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FRANK EL REBELDE

In document Anne Givaudan - La Ruptura-De Contrato (página 67-75)

“PUEDE ASISTIR HASTA EL INFINITO A SUS MUERTES Y A SUS NACIMIENTOS SIN HABER VISTO NADA,´ AQUEL QUE NO ACEPTA MORIR PARA SI MISMO” - Camino de ese Tiempo “Mi historia es banal y no merece grandes discursos aunque se que puede ayudar a más de uno”.

Esta manera muy directa y sin preámbulos será la que mantendrá Frank durante nuestro encuentro.

Este chico, más bien pequeño, con pelo lacio y aplastado y con gafas de cristales gruesos me da la sensación de estar cara a un intelectual de los años ochenta.

“Es un poco la realidad, dice mirándome con un aire divertido. En efecto, he aceptado contar mi historia cuando al fin he comprendido que mi revolución no era la que creía. No tengo ninguna excusa y no vengo aquí para justificarme.

Nací rebelde y no tengo vergüenza de decirlo. Ya en el vientre de mi madre me revolví como si quisiera hacer marcha atrás. Me lo ha dicho ella, quejándose de todos los sufrimientos que había pasado durante el parto por mi causa.

Mis padres me querían, sin más. Mi padre era un personaje rudo y bueno que había empezado como obrero en una oficina y que había “sabido salir bien”. Había tomado cursos por la noche y se había convertido en un contratista de albañilería. Estaba fuera muy a menudo y raramente se quejaba.

Mi madre, una intelectual que no sabía nada de limpieza ni de nada que concerniese a la casa, no tenía ningún sentido práctico y fumaba todo el día, a veces porros, mientras leía las últimas noticias internacionales o escuchaba la radio. Estaba al corriente de todo lo que concernía a la política y lo social y las conversaciones que tenía con sus amigos no carecían de interés. Con ellos, rehacía el mundo a su manera y únicamente en su cabeza. Fuera de eso, en la casa reinaba un perfecto desorden, lo que molestaba a mi padre que gruñía que la casa no estaba mejor que una de sus obras.

Eramos tres. Mi hermano y mi hermana mayores, de tres y cinco años eran de otro padre que no había dejado dirección. Para mi padre, no había diferencia. Subvenía a las necesidades de todos. Por lo demás, crecíamos solos y habíamos aprendido a desenvolvernos en todo lo que nos concernía. El contenido del refrigerador apaciguaba nuestro hambre. En casa, nadie preparaba la comida. Mi padre no tenía tiempo, mi madre consideraba que era someterse a una tarea degradante y de menosprecio para la Mujer. En cuanto a nosotros, no sabíamos nada pues nadie se había tomado la molestia de enseñarnos las bases de lo que podía constituir un plato. En nuestras jóvenes cabezas, apreciábamos la libertad de la que nuestros compañeros de clase estaban privados y entre los que a menudo suscitábamos la envidia. Nos guardábamos muy mucho de decir que nosotros también hubiéramos querido ser un poco más importantes a los ojos de nuestros padres”.

Un niño se pelea en el patio del colegio de parvulario y la institutriz tiene dificultad para retenerlo. Lo sujeta por el cuello de su abrigo mientras que sus brazos y piernas continúan moviéndose en el aire, pegándose con un adversario invisible.

“¿Pero qué ha pasado? Le pregunta la institutriz, una vez calmado el hombrecito.

- No es justo, me coge siempre mis lápices de colores y esta vez ha hecho rayas en mi dibujo”

Frank no llora, esta visiblemente ofendido por la actitud poco amigable de su camarada de clase

“Siempre es así, añade Frank para mí, toda mi juventud me he batido contra la injusticia de este mundo sin darme cuenta que me batía contra el mundo entero; incluído yo mismo.

Desde mi infancia, una malformación de los ojos me ha obligado muy pronto a llevar gafas. No eran unas bonitas gafas, sino gafas con cristales gruesos que hacían de mí la irrisión de todos los otros alumnos. Un día en que estaba ya harto, me dije que nadie se burlaría más de mí. Pedí a mis padres que me inscribieran en un club de lucha y el pequeño hombre con gafas se transformó poco a poco en defensor de viudas y huérfanos. Para mí todo era pretexto para crear conflictos de los que con frecuencia salía vencedor, lo que me daba más y más seguridad.

Mis padres por su lado, se comprendían cada vez menos y sus caminos divergían sin que se pudiese cambiar nada. La violencia verbal se agudizaba en casa y con frecuencia hacia los honores cuando, a falta de argumentos, se dieron cuenta al fin de mi existencia. En esos momentos yo era su moneda de cambio y me convertía en el hijo de uno o de otro.

Así aprendí que cuando un adulto decía con un tono agresivo: “tu hijo”, no era un reconocimiento de paternidad o maternidad sino el peso de los reproches que se enviaban.

Frecuentemente, en los momentos en que no se hablaban, me transformaba en mensajero, corriendo de uno a otro con la carta o la palabra que estaba destinada al “adversario”. Esta situación duró alrededor de tres años hasta que rehusé colaborar. Entonces tenía once años y encontraba mi papel totalmente injusto.

No brillaba por la belleza de mi físico, que me contentaba con ignorar, suplía ese handicap con mis brillantes estudios y mi don para la polémica.

Tenía trece años cuando mis padres, de discusión en discusión, decidieron separase. Casi me sentía aliviado cuando me comunicaron su decisión pero poco implicado pues mi vida con los amigos había tomado cada vez más, el lugar de mi familia.

Por tanto no sufrí cuando comprendí que tendría que escoger.

Esperaba que decidieran entre ellos y que ninguno de los dos me pediría que le dijese con cual esperaba vivir, pues los quería a los dos. Sobre todo temía que me pidiesen que cambiase de colegio o que no pudiesen subvenir a mis necesidades vitales. Lo oía decir a veces cuando discutíamos entre compañeros: tal padre se había ido dejando a la familia sin recursos, tal otro se había llevado a sus hijos... y mis

noches se volvían agitadas por sueños indeseables en los que corría sin pararme jamás por caminos desiertos a la búsqueda de comida.

Debí escoger pues mis padres, creyendo responsabilizarme, me preguntaron con quién quería quedarme. Escogí quedarme concretamente con el que se quedase la casa. Para mí era una seguridad y la certeza de no cambiar de colegio. Mi madre se quedó la casa. Fue ella, en consecuencia, la que se convirtió en responsable de mí. Regularmente iba a visitar a mi padre al sitio en que se encontrase, hasta el día en que decidí independizarme por completo y cortar toda relación con ellos. En esa época consideraba que jamás se habían interesado por mí y que esta relación no nos aportaría más que una pérdida de tiempo. Tenía la clara sensación de que no teníamos nada que hacer juntos y que me debía haber equivocado de familia al nacer. En mi alma me consideraba un revolucionario y no quería cargarme con sentimientos que juzgaba inútiles”.

En la pantalla de la memoria de Frank, las imágenes y las escenas desfilaban con rapidez para pararse de repente en una de ellas.

Frank debía tener unos veinte años.

En un paisaje desértico, hombres y mujeres, acompañados por niños, se desplazaban en largas filas, estaban vestidos con harapos y sus bienes parecían estar contenidos en un trozo de tela anudado que con mucho cuidado cada uno llevaba consigo. Frank está ahí, con ellos, un saco sobre la espalda, vestido simplemente con una camisa y un pantalón de tela espesa y de color arena, va en cabeza de la pequeña tropa.

Otro hombre acompaña a Frank, un europeo, como él, y su conversación evoca con precisión porque están allí. Quieren denunciar el desplazamiento inhumano de esas poblaciones que, poco numerosas y pobres, deben dejar sus tierras para que los ricos propietarios puedan instalarse. Todo esta previsto según un plan preciso y los corresponsales les esperan en la etapa siguiente, una ciudad mediana donde las autoridades deben encontrarles para notificar sus acuerdos.

Frank está contento de sí pues esta gestión atenúa la vergüenza que siente por la civilización occidental, vergüenza de ser blanco, vergüenza de ser de la raza de los que explotan.

Hábil para convencer, ha conseguido hacerse oír en una radio local pero también en un periódico extremista.

Un instante, piensa en sus padres a los que no quiere parecerse de ninguna manera: una madre idealista que no hace nada y un padre que trabaja demasiado y no piensa... sin darse cuenta que ha tomado de una, el idealismo y del otro la capacidad de actuar.

Cuando llega a la ciudad, con su pequeña tropa, piensa ya en el éxito de sus gestiones que le han llevado días y noches de reuniones y tomas de posición.

Desgraciadamente no son partidarios los que les acogen sino policías armados que dispersan el grupo en harapos a golpes de porra y lo llevan directamente a prisión.

Ha sido traicionado y cuando lee el periódico que le llevan, comprende lo deformadas y politizadas que han sido sus palabras. ¡Nada se ha desarrollado como se había previsto!

El revés le deja en el desconcierto más profundo. No tiene miedo de fracasar pero cuando se da cuenta de que por dinero, por un puesto mejor, sus “amigos” de la víspera lo han traicionado, está profundamente afectado. La cólera le llena, una cólera sorda, contra sí mismo, tan estúpido por haber creído en el hombre.

Las autoridades de ese país de América latina no quieren problemas y lo ponen, unos días después en un avión que parte a su país. Es expulsado y con la orden de no volver. Frank rumia y desespera de la humanidad.

No ha podido volver a ver al grupo de hombres y mujeres que le habían dado su confianza y le habían acompañado... Un informador de sus amigos, no tarda en enterarle, algún tiempo después del acontecimiento, de que los hombres, mujeres y niños que habían sido dispersados por la policía habían sido ametrallados en plena calle mientras huían, sin que nadie tuviese el coraje de intervenir. El pretexto del delito de fuga servía para cubrir este llamado “error”

El balance era increíblemente bochornoso. Por su propia estupidez ingenuidad, involuntariamente había sido el pretexto para eliminar una población molesta.

El joven estaba anonadado. Sabía que nadie hablaría de lo que calificarían de “lamentable incidente”, pues en ese rincón perdido, la ley no es la misma para todos.

Frank se asfixia. Le recuerda ese país de Africa negra donde, también impotente, ante la injusticia flagrante, tuvo que abandonar la partida. Pero al menos nadie murió por su causa. Había ocultado el hecho de que, aquellos que habían sido hechos prisioneros por sus acciones, habían sido largamente torturados antes de que los soltasen…

¿Es que la Vida se resume en combatir la injusticia sin éxito? ¿Qué Dios permite que la iniquidad exista? ¿Quién es el que da el poder a ciertos hombres para aniquilar a los más pobres?

Frank no puede más y por primera vez en su vida, la desesperación le invade. Las escenas desfilan y se van para hacer pararse en una imagen:

El tiempo ha pasado, Frank muy delgado, anda por un camino de tierra roja, con aspecto perdido. Lleva un pequeño saco a la espalda y parece una persona que ha viajado mucho y que no sabe donde posar su cabeza. La escena cobra vida y oigo los pensamientos de Frank percutiéndome tanto gritan su desesperación:

“¿De qué sirvo? ¿Para qué… esta vida? ¡No se que hacer de mi vida en este mundo podrido que no tiene ningún sentido!”

Frank visiblemente está en la India. Reconozco los paisajes, las culturas del arroz, los templos-montaña y sus esculturas así como las mujeres vestidas con saris de seda o algodón de colores tornasolados. Busca una respuesta a sus preguntas, una respuesta exterior que nadie le ha podido dar hasta ahora.

“¿Por qué permitirá todo esto un Dios? Detesto el mundo en el que el poderoso siempre tiene la última palabra”.

En su búsqueda, Frank que intenta apaciguar su culpabilidad vaga de ashram en ashram sin encontrar jamás la paz. Fuma droga pero no es lo suyo, no experimenta

ningún placer en huir a una nebulosa de esferas. Quiere comprender, quiere una respuesta.

Oye a ciertos sabios decirle que mire más profundamente en él, es precisamente allí donde descubrirá la respuesta. Justamente es lo que Frank no quiere hacer, detesta ese fuego que incuba dentro y que cuando se despierta le quema por entero y le consume.

En el interior Frank no es más que cenizas.

Camina, es el único momento en que una relativa paz se instala en él. Los pensamientos son menos vivos durante la marcha, las preguntas son menos intensas pero eso no dura. Atraviesa tierras y junglas, desiertos y montañas y encuentra casi siempre personas que lo alojan y a veces curan sus heridas físicas pero en su corazón permanece una llaga abierta que no cicatriza.

Al borde del resuello y de sus fuerzas, un día, se para:

“¿Para qué continuar…? Piensa. Soy un inútil y me niego a colaborar con esta tierra de sufrimiento. ¡Mi vida no sirve para nada!”

En un último arrebato, Frank decide quedarse en una cabaña de pescadores y quedarse a vivir entre ellos. Les ayuda en contrapartida a ese sumario alojamiento y pasa el tiempo escribiendo para poner orden en sus pensamientos.

El grueso cuaderno con largas líneas azules un poco desvaídas y la tapa de cartón sobre la que esta impreso un Ganesh coloreado, se cubre al hilo de los días de tinta violeta. Frank cuenta su desesperación y si esta escritura actúa como una terapia, todavía es insuficiente para ofrecerle la paz del alma.

Frank ayuda como puede a ese pequeño pueblo de pescadores pero, cuanto más les ve luchar por un poco de pan para cada día, más asiste impotente a las pescas demasiado pobres para nutrir al pueblo y al hambre que, muy a menudo, esta presente, más su llaga interior sangra. El mismo está débil y la disentería ha acabado con su salud antes robusta.

Un día, los pescadores no ven salir a Frank de la pequeña cabaña aislada que le sirve de guarida. Llueve, una lluvia de monzón cálida, abundante, benéfica y momentáneamente devastadora. La cabaña está vacía. Como todas las habitaciones hechas sumariamente de plantas y de tierra, entra el agua y en el suelo de tierra batida, un grueso cuaderno recubierto de una escritura violeta llama la atención de un niño.

Una mujer, fuera bajo la lluvia, coge el cuaderno que le tiende el niño y abre las páginas sin comprender nada de la escritura que ya, bajo el agua del monzón, corre en largas tiras violeta sobre el papel ahora combado. La historia de Frank se borra sin que nadie sepa verdaderamente lo que ha pasado.

El mar devolverá su cuerpo hinchado, sobre la orilla, bajo los ojos asombrados del pequeño pueblo que comprende que Frank se ha ahogado.

La muerte no es más que un pasaje y los pescadores vuelven a sus ocupaciones. Algunos de entre ellos se encargan de salmodiar mientras que un sacerdote cuidará de unos sumarios funerales. No han sabido que Frank se había ahogado voluntariamente. Además no lo habrían comprendido, ellos que luchan dura y

cotidianamente por una supervivencia inhumana, ellos que intentan vivir una vida que es la de ellos…

Frank cerca de mí comenta:

“Me ahogué porque no veía salida para mi historia y no podía ver más la miseria y la muerte a mi alrededor sin poder hacer nada.

El mar ante mí parecía ser mi última solución. Una especie de disolución de mis angustias existenciales. No era un acto fácil para mí, necesite valor para decidirme a morir. Entonces entré en el agua y yo que no retrocedía ante nada he estado a punto de dar media vuelta y pedir ayuda. No tengo temperamento para volver sobre mis pasos, entonces avancé, más y más lejos, mirando fijamente una línea del horizonte que no veía, tanto llovía. El agua estaba por todo, dentro y fuera, sobre mi cuerpo y en mi corazón. Cuando una ola me sumergió, tuve la tentación de debatirme y después llegó otra más grande y más fuerte y me invadió la oscuridad. Es difícil soltar. Supe entonces que todo estaba a punto de acabar cuando no sentí nada, ni el agua, ni las olas… Acababa de morir.

Veinticinco años de mi vida acababan de desaparecer en unos largos minutos en el agua del mar que me lavará de todas mis manchas.

Es lo que había esperado en lo más hondo de mí… mientras que del otro lado en ese mundo inexplorado e inexistente a mis ojos, comenzaba otra historia.

No necesite mucho tiempo para comprender que la vida no cesa simplemente porque así se decida. Un universo parecido al que acababa de dejar se me presentó. Creí que los pescadores me habían salvado y encontraba mi cabaña y mis preguntas tal como las había dejado. Sin embargo algunos detalles me sorprendieron. La lluvia de monzón no me mojaba y en mi cuaderno estaban escritas palabras que jamás había escrito.

Con una escritura elegante y equilibrada podía leer lo que sigue:

“Yo Frank voy a morir de paludismo y tengo una edad de cuarenta y cinco años, antes de partir, querría decir esto: La Vida es única y sagrada, es un regalo que nos ayuda a vivir la materia, para insuflar el Amor. En esta óptica, escogemos los papeles, todos diferentes unos de otros pero ninguno, jamás de los jamases es inútil. A veces creemos sufrir sin saber que tenemos el poder de decidir otra cosa. El sufrimiento no es una obligación y los “malos” contra los que combatimos a menudo, están tanto en nosotros como en nuestro exterior. Para que la paz llegue a nuestro alrededor, hay que encontrarla en nosotros y para encontrarla en nosotros, hay que aceptar entrar en lo más profundo de nosotros, allá donde las sombras reinan, nuestras sombras, aquellas que nos hacen creer en la desgracia de la humanidad.

Lo que creemos ver en el exterior de nosotros es un pálido reflejo de lo que está en nosotros. Dejemos de huir pues nada más huimos de nosotros mismos, y esta huida es por esencia la mayor ilusión.

Al fin he comprendido que el mundo no será tal como había decidido, he percibido este orgullo sutil que tanto me ha hecho sufrir ante mi incapacidad para aportar lo que creía ser “el bienestar” y que en definitiva no era más que “mi bienestar”. Creía al mundo “malo” simplemente porque no era conforme a mi visión de un mundo ”mejor”. Ciego, no supe ver la belleza en la mirada y en el corazón de todos los que creí poder ayudar pero que eran menos a “salvar” que yo mismo. El Mundo es

bello, no porque no se nos parezca sino por él mismo y porque en cada uno de

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