do al lugar de enunciación de los discursos sobre los otros; desde el darwinismo existen ejemplos que ilustran la incorporación de sus supuestos en el discurso arqueológico. Por ejemplo, en 1909, con motivo de celebrarse el centenario del nacimiento de Darwin, Thistelton-Dyer (citado por Gamble 1993:314) escribió:
«Si nosotros aceptamos la configuración general de la superficie de la Tierra como permanente una continua y progresiva
2 Tetraprothomo argentinus fue la denomina- ción asignada por Ameghino a los restos fó- siles que ubicó en el segundo estadio evolu- tivo de la cadena filogenética humana para explicar su origen y dispersión desde las Pam- pas argentinas hacia el resto del mundo. Esta genealogía partía de un grupo de pequeños simios del Eoceno inferior, definidos como
Homúnculus. La filogenia que conducía hasta
el Homo pampaeus era unilineal y transitaba por estadios evolutivos intermedios como el
Tetraprothomo argentinus, Triprothomo, Diprothomo y Homo pampaeus (Miotti 1990,
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dispersión de las especies desde el cen- tro hacia la circunferencia (periferia), como por ejemplo hacia el sur, parece in- evitable. Si se ubica a un observador en un punto sobre el Canal St. George…podría ver la más grandiosa ex- tensión de tierra a su alrededor, expandi- da en forma de figura estelar. La supre- macía de la raza inglesa ha fluido tal vez desde esta posición central, es decir, des- de su propio hogar».
No en vano desde 1909 la National Geographic Found estableció el meridiano 0º en Greenwich y la división del mundo entre este y oeste. ¿Qué hubiera sucedido con esta división «natural» del mundo si Thistelton-Dyer en lugar de parar a su observador en el canal St. George lo hubie- ra hecho en el Monte Everest, en el Aconcagua o en el Monte Santa Elena? tal vez el meridia- no 0º no hubiera sido Greenwich ya que podría haber visto distintas figuras estelares de la Tie- rra, con otras simetrías y otros centros. Pero en 1909 la antropología imperial reafirmaba el concepto de la existencia de centros naturales desde donde se dispersan las cosas y los seres en el planeta. el darwinismo (adoptado como parámetro científico universal) ayudó a conva- lidar que las Islas Británicas eran el centro na- tural y cultural del mundo y por lo tanto sirvió para incrementar la expansión del imperialis- mo británico.
Esta meta-teoría también se puede rastrear en los discursos arqueológicos que argumen- tan sobre el origen de los primeros america- nos. En la mayoría de los casos los supuestos de base se relacionan con el concepto darwiniano centralista y con el difusionismo que plantean la existencia de «centros naturales» que el investigador «tiene que descubrir». Esos centros se asumen como naturalmente dados y no como constructos teóricos, es decir, se acepta que existen más allá de toda interpreta- ción humana porque disponen de una estructu- ra ecológica de recursos que permiten una me- jor disponibilidad para la adaptación humana. En ellos el rol humano es pasivo y adaptable al
ambiente externamente dado. Por ejemplo, el modelo Clovis supuso un «centro natural» des- de donde se expandieron las poblaciones hu- manas, culturalmente dominantes, hasta los confines de Sudamérica. El centro productor de esta teoría fue un país central, en este caso Estados Unidos.
Florentino Ameghino sugirió que los prime- ros americanos se originaron en las regiones pampeano-patagónicas de Argentina; también consideró que esas regiones fueron la cuna de la humanidad. Su modelo teórico, de fuerte marco evolucionista, fue para la crítica de la época (e.g., Hrdlicka 1912) y para la actual producto de un trasnochado especulador que no supo que no vivía en un imperio y por ello presentó, con gran ingenuidad, una teoría desopilante sobre los primeros americanos. ¿Para qué lo hizo?; ¿para servir a los intereses de quien?; ¿tal vez Ameghino fue una periferia que se creyó centro? Desde los dominios teó- rico, metodológico y empírico Ameghino fue un genuino pero solitario revolucionario de las ideas generadas en el centro europeo-norte- americano, productor de los modelos del poblamiento americano. Su trabajo tuvo un claro rigor teórico y metodológico que no lo amilanó al momento de producir un modelo filogenético humano y cultural. Lo ingenuo en él fue supo- ner que podía sostenerlo solo porque su plan- teamiento surgió desde una periferia académi- ca. La presentación de su modelo en el centro académico fue provocadora. Hoy, a un siglo del debate que suscitó, algunos de sus argu- mentos continúan siendo válidos y las concep- ciones sobre el núcleo fuerte de su teoría, la filogenia humana, se siguen poniendo a prue- ba, sobre todo con nuevas interpretaciones de colecciones bioantropológicas sudamericanas (Pucciarelli 2004). Además, las hipótesis saté- lites de su núcleo teórico fueron aceptadas desde la década de 1920; me refiero, sobre todo, a la hipótesis de la convivencia de los primeros americanos con la fauna del Pleistoceno final y su explotación económica.
Otro ejemplo es el modelo de poblamiento americano de Alex Hrdlièka. En 1910, y con argumentos empíricos más contundentes, de- safió el modelo de Ameghino; estableció que el origen de los pueblos americanos era la estepa siberiana y que la población mongoloide fue responsable de imprimir el sello «racial» a los amerindios. Su modelo fue el del American homotype (Hrdlièka 1912). Ya se sabe que de ambas teorías de poblamiento americano la exitosa y aproba- da in toto por la comunidad científica fue la del checo-norteamericano Hrdlièka; su teo- ría fue convalidándose en la academia con los descubrimientos de sitios Paleoindios en las grandes llanuras norteamericanas y des- de 1926 con el descubrimiento del sitio Folsom y la asociación de una punta de pro- yectil acanalada inserta entre dos costillas de un bisonte extinguido, Bison antiquus (Figgings 1927; Cook 1931; Wormington 1957). Su núcleo central, que sugirió que el origen de los primeros americanos había que buscarlo en las estepas siberianas a partir del tronco racial mongoloide, fue recreado o reinterpretado en numerosos artículos y li- bros (e.g., Müller-Beck 1967; Martin 1973; Martin y Klein, eds., 1984; Turner 1992 y bibliografía allí citada; Pucciarelli 2004). También se empezaron a aceptar algunas ideas de Ameghino que habían sido descar- tadas por completo, como la convivencia y explotación de la megafauna pleistocénica por parte de los primeros americanos. Am- bos modelos de poblamiento, con un sustrato teórico evolucionista, sobrevivieron a las ideas posteriores con diferente éxito (Miotti 1990, 2003b; Politis 1999).
El tercer ejemplo es el de Hanna M. Wormington (1957), quien regresó a Estados Unidos hacia finales de la década de 1930 des- pués de realizar un intenso entrenamiento teó- rico y de campo sobre el Paleolítico superior europeo. En la Dordoña francesa su forma- ción fue dirigida por los grandes maestros de la prehistoria europea de principios del siglo XX;
Peyronni fue, tal vez, quien más gravitó en su pensamiento arqueológico. Con ese bagaje teó- rico-metodológico y la riqueza arqueológica en- contrada en sus trabajos con Sellard en el Lla- no Estacado de EEUU (más de 300 sitios Paleoindios se hallaron desde entonces en esa región) Wormington llevó a cabo una labor de excelencia teórico-metodológica, en la cual fue central el modelo centro-periferia. En 1939 enunció lo que se convertiría en un icono del núcleo de teoría sobre los primeros america- nos y que, a partir de la década de 1970, refor- zó los hallazgos Paleoindios, fundamentalmen- te realizados por George Frison y fechados por Vance Haynes (cf. Frison 1990; Miotti 2003b, 2004 y bibliografía allí citada): «Clovis fue la primer patente americana y su centro geográ- fico originario fue el Llano Estacado de los EEUU» (Wormington 1957:253). A esta enun- ciación se agregaron la sistematización metodológica (con extensas excavaciones) y el despliegue tecnológico puesto en marcha en Norteamérica para buscar los sitios de los pri- meros americanos para arribar a la construc- ción empíricamente sólida del paradigma que se conoce desde la década de 1970 como el modelo de sobrematanza y Clovis primero (Martin 1973; Martin y Klein, eds., 1984; Fiedel 2000; Kelly 2003).
Sin ser explicitado en todos estos años el interés de muchos arqueólogos se dirigió a in- dagar dónde estaba el centro de la forma de vida Clovis, la «población» que tan exitosamente colonizó en tiempo record el Nuevo Mundo? Esa preocupación estuvo presente en casi to- dos los programas de investigación sobre los primeros americanos. Hasta fines de la déca- da de 1990 ese centro fue ubicado en el actual territorio de las grandes llanuras norteamerica- nas, al este de las montañas Rocosas; la peri- feria de la dispersión de la «cultura Clovis» se situó hacia el norte, en Alaska, y hacia el sur, en Patagonia (Frison 1990; Bonnichsen 1991; Bonnichsen y Turnmine, eds., 1991). En ese modelo el poblamiento americano se presentó como una irrefrenable maratón de rápida ex-
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pansión entre el Llano Estacado y Tierra del Fuego que no habría durado más de 1000 años; en ese proceso de continuo avance hacia el sur las poblaciones de los grandiosos cazado- res de megafauna, equipados con la alta tec- nología de las puntas de proyectil acanaladas, no habrían dejado rastros de arte, entierros u otras señales de complejidad social. La evidencia relacionada con el pensamiento de sociedades cazadoras-recolectoras complejas, con tabúes y cosmovisiones diversas, que pudiera generar señales contradictorias de contramarchas, ex- ploraciones fallidas, avances heterogéneos o discontinuidades fue considerada anómala por los defensores del modelo. Sudamérica fue considerada la anomalía principal; de hecho, desde el punto de vista de su marcado determinismo ecológico el modelo se ha con- vertido en un marco insuficiente para abarcar la evidencia arqueológica y paleoambiental de Sudamérica. La información proveniente del sub-continente se contrapuso de tal manera al modelo que fue descartada por «anómala» (cf. Borrero 1983; Bryan, ed,. 1986; Bryan 1995; Gnecco 1995, 2000; Roosevelt et al. 1996; Dillehay 1997; Politis 1999; Dillehay et al. 2003; Kelly 2003; Miotti 2003b, 2004; Miotti y Salemme, eds., 2003; Politis et al. 2004).
Peter Storck (1991) propuso uno de los modelos más osados para definir el origen y expansión de la población Clovis desde la región de los Grandes Lagos de Estados Uni- dos, sugiriendo (Storck 1991:153) que se trató de «una sociedad imperialista aunque sin un estado definido». En su trabajo también se observa el supuesto teórico de que existe un centro (siempre el más antiguo) y una dis- persión a partir de él, en este caso ya no sólo se trata de un único patrón tecnológico y de subsistencia sino que se agregó una forma política de imponer ideas sobre los grupos pre-existentes que pudieran existir en otras latitudes del continente.
El modelo de centro de origen Clovis y su dispersión hacia el resto de América se comenzó a cuestionar a principios de la dé-
cada de 1980 desde perspectivas teóricas no estrictamente de base ecológica, presen- tándolo como un bloque poblacional monolítico no sólo tecnológico y adaptativo sino también ideológico. Existen varias críti- cas a esta propuesta, cuyo «centro natural» tenía que ubicarse en un área abierta de pra- deras (el Llano Estacado, principalmente) donde pudieran haber pastado los gregarios mamuts y los cazadores no hubieran tenido impedimentos visuales para darles caza. Desde distintos marcos teóricos (incluso desde posturas ecológicas) se cuestionó la defensa ad-hoc del modelo que descartó gran parte de la información producida en América del Sur por anómala y por carecer de los mínimos criterios científicos válidos para ser considerada confiable (Lynch 1990). La inflexibilidad de criterios fue asimétrica y se aplicó con menor rigor a los contextos Clovis del hemisferio norte que a los contex- tos de primera colonización del hemisferio sur que rebasaban la fecha de 11.5 Ka ap.
Los arqueólogos que más sostenidamente han desafiado el modelo, presentando argu- mentos teóricos y empíricos sólidos, son Tom Dillehay (1997), David Meltzer (1993), Alan Bryan (1995; Bryan, ed., 1986) y Cristóbal Gnecco (1995, 2000); a su trabajo se suma la información compilada en tres volúmenes colectivos (Miotti y Salemme, eds., 2003; Miotti et al, eds., 2003; Politis y Gnecco, eds., 2004). Borrero (1983) desvinculó la filiación genética asignada hasta ese momento a las puntas «cola de pescado»3 de América del
Sur con las puntas acanaladas Clovis de
3 El término fue acuñado por Florentino Ameghino (1918:128-131, Lámina 1-42) para denominar una «punta de flecha» de sílex encontrada en una loma del arroyo Jiménez, cerca de San Cayetano, en la costa Atlántica argentina; su nombre fue dado por el pareci- do de la forma del pedúnculo del instrumen- to de piedra con la aleta caudal de los peces. Este nombre se popularizó con los trabajos de Junius Bird (1988) en la cueva Fell.
América del Norte y postuló varios centros independientes de origen de esos proyecti- les, repartidos en puntos alejados del hemis- ferio sur. Politis (1991) también apoyó su in- vención independiente. Dillehay (1991) hizo fuertes reclamos a la insuficiencia del mo- delo «Clovis primero» para explicar la varia- bilidad arqueológica americana, sobre todo la mayor profundidad temporal del poblamiento. Meltzer (1993) preguntó si real- mente existió una adaptación Clovis estereotípica; además, fue más allá de cues- tionar que Clovis haya sido la manifestación arqueológica exclusiva y señaló que el mo- delo está fuertemente imbuido de un centra- lismo científico georreferenciado en los paí- ses centrales:
«La visión de los Paleoindios Clovis como cazadores especializados de caza mayor tiene una historia irónica porque el nombre Clovis proviene de un despia- dado rey germano…cuyo poderoso ejér- cito conquisto al general galo-romano Syagrius, a los visigodos y a la mayor parte de Europa a finales del siglo V y principios del siglo VI… Pero, de manera similar a como las conquistas y el reino de Clovis no sobrevivieron su muerte la idea de Clovis como una tradición de ca- zadores de megafauna no parece estar destinada a durar» (Meltzer 1993:306).
Para Gnecco (1995, 2000) el modelo, visto desde Sudamérica, deviene en un reduccionismo y esencialismo dominado por la subestructura ecológica relacionada, prin- cipalmente, con la existencia de cazadores de megafauna en ambientes de estepas o sabanas. El modelo no sólo asumió que la selvas tropicales habrían sido una barrera ecológica para la dispersión de la megafauna y de sus fabulosos cazadores (los primeros americanos) sino que, además, redujo la com- plejidad de los cazadores-recolectores a as- pectos ecológicos, congelando su imagen en simples sociedades que necesitaron de de- terminados ambientes y faunas para coloni- zar el continente; habría que esperar varios
milenios para que los cambios culturales se produjeran sólo a partir de los procesos de domesticación y de invención de nuevas tec- nologías (como la cerámica), en suma, los procesos responsables del cambio hacia la vida urbana.
Desde la década de 1970 Alan Bryan (1995, 2004; Bryan, ed., 1986) y Ruth Gruhn (2004) han criticado el modelo Clovis, señalando que su visión centralista del poblamiento desprestigió e ignoro el corpus informativo producido en América del Sur; su indiferencia fue producto de considerar anómalo el registro arqueológico del Pleistoceno final de Sudamérica. Compar- to con Bryan y Gruhn la idea de que el escep- ticismo de muchos arqueólogos norteamerica- nos sobre la información proveniente de Suramérica se debe a su desinformación, prin- cipalmente por desconocer la literatura en cas- tellano y portugués. Así se polarizan más las asimetrías entre el norte y el sur: los modelos alternativos producidos en América del Sur son ignorados y/o carecen de circulación acadé- mica en el norte. Bryan rescata y sostiene las hipótesis alternativas de quienes, como él, tra- bajan en Sudamérica y comprenden más ca- balmente la variabilidad y profundidad tempo- ral del proceso de poblamiento, que no debe reducirse a una cuestión tan simplista como que el poblamiento se refiere tan sólo a un an- tes y un después de Clovis (Dillehay 1997; Bonnichsen y Steele 2000; Dillehay et al. 2003; Miotti y Salemme, eds., 2003; Bryan 2004; Gruhn 2004; Politis y Gnecco, eds., 2004).
La dispersión de los primeros
americanos entre el centro y la
periferia de sus territorios
originarios
Lo expresado en el punto anterior remite a procesos tan disímiles como la selección darwiniana, la deriva [drift] cultural o dis- persión al azar (Gamble 1993) y las fuerzas gregarias [sorting y packaging] (Martínez 2002 y bibliografía allí citada) utilizados para
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formular modelos de dispersión de poblacio- nes humanas a partir de un centro. Desde Hrdlièka el concepto de deriva cultural fue utilizado como analogía «natural»: las pobla- ciones humanas, análogamente a las partí- culas arenosas de una glaciación, se disper- saron hacia los lugares con mayores oportu- nidades de ser ocupados. En la deriva gla- cial la dirección de las partículas sigue el flu- jo del viento y su depositación ocurre en las cuencas bajas; en el caso de los humanos la dispersión ocurre desde un centro cultural complejo hacia zonas marginales despobla- das o poco pobladas en donde se producen centros derivados, generalmente de menor complejidad.
En el modelo Clovis, que supone un úni- co grupo colonizando el Nuevo Mundo, subyace un fuerte determinismo ecológico porque el principal móvil de avance habría sido la persecución de los animales de caza, adaptados a ambientes de estepas abiertas; otro móvil de avance fue huir de cambios ambientales adversos en la zona central (como la extinción de la megafauna). Estas explicaciones dejaron por fuera las posibili- dades de la acción social/individual como motivo para explorar nuevos horizontes; de este modo se ignoró la complejidad socio- política y simbólica de las primeras socieda- des de colonos. A despecho de la abundante literatura producida y discutida sobre la emergencia de complejidad cultural entre cazadores-recolectores del Pleistoceno final (e.g., Price y Brown 1985; Ingold 1986; Keeley 1988; Kelly 1995; Soffer y Gamble, eds., 1990; Erlandson 2001) la narrativa ar- queológica en América sobre los primero pobladores se ha centrado en aspectos eco- nómicos, adaptativos, ecológicos y de movi- lidad (cf. Dillehay 2000; Gnecco 2000; Erlandson 2001).
Sin embargo ya hay demasiadas eviden- cias e interpretaciones de complejidad so- cio-cultural para el Pleistoceno final de Amé- rica del Sur que no son congruentes con esta
visión reduccionista del ethos cazador de megafauna que se dispersó por estepas abiertas persiguiendo su subsistencia. La variabilidad arqueológica disponible ya no puede seguir siendo considerada anómala (e.g., Dillehay 1997, 2000; Gnecco 2000; Dillehay et al. 2003) sino que debe interpretarse con modelos regionales com- plejos que den cuentan de las formas de co- lonización de las primeras poblaciones que ocuparon el continente a finales del Pleistoceno. Además, ¿dónde queda mani- fiesta la complejidad social representada en el arte rupestre/moviliar o en el tratamiento de los muertos? En América del Sur se han encontrado evidencia de estructuración de espacios y arte rupestre que podrían estar relacionadas con manifestaciones de grupos de elites o con arte «público» (Cardich, 1979, 2000; Dillehay 1997; Gnecco 2000; Dillehay et al. 2003; Miotti 2003b, 2004; Dias 2004); por ejemplo, la idea de que los animales re- presentados en las pinturas y/o grabados rupestres se puedan relacionar con aspec- tos cosmológicos y simbólicos, no estricta- mente funcionales, fue propuesta para el arte del Paleolítico superior de Europa desde la década de 1960 (Miotti y Carden 2001 y bi- bliografía allí citada). Por otra parte, los tra- bajos de Gnecco (1995, 2000), Roosevelt (1991; Roosevelt, eds., 1996) y Knipis (1998), junto con la etnoarqueología de los grupos Nukak (Politis 1996; Politis y Saunders 2002), hacen cambiar las concepciones del poblamiento de la selva, la complejización social de los grupos amazónicos y el cambio