Los cantares de gesta, como indicábamos páginas atrás, eran recitados frente a un público, cortesano o popular, por los juglares, que se acompañaban muy a menudo con cierta tonada musical. Es un fenómeno constante que el público recuerde lo que escucha en un espectáculo, mayormente si se trata de textos en verso y sí en ellos interviene el elemento musical: y aun sin él es un hecho cierto que largos fragmentos del Don Juan Tenorio de Zorrilla perduran en la memoria de muchos españoles sin que hayan tenido ocasión de leer el drama y que únicamente lo han presenciado en el teatro. De esta suerte, determinados fragmentos de cantares de gesta, los de mayor emoción o atractivo, fueron escuchados atentamente de boca de los juglares, luego repetidos poraquellos que los recordaban. quienes a su vez los enseñaron a una posteridad que se prolongó en generaciones sucesivas a través de los siglos. Hemos tenido ocasión de comprobar cómo determinados versos de un sangriento episodio del cantar de los siete infantes de Salas se desgajaban del conjunto de la gesta y se convertían en un romance en cierto modo independiente y
de validez poética propia. Como es natural, ni los primeros auditores retuvieron al pie de la letra lo que oyeron, ni los que luego fueron repitiendo lo aprendido se amoldaron a una rigurosa exactitud: se fueron introduciendo gran número de variantes, de tal suerte que, tiempo después, se cantaba en diversos lugares el mismo romance con notables divergencias, aunque se mantuvieran sus temas esenciales, lo fundamental de su fraseología y la rima.
Hay que advertir que el proceso, en este aspecto, no fue siempre igual, pues revistió diversas modalidades. No siempre la vinculación entre gesta y romance es tan directa ni tan apretada como en el ejemplo que hemos puesto, tomado de la leyenda de los infantes de Salas, sino que, ya afianzada esta tendencia, hubo muchos casos en que los cantares de gesta desempeñaron el papel de inspiradores de romances, lo que supone unos versificadores que con más libertad los componían sobre temas y episodios de gesta, con cierta libertad creadora.
En el estado actual de las rebuscas, existen romances viejos que son fragmentos bastante emparentados con los textos de las gestas y que coinciden con cierta regularidad con versos de cantares de gesta que forzosamente conocemos gracias a prosiftcaciones, lo que dificulta mucho la investigación. Además del caso ya citado, conocemos dos o tres romances que proceden o bien del cantar de gesta fragmentario Roncesvalles, o bien de otro muy parecido.
Por lo común, el romance, al desprenderse de la unidad y de la estructura de la gesta, tiende a organizarse de modo propio, evitando su vinculación o dependencia respecto a sucesos antecedentes o consecuentes, y forma una pieza con acción única y suficiente. Los pormenores narrativos del cantar de gesta pierden su interés al separarse de la estructura y trama propias de una narración larga, y la escena aislada que constituye el romance se acrecienta de elementos propios, por lo general subjetivos y sentimentales, con lo que aquello que originariamente era materia épica se convierte en canto epicolirico, o bien amplía sus formas dialogadas hasta resultar casi dramático.
La epopeya castellana era de métrica irregular en cuanto al cómputo de las sílabas, pero con el tiempo fue acusando una tendencia hacia el verso de dieciséis sílabas con cesura en la mitad, lo cual es normal en el romance, que de esta suerte también proclama, desde el punto de vista más externo de la versificación, su dependencia de las gestas.
Ya sabemos que gracias a los romances nos es dado aproximamos a lo que fueron las viejas gestas castellanas hoy perdidas. Hay que señalar que, así que fue decayendo La afición a las epopeyas largas y se introdujo el gusto por las composiciones breves y episódicas, fueron, sin duda, los mismos juglares los que compusieron romances de personal creación, inspirados en la temática primitiva. Debido a ello, los asuntos de la epopeya revisten a veces en el Romancero características nuevas, y no es raro que asuntos legendarios que no habían sido, a lo que parece, objeto de elaboración en cantares de gesta adquieran ahora forma poética. Estos romances creados por los juglares son, por lo común, más prosaicos que los derivados de las gestas, y algunas veces mucho más extensos.
La antigua epopeya castellana sufre, pues, al final de la Edad Media, una transformación en su vehículo expresivo, pero perdura en sus temas, en su emoción y su sentido, e incluso ensancha y multiplica sus asuntos y hasta sus posibilidades artísticas. La figura del Cid Campeador, central en varios cantares de gesta, de los cuales conservamos dos en forma poemática, mantiene su primacía y su popularidad en el Romancero, e incluso es posible trazar una larga y pintoresca biografía del guerrero castellano a base de romances: sus mocedades, sus amores, su intervención en las discordias dinásticas, su destierro, sus conquistas, su muerte, son objeto de gran número de romances, algunos de ellos creados a inspiración de lo que se narraba en las gestas. Otras leyendas, como la de los infantes de Salas, de Bernardo del Carpio, del conde Fernán González, de don Rodrigo el último godo y la pérdida de España, etc., tienen su romancero, más o menos extenso y más o menos fiel a los datos de la epopeya, pero que la hace perdurar a través de los siglos.
La materia épica así transmitida dará, durante los siglos XVI y XVII, una modalidad peculiarísima del teatro español, que, a su vez, se convertirá en elemento conservador y divulgador de la vieja epopeya castellana medieval: obras como Las mocedades del Cid de Guillén de Castro son muy características en este aspecto.