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Fragmentos de algunas de mis novelas

In document El sol sale por el Oeste. Isabel Keats (página 197-200)

Los príncipes solo viven en los cuentos —Espera. ¿Puedes hacerme un favor?

Ella se giró con desgana.

—No soy muy de favores, la verdad.

—Es solo... ¿puedo ducharme en tu casa? Últimamente las duchas del gimnasio no están demasiado limpias.

Rolo reprimió una mueca al escucharse a sí mismo lanzar piedras contra su propio tejado.

—No invito a desconocidos a mi casa.

«¿Nunca?» estuvo a punto de preguntar él, lleno de curiosidad, pero se detuvo a tiempo.

—Caramba, rubia, no soy un desconocido. —No me llames rubia.

—Caramba, Taty, soy tu entrenador personal. Las cejas rubias se fruncieron un poco.

—Tampoco me gusta que me llames Taty, con tantas confianzas. Rolo puso los brazos en jarras y preguntó sarcástico:

—¿Pretendes que te llame señorita...? Ni siquiera sé tu apellido. — Decidió que sería mejor no esperar su respuesta, así que añadió a toda prisa —: No tardo nada, te lo prometo. Ni siquiera usaré tu gel ni tu champú; en mi bolsa tengo todo lo que necesito.

Pero ella todavía no estaba muy convencida.

—Y ¿si resulta que eres un violador? No parece que te muevas en las mejores compañías.

—Oye, sin faltar —replicó con gesto ofendido—. De sisar alguna cosilla de vez en cuando a violar a una mujer van unos cuantos pueblos.

Tatiana movió la cabeza con resignación.

—Creo que me estoy volviendo una blanda. Anda, sube, pero —lo apuntó con el índice— no te acostumbres.

Rolo la siguió al interior del edificio, feliz de haber logrado salirse con la suya por una vez. Tatiana quien, como de costumbre, estaba hablando por el móvil, abrió la puerta del tercero derecha y le hizo un gesto para que pasara. Rolo obedeció y miró a su alrededor con curiosidad. Sin embargo, no le dio tiempo a apreciar los detalles porque la conversación telefónica atrajo toda su atención.

—¿Que me acabas de ver? ¿En una moto? Sí, era yo. —...

—¿Un tío buenísimo? Qué exagerada eres. Más bien un tipo con pinta de palurdo.

«Será cabrona» se dijo Rolo, que la seguía de cerca muy atento a la conversación.

—...

—Pues no sé qué decirte. Ya veo que la mezcla de David Gandy y Paco Martinez Soria tiene su público.

«Cabrona, más que cabrona». Rolo apretó los puños. Y pensar que hacía unos minutos había creído que estaba enamorado de semejante arpía.

—Te dejo, Cris, que tengo que ducharme. Hasta luego.

Te quiero, baby

India se vio obligada a corregir los modales de su pupilo unas cuantas veces ―desde enseñarle a coger bien los cubiertos, a impedir que, en un par de ocasiones, se llevara el cuchillo a la boca y lo lamiera―, pero aquel hombretón, cándido y apacible, aceptó sus constructivas reprimendas con deportividad y sin ofenderse lo más mínimo. Lo que más le estaba costando, sin embargo, era quitarle esa irritante manía que tenía de llamarla baby a todas horas, así que lo intentó una vez más.

―Raff, no soy tu baby, ni tu cari, ni tu churri, ni tu chatina. Cuando te dirijas a mí llámame por mi nombre de pila, por favor. A las mujeres nos agrada saber que el hombre que tenemos al lado es capaz de diferenciar en compañía de quién está. Estoy convencida de que conoces un montón de babies y, te lo aseguro, a nadie le gusta sentirse parte de una masa impersonal.

Te odio, pero bésame

―Seguro que te alegras de que la Mantis haya recibido por fin su merecido, ¿verdad? Apuesto a que te estás partiendo de risa solo de pensar que ahora mis posibilidades de tener una familia se alejan más y más.

―Uno: no me estoy riendo. Y dos: no veo por qué.

Pero Candela no estaba en disposición de iniciar un debate racional. ―Puedo sentir... sentirlo per... perfectamente ―incapaz de controlarlas, las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, una detrás de otra―. Está cla... claro que te... te sientes muy fe... feliz.

Sin decir una palabra, Lucas alargó los brazos y la estrechó con fuerza contra su pecho, pero ella estaba tan inmersa en su tragedia particular que ni siquiera protestó. Con la mejilla apoyada sobre el anorak oscuro siguió balbuceando frases sin sentido:

―Nu... nunca tendré hijos pro... propios. Solo se... seré la tía solterona de los... los de India y... de... de los tuyos, por... porque cla... claro está que aunque te... te odie, a ellos ta... también les haré rega... regalos en sus cum... cumpleaños. Los po... pobres no ti... tienen la culpa de... tener un padre como... como tú.

Con la mejilla apoyada sobre su llamativo gorro de lana, Lucas reprimió una sonrisa y siguió acariciando con suavidad los cortos cabellos que escapaban por debajo, hasta que, por fin, Candela apoyó las palmas de las manos contra su pecho y se apartó de él.

Mi tramposa favorita —Y ahora, ¿qué ocurre?

—Se me acaba de ocurrir una idea espantosa. —Venga, anda, dímela —rogó él.

Pero ella estaba muy seria y sus ojos tenían una mirada de reproche cuando preguntó a quemarropa:

—¿Te has enamorado de mí?

De nuevo, los dientes blancos relampaguearon en una sonrisa burlona y Bruno contestó sin inmutarse:

—Qué entretenida resultas, Daniela.

Al ver su actitud despreocupada, Dani exhaló el aire que había estado conteniendo hasta entonces, sintiendo un profundo alivio.

—¡Uf, menudo susto! Bueno, tenía que preguntarlo, no me negarás que tu ofrecimiento resulta un tanto sospechoso.

—¿Eso es un «sí» al préstamo?

—En realidad es un «no». Te lo agradezco mucho pero, por ahora, no necesito pedirte dinero prestado a pesar de las magníficas condiciones que me ofreces.

—No seas cabezota, Daniela. —Notó que había logrado irritarlo y eso la alegró.

—¿Podríamos hablar de otra cosa que no fuera mi economía, por favor? A este paso, estos magníficos tagliatelle me van a producir indigestión.

Me vuelves loco

—Vete extendiendo la manta mientras yo enciendo el fuego.

Lo malo era que aquello era mucho más fácil de decir que de hacer. Sin dejar de jurar entre dientes, froté la quinta cerilla contra la lija, pero la puñetera brisa marina la apagó también.

—¡Jo... demonios! En las pelis que tu dices resulta mucho más sencillo encender un fuego.

—Déjame a mí.

—Ni hablar, esto es cosa de hombres.

Ali puso los ojos en blanco, un gesto irritante al que era muy aficionada, pero el maravilloso espectáculo de la luna llena y la profusión de estrellas que moteaban el cielo bastaron para que recuperase la calma, al menos en apariencia.

—¡Cojones, me he quemado! —Me soplé la punta del pulgar, frenético. —A este paso va a amanecer antes de que hayas encendido una llama raquítica. Claro que si pudieras prender una fogata a base de decir palabrotas seguro que ganabas un concurso. ¿Me dejas a mí?

Me molestó un montón aquel tonillo de paciencia infinita.

—¡Vale, listilla, inténtalo tú! —Le lancé la caja de cerillas en el regazo y me crucé de brazos con una sonrisa de superioridad en los labios, dispuesto a

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