No es fácil escribir sobre la Glastonbury de hoy, ya que una parte tan grande de la naturaleza humana ha sido empleada en su construcción. Hay un viejo refrán que dice que a los niños pequeños y a los tontos nunca se les debe mostrar algo hasta que esté terminado. Es un refrán que viene del Oriente, pues está ilustrado por el cuento del tejedor de alfombras que se sentaba a la puerta de su negocio en el bullicioso mercado. Los transeúntes lo veían haciendo su trabajo y comentaban sobre sus progresos. Señalaban los hilos sucios y sin brillo del tejido y los innumerables nudos, junturas y cabos sueltos. Si el tejedor les hubiera hecho caso, habría abandonado su trabajo, hastiado y desesperado. Pero a pesar de todas las críticas hostiles y el ridículo de que era objeto, el viejo artesano seguía pacientemente agregando un nudo tras otro en el delicado tejido de la alfombra, cientos de nudos por pulgada cuadrada. Por fin, después de muchas lunas, el pesado telar, tan difícil de manejar, fue desenrollado entre crujidos, se ataron los extremos de la urdimbre, y la magnificencia de la alfombra fue expuesta ante la mirada llena de admiración de la muchedumbre. Fue tan grande la fama de esta alfombra, el trabajo de años, que el rey envió a su visir para comprarla con destino a la gran mezquita, donde su belleza exaltaría a Alá. Aquellos que se habían burlado eran demasiado ignorantes para darse cuenta de que una alfombra se crea desde adentro hacia afuera. Sólo el sabio artista artesano lo sabía.
Lo mismo sucede con el mundo que nos rodea. El espíritu de la raza palpita de vida. Los ángeles ascienden y descienden por la escala de Jacob, pero nadie los ve sino el artista, y este no es escuchado. Sólo se escucha en nuestro medio a los locos de remate; y estos nos cuentan que hubo algo delicioso ayer, que habrá algo delicioso mañana, pero nunca hay algo delicioso hoy.
La historia es la vida vista en perspectiva. Cuando la historia se está haciendo, como sucede en Glastonbury, es imposible comprender su verdadero valor. Uno puede pensar en ello sólo en lo que a uno lo afecta. Las carretas que traen las piedras para el templo reclaman el derecho de pasar por nuestra huerta; sus torpes ruedas chirrían y dejan caer pedazos de barro; los carreteros castigan a los caballos y estos patean a los carreteros; un grano de arena se nos mete en un ojo mientras el maestro artesano, trabajando con un gran impulso creativo, hace volar piedritas por el aire. Todas estas cosas son importantes, y mucho, para la gente que se halla en el lugar.
El mundo que rinde homenaje a la obra maestra no ve la paleta sucia ni el guardapolvo manchado que fueron parte de la obra.
La moderna historia de Glastonbury tiene muchos relatos que a su debido tiempo se contarán, pero debemos esperar la perspectiva que se obtiene desde los miradores de la historia antes de que esto pueda hacerse adecuadamente. No es fácil para nosotros dar hoy un paso hacia atrás y ver las cosas que se han logrado como las verá la historia, sin preocuparnos por quiénes han sido heridos en sus sentimientos, quiénes han visto sus ideales violentados, y quiénes han sido respetados en sus derechos; sino más bien ver los dones que han sido llevados al altar de la civilización por los artistas-artesanos de Glas-
tonbury, sea que hayan trabajado con palabras, sonidos, colores o con piedra; porque la historia no se ocupa de sus fracasos sino sólo de sus logros.
El artista siempre ha vivido con la cabeza entre las nubes de sus visiones doradas, y con los pies más hundidos en el fango de la arci1la común, que sus vecinos. La habilidad de sus manos al crear belleza parece estar siempre a la par de la torpeza de aquellas al manejar maderos y piedras. Los vecinos del artista, que son muy competentes para evaluar la ineptitud de este en la esfera mundana, no poseen la misma competencia para evaluar sus logros en las cosas del Reino, de modo que no se establece equilibrio alguno.
El artista es tacaño en lo pequeño, y derrochador en lo grande. Su reloj nunca funciona bien, sus cuentas nunca se equilibran. Es el inocente de Dios, que se sienta en el piso del
mundo y oye: .
El consejo más viejo de las cosas que son La comidilla de los Tres en Uno.
Glastonbury siempre ha sido el hogar de hombres y mujeres que han tenido visiones. Aquí el velo es muy delgado, y lo Invisible llega muy cerca de la tierra. Las piedras del viejo pueblo irradian inspiración cuando una pared calentada por el sol se siente al tacto como si fuese una cosa viva en la oscuridad. Muchas personas de opiniones diferentes han oído las voces de Avalon; porque existen dos Avalon, la cristiana y la pagana: la Avalon de San José y Santa Brígida y toda la espléndida historia de la cristiandad, y la otra, la Avalon más antigua, del Mago Merlín y la Dama del Lago; y entre las dos, perteneciente a ambas, se entrelaza la figura de Arturo, con Excalibur en la mano derecha y el Grial en la izquierda.
Algunos de aquellos que hacen una peregrinación a Glastonbury vienen a rendir homenaje al polvo de los santos en la nave verde y serena de la Abadía; otros vienen a abrir sus almas a las vehementes fuerzas que se elevan como llamas oscuras en el Peñasco. ¿Quién decidirá, como juez, por una o por otra?