CAPÍTULO IV. ERASMISMO Y ESPAÑA
3) Cisneros y la Biblia Políglota
3.5. Fray Luis de León
Su vida transcurre (1527-1591)16, prácticamente, en la segunda parte del siglo XVI, coincidiendo con el reinado de Felipe II y la época de la contrarreforma en la Iglesia. Bien que su figura ha tomado crecientemente mayor relieve a medida que ha ido pasando el tiempo; de hecho, hoy día nadie duda en reconocerle su gran talla como hombre renacentista, gracias a su muy diversa actividad intelectual:
“Fray Luis no es solo un gran poeta, quizá el mayor del mundo, ni solo un artífice de la lengua castellana. Con ser mucho esto es solo una parte, principal si se quiere, pero solo una parte de su pujante y vigorosa personalidad. Para abarcarle en toda su grandeza y rica variedad, hay que estudiarle además, como filósofo y teólogo, como escriturario y jurista, como catedrático y orador, como ascético y místico, como preceptista y moralista, como humanista y filólogo; que todas estas cosas fue y en alto grado este ingenio verdaderamente singular” (Custodio, 1953:586).
Nacido en Belmonte de la Mancha (Cuenca), justamente el mismo año que el rey Felipe II (1527) y, según parece, de familia conversa. Fray Luis de León ingresará en la Orden de los Agustinos de Salamanca a los diecisiete años y recibirá en la Universidad Salmantina una sólida formación en los campos de la Filosofía, Teología y Estudios Bíblicos, teniendo como profesores a los grandes maestros Melchor Cano, Domingo de Soto y Cipriano de la Huerga. La trayectoria profesional de Fray Luis de León estuvo marcada por un gran éxito, lo que le valió –siguiendo el modelo renacentista –, obtener
16 No hay certeza sobre el año exacto de su nacimiento. La mayoría de los tratadistas lo sitúan entre 1527
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un gran apoyo de Don Pedro Portocarrero, ilustre figura de su tiempo; apoyo que se mantendría a lo largo de todo su vida.
El éxito profesional de Fray Luis de León en las diferentes parcelas en las que desarrolló su actividad –la docencia, la escritura y la propia de su condición de fraile–, probablemente estuvo muy vinculado a su personalidad, fuerte –por una parte –, pero al mismo tiempo muy armónica y apegada a la realidad. Los resultados de tal éxito, se manifestaron en la consecución de varias cátedras en la Universidad de Salamanca, en su gran producción científica y en las altas responsabilidades que asumió en la propia orden de los Agustinos.
En esta trayectoria general de Fray Luis de León, su condición de hombre humanista renacentista y su producción filológica es lo que realmente nos interesa examinar desde la perspectiva de este trabajo.
En toda la obra Luisana aparece la presencia de elementos humanistas renacentistas y erasmistas, que marcan la dirección de la misma, aparte de que por su origen de familia de conversos también incorporó la influencia judaica que le repercutió en su sensibilidad y formación y que se refleja claramente en sus libros. Como elemento característico de su cultura humanista renacentista está su estima por la civilización griega y latina y su vinculación a la filosofía erasmista, que se manifiesta en su modo de entender la vida cristiana como algo sincero y vivido en lo más profundo de cada uno. En el conjunto de las obras de Fray Luis de León están presentes todos estos elementos reseñados, bien que en cada una de ellas se resalte más un elemento que otro, especialmente en aquellas obras que nos son más accesibles y conocidas, entre otras razones, por existir ediciones castellanas de las mismas, tales como el Cantar de los Cantares (1561), la Perfecta casada (1583), los Nombres de Cristo (1583) y Exposición del libro de Job (1799)17.
Pero es en la obra los Nombres de Cristo, donde Fray Luis de León manifiesta más claramente su carácter erasmista y su condición de filólogo. En cuanto al primer
17 Este último libro es una traducción que Fray Luis de León realizó a lo largo de 20 años. Su publicación
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aspecto, carácter erasmista, la propia obra, que se organiza en forma de diálogos –al modo erasmista–, transmite el mismo sentido cristiano y espíritu religioso de la filosofía cristiana de Erasmo. Se observa, por tanto, una estrecha relación entre ambas tradiciones, las que representan tanto Luis de León como Erasmo:
“Nos limitaremos a observar únicamente en esta obra maestra del humanismo cristiano, aquello que podría llamarse su Erasmismo secreto. El designio mismo del libro –exponer los misterios de los nombres de Cristo– parece responder, después de más de medio siglo de espera, a un deseo que el Enchiridion había lanzado a través de España hacia la época en que Luis de León venía al mundo. Erasmo había invitado a buscar los misterios escondidos bajo la letra de la Escritura, y a apoyarse en esta búsqueda, en los antiguos maestros de la teología mística, San Pablo, Orígenes, San Agustín, el pseudo-Dionisio, autor del divinis nominibus. Tal es, poco más o menos, la empresa que acomete Fr. Luis de León” (Bataillon, 1986:762-763).
También en la obra los Nombres de Cristo, Luis de León muestra su condición de filólogo y expone la gran defensa que hace de la lengua romance, en este caso del castellano. Pese a la valoración que hace de las lenguas clásicas para acercarse al conocimiento original de la Biblia, no obstante considera que la traducción de ésta a las lenguas vernáculas puede facilitar el acceso de una mayoría del pueblo al conocimiento de los textos sagrados; coherente con esta opinión, Fray Luis de León tradujo al castellano el Cantar de los Cantares, además del Libro de Job, hecho que le valió pasar cinco años en la cárcel.
La posición de Fray Luis de León en relación al uso de la lengua vernácula, lógicamente se enfrentaba al criterio oficial de la Iglesia que “defendía la utilización de las lenguas clásicas –principalmente del latín– en las cuestiones teológicas y en la lectura de los textos sagrados, hasta el punto de que ni a los estudiantes, que paseaban por los claustros de la Universidad, se les permitía hablar en romance ni cantar a la guitarra las canciones de que tanto gustaban. Es sabido que este celo se había extendido, sobre todo, a partir del Concilio Tridentino” (Abellán, 1982:195).
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Pese a la desagradable experiencia que tuvo Fray Luis de León de su larga estancia en la cárcel y a sabiendas de la prohibición de la Iglesia para traducir la Biblia a la lengua romance, éste siguió pensando que era conveniente escribir, al menos, libros de espiritualidad en lengua vernácula que permitieran a muchos acceder a los textos bíblicos ante la imposibilidad de hacerlo de modo directo. En los siguientes términos, Fray Luis de León expresa su opinión al respecto:
“[...] todos los buenos ingenios en quien puso Dios partes y facultades para semejante negocio tienen obligación a ocuparse de él, componiendo en nuestra lengua, para el uso común de todos, algunas cosas que, o como nacidas de las Sagradas Letras, o como allegadas y conforme a ellas, suplan por ellas, cuanto es posible, con el común menester de los hombres, y juntamente les quiten de las manos, sucediendo en su lugar de ellos, los libros dañosos y de vanidad” (Luis de León, 1991a:59-60).
Lógicamente, esta opinión de Fray Luis de León encontró su rechazo y crítica por parte de aquellos que, amparándose en la oficialidad de la prohibición de traducir a las lenguas vernáculas, no veían conveniente la iniciativa Luisiana.
Fray Luis de León, desde la perspectiva del uso de las lenguas vernáculas, marca un hito histórico. Ello se debe, no solo a la gran defensa que hace a través de su obra de la conveniencia del uso del romance, sino también al propio uso que hace de la lengua vernácula, en este caso del castellano.
En suma, toda la vida y actividad de Fray Luis no hacen sino reflejar la vasta formación que adquirió, su gran espíritu humanista, su conocimiento y afecto por las lenguas clásicas y su decidido empeño por contribuir al desarrollo de la lengua castellana:
“Es conocido como teólogo, moralista y escritor, pero sobre todo ello predomina su imagen de humanista, de representante de lo que se ha llamado el renacimiento moderado español que aúna el respeto a la tradición cristiana con la recepción del pensamiento clásico griego y latino. Frente a la mayoría de sus antecesores, coetáneos y sucesores, Fray Luis destaca como hombre templado y
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abierto de ideas. Su relación con el lenguaje fue la de un maestro” (Durán, 2000:195).
4. Erasmismo y lenguas vernáculas
Está suficientemente demostrado, tal como se ha señalado a lo largo de las páginas anteriores, que tanto Erasmo como el Erasmismo, en aras al Humanismo renacentista y cristiano que profesaban, defendieron y usaron las lenguas clásicas –principalmente el griego y el latín–, como medio de acceso a las verdaderas fuentes, Biblia y Patrística, que permitieran entender y vivir la verdadera philosophia Christi, es decir, el sentido cristiano de la vida.
Erasmo, principalmente, se constituyó en el gran defensor de las lenguas clásicas, de tal manera que toda su obra está escrita prácticamente en latín (lengua que conocía a la perfección, además del griego), pero en un latín claro, sencillo, accesible y bien construido, tal como requerían los cánones al uso de la tradición humanista renacentista. Pero si bien es cierto que Erasmo, a lo largo de su vida, no usó otra lengua que no fuera el latín y calificó de bárbaras a las lenguas vernáculas al uso, sin embargo, a partir de un momento determinado de su vida consideró que si no se tenía acceso a las lenguas nobles (latín y griego), era conveniente recurrir al uso de las lenguas bárbaras (vernáculas), si éstas aseguraban el conocimiento de la verdadera fe, que toda lengua debe procurar en los hombres.
Posiblemente, en el proceso de flexibilización que se observa en Erasmo en cuanto a la importancia que da al uso de las lenguas, dos razones, primordialmente, hayan podido influir: por una parte, el declive y/o fracaso que se manifiesta en el proyecto humanista renacentista, producido por la rigidez del uso del latín que imposibilitaba participar del mismo a tantos que desconocían tal lengua y, por tanto, se hacía inviable llevar a cabo las ambiciosas exigencias del referido proyecto; por otra parte, el creciente desarrollo de las lenguas vernáculas en Europa hace que de modo imparable éstas se vayan extendiendo más, y que ello exigía poner a disposición del conocimiento de la gente más literatura religiosa y profana.
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El Erasmismo español, como corriente de pensamiento, siempre valoró positivamente el uso y conocimiento de las lenguas originales de los textos bíblicos y patrísticos, al igual que sucedió en toda Europa. Las universidades europeas importantes del momento, el Colegio de las Tres Lenguas de Lovaina y, en España, especialmente Salamanca y Alcalá de Henares, cultivaron, defendieron y utilizaron dichas lenguas por considerarse fundamentales para el estudio y difusión de la Teología y de la Biblia.
Pero en España, desde finales del siglo XV y durante todo el siglo XVI –junto al cultivo de estas lenguas por parte de los eruditos de la Teología y de la Biblia–, empezó a desarrollarse la lengua romance castellana mediante la producción y traducción de textos bíblicos, religiosos y literarios18. Erasmistas españoles, tan significativos como Cisneros, Nebrija, Juan Luis Vives, Juan de Valdés y Fray Luis de León contribuyeron mucho a esta labor. Sin embargo, la intensidad y la calidad de dichas aportaciones fueron sustancialmente diferentes. En este contexto es en el que Américo de Castro dice:
“La historia de la filología española en el siglo XVI comienza propiamente con Nebrija como claro producto del Renacimiento –una de cuyas facetas era la exaltación de la gloria nacional–, y sigue prosperando al calor del humanismo [...], uno de cuyos esenciales factores es Erasmo” (Américo de Castro, 1972:187- 188).
Ciertamente, entre los erasmistas españoles y Erasmo se observan ciertas influencias en relación al uso de las lenguas vernáculas, independientemente de las notables diferencias que existen entre ellos al respecto. A tal fin, es bien ilustrativo el siguiente comentario:
“Aunque Erasmo no se ocupó hasta muy tarde –y ello secundariamente– de las lenguas vernáculas, me atrevería a atribuir a influencia suya dos ideas que los españoles manejaron ampliamente para la lengua castellana. Me refiero al «escribo como hablo» valdesiano, y al «huir la afectación». Huir la afectación no
18 Los textos literarios que se producen y traducen especialmente en el siglo XVI, reflejan la preocupación
religiosa que atraviesa toda la sociedad del momento. Es interesante, al respecto, la obra de Francisco Márquez, Espiritualidad y literatura en el siglo XVI.
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solo lo recomiendan los humanistas italianos, sino muy especialmente le dedica un apartado Erasmo en su De conscribendis epistolis. Erasmo insiste, en su polémica contra los ciceronianos romanos, que el latín que él escribe es el mismo que habla, no como los ciceronianos que escriben un latín químicamente puro dentro del ciceronianismo, pero que no lo hablan, pues hablan en vulgar” (López, 1986:493-494).
El panorama general en cuanto al uso de las lenguas nos muestra, pues, cuatro aspectos que clarifican su utilización en todo el periodo que denominamos Erasmo y Erasmismo: el primero, la relevancia de la lengua para acceder al conocimiento; el segundo, la importancia de las lenguas clásicas para la corriente erasmista, ya que éstas facilitan el conocimiento directo sin mediación alguna; el tercero, el uso exclusivo de las lenguas clásicas por parte de Erasmo, aunque éste reconozca la necesidad de recurrir a las lenguas vernáculas, cuando aquéllas no se conozcan, ya que lo prioritario es el conocimiento de Cristo; y el cuarto, el uso creciente de las lenguas vernáculas por la corriente erasmista, tanto en Europa como en España.
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CAPÍTULO V. LUTERO: HUMANISMO, REFORMA Y SU CONTRIBUCIÓN