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El Génesis: en el origen de la creación

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En el origen de la creación

Este libro, llamado en hebreo berêsit (= en el principio), narra la creación realizada por Dios de todo cuanto existe. De modo sucinto presenta los comienzos de nuestra historia, desde la creación del mundo hasta la muerte de José. A diferencia del libro del Éxodo, en el que se inicia la historia de Israel como pueblo, el Génesis contie- ne la historia de sus antepasados, los grandes Patriarcas, centrada en una figura excepcional: Abraham, padre del pueblo elegido.

Antes de introducirnos en esta apasionante historia, y como pór- tico obligado de la misma, el Génesis relata en sus once primeros capítulos la historia de la creación del mundo, la intervención de Dios en la creación del hombre y de la mujer, la unidad del género humano, el pecado de nuestros primeros padres, la decadencia pro- gresiva y los castigos hereditarios. A través de estos tiempos remo- tos, y en paralelo con la historia de la civilización y de la cultura, va delineando el plan redentor que Dios se propuso llevar a cabo para salvar a la humanidad, junto con el papel que jugaría Israel en la rea- lización de ese plan3.

De ordinario, el Génesis no emplea palabras o frases grandilo- cuentes. En un lenguaje sencillo y popular, rico en imágenes, va dando respuesta a los grandes interrogantes que todo hombre se hace al reflexionar sobre sí. ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Quién me ha creado? ¿Quién ha hecho la tierra que habito? ¿Qué significado tienen el dolor, la enfermedad, la muerte? ¿Cómo explicar los odios y las guerras entre hermanos? Son interrogantes que se ha hecho el hombre de todos los tiempos.

También hoy. Queremos saber. No nos conformamos con una explicación superficial de las cosas. Buscamos, indagamos, necesi- tamos dar con una respuesta coherente que dé sentido a nuestras zo- zobras e inquietudes. Por esto nos preguntamos como al principio:

3. Un estudio más detenido y completo sobre el contenido y alcance del Géne- sis puede encontrarse en A. Clamer, La Genèse, París 1953; E.F. Sutcliffe, Génesis, pp. 433-504; F. Spadafora, Diccionario bíblico, Barcelona 1968, pp. 240-243.

¿Quién podrá hacerme feliz y darme la paz que anhelo? ¿Quién po- drá devolverme la alegría de vivir?

En los primeros capítulos del Génesis se da cabal respuesta a to- dos y cada uno de estos interrogantes. El autor sagrado se sirve de un a modo de álbum familiar, lleno de color y de vida, a través del cual va mostrando el origen divino de todo lo creado; y junto a él las causas de la infelicidad del hombre, la razón de su soledad, el por- qué del dolor, de la angustia y de la muerte. No para angustiarnos, sino para abrirnos una puerta a la esperanza. En nuestros primeros padres, y en ellos a toda la humanidad, Dios anuncia la gran prome- sa de salvación.

Y lo hace en lenguaje humano, para que podamos entenderle. De ahí que comience, como si se tratara de un pedagogo, por relatar la creación del mundo y del hombre en seis días. Al hombre lo for- ma del lodo de la tierra; a la mujer de una costilla de Adán. Es un modo antropomórfico de expresarse. Porque es evidente que Dios ni tiene manos para modelar al hombre, ni corta ni cose para formar a la mujer como si fuera un cirujano. Detenerse en objeciones de este tipo significaría no haber entendido el lenguaje bíblico, el género li- terario de estos tres primeros capítulos.

El escritor sagrado, no lo olvidemos, ha transmitido el mensaje divino en lenguaje corriente, el de su época. De otro modo no le ha- brían entendido. Y es que Dios –ya lo dijimos– al revelarse al hom- bre no ha querido transmitirle unas verdades científicas, sino aqué- llas que considera necesarias para su salvación. Sería ilusorio, por tanto, intentar descubrir en estos primeros capítulos de la Biblia una explicación científica sobre la datación del mundo, el origen del hombre, la sucesión de las edades geológicas o la evolución de las especies o del mismo hombre4.

Esto no quiere decir, lógicamente, que nos esté vedado su cono- cimiento. «La Iglesia –afirma la Humani Generis– no prohibe que en investigaciones y disputas entre los hombres doctos se trate de la

4. La ciencia geológica y paleontológica suele calcular entre cuatro y cinco mil millones de años la existencia de la tierra. Por lo que se refiere a la aparición del hombre, Kennedy sostiene en su libro de Paleoantropología que puede calcularse en unos dos millones de años la existencia del Homo erectus, que fabricaba instrumen- tos líticos, y en unos 120.000 la del Homo sapiens.

doctrina del evolucionismo, la cual busca el origen del cuerpo hu- mano en una materia viva preexistente (pues la fe católica nos obli- ga a retener que las almas son creadas inmediatamente por Dios), según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teolo- gía, de modo que las razones de una y otra opinión, es decir, de los que defienden o impugnan tal doctrina, sean sopesadas y juzgadas con la debida gravedad, moderación y templanza, con tal de que to- dos estén dispuestos a obedecer el dictamen de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y defender los dogmas de la fe. Sin embargo, algunos con temeraria audacia traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen mismo del cuerpo humano de una materia viva pre- existente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los indicios hasta ahora encontrados y por los raciocinios por ellos fundados, y como si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija una máxima moderación y cautela» (HG 29).

Arropada, pues, por una expresión literaria, ingenua en aparien- cia, encontramos en el texto sagrado una doctrina que contiene en germen los principios básicos de nuestra fe. Veamos brevemente al- gunos.

CREACIÓN DEL UNIVERSO

En un estilo sobrio, teológico y casi ritual, propio de la tradición «sacerdotal», el primer capítulo del Génesis narra la creación de to- das las cosas (1-2, 4a). Sigue un orden lógico, bien cuidado, propio del maestro que enseña a sus discípulos para que retengan sin gran esfuerzo su explicación. Describe así la creación del universo en or- den ascendente, es decir, desde lo menos perfecto (tierra, cielo, ani- males) hasta lo más perfecto: el hombre. Su finalidad, como deci- mos, es principalmente didáctica: narrar la creación en un período de seis días (hexamerón).

Comienza diciendo berêsit (en el principio). Se trata de un prin- cipio absoluto, antes del cual nada existía. Nos sitúa, por tanto, al comienzo mismo del tiempo. El verbo empleado es barâ (= creó), propio de las acciones divinas, y aunque no se afirme de modo ex- plícito, implícitamente se habla de la creación a partir de la nada, ex

nihilo; doctrina que aparecerá formalmente afirmada en la época

macabea (2 Mac 7,28). El texto utiliza el nombre de Dios, Elohim, en plural, como sujeto de la creación, pero a continuación emplea un verbo en singular, con la expresa intención de que el lector no incu- rra en el riesgo de politeísmo.

Una vez sentado que todo cuanto existe procede de Dios, a tra- vés del artificio literario de los seis días, con un descanso el séptimo, se quiere inculcar el descanso sabático que el pueblo debe vivir a se- mejanza de Dios.

La misma finalidad pedagógica se observa al describir la obra de distinción y ornamentación. El primer acto creador consiste en po- ner en la existencia una tohu wabohu, es decir, una especie de masa caótica (1, 2) a partir de la cual Dios realiza la obra de distinción y ornamentación (1, 3-27), de acuerdo con este orden:

0bra de distinción:

Luz-tinieblas

Aguas superiores-aguas inferiores Tierra-mar-plantas Obra de ornamentación: Sol-luna-estrellas Peces-aves Animales Hombre

En la mente divina no estaba, por tanto, poner por escrito de modo científico su obra creadora. Su intención es principalmente di- dáctica, doctrinal y religiosa. Todo lo cual puede sintetizarse en los siguientes puntos:

• Todo lo creado es obra exclusiva de Dios. Con la creación co- mienza el tiempo. Al crear, Dios no ha utilizado materia algu- na preexistente.

• Con esto se pone de manifiesto que sólo Dios es eterno. Todos los demás seres, incluidos los llamados dioses, el sol, el fuego, etc., son criaturas suyas. Dios es, por tanto, distinto del mundo y anterior a él, ya que ni procede ni se desprende de ningún

magma, como creían las cosmogonías babilónicas o asirias. Él es plenamente trascendente y distinto de la materia.

• Como ser creador, eterno y trascendente, a Dios no se le pue- de mezclar con las creencias politeístas o panteístas entonces en boga. Separado y distinto del universo que había creado, los israelitas debían entender que no podían adorar a otro Dios más que a Yahvéh, el único verdadero, y no a los dioses Sin y Samas de los asirios, a quienes en ocasiones habían dado culto.

• En estos primeros capítulos del Génesis Dios aparece como el Omnipotente. No sólo crea cuanto existe, sino que mantiene en su ser a todas las cosas, comunicando así a la criatura, en especial a la racional, toda su bondad (1,31). Por el hecho de existir, todo es bueno. En consecuencia, de Dios, que es infini- to en bondad, no puede proceder nada malo.

Relaciones del Génesis con las cosmogonías extrabíblicas

Las excavaciones en Oriente Próximo han sacado a la luz textos cosmogónicos muy antiguos, junto con una serie de tradiciones mi- tológicas acerca de los orígenes del mundo. Son documentos sirio- babilónicos, egipcios o fenicios. Descifrados y comparados con el relato del Génesis, se encuentran en ellos muchas analogías, aun- que existen también grandes diferencias. Veámoslo esquemática- mente:

Documentos extrabíblicos

• Son teogonías, por cuanto relatan el origen de los dioses. • No se asigna en ellos, ni siquiera se menciona, el origen de la

masa caótica, primer resultado de la creación.

• Ignoran la unidad del género humano; en cambio admiten que los dioses crearon más de una pareja de hombres y multitud de ciudades.

Relato del Génesis

• Es la única y propia cosmogonía de carácter teocéntrico. • Presenta a Dios como único creador, omnipotente y plena-

mente trascendente; todo lo crea mediante su palabra.

• Crea una sola pareja humana; todos los demás hombres proce- den de ellos por generación.

• Enseña el descanso sabático.

Las analogías de la Biblia con los documentos extrabíblicos pueden explicarse si se acepta la existencia de una revelación inicial hecha a nuestros primeros padres. Transmitida después durante ge- neraciones, conservaría un eco en los pueblos antiguos orientales, aunque pasada por el tamiz de sus diversas culturas y con el riesgo de ser adulterada con el paso del tiempo. Las discrepancias con la Biblia serían, por tanto, fruto de estos aditamentos posteriores. Y así, mientras el pueblo de Israel quedó preservado de caer en el error gracias a una serie de sucesivas revelaciones –a Abraham y Moisés, entre otros–, estos pueblos se limitaron a conservar un vestigio de aquella verdad primitiva, mezclada como decimos entre sus múlti- ples y variados mitos5.

LA PRIMERA PAREJA HUMANA

Entre los seres creados, destaca el Génesis uno por su especial dignidad: el hombre. Tras la creación de los animales el día sexto,

5. En este sentido han dado mucha luz las excavaciones arqueológicas realiza- das desde finales del siglo XIX en amplias zonas relacionadas con el mundo bíbli- co. Así, por ejemplo, se descubrieron textos cosmogónicos que representan vesti- gios de tradiciones antiquísimas sobre los orígenes del mundo; entre otras, las sumerias, asiro-babilónicas, egipcias, etc. Por su extraordinaria semejanza con el relato bíblico, cabe destacar el poema babilónico Enuma Elisch, conservado en sie- te tablillas de caracteres cuneiformes. Fue descubierto en la biblioteca de Asurbani- pal, en el año 1875, y se piensa que su redacción puede remontarse al siglo XII a.C. De esta opinión son E. Wallis Budge, Babylonian Legends of the Creation, 1931; R. Labat, Le poème-babylonien de la Création (1935); A. Rolla, La Biblia ante los úl-

«Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra se- mejanza» (1,26) Se dice creado a su imagen por ser inteligente y li- bre, reflejo de los atributos divinos; a su semejanza, al participar por la gracia de su naturaleza divina. Superior a las demás criaturas, es creado para que domine a los peces, aves y animales (1,27).

El segundo capítulo del Génesis, atribuido a la tradición «yah-

vista», y por esto más colorista y expresivo, describe y completa la

creación del hombre: «Entonces Yahvéh Dios formó al hombre del polvo de la tierra, insufló en sus narices aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser viviente» (2,7).

La palabra âdâm (= hombre), derivada de âdâmah (= tierra), es indeterminada; al no llevar artículo, se refiere de modo colectivo a todos los hombres. Sin embargo, la indeterminación desaparece al añadir el texto sagrado «varón y mujer los creó» (1,27). Así, los in- dividuos que desde el principio forman la especie humana son dos, un hombre y una mujer. Dios los dotó de órganos reproductivos con la misión de continuar su obra y multiplicar la raza humana por ge- neraciones; en esta primera pareja se encuentra el origen del tronco humano que nos es común6.

En el segundo relato se dice que el hombre, respecto al cuerpo (bâsar), procede de la tierra. No especifica si de una materia orgáni- ca o inorgánica. En cambio, afirma que la nesâmâh (= soplo o alien- to de vida) procede directamente de Dios, sin relación alguna con la materia por ser del todo espiritual7. Gracias a su alma espiritual, el

hombre –y sólo él– posee dos facultades que le son propias y le di- ferencian de los animales: la inteligencia y la voluntad. A través de ellas puede ejercer su dominio sobre todas las cosas de la tierra.

6. Así lo sostiene L. Arnaldich, El origen del mundo y del hombre según la Bi-

blia, Madrid 1957; F. Ceuppens, De historia primaeva, Roma 1948; Ch. Hauret, Origini dell’Universo e dell’Uomo secondo la Bibbia, Torino 1953; Juan Pablo II, Enseñanzas al Pueblo de Dios, Madrid 1979, pp. 135-138.

7. Para los hebreos, el soplo o la nésâmâh de Gen 2,7 no es sólo un signo de vida, ya que el animal también respira y por eso vive. En el caso del hombre, Yah- véh le infunde el aliento de vida, la nismat hayyîm, de una manera particular; él no se convierte en un ser vivo, sino en una persona viva. De otra parte, la nephes a la que se hace referencia parece designar el principio vital, el individuo, es decir, su alma en sentido reflexivo: mi alma, yo mismo. (Vid. P. van Imschoot, Teología del

CREACIÓN DE LA MUJER

Tras la creación de Adán, dijo Dios: «No es bueno que el hom- bre esté solo; voy a hacerle una ayuda semejante a él. Formó de la tierra, pues, Yahvéh Dios toda clase de animales campestres y aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaría... mas para sí no encontró una ayuda semejante. Entonces Yahvéh Dios hizo caer sobre el hombre un sueño profundo, y mientras dormía tomó una de sus costillas, cerrando el hueco con carne. De la costi- lla que había tomado del hombre, formó Yahvéh Dios una mujer y se la presentó al hombre. Entonces dijo el hombre: ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Será llamada mujer, porque del varón ha sido hecha» (2,18-23).

Obsérvese que previamente habían desfilado ante Adán todos los animales. Con ninguno de ellos había podido comunicarse por ser irracionales e incapaces de hablar. No así la mujer. Una vez for- mada de su «costilla», Adán comprende al verla que es distinta de los animales. Delante de sí tiene a un ser semejante a él, de su mis- ma naturaleza y dignidad. Por esto exclama lleno de admiración: «ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne»; un semitismo que, además de expresar la identidad de naturaleza, indica la comu- nidad de parentesco entre el hombre y la mujer, la sociabilidad que les es propia y que no pueden compartir con los animales.

El escritor sagrado se limita a narrar el hecho. Del mismo modo que no especifica de qué materia formó Dios al hombre, tampoco aclara nada respecto de la «costilla» de la que procede la mujer. Qui- zá se refiera con este término al costado en general, a una parte im- portante del hombre. En cualquier caso, el varón le deberá especial respeto. Es éste el punto de arranque de la atracción entre los sexos, cuya expresión más elevada se realiza en el amor conyugal.

LA INSTITUCIÓN MATRIMONIAL

Tras la creación del hombre y la mujer, el texto sagrado se detiene en presentar el origen divino de la institución matrimonial, su unidad e indisolubilidad. Así lo dice: «Dejará el hombre a su padre y a su ma- dre y se unirá a su mujer y serán una sola carne» (2,24). Al unirse en

matrimonio, hombre y mujer están llamados a ayudarse mutuamente, a ser fecundos y formar una familia. Con ese fin los bendice Dios: «Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (1,28).

A este texto se refiere Jesucristo cuando recuerda que el matri- monio es indisoluble porque así lo quiso Dios desde el principio. A lo que añade: «De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió, no lo separe el hombre» (Mt 19,6). De este amor fiel e indisoluble se sigue su fecundidad. Hombre y mujer se hacen colaboradores de Dios en el misterio insondable que supo- ne la generación de cada ser humano.

De la narración del Génesis se deduce que la primera pareja hu- mana gozaba de una total ausencia de concupiscencia carnal, como consecuencia del estado de inocencia en que habían sido creados. «Ambos estaban desnudos, el hombre y su mujer, y no sentían ver- güenza» (2,25). La razón del hombre controlaba perfectamente sus sentidos, y todas sus potencias gozaban de una perfecta armonía.

La felicidad original, junto con la elevación al orden sobrenatu- ral, se pone de manifiesto en la imagen tan expresiva para los orien- tales del oasis y de los ríos caudalosos; nuestros primeros padres vi- vían en plena amistad y confianza en Dios, con quien trataban cara a cara.

TENTACIÓN Y CAÍDA

Dios había dado al hombre un mandato: «De todos los árboles del jardín podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, morirás» (2,16-17).

Creado a imagen y semejanza de Dios, el hombre estaba dotado de algo tan valioso como era su libertad. Gracias a ella estaba en condiciones de distinguir lo bueno de lo malo, lo que llevaba a la vida de lo que podía apartarle de Dios y causarle la muerte. Era cier- tamente libre para elegir, para actuar en un sentido u otro. El manda-

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