la premisa que la estructura de la “red de redes” es abierta y tiene múltiples entradas en comparación con los viejos medios, jerárquicos y verticales. Esto explica porque algunos movimientos sociales recientes carezcan de líderes visibles y tengan una estructura en forma de mosaico a diferencia de sus predecesores. La horizontalidad permite el surgimiento permanente de movimiento espontáneos, “flash mobs” políticos que circunvalan organizaciones tradicionales y emergen imprevistamente eludiendo procedimientos convencionales.

Las tecnologías digitales precipitan nuevas formas de organización. Si los movimientos sociales tradicionales precisaban organizaciones estables y consolidadas como iglesias, sindicatos, asociaciones cívicas, el digi-activismo señala el surgimiento de “organizaciones sin organizaciones”, formas de auto-organización que serían admiradas por las viejas tradiciones anarquistas y socialistas de autogestión. Lo

digital señala una redistribución del poder ya que disminuye las desigualdades de oportunidades para participación. Si la participación demandaba recursos (dinero y tiempo) y organizaciones y los obstáculos eran significativos, el aplanamiento de las estructuras de participación ilumina un nuevo escenario democrático. Las redes digitales catapultan al ciudadano común al centro de la política. El activista digital produce contenidos virales y desdeña tanto del saber de expertos y profesionales de la política como el periodismo institucionalizado y anquilosado en estructuras vetustas de la vieja política de elite. No existen líderes en el sentido tradicional. Los liderazgos son fluidos, líquidos o están simplemente ausentes en estructuras que desafían el pensamiento clásico piramidal del activismo.

Desde esta premisa, se traza una línea entre movimientos alrededor del mundo, surgidos en contextos diferentes, con demandas diferentes, y en circunstancias diferentes. Protestas en Estanbul, Nueva York, Madrid, Hong Kong y Cairo son interpretadas como actualizaciones empíricas del mismo supuesto teórico – nuevas formas de hacer política facilitada por la tecnología digital (Tufekci y Wilson 2012; van Stekelenburg 2014).

Estas protestas inspiran rótulos como la “revolución Facebook” o “Twitter” para denominar la movilización ciudadana. Tales etiquetas son dignas de los departamentos de relaciones públicas y comunicación de ambas empresas, ansiosas de mostrarse como abanderadas del progreso ciudadano y la democracia global, más que explotadoras del trabajo gratuito de millones o compañías extractivas de la privacidad personal.

Así como las barricadas callejeras del 68 eran filtradas por una óptica revolucionaria, las redes digitales son vistas como la encarnación de una revolución democrática. Si la clase obrera, los estudiantes, los campesinos, la burguesía nacional, los militares populares y otros actores acaparaban simpatías y esperanzas revolucionarias en el pasado, el tecno-optimismo actual piensa las redes digitales como actor redentor de la política. Los nuevos talismanes son los hashtags de Twitter, los seguidores de Facebook, las imágenes de Instagram. Tanto las ideas de participación como revolución son vaciadas de contenidos, y banalizadas (Cammaerts 2013). No sorprende la sentencia pronunciada por un asesor senior de Hillary Clinton quien denominó a Internet “el Che Guevara del siglo veintiuno”, observación que exhibe una ignorancia notable tanto de Guevara como de las contribuciones de “Internet” para la acción política (Halliday 2011).

El romanticismo digital se refleja en frases supuestamente ocurrentes (“La revolución

será tuiteada”) pero analíticamente inocentes (¿hay alguna chance que la revolución

no sea tuiteada considerando que absolutamente todo es material de Twitter?). Preguntarse si la revolución o la política será feisbukeada o tuiteada es preguntar lo obvio sin tener relevancia teórica significativa. Se cae en lugares comunes como erigir a los “medios sociales” en los nuevos tambores de la comunicación popular

LA COMUNICACIÓN EN MUTACIÓN

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que circulan evitando las garras de la propaganda oficial. Se bastardiza y simplifican términos complejos como cambio social, revolución, movimientos sociales, y participación ciudadana.

Pocos años después que esta nueva versión del tecno-optimismo dominara el análisis comunicacional de la última oleada de protestas y transiciones políticas, sus limitaciones son evidentes aun para explicar lo que (no) ocurrió en diferentes contextos.

Concluir que la “primavera árabe” fue producto del digi-activismo es desconocer dinámicas profundas que explican la caída y resurgencia de regímenes autoritarios. Tanto optimismo fue equivocado según sugieren estudios recientes sobre los cambios ocurridos desde el 2011. La euforia participativa en la Plaza Tahir fue un breve episodio considerando que Egipto tuvo un regreso autoritario con el restablecimiento de un régimen militar acusado de represión y cercenamiento de las libertades públicas (Fadel 2014). El invierno árabe concitó menos esperanzas digitales que la temporaria primavera política. El cambio político requiere otras condiciones además de la relativa facilidad para la organización social y política a través de redes digitales.

Dudas similares sobre la efectividad y el impacto de otros movimientos son legítimas en otros casos. Las protestas “digitales” en Irán y China no parecen haber modificado sustancialmente dinámicas políticas o haber logrado sus principales demandas. Tanto uno como otro régimen se mantienen incólumes y se las han ingeniado para acallar el activismo digital a través del hackeo y la censura.

El movimiento Ocupar en Estados Unidos atrajo enorme atención, pero años después no es claro que haya obtenido mayores éxitos. No hay duda que colocó ciertos temas, principalmente el tema de la inequidad social, en la agenda de medios, pero no fue suficiente para modificar la agenda política o impulsar transformaciones de fondo. Tales magros resultados no son sorprendentes para cualquiera que entiende la complejidad de la política norteamericana y la excesiva influencia de poderes económicos sobre el poder político. Para modificar políticas responsables por la creciente desigualdad social y el despellejamiento del estado de bienestar se precisan más que intensas movilizaciones públicas. El movimiento Ocupar careció de vínculos orgánicos y duraderos con la clase política que en última instancia podría dar pasos para revertir décadas de reaccionarismo social. Al eludir cualquier tipo de “insider politics”, quizás por estrategia, obstáculos, desconexión de la política estatal, o absoluta desconfianza en la política convencional, sus logros fueron escasos.

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