Añoranza del humanismo necesario Tomás Calleja Fiatlu
7- El funcionamiento de los vasos comunicantes de la decaden cia El “Jardín de la Excelencia” es un paraíso con numerus clausus, al que
se entra con invitación, que muchos quieren conseguir, y del que se sale a empujones porque nadie quiere salir. Los países emergentes trabajan duro para poder entrar en ese jardín, y se ponen guapos y atractivos para merecer ser invitados y conseguir entrar en él. Saben muy bien que el gran juez, que es el Estado-Mercado, para poder dar una invitación a alguien que esté fuera tiene que retirar la invitación a alguien que esté
dentro, lo que supone que por cada nueva entrada hay una expulsión, que el juez decide eligiendo uno de los países decadentes. Esta es la gloria y esta es la tragedia: nadie puede ponerse nota a sí mismo, como suelen hacer los políticos.
Los que se ven premiados con una subida de nota se motivan para seguir haciendo méritos. Los que se ven castigados con una bajada de nota, se enfadan y lo consideran una injusticia, pero quien se olvida de hacer méritos, se pone más cerca de ser expulsado. La pregunta es ¿cuál será el siguiente en entrar y cuál será el siguiente en salir del “Jar- dín de la Excelencia”? El dramatismo de los vasos comunicantes de la decadencia es una realidad inevitable.
El teatro de la reputación y del espectáculo
Estamos instalados en un entorno al que podríamos denominar el teatro de la reputación. Cada persona, empresa, comunidad, Estado o país tiene, inevitablemente, una reputación, y la reputación es algo importante para todos, porque se ha convertido en la plataforma de la gestión de la nueva democracia, de la democracia de los stakeholders. Ahora el nuevo paradigma de la gestión es dirigir hacia el éxito partien- do de un nuevo entendimiento de la democracia.
Todo el mundo ha dependido siempre de cómo hacía las cosas, y ahora todo el mundo depende de cómo le ven los demás. Ahora y para siempre, si el siempre existe, la gente depende de las dos cosas en la misma medida, con lo cual nos hemos instalado, de lleno, en la econo- mía del espectáculo. Hace muchos años la creación de valor era conse- cuencia de la producción. No hace muchos años, la creación de valor se hizo consecuencia de la producción y de la información, juntas para siempre. Y, desde hace un rato, la creación de valor es función de la pro- ducción, de la información y de la reputación simultáneamente.
Lo único que tiene que ver con las tres cosas, para nuestra esperan- za, es el talento, la materia gris creadora del activo organizacional. Talento personal, talento empresarial y talento social o, lo que es lo mismo, el talento aplicado a la gestión y al liderazgo, en suma, el acti- vo organizacional al completo. Si trasladamos la creación de valor al valor de mercado, vemos que éste es función de una suma inteligente de creación, marca, activo y reputación.
Por eso, las cuatro crisis nos facilitan la fotografía de una revolución económica, pero esa revolución es la parte estética de un núcleo, origen menos visible pero más importante, que es la revolución cultural en marcha, soportada no tanto en el cambio por el cambio sino en una profunda, realista y práctica renovación política y financiera. Una reno- vación que sea capaz de establecer la confianza que produce una repu- tación positiva de estos dos aspectos importantes de la vida de la socie- dad, política y finanzas, reputación que nunca han tenido y que no tiene precedentes.
La fórmula para esta renovación, sorprendentemente, es la misma de siempre, siempre deseada y nunca alcanzada, de hacer la política y las finanzas simples y flexibles, cosa que nunca han sido desde que son malas y destructoras de valor. Una política más servicial, pequeña y pro- ductiva y una banca más servicial y menos avara, operando sistemas útiles y accesibles y estableciendo un equilibrio inteligente entre pro- ductividad e innovación.
Ese equilibrio se basa en mantener una proporción productiva entre innovar, conservar y abandonar o, dicho de manera más profesional, entre crear, mantener y olvidar. En la actualidad, el peso más importan- te, para la superación de las cuatro crisis, está localizado en lo que Occidente tiene que abandonar, aún siendo importantes las otras dos partes. Sin embargo, para poder volar es importante soltar lastre, que-
darse con las cosas que valgan como motor y producir el combustible necesario.
El valor del nombre de Occidente ya es historia, aunque sea buena historia, y el valor de la marca se ha deteriorado, con lo que nombre y marca ya no son suficientes. Ahora hay que ganarse una nueva reputa- ción y no hay ya mucho tiempo para empezar a hacerlo. La Biblia dice que un buen nombre es más importante que las riquezas. Abraham Lin- coln la llamó “la sombra” y James Lowell “la llama incierta”. El Quijote se lo dijo a Sancho y Baltasar Gracián habló muchas veces de ella. Casio la definió como la parte inmortal del ser y hoy la publicidad se produce con base en ella.
La reputación es algo que se gana por méritos y se pierde por mere- cimientos. Las cuatro crisis actuales están tratando a cada país según su reputación, de forma que, a menos reputación, más crisis. Los paí- ses más castigados por las crisis son, exactamente, los países con menos reputación. Hay varias formas de medir la reputación, pero todas conducen a los mismos resultados. El World Economic Forum mide la reputación por la competitividad, la OCDE mide la reputación por la libertad económica, y la inteligencia económica mide la reputación por el modelo de sociedad. Por los tres caminos se llega a la misma conclu- sión y, siempre, los mejor valorados se creen el valor de los métodos y los peor valorados no se lo creen.
Lo que sí es cierto, indiscutiblemente, es que la competitividad se opone a las crisis, que la libertad económica se opone a las crisis y que un modelo de sociedad liviano, abierto y equilibrado, se opone a las cri- sis. Entorno, eficiencia y conocimiento, en sus mejores expresiones, son la base de una buena reputación. Infraestructura, productividad y relaciones son otras formas de llamar lo mismo a lo mismo. Todos sabemos lo que son, pero no es lo mismo quererlos que tenerlos.
La reputación y el espectáculo. Hay que estar limpio y saber brillar. Hace ya muchos años fue suficiente saber de procesos. Después, había que saber, además, de tecnología. Después, había que saber, además, de finanzas. Después, había que saber, además, de comercial. Después, había que saber, además, de mercados. Y ahora hay que saber, además y sobre todo, de relaciones. La suma de todo eso, y la suerte, hacen la reputación. Las relaciones, con esa suma en la mano, hacen el espectá- culo.
El humanismo necesario
Jeffrey Sachs, Director del Instituto para el Progreso de la Universidad de Columbia y autor del libro El coste de la civilización, publicó en 2012 un trabajo en el que llegaba a la conclusión de que el reparto de la rique- za es determinante para la calidad y la salud de una sociedad, de forma que, en el Occidente de hoy, la distribución de la riqueza está muy des- equilibrada. Ello tiene como consecuencia el adelgazamiento de la cla- se media que es, precisamente, la más importante para el progreso de una sociedad y su tamaño el más significativo de su correcto desarro- llo.
En los países de Occidente, con graduaciones, el crecimiento del número de políticos y el crecimiento indiscriminado e injustificado del Estado han traído como consecuencia una injusta distribución de la riqueza, un aumento del desempleo y una disminución significativa de la clase media. La banca, en ese entorno, se ha hecho más avara y ha contribuido al incremento del desequilibrio. El resultado de este proce- so mantenido han sido las cuatro crisis y, en definitiva, el fracaso de las democracias.
No es fácil, ni va a serlo, superar estas cuatro crisis. Por el momento, los que dicen estar intentándolo no están acertando con el camino
correcto, precisamente porque no tienen un buen diagnóstico y, proba- blemente, no lo tengan porque no deseen tenerlo. Unos critican a los de fuera, otros critican a los de antes, otros critican a los otros y algu- nos piden sacrificios a todos menos a ellos. De momento, ninguno de ellos, es decir, nadie, está haciendo lo que hay que hacer.
Partiendo del diagnóstico que nos lleva a la identificación de las cua- tro crisis, relacionadas en sus orígenes, pero distintas unas de otras; y teniendo en cuenta que esa relación está conducida, desde el principio, por un proceso de contaminación que tiene su origen en la política y se ha extendido a todas aquellas áreas de actividad que mejor estarían menos relacionadas con ella, el principio que debiera regir las intencio- nes y los proyectos para superar esas cuatro crisis o, al menos, poder salir de ellas, debiera ser el desarrollo de un proceso ordenado de des- contaminación.
Podríamos decir que, hasta hoy, los políticos pertenecen, en lo que se refiere a su relación con las cuatro crisis, a dos categorías diferencia- das. Los que la originaron, a los que podemos denominar esquilmado- res, y los que dicen estar intentando superarla por medios convencio- nales, a los que debemos denominar verdugos. Entendemos por medios convencionales los recortes, los mecanismos fiscales que pre- tenden aumentar la recaudación y la exigencia de sacrificios a la socie- dad civil, y que buscan así mantener la esencia del sistema político y de estructuración del Estado. Si algo es la parte más importante de un pro- blema, no puede ser la parte más importante de la solución, por lo que ese sistema y esa estructuración deben ser modificados sustancialmen- te si, de verdad, se pretenden superar las cuatro crisis.
La sociedad civil, la que tiene que producir los recursos necesarios para superar las crisis, no se merece ni más presiones fiscales ni más mecanismos de carácter monetario, sino que se merece, y las necesita, expectativas que contengan el mensaje de que la política va a cambiar
desde ser un sistema que hace trabajar a la sociedad civil para mante- nerse, a un sistema que trabaja para la sociedad civil para progresar.
El Renacimiento y la Ilustración nacieron con una vocación de desti- no de la persona localizado en la materialización de un entorno que res- petara y enalteciera su dignidad o, dicho de otra manera, la recupera- ción de la persona liberada de las artificiales servidumbres a las que un sistema desviado la sometía. Con diferentes entendimientos y distintas intenciones, hoy podríamos llamar a ese destino humanismo. En cada uno de los dos casos, humanismo necesario.
El reto del Renacimiento fue el espíritu. El reto de la Ilustración fue la dignidad. El reto del humanismo necesario hoy es la realización. Espíritu, dignidad y realización de la persona. El humanismo trajo la creación, la Ilustración instaló el trabajo y el humanismo necesario hoy tiene que traer el autodescubrimiento personal de todos y cada uno de los miembros de la sociedad. El Renacimiento consiguió su objetivo con los artistas, la Ilustración lo consiguió con los pensadores y la nue- va civilización, si se hace, lo tiene que conseguir con los líderes. Siem- pre hacen falta artistas, pensadores y líderes, pero la proporción es dife- rente para cada época, aunque el humanismo necesario requiere de las tres.
El autodescubrimiento personal tiene como objetivo estimular en las personas una curiosidad por detectar aquellos activos intelectuales, conocimientos, capacidades y habilidades que tiene y que no usa como consecuencia de los efectos de la contaminación política. Existe la sos- pecha generalizada de que la persona, en su sometimiento inconscien- te al sistema contaminado, sacrifica lo mejor y lo más auténtico de sí misma. En el uso de estos activos intelectuales no usados está locali- zada la esencia de la gran esperanza para superar las cuatro crisis.
El liderazgo basado en el humanismo necesario contiene y está soportado en una mística nueva, compuesta de integridad, visión e intuición: practica unas liturgias modernas, mezcla de compromiso, comunicación y creación; establece una estrategias de futuro, basadas en atención, significación y confianza; y desarrolla unas actuaciones positivas compuestas de gestión, innovación y fortalezas. Mística para el cambio necesario, liturgias para el aprendizaje, estrategias para la espera y actuaciones para el desdoblamiento personal son los nuevos componentes del liderazgo necesario animado por el humanismo nece- sario.
La crisis política es consecuencia del exceso de política y de políti- cos; la crisis financiera es consecuencia del exceso de poder de la ban- ca; la crisis económica es consecuencia del desequilibrio sectorial en perjuicio de la industria y la crisis social es consecuencia de la debili- dad de la sociedad civil. La nueva civilización necesita una nueva forma de revolución, que es la revolución de la inteligencia, que hoy equivale a hablar de la revolución del humanismo. Del humanismo necesario. Del liderazgo humanista. Del humanismo de los líderes centrífugos, cre- adores de valor y estructurales.
Conclusiones
El diagnóstico correcto pasa por el reconocimiento de las cuatro cri- sis. No hay una.
Tenemos veinticinco años para cambiar el mundo. Si no lo hacemos, lo harán otros.
En esos años el mundo se va a transformar. Y va a haber ganadores y perdedores.
Ya hemos cometido todos los errores de los que podemos aprender. Podemos repetir.
No basta con tener razón. El humanismo necesario requiere proacti- vidad y trabajo.
El humanismo necesario es el espíritu para conseguir resultados, mejorar y triunfar.
Se ha acabado el tiempo en que triunfaban los seguidores. Es el tiempo de los líderes.
Habrá más stakeholders, más regulación, más riesgos y más compleji- dad.
Y, aun así, habrá más oportunidades para los países con menos polí- tica y más libertad.
Tenemos que ayudar a los países pobres a ser menos pobres. Esa es una riqueza.
Tenemos que ayudar a los políticos a centrarse en sus funciones y en sus tareas.
Y a salirse de lo que no son sus obligaciones y de lo que no son sus tareas.
Tenemos que mejorar el sentido del trabajo, que es la suma de apor- tar, aprender y cambiar.
Tenemos que ayudar a que las personas se autodescubran y descu- bran su liderazgo.
Tenemos que ayudar a ocupar dignamente el actual vacío de lideraz- go.
Todo esto es posible con el desarrollo, la implantación y la práctica del humanismo.
Tenemos que trabajar por el nuevo desarrollo y crecimiento de la sociedad civil.
Tenemos que instalar el humanismo necesario como la nueva base de creación de valor.
El humanismo necesario creará reputaciones positivas y espectácu- los dignos.
El humanismo es el único destino que puede lograr la recuperación de Occidente.