A lo largo de los últimos años la noción de Buen Vivir ha alcanzado una creciente proyec- ción como propuesta que se inscribe en el marco de las alternativas al desarrollo planteadas en dis- tintos lugares y que, en el caso del mudo andino, se expresa en nociones como el Sumak Kawsay o el Suma Qamaña. La inclusión de estas nociones en los textos constitucionales de Ecuador o de Bolivia les ha permitido, además, ganar cierto espacio en el debate político y social, superando los límites del debate académico.
Sin embargo, y aunque el auge de la noción de Buen Vivir es inseparable de los acontecimien- tos vividos en los últimos años en los países andi- nos, su impacto ha trascendido de ampliamente dicho marco geográfico. En la actualidad, no es difícil encontrar referencias al Buen Vivir en sectores intelectuales y grupos sociales situados a mucha distancia de Ecuador o Bolivia. Como señala Acosta (2008), incluso dentro de la cultura occidental se oyen cada vez más voces que esta- rían de alguna manera en sintonía con la visión
indígena representada por el Sumak Kawsay. En Europa, algunas de las preocupaciones que laten detrás del Buen Vivir andino tratan de asimilarse, por parte de algunos sectores, a otras como las del decrecimiento, dentro de una propuesta de perfiles un tanto difusos que se presenta como alternativa frente al desarrollo convencional. Por ello, a estas alturas, la idea del Buen Vivir se pre- senta, por una parte, como traducción o inter- pretación de Sumak Kawsay o del Suma Qamaña –y por lo tanto como expresión de una idea aso- ciada a la cosmovisión de los pueblos andinos–; pero, por otra parte, se presenta también, de manera creciente, como referencia difusa de una alternativa al desarrollo, planteada extramuros del pensamiento oficial, situada más allá de lo estrictamente material, y capaz de proyectar su influencia en muy distintos contextos.
Sea como fuere, planteada en su versión más estricta, o en una más amplia, la defensa del Buen Vivir coincide en resaltar una serie de requisitos para el logro de éste. Entre ellos suelen citarse la ruptura con el dualismo sociedad-naturaleza, la austeridad frente a la opulencia o el despilfarro, la defensa de las identidades culturales, y algu- nos otros. Sin embargo, existe un requisito que tiende a citarse siempre cuando se abordan estas cuestiones: la autonomía de los procesos de cada territorio. Es difícil concebir el Buen Vivir como un proceso uniformizador, planteado al margen de la identidad cultural, o de las característi- cas que la naturaleza tiene en cada lugar. Por el
contrario, el Buen Vivir trata de representar la recuperación de una idea del bienestar basada en una relación armoniosa con la naturaleza, y en la recuperación de saberes tradiciona- les que el modelo actual ha ido abandonando a la orilla del camino. Y todo ello acaba por tomar cuerpo en la defensa de la autonomía de los procesos de desarrollo locales frente a las imposiciones de modelos provenientes del exterior. La autonomía se convierte así en pie- dra angular de cualquier estrategia orientada al Buen Vivir.
Ahora bien, ¿cuál es el margen de maniobra existente a este respecto? ¿en qué medida las ideas que laten tras una propuesta como el Buen Vivir pueden prosperar en un mundo globalizado como el actual? Una buena parte de la literatura sobre el Buen Vivir andino descansa en la reivin- dicación de una cosmovisión indígena de raíces comunitarias. Sin embargo, en la actualidad no sólo las comunidades rurales, sino la generalidad de los espacios locales se ven condicionados –y a veces amenazados– por las dinámicas generadas desde el ámbito urbano, en el que vive una gran parte de la población, y también por los procesos transnacionales asociados a la globalización. De ahí que sean muchas las dudas e interrogantes que surgen cuando se plantea el debate sobre las formas de vida locales y su reproducción. Se trata de un fenómeno contradictorio, ya que la defensa de las alternativas locales y de la diversidad cul- tural responde en buena medida al descontento
generado por la globalización y sus consecuen- cias en diversos ámbitos. Pero, al mismo tiempo, la viabilidad de dichas alternativas locales se ve cuestionada por el propio fenómeno globalizador y uniformizador al que pretenden hacer frente.
En efecto, las transformaciones de las últimas décadas han provocado importantes disfuncio- nes y rupturas en los planos económico, político y cultural, las cuales han generado a su vez el rechazo social de muy diversos sectores, dando cuerpo a una importante corriente intelectual muy crítica con la uniformización resultante del proceso globalizador. Algunas aproximaciones teóricas y propuestas políticas que se inscriben en esta corriente tienden a subrayar la crisis del con- cepto de desarrollo como tal, planteando la nece- sidad de superar el mismo. Desde esta perspec- tiva la reivindicación de lo local surge también como expresión de lo diverso frente a homo- geneización y uniformización de los procesos económicos y sociales, y la frustración generada por los mismos. Ahora bien, esa reivindicación se plantea precisamente en un contexto de cambios profundos que han ido conformando sociedades interdependientes y multiculturales, y en el que esa diversidad de los procesos locales se ve cues- tionada por las dinámicas dominantes.
Todo ello ha dado lugar a un amplio deba- te sobre las posibilidades existentes, en el que es frecuente encontrar dos tipos de respuestas abier- tamente enfrentadas en algunos aspectos. Por un lado, quienes defienden la irreversibilidad de la
globalización y pronostican un futuro basado en la expansión continua de los mercados, y la paulatina pérdida de protagonismo y significación de los espacios y las culturas locales. Y, por otro, quienes reivindican una desconexión respecto de los pro- cesos globales y la apuesta por modelos de vida y de bienestar concebidos desde lo propio y específi- co de cada territorio y de cada cultura, dejando de lado el análisis de los condicionantes externos.
En mi opinión, cuando se plantean de esa manera, tanto uno como otro planteamiento adolecen del necesario rigor y acaban represen- tando posiciones fuertemente ideologizadas en un caso, o resueltamente voluntaristas en el otro, lo que en todo caso no resulta demasiado útil para avanzar en el análisis. A fin de cuentas, como señala Gudynas (2011) uno de los grandes desafíos de las ideas del Buen Vivir es el de ser
viables. En este contexto, la respuesta a las pre-
guntas más arriba planteadas puede arrojar luz sobre el problema de la viabilidad. Ahora bien, ello requiere, antes que nada, aclarar los térmi- nos del debate. Porque para poder estudiar las limitaciones que la globalización puede suponer para el Buen Vivir –y consiguientemente analizar el margen de maniobra existente–, deben quedar más o menos planteada la ecuación que se desea resolver y los elementos que la componen. Por lo tanto, en los próximos apartados abordare- mos, siquiera brevemente, la caracterización de ambas cuestiones: la Globalización, y el Buen Vivir. Partiendo de ahí, estaremos en mejores
condiciones para responder a las preguntas más arriba planteadas.