En el tercer volumen de Historia de la sexualidad, titulado “La inquietud de sí”, Michel Foucault considera las mutaciones del matrimonio en los primeros siglos de la civilización greco-romana. En esto contexto, junto a las funciones de una institución meramente política, se añaden elementos de reciprocidad entre los esposos:
“…el esbozo de un ‘modelo fuerte’ de la existencia conyugal en el cual la relación con el otro que aparece como la más fundamental no es ni la de sangre ni la de amistad.”
De este modo, la referencia familiar y el sistema de amistades fueron perdiendo algo de su valor frente al lazo que liga a dos personas de sexo opuesto. Según Foucault, el matrimonio consigue, entonces, un privilegio natural, ontológico y ético; y la esposa “es valorada como el otro por
excelencia, debe ser reconocida como parte de la unidad que constituye con él”. En relación con las formas tradicionales del matrimonio, se trata de un cambio radical, que perduraría hasta nuestros días, incluso cuando para elegir a una mujer no sea necesario atravesar una ceremonia formal.
En todo caso, la pervivencia del peso del matrimonio como acto se
reconoce en una bellísima página de una novela ejemplar sobre esta cuestión,
Ana Karenina, de León Tolstoi, cuando resume la incidencia de la unión entre
Kitty y Levine:
“Estas seis semanas habían sido para Kitty las más felices, pero también las más penosas de su existencia. […] Sus costumbres pasadas, las cosas que había amado, e incluso sus propios padres, a los que afligía su indiferencia, no existían ya para ella. Al Kitty la asustaba este giro de su corazón […]. Había terminado una etapa de su vida y empezaba otra.”
Ahora bien, podríamos preguntarnos qué ocurre en nuestro tiempo cuando el matrimonio parece una institución en decadencia (aunque no por eso los hombres dejan de elegir a una mujer) y, por cierto, ciertos motivos propios de
la institución clásica han desaparecido (que la mujer lleve el apellido del hombre, que éste se vea en la obligación de trabajar para mantenerla, etc.). A primera vista, se podría creer aún que hubo un recubrimiento del lazo de
amistad sobre el vínculo erótico. No hay más que pensar en el éxito de la serie televisiva Friends, que exponía los enlaces y desenlaces de quienes, a pesar de las rupturas amorosas, nunca dejaban de ser amigos.
Sin embargo, el mundo contemporáneo demuestra también un tipo de elección mucho más fuerte. Quizá ya no se trate de un vínculo para-toda-la- vida, ni concierne a las llamadas “obligaciones” matrimoniales, pero no por eso deja de ser un tipo de relación dirigida a la alteridad del Otro sexo. Un modelo de esta elección se encuentra en el último capítulo de “La dirección de la cura y los principios de su poder”, en el que Lacan comenta el caso de un hombre que, llegado el fin de análisis, realiza un síntoma de impotencia con el cual, a su vez, impotentiza al analista:
“Digamos que, de edad madura […] nos engañaría gustoso con una su menopausia para excusarse de una impotencia sobrevenida, y acusar a la nuestra […]. En resumen, es impotente con su amante, y habiéndole ocurrido utilizar sus hallazgos sobre la función del tercero en potencia en la pareja, le propone que se acueste con otro hombre.”
En este punto, puede advertirse cómo el propio Lacan se declara fuera de juego… hasta que acontece esa intervención que sabe cómo responder a esta coyuntura de aferramiento fálico, una interpretación que proviene de un sueño de su pareja:
“Ahora bien, si ella permanece en el lugar donde la ha instaurado la neurosis, y si el análisis la alcanza allí, es por la concordancia que ha realizado desde hace mucho tiempo sin duda con los deseos del paciente, pero más aún con los postulados inconscientes que mantienen.”
De acuerdo con esta indicación puede entenderse por qué Lacan sostiene que se trata de un caso de fin de análisis. En última instancia, su mujer “le habla tan bien como podría hacerlo un analista”, y en la cura de un obsesivo no es un detalle menor este acceso a la alteridad fundamentada en el decir (para quien la relación con el partenaire se basa en la degradación al objeto parcial del complemento fantasmático).
¿Cuántas veces no hemos escuchado que un hombre se refiere a su esposa como “la bruja” (o “la patrona”, etc.)? En efecto, esta nominación se
no deja de lado el amor. En estos términos lo dice Lacan en su seminario RSI: “Uno cree lo que ella dice: es lo que se llama el amor. Y es por eso que éste es un sentimiento que he calificado, en la ocasión, de cómico”. Esta misma referencia es la que permite entender por qué Colette Soler –en su libro La
maldición sobre el sexo– sostiene que los hombres no escuchan a las mujeres:
¡porque les creen!
En los últimos capítulos de este libro consideramos diversas versiones actuales del prójimo (amigo, hermano, amante), con el propósito de repensar – en un contexto teñido por el pesimismo (se habla de diversos tipos de fines en nuestros días: del arte, de la historia, de la histeria, del padre, etc.)– cómo la vida contemporánea no perdió su referencia al Otro, sino que eventualmente la promueve.
Sin duda ya no se trata del Otro que caracterizó a los siglos precedentes (por el cual, por cierto, no sería preciso tener nostalgia alguna), sino de un Otro que se hace presente en la referencia más inmediata, en las elecciones más próximas: en la interlocución de la amistad, en la función del testimonio ante los hermanos, en la interpelación del amante. Después de este rodeo, podemos pasar a la última sección de estos ensayos, dedicada a dos síntomas habituales del hombre de nuestro tiempo: el pánico y los celos.