SAN BRUNO
EL GÉNESIS; ES DECIR, LA VIDA DEL HOMBRE
San Max pretexta aquí escribir la biografía de su ene migo mortal, “del hombre”, no la de un “Único” o “individuo real”. Y esto le embrolla en divertidas contradicciones.
Como debe ser en un Génesis normal, la “vida del hom bre” comienza ah ovo * con el “niño”. El niño nos es presen tado en la pág. 13, 6Vive como en lucha contra el mundo en tero, forcejea contra todo y todo forcejea contra él”. “Ambos son enemigos”, pero “en respeto y veneración”, y “están siem pre al acecho, acechando el uno las debilidades del otro” ; lo que, en la pág. 14, se desarrolla en el sentido de “que nos otros”, como niños, “tratamos de indagar el fundamento de
las cosas o m irar detrás de éstas” ; “por eso” (es decir, ya no
por encono) “acechamos las debilidades de todos”. (Aquí anda el dedo de Szeliga, del tendero de m isterios). Como vemos, el
niño se convierte inmediatamente en metafísico9 que pugna
por descubrir “el fundamento de las cosas”.
Este niño especulativo, que se preocupa más por la “na turaleza de las cosas” que por sus juguetes, se pone “a veces”, a la larga, al tanto del “mundo de las cosas”, triunfa sobre él y entra entonces en una nueva fase, la de la juventud, en la que tiene que afrontar una nueva y “amarga lucha por la vida”, la lucha contra la razón, pues “espíritu significa” “la
primera propia creación” y “Nosotros estamos por encima del
mundo, somos espíritu” (pág. 15). El punto de vista del jo
ven es “el celestial” ; el niño limitábase a “aprender”, “no
fee detenía en problemas puramente lógicos o teológicos”, lo
mismo que “Pilato” (el niño) pasaba rápidamente de largo
por delante de la pregunta: “ ¿Qué es la verdad?” (pág. 17). El joven, en cambio, “trata de apoderarse del pensa miento”, “entiende las ideas, el espíritu” y “pugna por ideas” ; “sigue a sus pensamientos” (pág. 16), tiene “pensamientos ab solutos, es decir, solamente pensamientos, pensamientos ló gicos”. Este joven que “así se comporta”, en vez de correr detrás de las muchachas y de otras cosas profanas, no es otro que el joven “Stirner”, el joven estudioso berlinés, que cultiva la lógica de Hegel y adm ira al gran Michelet. De este joven se dice en la pág. 17, y con razón: “Promover el
pensamiento puro, aferrarse a él, es un goce juvenil, y todas
las figuras luminosas del mundo del pensamiento, la Verdad, la Libertad, la Humanidad, el Hombre, etc., iluminan y entu siasman al alma juvenil”. Este joven “da de lado” luego “al objeto” y “se ocupa” simplemente “de sus pensamientos” ; “todo lo no espiritual lo resume bajo el nombre despectivo de las exterioridades, y si a veces se deja llevar de las exterio ridades, por ejemplo de las asociaciones estudiantiles, etc., es porque descubre en ello algo de espíritu, es decir, porque se trata, para él, de símbolos”. (¿Quién no “descubrirá” en estas palabras a “Szeliga” ?). ¡Oh, buen joven berlinés! Las reu niones de los estudiantes para beber cerveza eran, para él, solamente “un símbolo” ; y solamente en gracia a “un símbolo” habrá caído rodando, lleno de cerveza, debajo de la mesa, donde probablemente habrá querido “descubrir” también algo de “espíritu”. Cuán bueno es este buen joven, de quien habría podido aprender el viejo Ewald, autor de dos volúmenes so bre los “buenos jóvenes”, lo revela tam bién el hecho de que “valga” (pág. 15) para él aquello de “abandonar padre y ma
dre y considerar destruido todo el poder de la naturaleza”. Para él, “hombre racional, no hay más familia que el poder naturaT y debe renunciarse a padres, hermanos, etc.”, todos los cuales, sin embargo, “renacerán como poderes espirituales y racionales”, por donde el buen joven pone en armonía con su conciencia especulativa la obediencia y el temor a los
padres, quedando todo como antes. Y asimismo “vale ahora” para él (pág. 15) : “Se debe obedecer más a Dios que a los hombres”. Más aun, el buen joven alcanza la cumbre más alta de la moralidad en la pág. 16, donde leemos: “Debe uno obedecer a su conciencia más que a Dios”. Este alto sen* timiento m oral lo coloca incluso por encima de “las venga doras Euménides” y hasta lo sustrae “a la cólera de Poseidón”, y a nada teme más que a “la conciencia”.
Después de descubrir que “el espíritu es lo esencial”, no teme ni siquiera el llegar a las siguientes temerarias conclu siones: “Pero, después de reconocer el espíritu como lo esen cial, ello constituye, sin embargo, una diferencia, pues el es píritu es pobre o rico, y se procura, por tanto” (!) “llegar a ser rico en espíritu; el espíritu pugna por extenderse, por fundar su reino, un reino que no es de este mundo, que acaba de ser superado. Y, así, ansia llegar a ser todo en todo” (¿cómo así?), “es decir, aunque yo soy espíritu, no soy sin embargo espíritu acabado, y debo” (?) “empezar por buscar el espí ritu acabado” (pág. 17).
“Ello constituye, sin embargo, una diferencia”. “¿Ello?” ¿Qué “ello” constituye esa diferencia? Con este misterioso “ello” volveremos a encontrarnos muy frecuentemente en el sagrado hombre, hasta que averigüemos que se trata del Único desde el punto de vista de la substancia, del comienzo de la lógica “única” y, como tal, de la verdadera identidad del “ser” y la “nada” hegelianos. De cuanto este “ello” haga, diga y obre constituimos en responsable a nuestro santo, quien se comporta para con él como el creador para con la criatura. Primeramente, este “ello” establece, como hemos visto, una diferencia entre pobre y rico; y ¿por qué, concretamente? Porque “el espíritu se reconoce como lo esencial”. ¡Pobre “ello”, que sin este reconocimiento jamás habría llegado a la distinción entre pobre y rico! “Y se busca, en vista de ello”, etc.
“¡Sel” Nos encontramos aquí con la segunda persona im per
sonal puesta, además del “ello”, al servicio de Stirner, quien le obliga a ejecutar las faenas y los servicios más duros. Y vemos ahora cómo ambas están habituadas a> secundarse y complementarse. En vista de que “ello” establece una dife rencia entre si el espíritu es pobre o rico, “se” busca (¿a quién
sino al leal vasallo de Stirner podía habérsele ocurrido esta idea?), “se busca, por tanto, llegar a ser rico en espíritu”. “Ello” da la señal, e inmediatamente “se” hace coro a todo pulmón. La división del trabajo se establece a la manera clásica.
Porque “se busca llegar a ser rico en espíritu por eso “quiere el espíritu ensancharse, fundar su reino", etc. “Pero si existe aquí una concatenación, “hay, sin embargo, una di ferencia” entre “llegar a ser rico en espíritu9 a que “eZ espíritu” quiera “fundar su reino”. “El espíritu", hasta ahora, aún no ha querido nada, “el espíritu" aún no ha figu rado como persona, sólo se ha tratado del espíritu del “ado
lescente , no de el espíritu9 por antonomasia, del espíritu en
cuanto sujeto. Pero el sagrado escritor necesita ahora otro es píritu, que el del joven, para podérselo oponer a éste como un espíritu extraño y, en últim a instancia, como Espíritu Santo. Escamoteo núm. 1.
“Y así el espíritu anhela llegar a ser todo en todo”, sen tencia un tanto misteriosa, que se explica en los términos siguientes: “Aunque yo soy espíritu, no soy, sin embargo, espíritu acabado y debo empezar por buscar el espíritu
a c a b a d o Ahora bien, si San Max es un “espíritu no aca
bado”, “existe una diferencia” entre que tenga que “perfec
cionar" su espíritu o tenga que buscar “el espíritu acabado".
Dos o tres líneas antes, había hablado solamente del espíritu
6pobre" y del espíritu “rico" —diferencia cuantitativa, pro
fana , pero ahora, de pronto, se pone a hablar del espíritu
“no acabado" y del espíritu “acabado", diferencia cualitativa
y misteriosa. La aspiración de desarrollar el propio espíritu puede convertirse, ahora, en la caza del “espíritu no acabado”
al espíritu acabado”. El Espíritu Santo se pasea como es
pectro. Escamoteo núm. 2.
El sagrado autor prosigue: “Pero con esto” (es decir, al convertirse la aspiración a “perfeccionar” mi espíritu en la búsqueda del espíritu acabado”) “vuelvo a perderme inme diatamente, después de haberme encontrado como espíritu, al inclinarme ante el espíritu acabado como ante algo que no Me es propio, sino que se halla más allá de Mí, y sentir Mi vaciedad”. Pág. 18.
Esto no es sino un ulterior desarrollo del escamoteo núm. 2. Una vez que el “espíritu acabado’9 se presupone como
algo existente y se lo contrapone al “espíritu no acabado”,
se comprende de suyo que el “espíritu no acabado”, el joven, siente dolorosamente “su vaciedad” hasta el fondo de su co razón. Prosigamos.
“Es cierto que todo depende del espíritu, pero, ¿acaso todo espíritu es el espíritu verdadero? El verdadero y autén tico espíritu es el ideal del espíritu, el «Espíritu Santo». No es Mi espíritu ni Tu espíritu, sino cabalmente99 (!) “un espí ritu ideal, ultraterrenal; es «Dios». «Dios es el Espíritu». Pág. 18.
De pronto, como vemos, el “espíritu acabado” se con vierte en el “verdadero espíritu”, e inmediatamente después en el “verdadero y auténtico espíritu”. Y, definiéndolo más detalladamente, se nos dice que éste es “el ideal del espíritu, el Espíritu Santo”, lo que se demuestra diciendo que “no es Mi Espíritu ni Tu espíritu, sino cabalmente un espíritu ultra- terrenal, ideal, Dios”. El verdadero espíritu es el ideal del espíritu ¡porque es “cabalmente” un espíritu ideal! ¡Qué “vir tuosidad de pensamiento” ! Y, de pasada, observaremos que, hasta ahora, no se había hablado para nada de “Tu” espíritu. Escamoteo núm. 3.
Por tanto, si deseo formarme o “acabarme”, para decirlo con San Max, como matemático, lo que tengo que hacer es buscar al matemático “acabado”, es decir, al “verdadero y auténtico matemático”, al “ideal” del matemático, al mate mático “sagrado”, que es un matemático distinto de ti y de mí (aunque tú puedes ser considerado por mí como un mate mático acabado, al modo como para el joven berlinés su pro fesor de filosofía pasa por ser el espíritu acabado), “sino ca balmente” un matemático “ideal, ultraterrenal”, el matemático en el cielo, “Dios”. Dios es matemático.
A todos estos grandiosos resultados llega San Max, porque “existe una diferencia entre que el espíritu sea rico o pobre”, es decir, en buen romance, entre que uno sea rico o pobre en espíritu, y porque el “joven” ha descubierto este hecho ma ravilloso.
del joven, pues toma el mundo tal y como es”, etc. No se nos dice, pues, cómo el joven se las arregla de pronto para tomar el mundo “tal y como es”, ni vemos tampoco a nuestro sagra do dialéctico obrar el tránsito del joven al hombre, sino que sólo se nos dice que “so” opera aquí este paso y que el joven tiene que “separarse” necesariamente del hombre. Pero el “se” por sí solo no basta para poner en marcha el pesado carro de los únicos pensamientos, pues después que el “se” ha “separado al hombre del joven”, el hombre recae nuevamente en el joven, vuelve a ocuparse otra vez “exclu sivamente de lo espiritual” y no se pone de nuevo en marcha hasta que no viene en su ayuda el “se” con un nuevo tiro de ca ballos. “Sólo entonces, cuando se'ha contraído el amor corpó
reo, etc.”, pág. 18, “sólo entonces”, vuelven a marchar las cosas
como es debido, el hombre descubre que tiene un interés per sonal y- “por segunda vez se encuentra a sí mismo”, al encon trarse no solamente “en cuanto espíritu”, como el joven, para “perderse de nuevo enseguida en el espíritu general”, sino en cuanto “espíritu corpóreo”, pág. 19. Y este “espíritu corpóreo” logra, por fin, encontrar “un interés no solamente en su es píritu” (como el joven), “sino en la total liberación, en la satisfacción de todo el individuo” (¡un interés en la satis facción de todo el individuo!) ; logra “encontrar un placer en sí, tal y como vive corpóreamente”. Como buen alemán, el “hombre” de Stirner llega demasiado tarde para todo. En los bulevares de París y en la Regentstreet de Londres puede ver callejear a cientos de “jóvenes”, petimetres y dandis que aún no se han descubierto como “espíritu corpóreo”, lo que no es obstáculo para que “encuentren un placer en sí, tal y como viven corpóreamente”, poniendo todo su interés en la “satisfacción de todo el individuo”.
Este segundo “descubrimiento de sí mismo” entusiasma tanto a nuestro sagrado dialéctico, que, olvidando* de pron to su papel, se pone a hablar de sí mismo en vez de hablar del hombre y nos descubre que “el hombre” es él mismo, él, el Único, y que “el hombre” = “el Único”. Nuevo escamoteo.
‘Así como Yo Me” (debiera decir “como el joven se” ) “encuentro detrás de las cosas, y Me encuentro como espíritu, así también debo encontrarme” (debiera decir “el hombre
debiera encontrarse”) “más tarde detrás de los pensamientos, a saber: como su creador y propietario. En el tiempo de los espíritus, Me han brotado” (le han brotado al joven) “los pensamientos por sobre la cabeza, de la que eran fruto; como delirios febriles Me cercaban y estremecían, a modo de una potencia espantosa. Los pensamientos cobraban cuerpo por sí mismos, eran espectros, como Dios, el Emperador, el Papa, la Patria, etc.; al destruir su corporeidad, los retrotraigo a lo Mío y digo: Yo sólo soy lo corpóreo. Y, así, tomo el mundo como lo que para Mí es, como lo Mío, como Mi pro piedad: todo lo refiero a Mí mismo”.
Así, pues, una vez que el hombre, identificado aquí con “el Único”, infunde por vez prim era corporeidad a los pen samientos, es decir, los convierte en espectros, vuelve a des truir esta corporeidad, al retrotraerlos a su propio cuerpo, con lo que éste se erige en el cuerpo de los espectros. El hecho de que sólo mediante la negación de los espectros arribe a su propia corporeidad iúdica qué clase de corporeidad especu lativa del hombre es ésta, que el hombre necesita “predi carse” para creer en ella. “Y, además”, ni siquiera “se pre dica” certeramente lo que “se predica”. El hecho de que aparte de su “único” cuerpo moren, y no solamente en su cabeza, diversos cuerpos independientes, espermatozoos, es convertido por él en la “leyenda”: Yo solamente soy corpóreo. Nuevo escamoteo.
Prosigamos. El hom bre que, como joven, se pone en la cabeza toda una serie de estúpidas ideas acerca de las potencias y relaciones existentes, tales como el Emperador, la Patria, el Estado, etc., y sólo las ha conocido como sus propios “delirios febriles” bajo la forma de su propia representación,
destruye según San Max realmente estas potencias al quitarse
de la cabeza su falsa opinión acerca de ellas. Y, a la inversa, al no ver ya el mundo a través de las gafas de su fantasía, tiene que preocuparse, ahora, de su concatenación práctica, de estudiar ésta y de atenerse a ella. Al destruir su corpo reidad fantástica9 la que para él tenía, encuentra fuera de su fantasía su corporeidad real. Al desaparecer para él la cor poreidad fantasmal del emperador, no desaparece para él la corporeidad, sino la fantasmalidad del emperador, cuyo poder
real puede precisamente ahora valorar en toda su extensión. Escamoteo núm. 3 [a].
El joven en cuanto hombre ni siquiera se comporta críticamente ante pensamientos que son también valederos para otros y circulan como categorías, sino solamente ante pensamientos que son “simples frutos de su cabeza”, es decir, que, paridos de nuevo por su cabeza, constituyen represen taciones generales acerca de relaciones existentes. Por ejemplo, ni siquiera resuelve la categoría “Patria”, sino solamente la opinión privada que él tiene de esta categoría, dejando en pie con ello la categoría de validez general y comenzando la labor solamente en el campo del “pensamiento filosófico”. Pero quiere hacernos creer que ha resuelto la categoría misma, por haber resuelto simplemente su actitud privada de ánimo hacia ella, que ha destruido la potencia imperial por haber desechado sencillamente su idea fantástica del emperador. Es camoteo núm. 4.
Y así”, prosigue San Max, “tomo el mundo como lo que
para Mí es, como lo Mío, como Mi propiedad”. Toma el m un do como lo que para él es, es decir, como aquello por lo que
debe tomarlo, con lo cual se apropia el mundo, lo convierte
en propiedad suya, un modo de adquirir que, si bien no se en cuentra en ningún economista, habrá de revelarnos tanto más ostentosamente, en su método y en sus resultados, “el Libro” mismo. Pero, en el fondo, sólo “toma” como lo suyo y se apropia, no “el mundo”, sino solamente su “delirio febril” del mundo. Toma el mundo como su representación del mundo, y en cuanto su representación, el mundo es su propiedad re presentada, la propiedad de su representación, su represen tación como propiedad, su propiedad como representación, su representación propia y peculiar o su representación de la propiedad, todo lo cual lo expresa en la incomparable frase: “todo lo refiero a Mí mismo”. Después de haber reconocido el hombre, según su propia y sagrada confesión, que el mundo sólo está poblado por espectros porque el joven veía espectros por todas partes y después de haberse esfumado para él el mundo imaginario del joven, se encuentra ya en un mundo real9 independiente de las quimeras juveniles.
que es independientemente de Mí, como el suyo (“el hombre toma”, pág. 18, “el mundo tal y como es”, y no como a él se le antoja), primeramente como Mi no-propiedad (pues sólo como espectro era, hasta ahora, Mi propiedad) : Me refiero Yo a todo y sólo en este sentido lo refiero todo a Mí.
“Si como espíritu repudiaba el mundo en la más pro funda misantropía, como propietario repudio los espíritus o las ideas en su vanidad. Ya no tienen ningún poder sobre mí, como sobre el espíritu no tiene poder ningún «poder de la tierra»”. Pág. 20.
Vemos aquí cómo el propietario, el hombre de Stirner, recoge inmediatamente sine beneficio deliberanti atque in
ventara ^ la herencia del joven, que, como él mismo
dice, sólo consiste en “delirios febriles” y en “espectros”. Cree que, como niño que se hace joven, ha despachado realmente al mundo de las cosas y como joven que se hace hombre al mundo del espíritu; que, como hombre, tiene en su bolsillo ahora al mundo entero y no necesita ya preocuparse de nada. Si, como se jacta ante el joven, ninguna potencia del mundo fuera de él tiene poder sobre el espíritu y el espíritu es, por tanto, el más alto poder de la tierra, y Él, el hombre, ha sometido a ese dominio este espíritu omnipotente, ¿no será él omnipotente en absoluto? Se olvida de que sólo ha des