En sus últimos años, Comte puso las bases de lo que debía ser una nueva religión que sustituyera a
LOS FUNDAMENTOS DE LA FE POSITIVA
En su Catecismo de la religión positiva, Comte definió la reli gión como «el estado de perfecta armonía distintivo de toda vida humana, a la vez personal y social, cuando todas las par tes de la vida, tanto morales como físicas, convergen hacia un destino común». Y añadió:
Religión consiste, pues, en regular cada naturaleza individual y en reunir todas las individualidades, lo que constituye sola mente dos casos distintos de un problema único, puesto que todo hombre difiere sucesivamente de sí mismo tanto como difiere simultáneamente de los demás, de modo que la fijeza y la comunidad siguen leyes idénticas.
Dos son las funciones que Comte atribuye a la religión: una política y otra moral. En la primera, tiene como objetivo la unidad de los individuos; en la segunda, su fin es el de gober nar a esos mismos individuos, y es ahí donde interviene la nue va ciencia de la moral que Comte quiso convertir en la ciencia que debe presidir a todas las demás, por encima incluso de la sociología, que en el Curso de filosofía positiva ocupaba la cúspide de la jerarquía de disciplinas científicas. En el Sistema
y en el Catecismo ya no, ha sido desbancada por la moral.
Si las doctrinas morales anteriores se caracterizaban por su espíritu individual, la moral comtiana destaca por su es píritu social, por «resaltar, tanto en la vida activa como en la vida especulativa, el vínculo de cada uno con todos, en una multitud de aspectos diversos, de manera que se haga invo luntariamente familiar el sentimiento íntimo de la solidari dad social, extendida convenientemente a todos los tiempos y a todos los lugares». El conocimiento de la naturaleza hu mana que implica esta moral es lo que permitirá establecer
las directrices en las que se Itasara la religión para el buen gobierno de la sociedad.
Una nueva religión para una nueva era
Como se ha dicho antes, Comte estaba convencido de que ninguna de las religiones existentes se adecuaba a las ne cesidades de la sociedad positiva del futuro. Por su propia esencia, por remitir a la fe en un ser o unos seres sobrenatu rales, omnipotentes y eternos, cuya existencia es imposible de demostrar y de los que tampoco pueden extraerse leyes que expliquen su comportamiento y permitan prever este, estas religiones se hallaban ancladas en los estados teoló gico y, como mucho, metafísico. Por ello, su inclusión en la sociedad positiva resultaba imposible, pues constituiría una anomalía, un anacronismo en una organización que si a algo aspira es a la perfección. Además, la historia de las di ferentes civilizaciones demuestra que la religión, aunque ha servido para unir a los individuos dentro de un grupo, ha sido fuente también de conflictos que han degenerado en atrocida des, persecuciones y guerras. Comte lo tenía claro: la religión debía alcanzar el tercer estado, el positivo, para constituirse a partir de ahí en el principio de la unidad de la sociedad. Pero eso solo sería posible fundando una nueva religión que sirviera a los propósitos de la nueva era, una «religión de la Humanidad». Como escribió en el Sistema de política positi
va: «L a verdadera unidad está, pues, constituida al fin por la
religión de la Humanidad».
El nombre ya lo dice todo: la religión comtiana se caracte riza principalmente porque su objeto de adoración no es un Dios ni ninguna entidad sobrenatural, ni siquiera un concepto abstracto como pueda serlo la naturaleza o una fuente de ener-
gía primigenia. sino la I I unían idad misma, a la que se delx* amar, conocer y servir. Por I lumanidad, C '.omte entendía el con junto de los seres Inimanos, o mejor dicho, «a aquellos que son realmente asimilables por una verda
dera cooperación a la existencia co- No se debe conocer al Gran mún». Porque, como hace decir a su Ser sino para amarle más y sacerdote en el Catecismo, «aunque servirle mejor,
todos nacen necesariamente hijos de Catecismodelareligiónpositiva la Humanidad, no todos llegan a ser
sus servidores, pues muchos quedan en el estado parásito que solo durante su educación pudo ser excusable. Los tiempos anárquicos hacen, sobre todo, pulular y con frecuencia florecer, esos tristes fardos del verdadero Gran Ser». En cambio, entre quienes sí pueden englobarse en esa categoría, Comte integraba a aquellos que están muertos, a los que están vivos y a los que nacerán en un futuro, todos los cuales han contribuido, contri buyen o contribuirán al progreso y la felicidad del género huma no. Por ello, el dogma fundamental de la nueva religión es «el amor como principio, el orden como base y el progreso como fin»: el amor debe ser el principio que guíe todas las acciones individuales y colectivas; el orden consiste en la conservación de todo lo bueno, bello y positivo, y el progreso individual, moral y social no es sino la consecuencia del desarrollo y perfecciona miento del orden. A esta entidad que constituye la Humanidad, Comte la denomina también Gran Ser, pues se trata de una unidad existencial superior a la existencia real del individuo, la cual se inscribe en la continuidad biológica de la especie.
Tres valores: culto, dogma y régimen
La religión de la Humanidad se fundamenta en tres elemen tos cuya correcta coordinación corre a cargo de la Iglesia